19.3.17

House y la vocación

Es asombroso volver a ver Dr. House después de un año o dos.
Antes lo miraba con fruición: me devoraba cada comentario sarcástico, cada revoleo de ojos, y casi no me molestaba que la estructura de los capítulos fuese absolutamente predecible.
Ni siquiera me desilusioné cuando conocí a Carolin, una médica de Jena, Alemania, que me decía que las enfermedades que se citan en Dr. House existen, sólo que en una proporción de una en un millón, bastante raras como para suceder capítulo tras capítulo.
No me molesta, en realidad, porque sigo convencido de que el propósito de Dr. House es otro: una extraña militancia chic a favor de los escépticos de la ciencia, all over the world. Un trasfondo filosófico nihilista que nos dice que no hay Dios aunque un moribundo pueda jurar haberlo visto con sus propios ojos; trasfondo que va a arriesgar la vida de su protagonista para probar lo contrario.
Al final, y con todas las concesiones que hace el fanático de House, el marco narrativo ofrece la misma calidad epistemológica que el marco de la realidad: no se sabe, ni hay nadie que pueda probarlo. Ni siquiera un genio cojo.

Confieso que, una vez que empecé a estudiar Letras (carrera que dejé este año), tres o cuatro veces me agarraron ganas de estudiar medicina después de ver un episodio de House. Incluso, una vez le dije a una tía que iba a convertirme en oncólogo. Me dijo que por qué no me elegía una profesión más triste. Después recapacité. Y lo hice porque, en realidad, no era un propósito absolutamente altruista el que perseguía: pensaba que así podría salvar la vida de Charlie, que era fanática de House y había visto a Dios, según sus propias palabras. Una vez que salvara o no la vida de Charlie, casi que no me importaba, no me imaginaba quién vendría después. No era mi jurisdicción. Ahí desistí, y seguí estudiando Letras tres años más. Abandoné House cuando empecé Mad Men, aunque sabía que era demasiado tarde para guiarme por impresiones infantiles y meterme a estudiar publicidad: un paso a la madurez, digamos, del que poco a poco va queriendo dejar de ser como los protagonistas de las series que ve. Ya cuando empecé Mr. Robot (serie que dejé un capítulo y medio después de empezarla), esto de la vocación me pareció puro blablá. Cada decisión que uno toma respecto a su profesión tiene cosas buenas y cosas malas, y querer abarcar sólo lo bueno de cada profesión sin pasar por lo malo es tan infantil como creer que uno nació para ser publicista mirando las oficinas de SCDP por Netflix. El tema con las series es el mismo con cualquier otro mecanismo que nos incita a consumir más que a producir algo propio (léase, una obra o una carrera profesional propia): nos hace creer que todo se resuelve al final.

Lo que nos lleva una vez más a House, y a cómo el momento victorioso y culminante de cada capítulo es parte esencial, si no la más importante, de la incómoda pero efectiva estructura a partir de la cual se construye cada uno de los capítulos. Nosotros aceptamos que sean absolutamente predecibles, si a cambio, podemos asegurarnos de que todo va a terminar bien: la genialidad suprahumana de House va a corroborarse una vez más, y nos va a hacer creer que todos los momentos de estrés valieron la pena. Momentos de estrés que House no sufre, sino apenas sus internos; él, en una actitud más ejecutiva que hipocrática, está jugando yo-yo en su oficina.

Que el esquema de House no responda verosímilmente al esquema de la vida real como sucesión de jornadas caóticas a través de las cuales uno no puede llegar a ver por qué carajo uno hace lo que hace, ya vuelve a la serie incluso un poco demodé. Lo cual no es raro, porque está próxima a cumplir 20 años. Fue un fenómeno en su momento, pero apenas anticipatorio del boom de la Edad de Oro de las Series, en la que el aparato audiovisual pasó a cuestionarse todas esas cosas que la literatura se cuestionaba hace mucho, pero en un formato muchísimo más digerible. House permanece como un culto ingenuo, muy parecido al cuento de hadas, donde todos comen perdices. La gran decepción: no cualquier médico puede ser como House, si no ninguno. Casi que me hace pensar, en un acto (ahora sí) de lo que considero madurez, que me hubiera metido a estudiar medicina for all the wrong reasons.

Pero darse cuenta del mecanismo artificial y aparatoso que funciona detrás de las series, ese mecanismo que tiene que ver con las aspiraciones, los valores y la identificación, es el primer paso para dilucidar realmente qué camino tiene que elegir uno, en suprema sinceridad con uno mismo, para volverse el genio que anhela. Suponiendo, claro, que al final del camino va a haber alguien ahí para filmarlo.