9.2.16

"Yo me voy a la mierda": unas vacaciones en Porto Alegre

1. SI TUVIERA QUE DECIR QUE NO ES DECADENTE

Me senté en un bar con el apremio de sacarme de encima toda la mierda que junté a cuentagotas. Por fin, la angustia terminó y, aunque todavía estoy un poco machucado, ya tengo el pasaje para salir de Porto Alegre y sólo resta esperar a que sean las doce menos cinco de la noche.

Debí haber supuesto que me tendría que haber quedado en aquella paradisíaca playa en Santa Catarina. Debí haberlo supuesto incluso cuando llegué a la terminal y no sabía dónde mierda estaba parado. Apenas me permití sospechar cuando un indigente me sacó todas las monedas. No me molesta, en general, dar plata a los indigentes, pero mi optimismo no me permitió atizar aquella sospecha: iba a descubrir que hay muchos, muchísimos indigentes en Porto Alegre. Hay tantos que es difícil ver qué es lo que tiene de alegre. En general, no hay indigentes alegres. Conozco algunos, pero son raros. Es como encontrar un cajero de vocación, un verdadero amante de la vida a prueba de balas. No, he visto de los comunes, y los he visto de muchas formas: junto a su carro de cartones, tapados con bolsas de arpilleras, amontonados entre cajas, y hasta vi dos haciendo cucharita en el estacionamiento de un supermercado. Porto Alegre es una ciudad cambiante como cualquier otra, pero los indigentes fueron la única cosa que vi realmente en todos lados. Tienen hambre y moretones. Duermen mucho. Hay al menos uno por plaza. Envidio un poco al desalmado que pasa junto a un indigente y no le afecta en lo más mínimo; pienso que ellos sí podrían encontrar alegría plena en Porto Alegre.

2. HERE COMES THE SUN?

Aunque se me estaba acabando la guita, no me preocupé mucho. Mi objetivo (y se lo decía francamente a todo aquél que se me cruzaba) era quedarme en Porto Alegre todo el tiempo que pudiera; el viernes a la noche iba a salir a buscar laburo en algún bar de la Cidade Baixa. Aquello no me costaría, y los números cerrarían regio. Me imaginaba a mí mismo atragandándome de libros en portugués con la plata de las propinas. El viernes era el día; tenía que ser un idiota para no darme cuenta de que estaba en la cresta de la ola.
Mi cara no se torció cuando el tiempo se empezó a descomponer. La ciudad todavía estaba llena de vida. En el lobby, todos los huéspedes del hostel confiábamos en que iba a ser una lluviecita pasajera. Tranquilamente, me entré a bañar cuando caían las primeras gotas.

Fue entre champú y acondicionador cuando sentí el gran ventarrón. De golpe, se apagó la luz y estalló un vidrio de la azotea. Escuché pasos que bajaban la escalera, portazos en todos los pisos. En quince minutos, el viento alcanzó los 120 kilómetros por hora. Era una bestialidad de lluvia horizontal que hacía flamear un edificio de tres pisos como una sunga de seda colgada de un broche de plástico. Esa noche, todos los árboles del parque Farroupilha fueron arrancados de cuajo.

Salimos a ver la calle. Hordas de gente mojada de pies a cabeza iban y venían buscando taxis en la oscuridad. Los veíamos apenas con las luces de emergencia en el apagón general. Claro que cuando empezamos a escuchar disparos, entramos.

Mi optimismo estaba empezando a desinflarse de a poco. Pero, al fin y al cabo, estaba donde quería estar. Repetía a cada rato que la luz iría a volver en como mucho 20 minutos.
Así por 36 horas.

3. TÉRMINOS Y CONDICIONES DE LA CAPITULACIÓN

Pagué el pasaje con gusto. Con ansiedad. Con miedo a perderlo. Sin importarme si en el momento tuviera que desembolsar diez mil reales y mi virginidad anal. El asiento 46 del próximo ómnibus que saldría hasta la frontera con Argentina; es decir, el último asiento disponible en la última fila de un colectivo cargado de argentinos que vuelven de Camboriú. La forma más indigna de volver al país. Una última victoria de Porto Alegre sobre mí, que no me deja más opción que reconocer la derrota y permitirme la capitulación bajo sus propios términos y condiciones. Toda la estadía fue una absurda lucha a volantazos para zafar de la completa desesperación; y qué copado que hubiera sido si al final del túnel aguardara un premio. Pero cuando vi a un chabón comerse a la única mina con la que había empezado a remarla, dije simplemente: "mi optimismo es de acero, pero se oxida. Yo me voy a la mierda cuanto antes."

4. LA DULCE ESPERA

Vos hubieras visto la cara del negro que me vendió el pasaje cuando, al momento de imprimirlo, se volvió a cortar la luz. Fue cómico. El negro con una camisa blanca llevándose las manos a la cabeza pelada, y sonriendo marfil mientras decía "puta que pariú!". Yo estaba más allá de cualquier mala noticia y si me hubieran dicho que tenía que empujar el colectivo hasta Uruguaiana hubiera dicho "joya, siempre que me muestren la salida". Un auténtico Sísifo de vacaciones.

"Pero trancuilo", dijo el negro riéndose todavía, "vas a tener el pasaje. Fica trancuilo".

Así que volví caminando tranquilamente a la Cidade Baixa y me senté en un bar de la Rua da Republica: un hermoso local de madera, con luces bajas y gaúchos viejos que beben solos. My kinda place. Me dieron la cerveza más berreta porque es la única que tenían fría. Me senté a escribir esto que estoy escribiendo y mañana a la mañana, cuando me despierte, voy a estar en Paso de los Libres y toda esta opereta estúpida, esta seguidilla de ocasiones en las que no pegué ni una, va a parecer un mal sueño. Atrás, apenas un poco más atrás, voy a verme a mí mismo sentado en una tabla de surf en el mar infinito, o conmovido hasta las lágrimas por una mesa gigante de gente que se despedía de mí cantando "no se va, Patricio no se va..."

Este momento de sinceramiento es también el único que tuve en los últimos tres días donde no fui presa de una angustia sin solución. Contra todo pronóstico, Porto Alegre fue una de las experiencias turísticas más fuleras de mi vida y no veo la hora de retornar al país. Con Macri y todo, mirá lo que te digo.
Pero vuelve una vez más ese optimismo bobo, ese optimismo que ya se reveló oxidable. Y pienso todavía que otro Porto Alegre es posible, y con otro Porto Alegre no digo, obviamente, cambiar la ciudad, sino volver revisando eso en mí mismo que me hizo encontrarla tan hostil y tan agreste. Entonces pienso, de golpe... ¿estaré listo para volver por el round 2?

31/01/16