22.6.16

El amor, el amor

I.

Éramos un grupo de náufragos en procesión curtidos por un mar azulísimo de espuma y coral, que iba cediendo ante una isla con un bosque denso.
Yo sabía que la isla se llamaba Calera y que era un alivio que estuviéramos llegando por fin, aunque me preocupaba un poco que fuéramos los rezagados de la procesión porque el pequeño velero que pechábamos junto con otros dos marineros anónimos se había soltado de la cuerda que unía al convoy.
Mi cabeza es una mezcla extraña de sensaciones en este momento, entre la ansiedad de llegar y la incertidumbre de qué es lo que nos espera. En esa isla vive la Piba. (¿Quién era? Probablemente A. La vi representada de dos o tres formas pero estoy casi seguro — con esa seguridad errática del que sueña—  que la piba me hacía sentir que era A.)
La ansiedad se debía a que estábamos llegando a Calera y dentro de esos bosques, esos extraños bosques que íbamos a tener que sortear a los tumbos, estaba ella, aunque no sabía bien por qué.
La escena del bosque fue más bien breve. Éramos muchos y estaba oscuro. Los árboles eran altos como secoyas, gruesos y húmedos, y la sensación general era la de una procesión que va en silencio por un camino espigado.
Hasta que por fin llegamos a un claro y dentro del claro se erguía una cabaña. A. (o quien fuera) estaba adentro... y lo raro es que seguíamos siendo muchos los que queríamos entrar a esa cabaña. Todos desconocidos caminando sin hablar.
¿Ella era la reina de todo ese palacio estúpido tan atractivo, convocante y remoto? Capaz era huésped. Sabía que estaba ahí. Mi tripulación iba callada flanqueándome sin molestarme hasta el punto en el que hasta ahora no sé quiénes son y cuando crucé la puerta de madera no me sorprendió para nada toparme con un gran escritorio y un recepcionista negro — más precisamente, con la cara del negro que había ido a almorzar al bar y me había dicho que venía de las Bahamas.

II. JOAQUÍN EL NECIO

Si supiera bailar salsa lo que levantaría, pensé. Pero ojo. Lo pensé despierto, lo que hace uno en esos casos con la idea que le toca procesar es simplemente hacer planes de aprender a bailar salsa en el mediano plazo, para después descartar la idea porque en cierto momento se deforma o se desluce. De esas ideas fosilizadas tengo muchas en el haber, como las tres clases de tai chi a las que fui en el verano del '14 o la vez que quise estudiar ruso de autodidacta.
El proceso de realización trae aparejado un premio al esfuerzo que las más de las veces se lleva el otro, que es el que se esfuerza. Así, sabía (y sé, obvio) que no tenía objeción para con el negro que, de golpe, sacó a A. a bailar salsa. Los dos volaban. Era un código hermoso de ver que sólo entendían ellos, con una profundidad que yo no cazo porque mis caderas no responden y soy incapaz de hacer con ellas nada espectacular. Sentí la misma aprensión que siento tantas otras veces, estando enamorado, conforme al horrible espacio para el ¿y si? que guarda, sádico, el cerebro de uno.
Yo sé que ella me ama, pero...
¿Será de verdad impermeable a su encanto? Digo, al encanto del negro que, como canta Albert Plá, parece efectivamente ser mejor que tú.
¿Celos? Sí, ponele. Yo vi Mi Novia Polly. Y no sólo eso. Yo sé que la gente cambia más rápido de lo que uno parece cambiar, y es tan vertiginosa la sensación de un amor llamado a quebrarse de golpe por la estimulación inesperada de un tercero.
El mundo es así, asentado siempre —y a veces sin saberlo— sobre bases frágiles. Y cuando digo el mundo, es literal. Esta tierra que parece tan firme está flotando sobre un magma espeso que mi profesora de Geografía se encargó de explicarme que se llama astenosfera.
La preocupación de fondo que creo haber tenido al ver a mi novia bailando salsa con el negro es lo incierta que puede ser la base sobre la que uno construye un chemin à deux. Perdura incluso un poco después de que ella llega, sonriente y perlada de sudor, a decirme "te amo". Debra Messing.
Sí, esa es mi preocupación. Eso, y que mis sueños sean tan racistas.

III. "THERE WAS MUSIC IN THE CAFÉS AT NIGHT AND REVOLUTION IN THE AIR" (BOB DYLAN)

Fijate como serán de unidos Marcelo y Daniela que le tuve que preguntar a ella, en mi ingenuidad, si eran novios. Su lazo era casi invisible, pero era cuestión de prestar un poco más de atención. Claro, ¿quién no se daría cuenta viéndolos cantar cheek to cheek o cada uno por su lado, pero siempre al unísono?
—Hace quince años estamos juntos— especifica Daniela. Alonso es quien se encarga de preguntarle si nunca se pelean más no sea por definir quién lava los platos. Ella responde que casi nunca.
El amor es para mí como la tierra sobre la que crece uno. Tierra que sabemos, gracias a mi profesora de geografía, que está asentada sobre un magma espeso pero que alberga árboles altísimos que se van conociendo y trenzando entre ellos mientras el agua corre bajo el puente y algunas cosas comienzan y otras terminan. Uno siempre ve desde afuera esas cosas que después, en un texto como este, quiere hacer pasar por testimonios del Amor (eso indefinible y esquivo que se esconde cuando uno termina de decir que lo vio, como si las historias de amor de todo el mundo fueran nada más que relatos de gente que jura por Dios haber visto al monstruo de Loch Ness). Todo está en una mirada o en un chiste irónico o en ese aplauso, casi orgásmico o trascendental, como el que Daniela daba anoche a Marcelo mientras él tocaba solo con su guitarra esos temas que saben cantar de a dos.
Tan distinta a la mirada del que ve pasar un tren o que añora algo o el que revuelve la espuma de su café con leche mientras mira un televisor que repetirá una vez más una noticia de mierda. El amor es una de las pruebas de que nuestras vidas están llamadas a transcurrir como algo más que una página en blanco.

Se ríen, jóvenes, y no se paran de reír. Hasta que Daniela se enoja por algo. Y se enoja mal. Entonces está parada al lado mío fulminando con los ojos a Marcelo que no se da por enterado y yo le digo:
—Parece que está de buen humor.
—Más vale que está de buen humor —me dice—, si es un negro borracho. Miralo, gordo de mierda. Siete dientes tiene. Siete.
Ellos dos se van a morir juntos, pienso, y no lo digo yo. Lo dice Daniela o lo anhela, que preguntó al horóscopo si ellos se iban a morir juntos el mismo día, como en un accidente o algo así. Alonso y yo terminamos con el corazón encendido en una ternura inoxidable, pero sé que si algún día este árbol pierde sus lianas y se destrenza será por ese magma que no perdona y aún así es uno de los árboles más hermosos que me tocó ver en la vida.

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