20.10.16

La cordobesidad y los muebles de pino

1.

Mi vieja los descargó en la vereda en su frenesí de buena idea: muebles nuevos. Había que subirlos al primer piso por escalera. El escritorio fue fácil. Pino, fino, liviano. Lo complicado fue el futón. Lo desarmamos y lo subimos en tres partes, intentando coordinar nuestros esfuerzos con mi abuelo que había ido a ayudarnos, el que hasta hoy es el que más pecha. La luz de la escalera se apagaba sola, como en todos los buenos consorcios del diablo, y la mitad de la operación la tuvimos que hacer a oscuras en un pasillo que olía a perfumina y en una provincia a la que todavía no estaba acostumbrado.
Todos los muebles eran de pino o algarrobo. Color marrón claro. Ningún roble. Ningún nogal. Nada muy excéntrico. Decoración austera. Mamá compró lo que para ella era lo mínimo indispensable, y hasta hoy eso me sigue pareciendo muchísimo. El abuelo se calentaba más en ver cómo mierda íbamos a meter esos muebles en el departamento de un ambiente. Mi vieja es así: cuando le agarra el afán tarjetero, es capaz de comprar el sol. Esos muebles de pino me sabían a vida cero kilómetro.

Yo era la última persona consultada en el proceso de armar una base correntina en Nueva Córdoba allá por enero del 2012. Con justa razón. No sabía hacer una reconexión de gas, ni sabía cómo se hacía un guiso de lentejas. No sé si mi vieja sospechaba que tarde o temprano iría a aprender. No sé si sigue pensando que, con mucho esfuerzo y dedicación, mi guiso de lentejas podría algún día llegar a ser mejor que el suyo: para las madres, todos los hijos son siempre tabula rasa. Si se descarrían, intentan reencauzarlos amorosamente. Y si las sorprenden, se ponen orgullosas. Pero nada más. Para ella, todo ha venido de su útero, lo que es lo mismo que decir que todas las habilidades que desarrolle un ser humano a lo largo de su vida han venido prefiguradas por ella misma.
No hay lugar para sorpresas en la mente de alguien que cree conocerte de pe a pa, y da lo mismo si se basa en autoridad o puro prejuicio.

2.

Puedo decir con bastante certeza que la primera semana que viví solo en Córdoba fue la más feliz de mi vida.
Yo no podía creer lo que tenía, me parecía mucho. Hoy, viéndolo en retrospectiva (habiendo pasado por dos o tres momentos fuleros, que me hicieron tomar la decisión de desmantelar todo eso: vender los muebles, no renovar jamás un contrato de alquiler), también veo que tenía mucho.
Ese lugar era mi reino, mi reducto. Y lo mejor de todo: quedaba en un lugar que todavía me faltaba conocer.
Así se inició una serie de paseos diurnos y nocturnos en los que siempre me sorprendía algún detalle. Como la vez en la que, literalmente en la esquina de mi casa, estaban por abrir un bar y adentro sonaba Belle & Sebastian (banda con la que estaba sanamente obsesionado). La primera incursión a la peatonal fue un delirio que hasta hoy me parece excesivo: caminaba frenéticamente por las galerías sin saber dónde estaba ni dónde iba a terminar, escuchando el soundtrack de Amélie porque había leído por ahí que era "la música que sonaba a descubrimiento". Todo lo que absorbían mis ojos abiertos y atentos maceraba hasta volverse una entrada de este blog.
Todo eso conformó un ciclo de entradas en las que presentaba a Córdoba como un explorador ingenuo y alucinado. Algunas de ellas: Córdoba es como un baile, La calle Balcarce, Más de la docta para empachar.

3.

Mario me preguntó el otro día si conocía a alguien que la hubiera pegado en Córdoba. Le respondí tentativamente: Omar Hefling. Por supuesto que todo depende de cómo lo defina uno. Entonces, me pregunto por qué, y le dije sin pensarlo que porque tenía un sueldo de planta permanente en la Municipalidad.
Citó dos o tres ejemplos de personas que vivieron acá y se fueron, y en otros lados fueron exitosas. Conocidos de él que ahora viven en Buenos Aires, en el DF. Él mismo me dijo, probablemente sin pensarlo o habiéndolo pensado muchísimo (con Mario nunca se sabe) que se iba a ir a vivir a un pueblo en Catamarca donde lo único que hay es desierto y mucho viento. A mí me sonó como si quisiera dar un paso al costado. Probablemente esté podrido de todo esto. Yo no. Yo quiero meterme al pogo.
No voy a decir que el desencanto inició con un episodio en particular. Nunca es así salvo en las pelis. Es mucho más lento, mundano y lamentable: descubrir que te estás desenamorando no es un proceso épico, sino una sórdida acumulación de pequeños trastornos que huelen a encierro. Lo demás, es sólo comprobación. Hace no más de una semana Franco, mi profesor de guitarra, me contó de su currículum. Franco tocó y produjo con músicos que fueron sesionistas de Charly, Spinetta — esto es, lo más lejos que podés haber llegado en el rock argentino de estudio. Pero no sólo eso: me contó que, pese a su experiencia (que él cuenta en forma modestísima, pero sin escatimar en precisos detalles) le costaba conseguir laburo en Córdoba porque todos los estudios importantes están manejados por tres personas. Me dijo los nombres. Eso es lo que más me duele: se sabe quiénes son.

Un tiempo tuve contacto con un grupo que oponía una sincera resistencia a eso, mostrándole los dientes a una parafernalia artística tan cristalizada como patética. Son los de Freak Kat Records, cuyo trabajo admiro muchísimo, cordobesidad aparte.
Pero a ellos les debo una experiencia en carne propia de la cordobesidad que no quiero imitar ni me interesa: el hecho de tener que pagar derecho de piso para que escuchen tus ideas. Es la raíz del conservadurismo artístico, sea en el ámbito que sea (y aprendí que, en lo que respecta a laburo artístico, eso que llaman circuito alternativo es sólo paralelo, pero no esencialmente distinto, al circuito que llaman mainstream). Lo que me parece increíble de los cordobeses es que lo expliciten con tanta soltura. Es la forma en la que las cosas se hacen acá, pienso. Y el hecho de que puedan dar fe de ello sin ningún tipo de remordimiento, demuestra que jamás tuvieron interés en revisar su forma de hacer las cosas.

4.
El desencanto con Córdoba nació de una curva muchísimo más larga y menos obvia que la correntina, ciudad en la que no tardé en darme cuenta que la cosa no iba.
A Corrientes le guardo cariño como uno extraña la cuna; esos seguros barrotes de pino (esta vez, color verde agua) que te aseguran que todo está bien.
A Córdoba, en el sentido sentimental, no le guardo ningún respeto. Una amiga de acá me reprochaba no militar en ningún barrio, sino ser un venido-de-otro-lado que viene a mamar de la Universidad, no sale nunca de Nueva Córdoba ("!", pensé) y cuando termine la Licenciatura se va a volver a su pueblo ("doble !"), como si Córdoba fuera una puta que usás, pagás y te vas.
Esos son los cordobeses que intento no cruzarme: aquellos que jamás se han cruzado al otro lado. A veces me da la impresión de que, no importa lo grande que sea la familia del arte cordobés, es sólo una familia: lazo cosanguíneo en el que se sabe siempre quién es el que manda, y se mira raro al yerno nuevo que cae vestido rarito a comer bagna cauda.

Pero mal que mal, los reproches que me hacen son con razón. Al final del día, no tengo ganas de comprar derecho de piso si eso implica estar veinte años jugando con reglas que no son las mías. Llámenme ansioso, pero una empresa vital no se decide de un día para el otro, de la misma forma que mi vieja jamás se queda con la primera oferta que encuentra en muebles de pino.
Y también: probablemente no tenga nada que aportarle a Córdoba, también por falta de ganas, más que mi laburo de hormiga que apenas me alcanza para vivir a mí. De ahí a poder hacer la revolución en los barrios por vía mancomunada, media un compromiso que no estoy en condiciones de asumir, porque antes decidí renunciar a la hospitalidad de la Docta.

5.

Digo, me gustaría que esta no fuera una de esas entradas de "me voy por estas razones". Lo que sí sé es que lejos quedaron esos días de optimismo desenfrenado en el que el olor a mueble de pino impregnaba todo (ay, esa vida cero kilómetro). Parece joda, pero cerca de mi laburo hay una casa de muebles de pino, y pasar por ahí todas las mañanas y oler la fragancia de los muebles expuestos en la vereda me hace recapitular fotográficamente todas esas aventuras que eran enormes y privadas.

Mucho después, la realidad golpea y de ese golpe uno extrae una síntesis. Generalmente se resume en "ni muy muy ni tan tan": condiciones que ni son óptimas ni son pésimas, sino que como todas las cosas reales (mundanas, como desenamorarse) están en un tibio punto medio.

Pero más valiente que una entrada de despedida es generar un texto programático. En este sentido, a la hora del regreso a Córdoba, que no sé cuándo será, voy a poner a prueba la siguiente hipótesis: ese tibio punto medio puede empujarse para mejor.
Soy consciente de un increíble cambio cultural que se ha dado en Corrientes en los últimos cinco años. Poniéndolo en escala, no parece la gran cosa; pero es mi cuna, de la que estoy para siempre enamorado, y los artistas de la escena correntina que han ido abandonando su dejadez y sus categorías me llenan de optimismo.
Córdoba es una ciudad mucho más dinámica. (Con un mercado mucho más dinámico, claro está). Pero, increíblemente, incurre en el mismo pecado en el que incurren los curas: pensar sólo en su claustro. Acá está muy mal visto sugerir que el de afuera te va a venir a decir cómo es la jugada. La endogamia es morbosa, y eso se nota en los productos. De lo que Mario cuenta, se infiere que lo más fácil es abandonar. Si te vas la pegás. Y si volvés, no importa un carajo qué hacés sino a quién conocés. Eso se infiere de lo que dice Franco.

La empresa de permear este denso tejido de lugares comunes que es el arte cordobés parece quijotesca, delirante. En el teatro se consigue mucho más que en la música, merced a los estudiantes egresados de la Facultad, que en gran parte vienen de otro lado. En la literatura no sé. El escritor, se me hace, es el tipo de artista más celoso con su invidualidad, no sea cosa que confundan su genio con el de algún otro. Prefiere dar un taller con su nombre antes que perder la firma en un medio.

No sé cómo hacer esto que me propongo, ni en este momento me interesa. Como no me interesó Corrientes cuando mi tarea más grande fue subir un futón de pino. A veces es hora de reconocer que ha llegado la hora de que el aprendizaje provenga, simplemente, del otro lado.

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