20.9.16

Tanto estudiar para terminar fumando Jockey largos

"¡Hola, maestro!"
(El kiosquero de enfrente de la facu,
cuando fui a comprar un Camel 10)

Tres largos años hace que no vivía esta adrenalina un poco tonta y arrebatada de preparar un final: los mates a trasnoche, los resaltadores resecos, la sensación siempre presente de que han quedado datos que todavía no se absorbieron, apuntes sin leer, a medio marcar, y que si me preguntan esto cagué fuego, y esto, y esto; una larga caravana de noches sin dormir, sin salir y sin culear para llegar hecho un manojo de nervios, un gran talón de Aquiles. Y que todo se dirima en esta instancia concluyente que dura 20 minutos en un aula semivacía; que tiene que ver más con la retórica que con el mérito, más con un capricho del bolillero que con la monumental preparación bibliográfica. Definitivamente, tiene más que ver con tics nerviosos (llanto y taquicardia) que con elevadas cumbres de la cultura.
Si pudiera, me fumaría dos puchos a la vez, pienso.
Y todo esto porque busco pertenecer a este recinto contra el que los rebeldes despotrican: la academia. Entendida, claro, como un salario a cambio de hablar de lo que me gusta a mentes ávidas y jóvenes, que es uno de los consuelos (pocos, a esta altura de la modernidad) para el que se mete a estudiar Letras sin intenciones de ser el próximo Flavio Lo Presti. Me la imagino a la Bixio caminando por los pasillos de Casa Verde condensando (en su persona, en su cuerpo, en su arrogancia) todos los doctorados de los que dispone; fumando Jockey largos con un comentario irónico y mordaz siempre al salto con su voz ronca; formada por la autoridad de largas noches solitarias de estudio como las mías propias, hace cuatro noches.

El destino final de la vida.
Sólo un niño piensa tan insistentemente en el destino final de la vida. Yo estoy sentado en una especie de purgatorio que es este banquito de madera esperando que me llamen para rendir una materia del ciclo básico, turno de examen ocho. Con pánico al fracaso como si fuera definitivo y anulador no sólo de un promedio que cuido celosamente sino de la confianza misma en mi capacidad (ya dudosa) de convertirme en académico. Oficio que debe tener sus bemoles (me los imagino, por algún motivo, enmarcados en algún reclamo sindical) pero que, por otro lado, garantiza el acceso a ese club de sabelotodos que se juntan a tomar café en Plaza de Filosofía, fuman Jockey largos como Juan por su casa y a veces se cruzan de piezas en un hotel lleno de conferencistas de literatura en Guanajuato.
Cuál será mi desazón cuando aparece una de las adscriptas que tuve en primer año (colérica, petisa, de pelo corto) y le dice a dos de sus colegas (anteojos, borcegos, con pinta de haber leído a Saer) que no ve la hora de irse de acá. No aguanta más este pasillo, esta facultad. No aguanta más la academia.

Sí, mi visión es un poco idealizada. Ahí está el niño de nuevo, queriendo a toda costa sumarse a la mesa de los grandes, muchos de los cuales no se toleran ni a sí mismos. Pero si Romina le ha pifiado de manera tan grotesca con la elección de un laburo que requiere mucho esfuerzo obtener, ¿qué me garantiza a mí que no me va a pasar lo mismo? Digo, ¿qué hago acá, en última instancia, sufriendo este purgatorio que aparentemente año tras año es sólo igual a sí mismo? Así es como la vocación de golpe le abrió la puerta al desencanto: con la palabra azarosa de alguien que transitó ese camino y asegura aquí entre nos (y yo, que no tenía que escuchar) que es una mierda.
Lo complicado de idealizar es eso: que idealizamos cuando no tenemos el camino recorrido ni mucho menos, y por consiguiente no tenemos argumentos para afirmar que es el correcto. La solución sólo parece ser un ejercicio de paciencia y tenacidad, y la fuga, una habitación de hotel en Guanajuato. Últimamente, ni siquiera aparece como consuelo probable una conquista sindical.

Pero ahora mismo, en vez de resolver definitivamente esta cuestión, sólo me queda como opción fumarme tres puchos a la vez. Y asegurarme que, tanto para el examen que estoy por rendir como para los grandes interrogantes de la vida, la respuesta está metida en un oscuro rincón de mi cerebro.


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