27.6.16

Me clavé una para darle la razón a Guy Debord

Porque, en cierta forma, él está confirmando a su manera lo que yo sospechaba: cuánto nos cuesta disfrutar del presente, carajo.
¿Por qué motivo? Bueno... no encontré respuesta para eso todavía. Pero definitivamente leer "La sociedad del espectáculo" me anima a querer responder. Guy Debord dice en ese libro que toda nuestra forma de ver el mundo está mediada por un mecanismo llamado "espectáculo" que, a grandes rasgos, opera como si la realidad fuera la mercancía que fetichizamos, considerándola como mera representación, etc.
No soy filósofo ni académico y no me interesa acá hacer un Guy Debord for dummies (que parece ser, además, precisamente lo que necesito); sólo quiero recabar en esta angustia que implica que nuestras vidas se hayan convertido en un ideal publicitario que debemos poseer según no sé quién (el mercado, ponele).
Cada vez que yo subordiné mis deseos a este ideal, terminó todo mal. No disfruto nada por estar todo el tiempo calculando el mayor beneficio en base a Dios sabe qué criterio. A veces me siento una máquina de usar gente, o de esperar algo de ellos, o de preocuparme por qué piensa el otro de mí, porque evidentemente lo que espero del otro es su aprobación, su admiración y su aplauso.
Sólo en algunos momentos me di cuenta de lo inútil y ruin de mis fines y mis métodos, y estuve tranquilo. Cometí el error de olvidarme de eso mil veces y recaer en la ansiedad de poseer lo que no existe, con breves lapsos de creer que efectivamente lo había poseído. Lapsos que duran, ooooobviamente, lo que dura un aplauso.
El cálculo embrutece, ensordece y aturde, achancha. De cada situación genero una expectativa efimera y el feedback, el 90% de las veces, es, según ese bobo criterio, decepcionante. Ahí está la representación artificial del niño genio que persigo con mi necedad insidiosa. Ahí están también, cristalizados como la zanahoria pegada a la frente del burro que camina, todos los momentos de placer y de gloria que conllevan la realización de este ideal imaginario.
El otro día me ofusqué tanto viendo un video de Justin Bieber. ¿Vos entendés lo grave? El tipo, que no conozco y me parece artísticamente detestable, ¡me ganó! ¿Por qué? Porque él es el producto consumado que me mete a mí a querer jugar su juego.
Pero el ejemplo perfectamente consciente que me puse a mí mismo tiene que ver con lo sexual. No me parece que sea especialmente de tu interés, pero es pertinente comentar acá que ya hace algunosm eses eso de lo sexual es una seguidilla de desencuentros y, por ende, de frustraciones. Desencuentro me parece una palabra más que apropiada para describir lo que siento: estoy en otro lado cuando cojo, deseando vaya uno a saber qué o a quién y de golpe olvido que estoy cogiendo (sic), me olvido de disfrutar por repetirme a mí mismo que debería estar disfrutando. El problema, evidentemente, soy yo, aunque quiera eludirlo diciendo que lo que falla es el feeling o la química. Me río al pensar qué diría Rocco Sifredi si vengo a hablarle de química a la hora de culiar. Y es que para Rocco como para cualquiera que sepa hacer bien las cosas, culiar (y, por extensión, cualquier actividad tan relevante como culiar) requiere en primera instancia estar presente al 100%.
La pornografía, al menos la mainstream es, en este sentido, sumamente nociva porque pinta mundos que no existen para consumidores siempre insatisfecho. Representa algo que no se cumple en la vida real y ni siquiera para los mismos actores. Una manufactura más que cabría analizar bajo la lupa del texto de Guy Debord.
En el momento en el que me di cuenta de esto en teoría, pensé: bueno, lo voy a llevar a la práctica. ¿Qué hice? Pues, naturalmente, clavarme una paja en la oscuridad para confirmar a Guy Debord. Estimularme con lo que tuviera a mano (valga la expresión): algún recuerdo íntimo, o alguna sensación próxima, y no algún ideal abstracto (palabra muy importante en Guy Debord) de sexo perfecto que, lógicamente, no existe.
Así que podría decirse que hoy aprendí algo. Con los libros, sí, ponele, como si no hubiera estado buscando en Guy Debord la respuesta a una inquietud que ya venía de antes.
Podría decirse, en rigor de verdad, que aprendí algo importantísimo clavándome una paja en el oscurito.

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