15.1.17

La estación y el palacio

Decidí que mi única salvación estaba en la lengua. Empecé a preguntarme cómo se las había apañado Heródoto con las lenguas durante sus viajes por el mundo. Según Hammer, aparte del griego no conocía ninguna, pero como los griegos estaban entonces diseminados por todo el planeta –en cualquier confín tenían sus colonias, puertos y factorías-, el autor de Historia siempre podía contar con la ayuda de sus compatriotas, que le hacían de guías y de intérpretes. Además, el griego era la lingua franca del mundo de entonces; en Europa, Asia y África lo hablaba muchísima gente, como más tarde lo haría en latín, y luego en francés y en inglés.

Al tener cortada la vuelta atrás, no me quedó más remedio que recoger el guante. Me puse a empollar palabras inglesas, día y noche. Me aplicaba compresas frías en las sienes con una toalla húmeda porque me estallaba la cabeza. No me separé de Hemingway, pero esta vez me saltaba sus incomprensibles descripciones y sólo leía los diálogos, que eran mucho más fáciles:

—How many are you? —Robert Jordan asked.

—We are seven and there are two women.

—Two?

—Yes.


¡Y lo comprendía todo! Y esto otro:

—Augustin is a very good man —Anselmo said.

—You know him well?

—Yes. For a long time.


También lo había entendido, cosa que me insufló ánimo. Mientras deambulaba por la ciudad, me apuntaba inscripciones de los rótulos, nombres de productos expuestos en las tiendas, palabras oídas en las paradas del autobús. En los cines tomé notas, a oscuras, casi a tientas, de palabras que aparecían en la pantalla, y copié eslóganes de las pancartas cuando me topaba con alguna manifestación. Fui penetrando en la India no a través de imágenes, sonidos y olores, sino a través de la lengua, que, además, ni siquiera era el vernáculo hindi, sino una lengua extranjera, impuesta, pero que, aun así, estaba tan arraigada en el suelo indio que se identificaba con el país y, para mí, se había convertido en una clave imprescindible. Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una hacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, comprendí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto —y más rico en su inabarcable diversidad— se abriría ante mí el mundo.



Ryszard Kapuściński, Viajes con Heródoto, cap. 3: "La estación y el palacio"

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