9.6.16

Las naranjas tienen memoria

La naranja es una fruta sensible que crece en la huerta de un desprevenido paisano en la ciudad de Bella Vista.
Sabe que es la diva. Hay una fiesta en su honor en el pueblo cada vez que levanta sus ramos verdes y se despereza en el sol de octubre.
Hoy voy a nadar en tereré —dice una Cadenera.
—Hoy, mmm... no, mejor... me voy a la cobertura de un budín de pan —dice una Salustiana, apenas más modesta.
Triste destino ha encontrado el jardín florido de las Hespérides de Bella Vista cuando la lluvia arreció en febrero, y el Paraná dejó en lugar de campos verdes una gran superficie cubierta por un aguado y mohoso jugo de naranja.

Nada fue lo mismo para Nélida, jubilada de Malabrigo, Santa Fe, cuando fue esa mañana de marzo al almacén de don Elio y se desayunó —valga el juego de palabras— con que las naranjas estaban a 48 pesos el kilo.
— ¿¡48 pesos el kilo!? —exclamó Nélida, llevándose la mano al pecho ancho del cual colgada suspendido en un valle angosto, medio incómoda, una imagen de la Virgen de Luján.

Fue por esos días en los que un burro anduvo sobrevolando en helicóptero aquél pastizal hecho engrudo por las inclemencias del Niño, sobre el que reflotaban no sólo naranjas sino limones, mandarinas, peras, soja, sorgo, trigo, vacas, hombres, casas, puentes, botes, tigres y burros como el mentado.
—Evidentemente acá sobra algo —dijo Donkey Kong haciendo alarde de una gran capacidad deductiva.
El Niño perdonó la barrabasada y se retiró lentamente a la Isla de Pascua o adonde fuera que se refugiara cuatro años antes de salir a inundar campos ajenos. El otoño venía de a poco con vientos y hojarasca que se llevaron el agua y el engrudo, y el helicóptero del burro que alegó no sé qué cosa para refugiarse en Los Abrojos, lugar del que jamás tendría que haber salido en primer lugar.

Lentamente florecían las divas en aquél silencioso parque en Bella Vista. Nacían pequeñas, cautas, tímidas, brillantes, de a miles. La gente las trataba con respeto. Pensaban mucho en ellas, pero más pensaban en su propio temor a lagripe, a las inundaciones, a la escasez.
—Ojalá no pase de nuevo —murmuró una amodorrada mandarina.

Pruebo un sorbo del jugo de naranja que pedí en un bar por Chacabuco en una mañana fría y soleada de principios de junio. Está agrio.
Pienso en todos esos paisajes y todos esos procesos y todos esos momentos en los últimos tiempos en los que más de uno pensó que se iba todo al carajo. No quiero quedarme sin mis divas, que me gustan tanto y que aparte son una gran fuente de trabajo para la gente de allá de donde yo soy. El jugo está agrio y no sé por qué pero antes tuvimos queconformarnos con agua con saborizante y tampoco nadie sabe por qué; Nélida y yo no estamos a salvo ni de las inclemencias del Niño ni de la caprichosa falta de misericordia del que dice tomarse el trabajo de traer las naranjas a casa. Y pienso que quizás las naranjas tienen memoria, y una vez que se disipe el trago amargo que caló en los surcos de la tierra que hemos venido arando, será dulce y brillante el jugo de la diva que se desperece y florezca en una fiesta sin penas...

Relacionado

1 comentario:

  1. Carajo qué lindo escribe... casi sentí el gusto agrio de su naranjada

    ResponderEliminar