28.6.16

Mariana Enríquez

P. ¿Creés que ser periodista y narrar la realidad influye en [la aparición de los temas sociales en tus cuentos]?
R. Hace muchos años que no trabajo con la realidad. Hace muchos años que hago periodismo cultural, y el periodismo cultural es como el refugio del periodista al que le cuesta o no le gusta trabajar con la cuestión de la coyuntura. Quizás desde entenderla, hasta tomar una posición, me cuesta. Es un laburo que te tiene que calentar, y a mí no me interesa. Me acerco más a esas cuestiones como un ciudadano común. En el libro hay muchos casos policiales, pero sólo algunos son reales.

Mariana Enríquez en La Nación Revista, 26/6/16,
sobre Las cosas que perdimos en el fuego


27.6.16

Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Me clavé una para darle la razón a Guy Debord

Porque, en cierta forma, él está confirmando a su manera lo que yo sospechaba: cuánto nos cuesta disfrutar del presente, carajo.
¿Por qué motivo? Bueno... no encontré respuesta para eso todavía. Pero definitivamente leer "La sociedad del espectáculo" me anima a querer responder. Guy Debord dice en ese libro que toda nuestra forma de ver el mundo está mediada por un mecanismo llamado "espectáculo" que, a grandes rasgos, opera como si la realidad fuera la mercancía que fetichizamos, considerándola como mera representación, etc.
No soy filósofo ni académico y no me interesa acá hacer un Guy Debord for dummies (que parece ser, además, precisamente lo que necesito); sólo quiero recabar en esta angustia que implica que nuestras vidas se hayan convertido en un ideal publicitario que debemos poseer según no sé quién (el mercado, ponele).
Cada vez que yo subordiné mis deseos a este ideal, terminó todo mal. No disfruto nada por estar todo el tiempo calculando el mayor beneficio en base a Dios sabe qué criterio. A veces me siento una máquina de usar gente, o de esperar algo de ellos, o de preocuparme por qué piensa el otro de mí, porque evidentemente lo que espero del otro es su aprobación, su admiración y su aplauso.
Sólo en algunos momentos me di cuenta de lo inútil y ruin de mis fines y mis métodos, y estuve tranquilo. Cometí el error de olvidarme de eso mil veces y recaer en la ansiedad de poseer lo que no existe, con breves lapsos de creer que efectivamente lo había poseído. Lapsos que duran, ooooobviamente, lo que dura un aplauso.
El cálculo embrutece, ensordece y aturde, achancha. De cada situación genero una expectativa efimera y el feedback, el 90% de las veces, es, según ese bobo criterio, decepcionante. Ahí está la representación artificial del niño genio que persigo con mi necedad insidiosa. Ahí están también, cristalizados como la zanahoria pegada a la frente del burro que camina, todos los momentos de placer y de gloria que conllevan la realización de este ideal imaginario.
El otro día me ofusqué tanto viendo un video de Justin Bieber. ¿Vos entendés lo grave? El tipo, que no conozco y me parece artísticamente detestable, ¡me ganó! ¿Por qué? Porque él es el producto consumado que me mete a mí a querer jugar su juego.
Pero el ejemplo perfectamente consciente que me puse a mí mismo tiene que ver con lo sexual. No me parece que sea especialmente de tu interés, pero es pertinente comentar acá que ya hace algunosm eses eso de lo sexual es una seguidilla de desencuentros y, por ende, de frustraciones. Desencuentro me parece una palabra más que apropiada para describir lo que siento: estoy en otro lado cuando cojo, deseando vaya uno a saber qué o a quién y de golpe olvido que estoy cogiendo (sic), me olvido de disfrutar por repetirme a mí mismo que debería estar disfrutando. El problema, evidentemente, soy yo, aunque quiera eludirlo diciendo que lo que falla es el feeling o la química. Me río al pensar qué diría Rocco Sifredi si vengo a hablarle de química a la hora de culiar. Y es que para Rocco como para cualquiera que sepa hacer bien las cosas, culiar (y, por extensión, cualquier actividad tan relevante como culiar) requiere en primera instancia estar presente al 100%.
La pornografía, al menos la mainstream es, en este sentido, sumamente nociva porque pinta mundos que no existen para consumidores siempre insatisfecho. Representa algo que no se cumple en la vida real y ni siquiera para los mismos actores. Una manufactura más que cabría analizar bajo la lupa del texto de Guy Debord.
En el momento en el que me di cuenta de esto en teoría, pensé: bueno, lo voy a llevar a la práctica. ¿Qué hice? Pues, naturalmente, clavarme una paja en la oscuridad para confirmar a Guy Debord. Estimularme con lo que tuviera a mano (valga la expresión): algún recuerdo íntimo, o alguna sensación próxima, y no algún ideal abstracto (palabra muy importante en Guy Debord) de sexo perfecto que, lógicamente, no existe.
Así que podría decirse que hoy aprendí algo. Con los libros, sí, ponele, como si no hubiera estado buscando en Guy Debord la respuesta a una inquietud que ya venía de antes.
Podría decirse, en rigor de verdad, que aprendí algo importantísimo clavándome una paja en el oscurito.

26.6.16

Guy Debord, 'La sociedad del espectáculo'

La alienación del espectador en favor del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa de este modo: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo en relación con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él. La razón de que el espectador no se encuentre en casa en ninguna parte es que el espectáculo está en todas partes.

Guy Debord, en La sociedad del espectáculo (1967)

22.6.16

El amor, el amor

I.

Éramos un grupo de náufragos en procesión curtidos por un mar azulísimo de espuma y coral, que iba cediendo ante una isla con un bosque denso.
Yo sabía que la isla se llamaba Calera y que era un alivio que estuviéramos llegando por fin, aunque me preocupaba un poco que fuéramos los rezagados de la procesión porque el pequeño velero que pechábamos junto con otros dos marineros anónimos se había soltado de la cuerda que unía al convoy.
Mi cabeza es una mezcla extraña de sensaciones en este momento, entre la ansiedad de llegar y la incertidumbre de qué es lo que nos espera. En esa isla vive la Piba. (¿Quién era? Probablemente A. La vi representada de dos o tres formas pero estoy casi seguro — con esa seguridad errática del que sueña—  que la piba me hacía sentir que era A.)
La ansiedad se debía a que estábamos llegando a Calera y dentro de esos bosques, esos extraños bosques que íbamos a tener que sortear a los tumbos, estaba ella, aunque no sabía bien por qué.
La escena del bosque fue más bien breve. Éramos muchos y estaba oscuro. Los árboles eran altos como secoyas, gruesos y húmedos, y la sensación general era la de una procesión que va en silencio por un camino espigado.
Hasta que por fin llegamos a un claro y dentro del claro se erguía una cabaña. A. (o quien fuera) estaba adentro... y lo raro es que seguíamos siendo muchos los que queríamos entrar a esa cabaña. Todos desconocidos caminando sin hablar.
¿Ella era la reina de todo ese palacio estúpido tan atractivo, convocante y remoto? Capaz era huésped. Sabía que estaba ahí. Mi tripulación iba callada flanqueándome sin molestarme hasta el punto en el que hasta ahora no sé quiénes son y cuando crucé la puerta de madera no me sorprendió para nada toparme con un gran escritorio y un recepcionista negro — más precisamente, con la cara del negro que había ido a almorzar al bar y me había dicho que venía de las Bahamas.

II. JOAQUÍN EL NECIO

Si supiera bailar salsa lo que levantaría, pensé. Pero ojo. Lo pensé despierto, lo que hace uno en esos casos con la idea que le toca procesar es simplemente hacer planes de aprender a bailar salsa en el mediano plazo, para después descartar la idea porque en cierto momento se deforma o se desluce. De esas ideas fosilizadas tengo muchas en el haber, como las tres clases de tai chi a las que fui en el verano del '14 o la vez que quise estudiar ruso de autodidacta.
El proceso de realización trae aparejado un premio al esfuerzo que las más de las veces se lleva el otro, que es el que se esfuerza. Así, sabía (y sé, obvio) que no tenía objeción para con el negro que, de golpe, sacó a A. a bailar salsa. Los dos volaban. Era un código hermoso de ver que sólo entendían ellos, con una profundidad que yo no cazo porque mis caderas no responden y soy incapaz de hacer con ellas nada espectacular. Sentí la misma aprensión que siento tantas otras veces, estando enamorado, conforme al horrible espacio para el ¿y si? que guarda, sádico, el cerebro de uno.
Yo sé que ella me ama, pero...
¿Será de verdad impermeable a su encanto? Digo, al encanto del negro que, como canta Albert Plá, parece efectivamente ser mejor que tú.
¿Celos? Sí, ponele. Yo vi Mi Novia Polly. Y no sólo eso. Yo sé que la gente cambia más rápido de lo que uno parece cambiar, y es tan vertiginosa la sensación de un amor llamado a quebrarse de golpe por la estimulación inesperada de un tercero.
El mundo es así, asentado siempre —y a veces sin saberlo— sobre bases frágiles. Y cuando digo el mundo, es literal. Esta tierra que parece tan firme está flotando sobre un magma espeso que mi profesora de Geografía se encargó de explicarme que se llama astenosfera.
La preocupación de fondo que creo haber tenido al ver a mi novia bailando salsa con el negro es lo incierta que puede ser la base sobre la que uno construye un chemin à deux. Perdura incluso un poco después de que ella llega, sonriente y perlada de sudor, a decirme "te amo". Debra Messing.
Sí, esa es mi preocupación. Eso, y que mis sueños sean tan racistas.

III. "THERE WAS MUSIC IN THE CAFÉS AT NIGHT AND REVOLUTION IN THE AIR" (BOB DYLAN)

Fijate como serán de unidos Marcelo y Daniela que le tuve que preguntar a ella, en mi ingenuidad, si eran novios. Su lazo era casi invisible, pero era cuestión de prestar un poco más de atención. Claro, ¿quién no se daría cuenta viéndolos cantar cheek to cheek o cada uno por su lado, pero siempre al unísono?
—Hace quince años estamos juntos— especifica Daniela. Alonso es quien se encarga de preguntarle si nunca se pelean más no sea por definir quién lava los platos. Ella responde que casi nunca.
El amor es para mí como la tierra sobre la que crece uno. Tierra que sabemos, gracias a mi profesora de geografía, que está asentada sobre un magma espeso pero que alberga árboles altísimos que se van conociendo y trenzando entre ellos mientras el agua corre bajo el puente y algunas cosas comienzan y otras terminan. Uno siempre ve desde afuera esas cosas que después, en un texto como este, quiere hacer pasar por testimonios del Amor (eso indefinible y esquivo que se esconde cuando uno termina de decir que lo vio, como si las historias de amor de todo el mundo fueran nada más que relatos de gente que jura por Dios haber visto al monstruo de Loch Ness). Todo está en una mirada o en un chiste irónico o en ese aplauso, casi orgásmico o trascendental, como el que Daniela daba anoche a Marcelo mientras él tocaba solo con su guitarra esos temas que saben cantar de a dos.
Tan distinta a la mirada del que ve pasar un tren o que añora algo o el que revuelve la espuma de su café con leche mientras mira un televisor que repetirá una vez más una noticia de mierda. El amor es una de las pruebas de que nuestras vidas están llamadas a transcurrir como algo más que una página en blanco.

Se ríen, jóvenes, y no se paran de reír. Hasta que Daniela se enoja por algo. Y se enoja mal. Entonces está parada al lado mío fulminando con los ojos a Marcelo que no se da por enterado y yo le digo:
—Parece que está de buen humor.
—Más vale que está de buen humor —me dice—, si es un negro borracho. Miralo, gordo de mierda. Siete dientes tiene. Siete.
Ellos dos se van a morir juntos, pienso, y no lo digo yo. Lo dice Daniela o lo anhela, que preguntó al horóscopo si ellos se iban a morir juntos el mismo día, como en un accidente o algo así. Alonso y yo terminamos con el corazón encendido en una ternura inoxidable, pero sé que si algún día este árbol pierde sus lianas y se destrenza será por ese magma que no perdona y aún así es uno de los árboles más hermosos que me tocó ver en la vida.

14.6.16

O vento lá fora

O binómio de Newton é tão belo como a Vénus de Milo.
O que há é pouca gente para dar por isso.
****---*********---****************
Álvaro de Campos

13.6.16

La big data

El aleph aludido por el cuento de Borges es "uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos". Llamativamente, el punto en cuestión no es en realidad un punto, sino, a decir de Borges, una suerte de esfera de "dos o tres centímetros" de diámetro que contiene "todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Borges juega con la posibilidad de que una infinita cantidad de visiones sea contenida en una figura geométrica que no es ni infinitamente pequeña ni infinitamente grande.
El gran desafío de big data es que un océano de información quepa en un continente manejable y útil para la toma de decisiones, y este es exactamente el rol que la masividad de la información plantea a la estadística y sus usuarios.

Walter Sosa Escudero,
en La Nación (12/06/2016)

12.6.16

Brecht, 'Questions From a Worker Who Reads'

¿Quién construyó la Tebas de siete puertas?
En los libros vas a leer los nombres de los reyes.
¿Fueron los reyes quienes lomearon las piedras gigantes?

Y Babilonia, tantas veces demolida.
¿Quién la levantó tantas otras veces?

¿En qué casas vivían los constructores de la Lima rebosante de oro?
¿A dónde fueron los masones la noche en la que la Gran Muralla China se completó?

La Gran Roma está llena de arcos triunfantes.
¿Quién los erigió?

¿Sobre quién truinfaron los Césares?
¿Tenía Bizancio, tan alabada en la canción, sólo palacios para sus habitantes?

Incluso en la mítica Atlantis, la noche en la que el océano la tragó,
quienes se ahogaban aún pedían por sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Estaba solo?

César derrotó a los galos.
¿Ni siquiera tenía a su lado un cocinero?

Felipe de España lloró cuando su armada fue hundida.
¿Fue el único en llorar?

Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién más la ganó?

Cada página es una victoria.
¿Quién cocinó el festín de los vencedores?

Cada 10 años, un gran hombre.
¿Quién pagó las cuentas?

Tantos informes.

Tantas preguntas.

Questions From A Worker Who Reads
Bertolt Brecht (1935)


11.6.16

El mal escrito explorando la horrible literatura

"Lucio mandame nota"
(P. D.)

"не работает"
(un cartel en un locker en Rusia)
I

y así, lejos o muy lejos quedaron esos días en los que de la nada extraía una sesuda comparación o una alegoría que servía de fundamento de una teoría para explicar la realidad de todos los días a partir de un catalizador mundano y gracioso, o hasta insospechable, que me permitiera sortear el camino barroso e insidioso, o hasta inexpugnable, hacia lo universal, entendido como algo que un lector de córdoba, del nordelta o de ho chi ming pudiera relacionar sin tapujos ni demora a su propia vida; propósito imposible pero que alimentaba yo, conforme a la Primera Ley de Galeano ("el movimiento rectilíneo se genera a partir del vector de la utopía"), mis eternas ganas de Escribir.
así, lejos puedo decir que quedaron esos días. La bella retórica dio paso a una aridez de pavo frío, y las ideas que pululaban se extingueron como la miel reseca de un panal en abandono.
Pero nopodría decirse que esta vez caí en una disculpa, puesto que esto aún no es eso, ni en el discurso (tan similar a la disculpa) de un exégeta o un intérprete del propio fracaso como Escritor.
Digámoslo menos claramente. Espero el momento en el que las palabras vuelvan a fluir como el dique que espera ahí parado el caudal castigado por una sequía cuyos motivos ninguno de los dos entiende, aguantando inmutable la comezón de los turistas que lo caminan fotografiando apocalípticas postales de lo que es nada más que una fase de un ever changing statu quo.
Seducirme a mí mismo, eso me cuesta. Convencerme, escucharme, lo que has dicho es algo nuevo, me alejo de mí, a veces. Como quien se aleja de ese amigo que desde que se federó en básket se volvió medio banana.
Yo lo dije clarito el otro día (y si uno lo dice clarito, lo piensa clarito, y si lo piensa clarito, difícilmente haya otra forma): "nos estamos desencontrando". Pero...

II

Nos reímos mucho con Mel sobre la procedencia de ese infame y detestable personaje que es Chuavechito, una especie de Dibu rubio y medio pelotudo, en el marco de una lectura marxista (sí, esperá, porque se pone aún más bizarro) en la que Chuavechito representa a una entidad de la raza hegemónica construida ad hoc en torno al mito de un producto de consumo masivo, a saber, un suavizante.
Derrocar a Chuavechito es derrocar a esta mentira del capitalismo. "Es un arma, una dependencia nueva", me dice Mel por WhatsApp a las 19:59.
Chuavechito es ese tierno caballo de Troya que entra a nuestra casa para sensibilizarnos, se para sobre el lavarropas y canta su tierna canción de sirena sorda.
Irrebatible: Chuavechito es sólo un nene, y es rubio.
Si no tenés un lavarropas, jodete.
Si sos negro, you're out. (If you black, mmm brother, get back, get back, get back).
Y si sos insensible a Chuavechito, vos sos el monstruo.

"Ya tenés algo nuevo para escribir", me dice Mel.
Y ahí es cuando yo pienso entodo lo que dije en el texto anterior. Hablé del Cif Crema aquella vezy mientras lo escribía fue como un chispazo, como encender la luz en una habitación ordenada en la que lo único que hay que hacer es ponerse a describir qué es lo que uno ve. Los tachones del texto original no eran ningún titubeo, así como no duda quien tacha "rosado" para especificar: "magenta".
Una nostalgia grande como una casa me invadió después de haberme reído out loud con Mel y nuestra postura sobre el boludo del suavizante. No estoy preparado para escribir otro texto, y menos como un relámpago, un blitz, como aquél. No es complicado imaginar que un texto que sale así solo se debe a una idea que se ha venido rumiando en silencio, y que ha ordenado la habitación sobre la que ahora (como dicen los ñoños) "se arroja una luz meridiana".
Así dicho, escribir un texto parece ante todo el atisbo de una responsabilidad muy fulera, acaso la más desmedida que le cabe a un mortal, que es revertir la entropía o al menos organizar una parte del caos, asirlo y hacerlo comprensible a los otros. Asimov lo hacía mejor que su propia Multivac, pero si ella pudo eventualmente revertir la entropía de todo el universo, Asimov no hizo más que escribir un texto formidable que esa misma entropía irá desgajando, si no hoy, en 1000 años.
¿Y yo? Yo me estoy comparando con Asimov, y probablemente por eso me vaya tan mal. Pero si él ha podido, como Gershwin, llegar a producir 20 obras al día, es porque le ha dedicado tiempo y esfuerzo a la tarea quijotesca de explicar el mundo regando, cultivando y dejando macerar de los frutos de la imaginación y de esto a mí no me hablen porque el otro día se me secó una planta que debía regar tan sólo una vez por semana. Yo estoy buscando ese error garrafal en mi forma de concebir el oficio de escritor (o el artesanato, como dice dulcemente Hebe Uhart), error que repito todos los días, pero probablemente no se trate de eso.
Uno mira de cerca a sus modelos a seguir (tan útiles como desechables) y extrae de todos la misma conclusión: toda maestría conlleva un proceso. Dudosamente, por no decir nunca, se ha visto alguien que "nazca siendo un buen escritor"o que, aún más inverosímil, se vuelva un buen escritor de la noche de la mañana y por intercesión de las causas más diversas, desde la ayahuasca a un golpe fuerte en la cabeza a lo Tom y Jerry.
Pero aún hay más. Si algún día (también dudosamente) concluyera esta "formación del escritor" (como quien se recibe en esta carrera nueva que abrieron en la Universidad de La Plata y que yo imagino tan parecida al famoso sketch de Cha Cha Cha), queda todavía un gran deber, y es ponerse a escribir, carajo. Y si uno planea generar un texto perdurable, esto es, que sea (como el de Asimov) un dique de significado que resista al caudal incontenible de la entropía por una cierta cantidad de tiempo antes de desgajarse, uno tiene que poder llegar a cierta profundidad a la vez que entrenarse para, como suele decirse, "tocar un nervio" en la sociedad que lo lee. Demás está decir que leer y viajar son dos ejercicios elementales en el proceso de aprendizaje. Pero es el momento de planificar, construir, componer el universo de una obra que en el mejor de los casos tendrá vida propia, separada de su autor (el famoso res ipsa loquitur), el momento en el que éste extraerá toda otra clase de enseñanzas. Lo que añadiría a la formación un tercer ejercicio, que es el de escribir. Puesto que, como dice la segunda ley de Machado, "el vector no preexiste al cuerpo móvil sino que el cuerpo, en el movimiento rectilíneo, conforma al vector".
Creo que, en parte, (lo que yo percibo como) mi imposibilidad momentánea para enfrentar con originalidad todas estas cuestiones es la razón por la que no compongo el texto que, en continuidad con el del Cif Crema, hablará de derrocar a Chuavechito. Este magma de teorías sobre el que me muevo, por terquedad más que por vocación, a la hora de escribir, es a la vez lo que me pongo como excusa, lo que me ayuda a crecer y lo que me llama siempre a cierto silencio prudente, que muchas veces se parece en los hechos a un silencio de cagón.

10.6.16

Kapuściński, 'Hotel Metropol'

Sus compatriotas, impecablemente elegantes, se apartaron de él como un apestado y lo expulsaron de su círculo, prohibiéndole incluso llamarse inglés. Dirty lump. ¡Sucio despojo! Cincuenta y cuatro años de vida. ¿Qué le queda? El poder beber un poco de whisky e irse de este mundo. Así que bebe mientras espera su turno para bajar al sepulcro. "No te cabrees con los racistas", me dice, "ni con los burgueses. ¿Acaso piensas que no acabarán criando malvas en la misma tierra que tú?"

Hotel Metropol, Ryszard Kapuściński (1960)

9.6.16

Las naranjas tienen memoria

La naranja es una fruta sensible que crece en la huerta de un desprevenido paisano en la ciudad de Bella Vista.
Sabe que es la diva. Hay una fiesta en su honor en el pueblo cada vez que levanta sus ramos verdes y se despereza en el sol de octubre.
Hoy voy a nadar en tereré —dice una Cadenera.
—Hoy, mmm... no, mejor... me voy a la cobertura de un budín de pan —dice una Salustiana, apenas más modesta.
Triste destino ha encontrado el jardín florido de las Hespérides de Bella Vista cuando la lluvia arreció en febrero, y el Paraná dejó en lugar de campos verdes una gran superficie cubierta por un aguado y mohoso jugo de naranja.

Nada fue lo mismo para Nélida, jubilada de Malabrigo, Santa Fe, cuando fue esa mañana de marzo al almacén de don Elio y se desayunó —valga el juego de palabras— con que las naranjas estaban a 48 pesos el kilo.
— ¿¡48 pesos el kilo!? —exclamó Nélida, llevándose la mano al pecho ancho del cual colgada suspendido en un valle angosto, medio incómoda, una imagen de la Virgen de Luján.

Fue por esos días en los que un burro anduvo sobrevolando en helicóptero aquél pastizal hecho engrudo por las inclemencias del Niño, sobre el que reflotaban no sólo naranjas sino limones, mandarinas, peras, soja, sorgo, trigo, vacas, hombres, casas, puentes, botes, tigres y burros como el mentado.
—Evidentemente acá sobra algo —dijo Donkey Kong haciendo alarde de una gran capacidad deductiva.
El Niño perdonó la barrabasada y se retiró lentamente a la Isla de Pascua o adonde fuera que se refugiara cuatro años antes de salir a inundar campos ajenos. El otoño venía de a poco con vientos y hojarasca que se llevaron el agua y el engrudo, y el helicóptero del burro que alegó no sé qué cosa para refugiarse en Los Abrojos, lugar del que jamás tendría que haber salido en primer lugar.

Lentamente florecían las divas en aquél silencioso parque en Bella Vista. Nacían pequeñas, cautas, tímidas, brillantes, de a miles. La gente las trataba con respeto. Pensaban mucho en ellas, pero más pensaban en su propio temor a lagripe, a las inundaciones, a la escasez.
—Ojalá no pase de nuevo —murmuró una amodorrada mandarina.

Pruebo un sorbo del jugo de naranja que pedí en un bar por Chacabuco en una mañana fría y soleada de principios de junio. Está agrio.
Pienso en todos esos paisajes y todos esos procesos y todos esos momentos en los últimos tiempos en los que más de uno pensó que se iba todo al carajo. No quiero quedarme sin mis divas, que me gustan tanto y que aparte son una gran fuente de trabajo para la gente de allá de donde yo soy. El jugo está agrio y no sé por qué pero antes tuvimos queconformarnos con agua con saborizante y tampoco nadie sabe por qué; Nélida y yo no estamos a salvo ni de las inclemencias del Niño ni de la caprichosa falta de misericordia del que dice tomarse el trabajo de traer las naranjas a casa. Y pienso que quizás las naranjas tienen memoria, y una vez que se disipe el trago amargo que caló en los surcos de la tierra que hemos venido arando, será dulce y brillante el jugo de la diva que se desperece y florezca en una fiesta sin penas...

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