20.10.16

La cordobesidad y los muebles de pino

1.

Mi vieja los descargó en la vereda en su frenesí de buena idea: muebles nuevos. Había que subirlos al primer piso por escalera. El escritorio fue fácil. Pino, fino, liviano. Lo complicado fue el futón. Lo desarmamos y lo subimos en tres partes, intentando coordinar nuestros esfuerzos con mi abuelo que había ido a ayudarnos, el que hasta hoy es el que más pecha. La luz de la escalera se apagaba sola, como en todos los buenos consorcios del diablo, y la mitad de la operación la tuvimos que hacer a oscuras en un pasillo que olía a perfumina y en una provincia a la que todavía no estaba acostumbrado.
Todos los muebles eran de pino o algarrobo. Color marrón claro. Ningún roble. Ningún nogal. Nada muy excéntrico. Decoración austera. Mamá compró lo que para ella era lo mínimo indispensable, y hasta hoy eso me sigue pareciendo muchísimo. El abuelo se calentaba más en ver cómo mierda íbamos a meter esos muebles en el departamento de un ambiente. Mi vieja es así: cuando le agarra el afán tarjetero, es capaz de comprar el sol. Esos muebles de pino me sabían a vida cero kilómetro.

Yo era la última persona consultada en el proceso de armar una base correntina en Nueva Córdoba allá por enero del 2012. Con justa razón. No sabía hacer una reconexión de gas, ni sabía cómo se hacía un guiso de lentejas. No sé si mi vieja sospechaba que tarde o temprano iría a aprender. No sé si sigue pensando que, con mucho esfuerzo y dedicación, mi guiso de lentejas podría algún día llegar a ser mejor que el suyo: para las madres, todos los hijos son siempre tabula rasa. Si se descarrían, intentan reencauzarlos amorosamente. Y si las sorprenden, se ponen orgullosas. Pero nada más. Para ella, todo ha venido de su útero, lo que es lo mismo que decir que todas las habilidades que desarrolle un ser humano a lo largo de su vida han venido prefiguradas por ella misma.
No hay lugar para sorpresas en la mente de alguien que cree conocerte de pe a pa, y da lo mismo si se basa en autoridad o puro prejuicio.

2.

Puedo decir con bastante certeza que la primera semana que viví solo en Córdoba fue la más feliz de mi vida.
Yo no podía creer lo que tenía, me parecía mucho. Hoy, viéndolo en retrospectiva (habiendo pasado por dos o tres momentos fuleros, que me hicieron tomar la decisión de desmantelar todo eso: vender los muebles, no renovar jamás un contrato de alquiler), también veo que tenía mucho.
Ese lugar era mi reino, mi reducto. Y lo mejor de todo: quedaba en un lugar que todavía me faltaba conocer.
Así se inició una serie de paseos diurnos y nocturnos en los que siempre me sorprendía algún detalle. Como la vez en la que, literalmente en la esquina de mi casa, estaban por abrir un bar y adentro sonaba Belle & Sebastian (banda con la que estaba sanamente obsesionado). La primera incursión a la peatonal fue un delirio que hasta hoy me parece excesivo: caminaba frenéticamente por las galerías sin saber dónde estaba ni dónde iba a terminar, escuchando el soundtrack de Amélie porque había leído por ahí que era "la música que sonaba a descubrimiento". Todo lo que absorbían mis ojos abiertos y atentos maceraba hasta volverse una entrada de este blog.
Todo eso conformó un ciclo de entradas en las que presentaba a Córdoba como un explorador ingenuo y alucinado. Algunas de ellas: Córdoba es como un baile, La calle Balcarce, Más de la docta para empachar.

3.

Mario me preguntó el otro día si conocía a alguien que la hubiera pegado en Córdoba. Le respondí tentativamente: Omar Hefling. Por supuesto que todo depende de cómo lo defina uno. Entonces, me pregunto por qué, y le dije sin pensarlo que porque tenía un sueldo de planta permanente en la Municipalidad.
Citó dos o tres ejemplos de personas que vivieron acá y se fueron, y en otros lados fueron exitosas. Conocidos de él que ahora viven en Buenos Aires, en el DF. Él mismo me dijo, probablemente sin pensarlo o habiéndolo pensado muchísimo (con Mario nunca se sabe) que se iba a ir a vivir a un pueblo en Catamarca donde lo único que hay es desierto y mucho viento. A mí me sonó como si quisiera dar un paso al costado. Probablemente esté podrido de todo esto. Yo no. Yo quiero meterme al pogo.
No voy a decir que el desencanto inició con un episodio en particular. Nunca es así salvo en las pelis. Es mucho más lento, mundano y lamentable: descubrir que te estás desenamorando no es un proceso épico, sino una sórdida acumulación de pequeños trastornos que huelen a encierro. Lo demás, es sólo comprobación. Hace no más de una semana Franco, mi profesor de guitarra, me contó de su currículum. Franco tocó y produjo con músicos que fueron sesionistas de Charly, Spinetta — esto es, lo más lejos que podés haber llegado en el rock argentino de estudio. Pero no sólo eso: me contó que, pese a su experiencia (que él cuenta en forma modestísima, pero sin escatimar en precisos detalles) le costaba conseguir laburo en Córdoba porque todos los estudios importantes están manejados por tres personas. Me dijo los nombres. Eso es lo que más me duele: se sabe quiénes son.

Un tiempo tuve contacto con un grupo que oponía una sincera resistencia a eso, mostrándole los dientes a una parafernalia artística tan cristalizada como patética. Son los de Freak Kat Records, cuyo trabajo admiro muchísimo, cordobesidad aparte.
Pero a ellos les debo una experiencia en carne propia de la cordobesidad que no quiero imitar ni me interesa: el hecho de tener que pagar derecho de piso para que escuchen tus ideas. Es la raíz del conservadurismo artístico, sea en el ámbito que sea (y aprendí que, en lo que respecta a laburo artístico, eso que llaman circuito alternativo es sólo paralelo, pero no esencialmente distinto, al circuito que llaman mainstream). Lo que me parece increíble de los cordobeses es que lo expliciten con tanta soltura. Es la forma en la que las cosas se hacen acá, pienso. Y el hecho de que puedan dar fe de ello sin ningún tipo de remordimiento, demuestra que jamás tuvieron interés en revisar su forma de hacer las cosas.

4.
El desencanto con Córdoba nació de una curva muchísimo más larga y menos obvia que la correntina, ciudad en la que no tardé en darme cuenta que la cosa no iba.
A Corrientes le guardo cariño como uno extraña la cuna; esos seguros barrotes de pino (esta vez, color verde agua) que te aseguran que todo está bien.
A Córdoba, en el sentido sentimental, no le guardo ningún respeto. Una amiga de acá me reprochaba no militar en ningún barrio, sino ser un venido-de-otro-lado que viene a mamar de la Universidad, no sale nunca de Nueva Córdoba ("!", pensé) y cuando termine la Licenciatura se va a volver a su pueblo ("doble !"), como si Córdoba fuera una puta que usás, pagás y te vas.
Esos son los cordobeses que intento no cruzarme: aquellos que jamás se han cruzado al otro lado. A veces me da la impresión de que, no importa lo grande que sea la familia del arte cordobés, es sólo una familia: lazo cosanguíneo en el que se sabe siempre quién es el que manda, y se mira raro al yerno nuevo que cae vestido rarito a comer bagna cauda.

Pero mal que mal, los reproches que me hacen son con razón. Al final del día, no tengo ganas de comprar derecho de piso si eso implica estar veinte años jugando con reglas que no son las mías. Llámenme ansioso, pero una empresa vital no se decide de un día para el otro, de la misma forma que mi vieja jamás se queda con la primera oferta que encuentra en muebles de pino.
Y también: probablemente no tenga nada que aportarle a Córdoba, también por falta de ganas, más que mi laburo de hormiga que apenas me alcanza para vivir a mí. De ahí a poder hacer la revolución en los barrios por vía mancomunada, media un compromiso que no estoy en condiciones de asumir, porque antes decidí renunciar a la hospitalidad de la Docta.

5.

Digo, me gustaría que esta no fuera una de esas entradas de "me voy por estas razones". Lo que sí sé es que lejos quedaron esos días de optimismo desenfrenado en el que el olor a mueble de pino impregnaba todo (ay, esa vida cero kilómetro). Parece joda, pero cerca de mi laburo hay una casa de muebles de pino, y pasar por ahí todas las mañanas y oler la fragancia de los muebles expuestos en la vereda me hace recapitular fotográficamente todas esas aventuras que eran enormes y privadas.

Mucho después, la realidad golpea y de ese golpe uno extrae una síntesis. Generalmente se resume en "ni muy muy ni tan tan": condiciones que ni son óptimas ni son pésimas, sino que como todas las cosas reales (mundanas, como desenamorarse) están en un tibio punto medio.

Pero más valiente que una entrada de despedida es generar un texto programático. En este sentido, a la hora del regreso a Córdoba, que no sé cuándo será, voy a poner a prueba la siguiente hipótesis: ese tibio punto medio puede empujarse para mejor.
Soy consciente de un increíble cambio cultural que se ha dado en Corrientes en los últimos cinco años. Poniéndolo en escala, no parece la gran cosa; pero es mi cuna, de la que estoy para siempre enamorado, y los artistas de la escena correntina que han ido abandonando su dejadez y sus categorías me llenan de optimismo.
Córdoba es una ciudad mucho más dinámica. (Con un mercado mucho más dinámico, claro está). Pero, increíblemente, incurre en el mismo pecado en el que incurren los curas: pensar sólo en su claustro. Acá está muy mal visto sugerir que el de afuera te va a venir a decir cómo es la jugada. La endogamia es morbosa, y eso se nota en los productos. De lo que Mario cuenta, se infiere que lo más fácil es abandonar. Si te vas la pegás. Y si volvés, no importa un carajo qué hacés sino a quién conocés. Eso se infiere de lo que dice Franco.

La empresa de permear este denso tejido de lugares comunes que es el arte cordobés parece quijotesca, delirante. En el teatro se consigue mucho más que en la música, merced a los estudiantes egresados de la Facultad, que en gran parte vienen de otro lado. En la literatura no sé. El escritor, se me hace, es el tipo de artista más celoso con su invidualidad, no sea cosa que confundan su genio con el de algún otro. Prefiere dar un taller con su nombre antes que perder la firma en un medio.

No sé cómo hacer esto que me propongo, ni en este momento me interesa. Como no me interesó Corrientes cuando mi tarea más grande fue subir un futón de pino. A veces es hora de reconocer que ha llegado la hora de que el aprendizaje provenga, simplemente, del otro lado.

20.9.16

Tanto estudiar para terminar fumando Jockey largos

"¡Hola, maestro!"
(El kiosquero de enfrente de la facu,
cuando fui a comprar un Camel 10)

Tres largos años hace que no vivía esta adrenalina un poco tonta y arrebatada de preparar un final: los mates a trasnoche, los resaltadores resecos, la sensación siempre presente de que han quedado datos que todavía no se absorbieron, apuntes sin leer, a medio marcar, y que si me preguntan esto cagué fuego, y esto, y esto; una larga caravana de noches sin dormir, sin salir y sin culear para llegar hecho un manojo de nervios, un gran talón de Aquiles. Y que todo se dirima en esta instancia concluyente que dura 20 minutos en un aula semivacía; que tiene que ver más con la retórica que con el mérito, más con un capricho del bolillero que con la monumental preparación bibliográfica. Definitivamente, tiene más que ver con tics nerviosos (llanto y taquicardia) que con elevadas cumbres de la cultura.
Si pudiera, me fumaría dos puchos a la vez, pienso.
Y todo esto porque busco pertenecer a este recinto contra el que los rebeldes despotrican: la academia. Entendida, claro, como un salario a cambio de hablar de lo que me gusta a mentes ávidas y jóvenes, que es uno de los consuelos (pocos, a esta altura de la modernidad) para el que se mete a estudiar Letras sin intenciones de ser el próximo Flavio Lo Presti. Me la imagino a la Bixio caminando por los pasillos de Casa Verde condensando (en su persona, en su cuerpo, en su arrogancia) todos los doctorados de los que dispone; fumando Jockey largos con un comentario irónico y mordaz siempre al salto con su voz ronca; formada por la autoridad de largas noches solitarias de estudio como las mías propias, hace cuatro noches.

El destino final de la vida.
Sólo un niño piensa tan insistentemente en el destino final de la vida. Yo estoy sentado en una especie de purgatorio que es este banquito de madera esperando que me llamen para rendir una materia del ciclo básico, turno de examen ocho. Con pánico al fracaso como si fuera definitivo y anulador no sólo de un promedio que cuido celosamente sino de la confianza misma en mi capacidad (ya dudosa) de convertirme en académico. Oficio que debe tener sus bemoles (me los imagino, por algún motivo, enmarcados en algún reclamo sindical) pero que, por otro lado, garantiza el acceso a ese club de sabelotodos que se juntan a tomar café en Plaza de Filosofía, fuman Jockey largos como Juan por su casa y a veces se cruzan de piezas en un hotel lleno de conferencistas de literatura en Guanajuato.
Cuál será mi desazón cuando aparece una de las adscriptas que tuve en primer año (colérica, petisa, de pelo corto) y le dice a dos de sus colegas (anteojos, borcegos, con pinta de haber leído a Saer) que no ve la hora de irse de acá. No aguanta más este pasillo, esta facultad. No aguanta más la academia.

Sí, mi visión es un poco idealizada. Ahí está el niño de nuevo, queriendo a toda costa sumarse a la mesa de los grandes, muchos de los cuales no se toleran ni a sí mismos. Pero si Romina le ha pifiado de manera tan grotesca con la elección de un laburo que requiere mucho esfuerzo obtener, ¿qué me garantiza a mí que no me va a pasar lo mismo? Digo, ¿qué hago acá, en última instancia, sufriendo este purgatorio que aparentemente año tras año es sólo igual a sí mismo? Así es como la vocación de golpe le abrió la puerta al desencanto: con la palabra azarosa de alguien que transitó ese camino y asegura aquí entre nos (y yo, que no tenía que escuchar) que es una mierda.
Lo complicado de idealizar es eso: que idealizamos cuando no tenemos el camino recorrido ni mucho menos, y por consiguiente no tenemos argumentos para afirmar que es el correcto. La solución sólo parece ser un ejercicio de paciencia y tenacidad, y la fuga, una habitación de hotel en Guanajuato. Últimamente, ni siquiera aparece como consuelo probable una conquista sindical.

Pero ahora mismo, en vez de resolver definitivamente esta cuestión, sólo me queda como opción fumarme tres puchos a la vez. Y asegurarme que, tanto para el examen que estoy por rendir como para los grandes interrogantes de la vida, la respuesta está metida en un oscuro rincón de mi cerebro.


8.7.16

Boris Vian

En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orléans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo, y toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo.

Boris Vian 
en el prefacio de L'écume des jours (1946)

28.6.16

Mariana Enríquez

P. ¿Creés que ser periodista y narrar la realidad influye en [la aparición de los temas sociales en tus cuentos]?
R. Hace muchos años que no trabajo con la realidad. Hace muchos años que hago periodismo cultural, y el periodismo cultural es como el refugio del periodista al que le cuesta o no le gusta trabajar con la cuestión de la coyuntura. Quizás desde entenderla, hasta tomar una posición, me cuesta. Es un laburo que te tiene que calentar, y a mí no me interesa. Me acerco más a esas cuestiones como un ciudadano común. En el libro hay muchos casos policiales, pero sólo algunos son reales.

Mariana Enríquez en La Nación Revista, 26/6/16,
sobre Las cosas que perdimos en el fuego


27.6.16

Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Una petit-playlist para volver a Corrientes

A veces me acuerdo de Jorge o de Facu, compañeros míos del hotel, bastante más grandes que yo. Ambiciosos e inteligentes. Sometidos a renegar entre esas planillas de mierda para un jefe impredecible. Los recuerdo con cariño. Al jefe también. Si alguna vez trabajaste en un hotel, ya estás en la lista de personas con una o dos historias interesantes que contar. Supongo que lo importante es desarrollar la mirada. El mejor trabajo que desempeñé en ese hotel, aparte de ser un conserje diplomático y más o menos eficiente, fue desarrollar la mirada para cazar las historias. Desarrollar la mirada implica a la vez detenerse y retener los detalles, y poder contemplar el mapa completo. Había momentos especiales en ese hotel, que son los momentos que después son dignos de contarse. No en cualquier momento, pero evidentemente, en alguno, son dignos. Podría recordar aquí, sólo a modo de ejemplo, esa noche en la que recibí al dealer del jefe, que estacionó un remís en el parking, cuando en el hall había un policía montando guardia porque el hotel brindaba un programa de protección de testigos.
—Patricio —me dice C* por el interno a las dos de la mañana, llamándome por mi verdadero nombre—,¿Sigue ahí el cana?
—Va a estar toda la noche, C* —le digo—, el hotel está inscripto en un programa de protección de testigos.
—Ah, sí —dijo. Hizo un silencio de unos segundos y pensó en voz alta: —bueno... mirá... como decirte... va a venir un amigo en un remís. Hacelo pasar inmediatamente. Y si pregunta, decile que el policía está porque el hotel brinda un servicio de protección de testigos.
—OK, C*.
—Tratá de que no se ponga nervioso.
Pasó exactamente como me imaginé que iba a pasar: cinco minutos después un remís llegó recagando y yo, que lo vi por la cámara número tres, le abrí el portón automático. Entró un flaquito que se movía a la misma velocidad que su coche, y casi sin saludar se metió en el ascensor. Cinco minutos después estaba de vuelta. Miraba al cana de reojo, que no se daba por enterado porque estaba entretenido viendo la transmisión de Jesús María.
—Chau, 'ta luego —dijo con un dejo a kiosquero.
—Buenas noches —le digo, y le abro el portón automático. C* estuvo en silencio una hora o dos hasta que me llamó por el interno para pedirme que le suba tostaditas con manteca.

Esto fue a modo de ejemplo. En este momento estoy mecanografiando una entrada en este blog que estaba por hablar de algo totalmente distinto, pero como es tan cómodo mecanografiar (hace muchísimo no lo hacía, porque mi compu se rompió hace dos meses) me demoré en una anécdota que no viene a cuento de nada.
Hablaba de Jorge y Facu, nombres reales de empleados que no sé si lo siguen siendo de un hotel céntrico cordobés. Dos de las personas que espero, jamás lean esto. (Si manejo bien los botones de privacidad en Facebook, estamos salvados por el momento. Lo único que me cagaría el plan sería un súbito wikileak).
Cuestión que ellos son mucho más grandes que yo. Facu, creo, roza los 40 y se casó el año pasado y se fue de luna de miel a alguna playa bonita. Nació en Jujuy. Sigue hablando en jujeño por momentos y creo que sigue siendo hincha de su equipo en Jujuy, que supongo que es Gimnasia, porque para él el fútbol es bastante importante. Jorge es de Rafaela e hincha de Douglas Haig. Siempre me pareció un gesto rebelde no ser de la Crema, gesto especialmente admirable en Jorge que nunca caía con la camisa sin planchar.

Fue en mi inmadurez perpetua en la que yo me preguntaba, cómo podían pasar meses y meses encerrados en ese hotel sin volver a sus casas. Lo más angustiante era precisamente eso: un calvario que no tenía fecha de finalización.
Esto tiene una explicación lógica. Yo llegué acá, como muchos de mis amigos, en condición de estudiante, no de "laburante". Los estudiantes tienen un calendario común: en verano, todos se alzan a la bosta y Córdoba es, en algunas zonas, una ciudad fantasma. No voy a negar que nosotros, una manada de jóvenes acechados por los finales y las hormonas incontrolables, que hacemos quilombo en la vía pública y estamos explorando el mundo de vivir solos (ese extraño mundo compuesto de expensas, tachos de basura y noches solitarias), inyectamos una dosis de emoción a una ciudad que por momentos parece demasiado anciana.
Los Estudiantes de Otros Lados somos, entonces, una raza que no se compromete demasiado en lo cronológico. La mayoría ni sabemos si queremos vivir en Córdoba por el resto de nuestras vidas. Algunos ya hemos decidido que no, y mamamos frenéticamente de esta vitalidad académica para después levantar la carpa y darle paso al siguiente. El laburante es distinto. Tiene una idea bastante similar al "you're here forever" de Homero y pareciera que se resigna heroicamente a su sino. Esto me hacía demasiado ruido, porque yo no me consideraba un laburante. No sé qué carajo hacía en ese hotel. Por eso no prosperé. Si me hubiera quedado, hoy la paga sería mejor y estaría más nutrido de historias. Pero no había hecho el clic. Creo haberlo hecho, pero sólo creo, ahora que estoy en un laburo que me gusta y en el que siento que pertenezco, y no me apremia volver a Corrientes.

Eso me intrigaba muchísimo de Jorge y Facu. ¿No extrañan esa ciudad en la que pasaron su adolescencia?
El clic es ese: no extrañar. Aunque en realidad, no es no extrañar. Nunca es no extrañar. Es más precisamente sentirse parte del lugar en el que uno habita, que ese lugar pase al primer plano, y que la pertenencia a ese otro lugar donde uno (casualmente) nació llegue a ser tan reducida que pueda agotarse en sólo dos semanas de visita. Y a veces, ni eso. Porque si uno tiene sólo dos semanas "libres" al año, a veces baraja la posibilidad de irse a un lugar más interesante que un pueblito en el interior de Santa Fe.
Corrientes fue siempre un lugar al que yo escapé cuando la vida acá no daba más, y ahora no lo es tanto. Porque en Corrientes me tocó laburar también la última vez que fui, y probablemente me aburra como una ostra si voy allá dos semanas a nada más que rascarme los güevos. Y déjenme decirles una cosa, compatriotas: no hay nada peor que trabajar con un correntino. Al menos para mí, que estoy habituado al ritmo cordobés. Nadie más lento, ni impreciso, ni amodorrado que un correntino. Ideales para la ronda del tere. Y basta.

El catálogo de las nostalgias se va desdibujando a medida de que se amontonan los meses en el calendario. De tanto volver a recordar, los recuerdos se gastan como las medias. Quizás más pronto que tarde uno suelta ese refugio que es el terruño para empezar a pensar a futuro. Correspondería al menos hacerlo en los veintipico. Esto dicho sin ánimo moral. Hay gente que orienta su vida en base a su terruño. Yo soy muy inquieto para tener una maceta. Parece autobombo, por esto de que está tan de moda ser un nómade o un gitano o un nowhere man, pero es súper incómodo si no tenés Travel Ace Assistance ni podés elegir en qué momento irte y con qué recursos.
Uno se las ingenia para desaparecer. Sigue la regla Radiohead.
Mi gran pregunta es si ese lugar de donde venimos determina la dirección que tomamos al momento de alzarnos a la bosta.
¿Será?

Mientras tanto, digo, mientras se haga el momento, mientras no tenga vacaciones y mientras tenga que vivir acá (con la sospecha infundada de que no voy a morirme acá), lo que me queda es revivir esos momentos tan dulces que viví en otros lados. Uno siempre adora lo que ya no está, por un impulso estúpido pero a la vez lúcido de la naturaleza humana. Abrazamos más fuerte a ese amigo que volvió de pasar tres años de intercambio en Kirguistán al compañero de laburo que vemos todos los días. Nos convencemos de que esos reencuentros son los momentos especiales en la vida. Al menos, hasta que ese amigo empiece a repetir una y otra vez la misma anécdota de mierda sobre Kirguistán cada vez que vas a matear a su casa.

Entonces, digamos para terminar esto de una puta vez, mientras se aplaza el reencuentro, me queda armar una pequeña playlist de esos momentos tan especiales que viví en ese lugar que no es Córdoba, y que tampoco me animo a decir que es Corrientes, porque es más una imagen de Corrientes que queda grabada en los acordes, en los sabores y en los olores y que no agota la hermosura correntina, que es algo nuevo que descubro cada vez que voy y que, por lógica, no puede ser lo que estoy recordando ahora mismo.
Me piro, porque se acabó el tiempo de cyber.

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Me clavé una para darle la razón a Guy Debord

Porque, en cierta forma, él está confirmando a su manera lo que yo sospechaba: cuánto nos cuesta disfrutar del presente, carajo.
¿Por qué motivo? Bueno... no encontré respuesta para eso todavía. Pero definitivamente leer "La sociedad del espectáculo" me anima a querer responder. Guy Debord dice en ese libro que toda nuestra forma de ver el mundo está mediada por un mecanismo llamado "espectáculo" que, a grandes rasgos, opera como si la realidad fuera la mercancía que fetichizamos, considerándola como mera representación, etc.
No soy filósofo ni académico y no me interesa acá hacer un Guy Debord for dummies (que parece ser, además, precisamente lo que necesito); sólo quiero recabar en esta angustia que implica que nuestras vidas se hayan convertido en un ideal publicitario que debemos poseer según no sé quién (el mercado, ponele).
Cada vez que yo subordiné mis deseos a este ideal, terminó todo mal. No disfruto nada por estar todo el tiempo calculando el mayor beneficio en base a Dios sabe qué criterio. A veces me siento una máquina de usar gente, o de esperar algo de ellos, o de preocuparme por qué piensa el otro de mí, porque evidentemente lo que espero del otro es su aprobación, su admiración y su aplauso.
Sólo en algunos momentos me di cuenta de lo inútil y ruin de mis fines y mis métodos, y estuve tranquilo. Cometí el error de olvidarme de eso mil veces y recaer en la ansiedad de poseer lo que no existe, con breves lapsos de creer que efectivamente lo había poseído. Lapsos que duran, ooooobviamente, lo que dura un aplauso.
El cálculo embrutece, ensordece y aturde, achancha. De cada situación genero una expectativa efimera y el feedback, el 90% de las veces, es, según ese bobo criterio, decepcionante. Ahí está la representación artificial del niño genio que persigo con mi necedad insidiosa. Ahí están también, cristalizados como la zanahoria pegada a la frente del burro que camina, todos los momentos de placer y de gloria que conllevan la realización de este ideal imaginario.
El otro día me ofusqué tanto viendo un video de Justin Bieber. ¿Vos entendés lo grave? El tipo, que no conozco y me parece artísticamente detestable, ¡me ganó! ¿Por qué? Porque él es el producto consumado que me mete a mí a querer jugar su juego.
Pero el ejemplo perfectamente consciente que me puse a mí mismo tiene que ver con lo sexual. No me parece que sea especialmente de tu interés, pero es pertinente comentar acá que ya hace algunosm eses eso de lo sexual es una seguidilla de desencuentros y, por ende, de frustraciones. Desencuentro me parece una palabra más que apropiada para describir lo que siento: estoy en otro lado cuando cojo, deseando vaya uno a saber qué o a quién y de golpe olvido que estoy cogiendo (sic), me olvido de disfrutar por repetirme a mí mismo que debería estar disfrutando. El problema, evidentemente, soy yo, aunque quiera eludirlo diciendo que lo que falla es el feeling o la química. Me río al pensar qué diría Rocco Sifredi si vengo a hablarle de química a la hora de culiar. Y es que para Rocco como para cualquiera que sepa hacer bien las cosas, culiar (y, por extensión, cualquier actividad tan relevante como culiar) requiere en primera instancia estar presente al 100%.
La pornografía, al menos la mainstream es, en este sentido, sumamente nociva porque pinta mundos que no existen para consumidores siempre insatisfecho. Representa algo que no se cumple en la vida real y ni siquiera para los mismos actores. Una manufactura más que cabría analizar bajo la lupa del texto de Guy Debord.
En el momento en el que me di cuenta de esto en teoría, pensé: bueno, lo voy a llevar a la práctica. ¿Qué hice? Pues, naturalmente, clavarme una paja en la oscuridad para confirmar a Guy Debord. Estimularme con lo que tuviera a mano (valga la expresión): algún recuerdo íntimo, o alguna sensación próxima, y no algún ideal abstracto (palabra muy importante en Guy Debord) de sexo perfecto que, lógicamente, no existe.
Así que podría decirse que hoy aprendí algo. Con los libros, sí, ponele, como si no hubiera estado buscando en Guy Debord la respuesta a una inquietud que ya venía de antes.
Podría decirse, en rigor de verdad, que aprendí algo importantísimo clavándome una paja en el oscurito.

26.6.16

Guy Debord, 'La sociedad del espectáculo'

La alienación del espectador en favor del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa de este modo: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo en relación con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él. La razón de que el espectador no se encuentre en casa en ninguna parte es que el espectáculo está en todas partes.

Guy Debord, en La sociedad del espectáculo (1967)

22.6.16

El amor, el amor

I.

Éramos un grupo de náufragos en procesión curtidos por un mar azulísimo de espuma y coral, que iba cediendo ante una isla con un bosque denso.
Yo sabía que la isla se llamaba Calera y que era un alivio que estuviéramos llegando por fin, aunque me preocupaba un poco que fuéramos los rezagados de la procesión porque el pequeño velero que pechábamos junto con otros dos marineros anónimos se había soltado de la cuerda que unía al convoy.
Mi cabeza es una mezcla extraña de sensaciones en este momento, entre la ansiedad de llegar y la incertidumbre de qué es lo que nos espera. En esa isla vive la Piba. (¿Quién era? Probablemente A. La vi representada de dos o tres formas pero estoy casi seguro — con esa seguridad errática del que sueña—  que la piba me hacía sentir que era A.)
La ansiedad se debía a que estábamos llegando a Calera y dentro de esos bosques, esos extraños bosques que íbamos a tener que sortear a los tumbos, estaba ella, aunque no sabía bien por qué.
La escena del bosque fue más bien breve. Éramos muchos y estaba oscuro. Los árboles eran altos como secoyas, gruesos y húmedos, y la sensación general era la de una procesión que va en silencio por un camino espigado.
Hasta que por fin llegamos a un claro y dentro del claro se erguía una cabaña. A. (o quien fuera) estaba adentro... y lo raro es que seguíamos siendo muchos los que queríamos entrar a esa cabaña. Todos desconocidos caminando sin hablar.
¿Ella era la reina de todo ese palacio estúpido tan atractivo, convocante y remoto? Capaz era huésped. Sabía que estaba ahí. Mi tripulación iba callada flanqueándome sin molestarme hasta el punto en el que hasta ahora no sé quiénes son y cuando crucé la puerta de madera no me sorprendió para nada toparme con un gran escritorio y un recepcionista negro — más precisamente, con la cara del negro que había ido a almorzar al bar y me había dicho que venía de las Bahamas.

II. JOAQUÍN EL NECIO

Si supiera bailar salsa lo que levantaría, pensé. Pero ojo. Lo pensé despierto, lo que hace uno en esos casos con la idea que le toca procesar es simplemente hacer planes de aprender a bailar salsa en el mediano plazo, para después descartar la idea porque en cierto momento se deforma o se desluce. De esas ideas fosilizadas tengo muchas en el haber, como las tres clases de tai chi a las que fui en el verano del '14 o la vez que quise estudiar ruso de autodidacta.
El proceso de realización trae aparejado un premio al esfuerzo que las más de las veces se lleva el otro, que es el que se esfuerza. Así, sabía (y sé, obvio) que no tenía objeción para con el negro que, de golpe, sacó a A. a bailar salsa. Los dos volaban. Era un código hermoso de ver que sólo entendían ellos, con una profundidad que yo no cazo porque mis caderas no responden y soy incapaz de hacer con ellas nada espectacular. Sentí la misma aprensión que siento tantas otras veces, estando enamorado, conforme al horrible espacio para el ¿y si? que guarda, sádico, el cerebro de uno.
Yo sé que ella me ama, pero...
¿Será de verdad impermeable a su encanto? Digo, al encanto del negro que, como canta Albert Plá, parece efectivamente ser mejor que tú.
¿Celos? Sí, ponele. Yo vi Mi Novia Polly. Y no sólo eso. Yo sé que la gente cambia más rápido de lo que uno parece cambiar, y es tan vertiginosa la sensación de un amor llamado a quebrarse de golpe por la estimulación inesperada de un tercero.
El mundo es así, asentado siempre —y a veces sin saberlo— sobre bases frágiles. Y cuando digo el mundo, es literal. Esta tierra que parece tan firme está flotando sobre un magma espeso que mi profesora de Geografía se encargó de explicarme que se llama astenosfera.
La preocupación de fondo que creo haber tenido al ver a mi novia bailando salsa con el negro es lo incierta que puede ser la base sobre la que uno construye un chemin à deux. Perdura incluso un poco después de que ella llega, sonriente y perlada de sudor, a decirme "te amo". Debra Messing.
Sí, esa es mi preocupación. Eso, y que mis sueños sean tan racistas.

III. "THERE WAS MUSIC IN THE CAFÉS AT NIGHT AND REVOLUTION IN THE AIR" (BOB DYLAN)

Fijate como serán de unidos Marcelo y Daniela que le tuve que preguntar a ella, en mi ingenuidad, si eran novios. Su lazo era casi invisible, pero era cuestión de prestar un poco más de atención. Claro, ¿quién no se daría cuenta viéndolos cantar cheek to cheek o cada uno por su lado, pero siempre al unísono?
—Hace quince años estamos juntos— especifica Daniela. Alonso es quien se encarga de preguntarle si nunca se pelean más no sea por definir quién lava los platos. Ella responde que casi nunca.
El amor es para mí como la tierra sobre la que crece uno. Tierra que sabemos, gracias a mi profesora de geografía, que está asentada sobre un magma espeso pero que alberga árboles altísimos que se van conociendo y trenzando entre ellos mientras el agua corre bajo el puente y algunas cosas comienzan y otras terminan. Uno siempre ve desde afuera esas cosas que después, en un texto como este, quiere hacer pasar por testimonios del Amor (eso indefinible y esquivo que se esconde cuando uno termina de decir que lo vio, como si las historias de amor de todo el mundo fueran nada más que relatos de gente que jura por Dios haber visto al monstruo de Loch Ness). Todo está en una mirada o en un chiste irónico o en ese aplauso, casi orgásmico o trascendental, como el que Daniela daba anoche a Marcelo mientras él tocaba solo con su guitarra esos temas que saben cantar de a dos.
Tan distinta a la mirada del que ve pasar un tren o que añora algo o el que revuelve la espuma de su café con leche mientras mira un televisor que repetirá una vez más una noticia de mierda. El amor es una de las pruebas de que nuestras vidas están llamadas a transcurrir como algo más que una página en blanco.

Se ríen, jóvenes, y no se paran de reír. Hasta que Daniela se enoja por algo. Y se enoja mal. Entonces está parada al lado mío fulminando con los ojos a Marcelo que no se da por enterado y yo le digo:
—Parece que está de buen humor.
—Más vale que está de buen humor —me dice—, si es un negro borracho. Miralo, gordo de mierda. Siete dientes tiene. Siete.
Ellos dos se van a morir juntos, pienso, y no lo digo yo. Lo dice Daniela o lo anhela, que preguntó al horóscopo si ellos se iban a morir juntos el mismo día, como en un accidente o algo así. Alonso y yo terminamos con el corazón encendido en una ternura inoxidable, pero sé que si algún día este árbol pierde sus lianas y se destrenza será por ese magma que no perdona y aún así es uno de los árboles más hermosos que me tocó ver en la vida.

14.6.16

O vento lá fora

O binómio de Newton é tão belo como a Vénus de Milo.
O que há é pouca gente para dar por isso.
****---*********---****************
Álvaro de Campos

13.6.16

La big data

El aleph aludido por el cuento de Borges es "uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos". Llamativamente, el punto en cuestión no es en realidad un punto, sino, a decir de Borges, una suerte de esfera de "dos o tres centímetros" de diámetro que contiene "todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Borges juega con la posibilidad de que una infinita cantidad de visiones sea contenida en una figura geométrica que no es ni infinitamente pequeña ni infinitamente grande.
El gran desafío de big data es que un océano de información quepa en un continente manejable y útil para la toma de decisiones, y este es exactamente el rol que la masividad de la información plantea a la estadística y sus usuarios.

Walter Sosa Escudero,
en La Nación (12/06/2016)

12.6.16

Brecht, 'Questions From a Worker Who Reads'

¿Quién construyó la Tebas de siete puertas?
En los libros vas a leer los nombres de los reyes.
¿Fueron los reyes quienes lomearon las piedras gigantes?

Y Babilonia, tantas veces demolida.
¿Quién la levantó tantas otras veces?

¿En qué casas vivían los constructores de la Lima rebosante de oro?
¿A dónde fueron los masones la noche en la que la Gran Muralla China se completó?

La Gran Roma está llena de arcos triunfantes.
¿Quién los erigió?

¿Sobre quién truinfaron los Césares?
¿Tenía Bizancio, tan alabada en la canción, sólo palacios para sus habitantes?

Incluso en la mítica Atlantis, la noche en la que el océano la tragó,
quienes se ahogaban aún pedían por sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Estaba solo?

César derrotó a los galos.
¿Ni siquiera tenía a su lado un cocinero?

Felipe de España lloró cuando su armada fue hundida.
¿Fue el único en llorar?

Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién más la ganó?

Cada página es una victoria.
¿Quién cocinó el festín de los vencedores?

Cada 10 años, un gran hombre.
¿Quién pagó las cuentas?

Tantos informes.

Tantas preguntas.

Questions From A Worker Who Reads
Bertolt Brecht (1935)


11.6.16

El mal escrito explorando la horrible literatura

"Lucio mandame nota"
(P. D.)

"не работает"
(un cartel en un locker en Rusia)
I

y así, lejos o muy lejos quedaron esos días en los que de la nada extraía una sesuda comparación o una alegoría que servía de fundamento de una teoría para explicar la realidad de todos los días a partir de un catalizador mundano y gracioso, o hasta insospechable, que me permitiera sortear el camino barroso e insidioso, o hasta inexpugnable, hacia lo universal, entendido como algo que un lector de córdoba, del nordelta o de ho chi ming pudiera relacionar sin tapujos ni demora a su propia vida; propósito imposible pero que alimentaba yo, conforme a la Primera Ley de Galeano ("el movimiento rectilíneo se genera a partir del vector de la utopía"), mis eternas ganas de Escribir.
así, lejos puedo decir que quedaron esos días. La bella retórica dio paso a una aridez de pavo frío, y las ideas que pululaban se extingueron como la miel reseca de un panal en abandono.
Pero nopodría decirse que esta vez caí en una disculpa, puesto que esto aún no es eso, ni en el discurso (tan similar a la disculpa) de un exégeta o un intérprete del propio fracaso como Escritor.
Digámoslo menos claramente. Espero el momento en el que las palabras vuelvan a fluir como el dique que espera ahí parado el caudal castigado por una sequía cuyos motivos ninguno de los dos entiende, aguantando inmutable la comezón de los turistas que lo caminan fotografiando apocalípticas postales de lo que es nada más que una fase de un ever changing statu quo.
Seducirme a mí mismo, eso me cuesta. Convencerme, escucharme, lo que has dicho es algo nuevo, me alejo de mí, a veces. Como quien se aleja de ese amigo que desde que se federó en básket se volvió medio banana.
Yo lo dije clarito el otro día (y si uno lo dice clarito, lo piensa clarito, y si lo piensa clarito, difícilmente haya otra forma): "nos estamos desencontrando". Pero...

II

Nos reímos mucho con Mel sobre la procedencia de ese infame y detestable personaje que es Chuavechito, una especie de Dibu rubio y medio pelotudo, en el marco de una lectura marxista (sí, esperá, porque se pone aún más bizarro) en la que Chuavechito representa a una entidad de la raza hegemónica construida ad hoc en torno al mito de un producto de consumo masivo, a saber, un suavizante.
Derrocar a Chuavechito es derrocar a esta mentira del capitalismo. "Es un arma, una dependencia nueva", me dice Mel por WhatsApp a las 19:59.
Chuavechito es ese tierno caballo de Troya que entra a nuestra casa para sensibilizarnos, se para sobre el lavarropas y canta su tierna canción de sirena sorda.
Irrebatible: Chuavechito es sólo un nene, y es rubio.
Si no tenés un lavarropas, jodete.
Si sos negro, you're out. (If you black, mmm brother, get back, get back, get back).
Y si sos insensible a Chuavechito, vos sos el monstruo.

"Ya tenés algo nuevo para escribir", me dice Mel.
Y ahí es cuando yo pienso entodo lo que dije en el texto anterior. Hablé del Cif Crema aquella vezy mientras lo escribía fue como un chispazo, como encender la luz en una habitación ordenada en la que lo único que hay que hacer es ponerse a describir qué es lo que uno ve. Los tachones del texto original no eran ningún titubeo, así como no duda quien tacha "rosado" para especificar: "magenta".
Una nostalgia grande como una casa me invadió después de haberme reído out loud con Mel y nuestra postura sobre el boludo del suavizante. No estoy preparado para escribir otro texto, y menos como un relámpago, un blitz, como aquél. No es complicado imaginar que un texto que sale así solo se debe a una idea que se ha venido rumiando en silencio, y que ha ordenado la habitación sobre la que ahora (como dicen los ñoños) "se arroja una luz meridiana".
Así dicho, escribir un texto parece ante todo el atisbo de una responsabilidad muy fulera, acaso la más desmedida que le cabe a un mortal, que es revertir la entropía o al menos organizar una parte del caos, asirlo y hacerlo comprensible a los otros. Asimov lo hacía mejor que su propia Multivac, pero si ella pudo eventualmente revertir la entropía de todo el universo, Asimov no hizo más que escribir un texto formidable que esa misma entropía irá desgajando, si no hoy, en 1000 años.
¿Y yo? Yo me estoy comparando con Asimov, y probablemente por eso me vaya tan mal. Pero si él ha podido, como Gershwin, llegar a producir 20 obras al día, es porque le ha dedicado tiempo y esfuerzo a la tarea quijotesca de explicar el mundo regando, cultivando y dejando macerar de los frutos de la imaginación y de esto a mí no me hablen porque el otro día se me secó una planta que debía regar tan sólo una vez por semana. Yo estoy buscando ese error garrafal en mi forma de concebir el oficio de escritor (o el artesanato, como dice dulcemente Hebe Uhart), error que repito todos los días, pero probablemente no se trate de eso.
Uno mira de cerca a sus modelos a seguir (tan útiles como desechables) y extrae de todos la misma conclusión: toda maestría conlleva un proceso. Dudosamente, por no decir nunca, se ha visto alguien que "nazca siendo un buen escritor"o que, aún más inverosímil, se vuelva un buen escritor de la noche de la mañana y por intercesión de las causas más diversas, desde la ayahuasca a un golpe fuerte en la cabeza a lo Tom y Jerry.
Pero aún hay más. Si algún día (también dudosamente) concluyera esta "formación del escritor" (como quien se recibe en esta carrera nueva que abrieron en la Universidad de La Plata y que yo imagino tan parecida al famoso sketch de Cha Cha Cha), queda todavía un gran deber, y es ponerse a escribir, carajo. Y si uno planea generar un texto perdurable, esto es, que sea (como el de Asimov) un dique de significado que resista al caudal incontenible de la entropía por una cierta cantidad de tiempo antes de desgajarse, uno tiene que poder llegar a cierta profundidad a la vez que entrenarse para, como suele decirse, "tocar un nervio" en la sociedad que lo lee. Demás está decir que leer y viajar son dos ejercicios elementales en el proceso de aprendizaje. Pero es el momento de planificar, construir, componer el universo de una obra que en el mejor de los casos tendrá vida propia, separada de su autor (el famoso res ipsa loquitur), el momento en el que éste extraerá toda otra clase de enseñanzas. Lo que añadiría a la formación un tercer ejercicio, que es el de escribir. Puesto que, como dice la segunda ley de Machado, "el vector no preexiste al cuerpo móvil sino que el cuerpo, en el movimiento rectilíneo, conforma al vector".
Creo que, en parte, (lo que yo percibo como) mi imposibilidad momentánea para enfrentar con originalidad todas estas cuestiones es la razón por la que no compongo el texto que, en continuidad con el del Cif Crema, hablará de derrocar a Chuavechito. Este magma de teorías sobre el que me muevo, por terquedad más que por vocación, a la hora de escribir, es a la vez lo que me pongo como excusa, lo que me ayuda a crecer y lo que me llama siempre a cierto silencio prudente, que muchas veces se parece en los hechos a un silencio de cagón.

10.6.16

Kapuściński, 'Hotel Metropol'

Sus compatriotas, impecablemente elegantes, se apartaron de él como un apestado y lo expulsaron de su círculo, prohibiéndole incluso llamarse inglés. Dirty lump. ¡Sucio despojo! Cincuenta y cuatro años de vida. ¿Qué le queda? El poder beber un poco de whisky e irse de este mundo. Así que bebe mientras espera su turno para bajar al sepulcro. "No te cabrees con los racistas", me dice, "ni con los burgueses. ¿Acaso piensas que no acabarán criando malvas en la misma tierra que tú?"

Hotel Metropol, Ryszard Kapuściński (1960)

9.6.16

Las naranjas tienen memoria

La naranja es una fruta sensible que crece en la huerta de un desprevenido paisano en la ciudad de Bella Vista.
Sabe que es la diva. Hay una fiesta en su honor en el pueblo cada vez que levanta sus ramos verdes y se despereza en el sol de octubre.
Hoy voy a nadar en tereré —dice una Cadenera.
—Hoy, mmm... no, mejor... me voy a la cobertura de un budín de pan —dice una Salustiana, apenas más modesta.
Triste destino ha encontrado el jardín florido de las Hespérides de Bella Vista cuando la lluvia arreció en febrero, y el Paraná dejó en lugar de campos verdes una gran superficie cubierta por un aguado y mohoso jugo de naranja.

Nada fue lo mismo para Nélida, jubilada de Malabrigo, Santa Fe, cuando fue esa mañana de marzo al almacén de don Elio y se desayunó —valga el juego de palabras— con que las naranjas estaban a 48 pesos el kilo.
— ¿¡48 pesos el kilo!? —exclamó Nélida, llevándose la mano al pecho ancho del cual colgada suspendido en un valle angosto, medio incómoda, una imagen de la Virgen de Luján.

Fue por esos días en los que un burro anduvo sobrevolando en helicóptero aquél pastizal hecho engrudo por las inclemencias del Niño, sobre el que reflotaban no sólo naranjas sino limones, mandarinas, peras, soja, sorgo, trigo, vacas, hombres, casas, puentes, botes, tigres y burros como el mentado.
—Evidentemente acá sobra algo —dijo Donkey Kong haciendo alarde de una gran capacidad deductiva.
El Niño perdonó la barrabasada y se retiró lentamente a la Isla de Pascua o adonde fuera que se refugiara cuatro años antes de salir a inundar campos ajenos. El otoño venía de a poco con vientos y hojarasca que se llevaron el agua y el engrudo, y el helicóptero del burro que alegó no sé qué cosa para refugiarse en Los Abrojos, lugar del que jamás tendría que haber salido en primer lugar.

Lentamente florecían las divas en aquél silencioso parque en Bella Vista. Nacían pequeñas, cautas, tímidas, brillantes, de a miles. La gente las trataba con respeto. Pensaban mucho en ellas, pero más pensaban en su propio temor a lagripe, a las inundaciones, a la escasez.
—Ojalá no pase de nuevo —murmuró una amodorrada mandarina.

Pruebo un sorbo del jugo de naranja que pedí en un bar por Chacabuco en una mañana fría y soleada de principios de junio. Está agrio.
Pienso en todos esos paisajes y todos esos procesos y todos esos momentos en los últimos tiempos en los que más de uno pensó que se iba todo al carajo. No quiero quedarme sin mis divas, que me gustan tanto y que aparte son una gran fuente de trabajo para la gente de allá de donde yo soy. El jugo está agrio y no sé por qué pero antes tuvimos queconformarnos con agua con saborizante y tampoco nadie sabe por qué; Nélida y yo no estamos a salvo ni de las inclemencias del Niño ni de la caprichosa falta de misericordia del que dice tomarse el trabajo de traer las naranjas a casa. Y pienso que quizás las naranjas tienen memoria, y una vez que se disipe el trago amargo que caló en los surcos de la tierra que hemos venido arando, será dulce y brillante el jugo de la diva que se desperece y florezca en una fiesta sin penas...

Relacionado

9.5.16

Caro Scotto Social Club

Primer acto: me duermo en clase. El profesor no para de hablar de Van Dijk, Deleuze y de un montón de cosas que recuerdo nomás porque las vi en las diapositivas. Toda la clase es una conversación inconexa como la que tenés en un bar cuando arrancaste a escabiar temprano. Estoy al fondo, no se me ve, entonces aprovecho para dormir con descaro y cómodamente. Al fin y al cabo, es más útil dormir en clase que en mi casa: al menos sé, como de rebote, que hablaron de Van Dijk. Quiero tomar apuntes pero mi letra sube y se me escapa del renglón así que apoyo el codo en la mesa y me duermo sobre la palma de mi mano soñando que la ayudante alumna me alcanza una camisa de corderoy.
De golpe abro los ojos. La profe con una hoja A4.
Asistencia. Tenés que firmar.
Firmo y sigo durmiendo.

Segundo acto. Va a ser la cuarta clase de Gramática Aplicada que me pierdo en un mes. Considerando que es una clase semanal, y que hoy es 29, concluyo que no fui en todo el mes. A esto se añade que es el segundo mes consecutivo que mantengo el promedio con dedicación, lo que arroja un total de 90% de absentismo, que equivaldría a casi decir que dejé la materia por tediosa, densa, embolante y confusa a más no poder.
Pero me aferro a este casi. No todo está perdido. Con este chispazo de esperanza pienso: "ma sí, entonces puedo faltar este jueves".

Tercer acto. 6:22 de la tarde del día lunes 9 de mayo; ya arrancó Literatura Española y yo estoy en el bar de la facultad escribiendo sobre mi proverbial desidia académica.
Es un círculo vicioso: no aprendo nada si no voy, no voy porque no aprendo nada.
Me acuerdo de Bukowski que se inscribió en Periodismo en la UCLA y faltaba a todas las clases para dormir bajo un árbol del campus. Yo al menos escribo, voy a la biblioteca o tomo café y reflexiono sobre el futuro. Cosas inútiles todas, dicen, si las comparás con una carrera universitaria, aunque habría que plantearse aquí qué utilidad real tiene estudiar Letras Modernas.
En eso cae la Scotto. Cuando entra me mira con desdén apenas un segundo. Ahí me acuerdo cuando le dije a mi abuelo que yo iba a ser rector de la UNC, y él me respondió: "No te quepa ninguna duda". Al año siguiente le dije a Alonso que iba a ser decano, porque rector me parecía como mucho. "Vos vas a ser el próximo decano", me dijo. Ahora la Scotto me mira como diciendo "volvé a tu jungla, Tarzán" y todos mis amigos se sorprenden cuando me ven incursionando en Ciudad Universitaria, no hay remate. Ni me creen que sigo siendo estudiante.
"¿Y qué", pienso yo. "Hay que recordar que, a su manera, Scotto también es una desertora..."


[esta entrada es una especie de lado B de ésta]


10.4.16

La teoría del jueves próximo

para emi gorza

Estamos enamorados de los resultados. De los finales. Acostumbrados a ver todo resolverse frente a nuestros ojos con soltura, viendo en la tele cómo una mano mágica va acomodando las piezas de cualquier cosa; estamos acostumbrados a asistir al espectáculo de lo espontáneo, lo realizado, lo perfecto, lo sencillo, lo pulcro y lo armonioso.
La ansiedad es una parte esencial de nuestra cultura. Repasemos una breve lista:
El bizcochuelo y no los huevos.
Los shows de goles.
Glade y el hogar feliz. Los jóvenes entrepeneurs. Jesús elegido por Dios automáticamente sin cásting sábana mediante.
Las historias de vida desde Bill Gates a Johan Cryuff, como si hubieran nacido siendo unos genios. La brecha que los separa del resto puede estar hecha de cualquier cosa, hasta de la más indefinible, pero está.
En Hollywood, la perfección es virtud, y la virtud pareciera gratuita y surgida espontáneamente. En McDonald's, sólo necesitás cinco minutos. Starbucks llamará tu santo nombre en tres.
En el Rapipago, el calvario es más doloroso porque su nombre promete durar menos de lo que dura.

Yo vivo ansioso porque estoy enamorado del resultado y no aprendo que todo resultado conlleva un proceso.
Pero de a poco empiezo a sospechar que detrás de cada ficción dedicada a sostener aparatosamente el mito artificial del resultado instantáneo (los biopics, la publicidad, el puto popcorn para microondas) hay un proceso de producción ejecutiva, montaje y postproducción y no pocas veces interviene también un jugoso capital invertido. Todo contribuye al maquillaje final, que se presenta muchas veces a sí mismo y pocas a su backstage.
Detrás de Messi hay una vida de sacrificio. Detrás de Beethoven acecha la sordera y detrás de Hemingway, la labor de escribir 8 horas por día de pie frente a un atril.
12.000 muertos en la construcción del canal de Panamá por el que al día de hoy han cruzado más de medio millón de barcos de gran porte.
Dos décadas para construir la Pirámide de Giza para que hoy nos saquemos una selfie.
La vida no parece una película justamente porque la segunda tiene que resolverse en dos horas y felizmente; y la primera puede durar días, meses, años, sin que nada cambie un carajo o, peor, vaya deteriorándose progresivamente.
Premisa A. Si fuera por nosotros asistiríamos a la explosión de una supernova una vez a la semana como quien sale a cenar o va al cine. Premisa B. 10 millones de años no alcanzarían para ver una supernova a la vuelta de la esquina. Conclusión: una supernova no es lo que consideraríamos un show viable.

Un mes tardé en llenar este cuaderno del que rescato sólo dos textos potables; el resto son bulto. Y bulto son las citas aburrida y esos días en los que no pasa nada. Bulto son los minutos esperando el bondi, lavarse los dientes, y más de una vez, también, una clase en la universidad en la que dudosamente escuches una sola cosa útil. Bulto es todo lo que es off the record: el mal sexo y las reuniones de consorcio.

Así es para todos los que no hemos nacido siendo unos genios, para los que no estamos realizados sino somos realizandos, para los que aún no hemos encontrado nuestro lugar en el mundo, para los que aún no sabemos para qué sirven todos los botones de este tablero que llaman vida y para todos los que creemos que hemos llegado acá por accidente.
Y en un mundo crudo que endiosa a los cancheros y aniquila a los que dudan, "yo no nací sabiendo" funciona como disculpa cuando bien sabemos que más que disculpa es una verdad universal.
Y me encantaría poder cerrar un capítulo, cerrar la vida (por lo demás, insignificante en los tiempos de Dios, ese perverso Big Brother que nos trajo a convivir con el boludo del prójimo) habiendo aprendido al menos algo, en vez de angustiarme comprando espejitos de colores.

25/3

9.4.16

Conmemoración, una vida y una obra de don Amílcar Zacarías, fallecido hoy

Este es el primer texto que me siento a escribir en la pieza de la Thays. Como siempre, todavía no sé para quién, ni qué tan largo va a ser, ni tampoco aseguro si las ideas que vaya hilvanando se correspondan con el pistolazo que les indicó que arranquen. Lo que sí sé es que es un texto necesario y urgente. Tiene calidad de borrador, pero no me interesa hacer una corrección puntillosa; me interesa decir lo más rápidamente posible que este es un texto dedicado a la memoria viva de Amílcar Zacarías, que falleció esta madrugada en un accidente de moto en las afueras de Santa Ana, Corrientes, y cuyo entierro tendrá lugar mañana en el Parque del Recuerdo.

Amílcar no era mi amigo y lo vi sólo una vez, en enero de este año, cuando cayó a un evento de poesía a beneficio en lo de Mauro, después de que el evento terminó. Ese mismo día yo había leído en el evento un texto que se trataba, justamente, de la Santa Ana de la que él era oriundo. Y como llegó más tarde, no lo llegó a escuchar. Me acuerdo que eso me pesó, porque me hubiera gustado que me confirme algunas cosas: si en Santa Ana hay jejenes, borrachines, esteros y atemporalidad. 
Pero Amílcar apareció ebrio como una cuba y siguió tomando lo que le caía en las manos mientras la tertulia se arremolinaba poco a poco en torno a él. Y fue ahí, fuera del marco de todo evento (es decir, borracho en un patio lleno de gente que no lo esperaba esa noche) se puso a recitar. 
Ahora bien, que los amilcarólogos por venir me rectifiquen si ubico a Amílcar Zacarías en una categoría muy especial para mí: los poetas inesperados. Los he conocido antes como fleteros, albañiles, ex convictos, oficinistas y zorros viejos en general. Definitivamente, es ese tipo de poeta que no frecuenta el hábito de sacar chapa en las tertulias literarias de nuestra generación. Y es por eso que aquellas, ricas y diversas como son, siempre me dieron la impresión de ser algo incompleto, sesgado, un poco artificial y muy específico, como querer hacer una teoría del mundo desde la ventana del living. 
Esa noche, Amílcar Zacarías tenía mucho para decir, más que yo mismo sobre cualquier cosa, gracias a lo que yo imagino que es una sensibilidad cargada de experiencia propia de una escuela de viejos poetas de calle que aún no se han dado cuenta de que son una escuela. El día en que ellos decidan organizar un slam no tendremos nada que reprocharles. 

Rezo yo también por la partida de Amílcar Zacarías al reino de Dios hoy sábado 9 de abril del año 2016 a las 7 y media de la tarde.

24.3.16

Barack's Last Deadly Tango

Obama nos visitó ayer. El presidente de EEUU estuvo 36 horas en la Argentina estimulando a jóvenes emprendedores y regodeándose con el jet set.

Ayer, cuando mi vieja me hablaba de estos "cambios que ya se están sintiendo", yo no podía evitar pensar que, si bien ella conoce mi postura política (básicamente, no creer en la teoría del derrame ni en el improbable altruismo de los poderosos), me lo decía porque en el fondo ella piensa que soy lo suficientemente inteligente como para integrarme a lo que ella percibe como la nueva ola.
—Van a largar becas, programas de estudio y capacitación, presenciales y semi presenciales, conferencias de profesionales y cursos personalizados y a distancia. El personal de SEDRONAR ("Dios me libre", pensé) estudió TODO mediante un aula virtual. Vos, mi hijo, ya sé que no te gusta Macri, pero mantenete al tanto...
—Y sí, má —le dije al teléfono—. En todo caso yo prefiero quedarme de este lado del abismo...

Del lado que vos quieras, pero salvate. Vos que podés. Digo, qué difícil es hacer un relevamiento de las posibilidades de cada uno. Lo cierto es que yo no nací en cuna de oro y, dentro de las poquitas cosas útiles que hice en lo que va de mi vida, me dediqué a estudiar cinco idiomas y a diplomarme oficialmente en uno. Con lo que podría decirse que ya tengo algo para ir peleándola. Lo que me lleva a suponer que sí, esto es definitivamente un sálvese quien pueda, y quienes no estuvimos ayer en la Usina del Arte (y a los que, seguramente, se les hubiera negado la entrada de plano so pretexto de la afición que tienen los presidentes estadounidenses de morir en tiroteos públicos), tendremos que luchar en el fango buscando perlas.
Me parece urgente recalcar que no hay que dejar de buscar perlas con afán y tozudez, contra viento y marea y en ocasiones un poco à la americaine: es decir, totalmente solo. Más no sea para sentirse, al final del día y con un cacho de culpa de clase, como un self made man.
Entonces me pareció absurdo y suicida (que en mi código moral es lo mismo, la mayor parte del tiempo) tirar todo por la borda. Negarme sistemáticamente al devenir de este statu quo que rige hoy y que no me favorece, no es una solución. Los argumentos en torno a un pasado mejor, quizás medianamente ciertos (al menos, con CFK los jóvenes de clase media educada sentíamos cierta contención), parecen tan demodé en un futuro adverso como el pasado mismo. Macri representa a una clase a la que no pertenezco ni me interesa pertenecer, pero representa también a esa prueba que me hace pensar que si sobrevivimos 4 años con este burro podemos sobrevivir a cualquier cosa.

Ojo. Hablamos del burro despolitizado, producto del marketing y depositario de toda la estrechez mental de una clase media urbana de 30 y pico que sí lo votó. No conocí ni quisiera conocer ese tiempo donde el burro no era el burro, sino el asesino sin escrúpulos. Hoy hacen 40 años de ese tiempo y sería mejor pensar que la reticencia al violento de cualquier ideología es más general que entonces, y que la lucha, si la debe haber, es eminentemente económica o discursiva. Quiero creer que el argentino lo pensaría dos veces antes de tener que derramar sangre de nuevo por estas cuestiones. Quiero creer, o no habremos avanzado un carajo.




24/3/16

Houellebecq

¿Puedes hablarnos de esa teoría sociológica según la cual a la lucha por el éxito social propia del capitalismo se suma una lucha más brutal, más desleal, en este caso de signo sexual?

Es muy sencillo. Las sociedades animales y humanas establecen diversos sistemas de diferenciación jerárquica, que pueden basarse en el nacimiento (sistema aristocrático), la fortuna, la belleza, la fuerza física, la inteligencia, el talento..., por otra parte, todos estos criterios me parecen igualmente despreciables, y los rechazo; la única superioridad que reconozco es la bondad. Actualmente nos movemos en un sistema de dos dimensiones: la atracción erótica y el dinero. El resto, la felicidad y la infelicidad de la gente, se deriva de ahí. Para mí no se trata en absoluto de una teoría: es cierto que vivimos en una sociedad simple, así que estas pocas frases bastan para dar una descripción completa.

Michel Houellebecq
entrevista con Jean-Yves Jouannais y Christophe Duchatelet
en el N°119 de Art Press, febrero 1995

14.3.16

Robin m'aime, Robin m'a

Estoy terminando (o empezando, nunca se sabe) la segunda mudanza acá en Córdoba. El paso que quería dar hace algunos años ya se está realizando, y en este momento el proceso que más me preocupa es desensamblar esta casa que armé con bastante esfuerzo.
Ayer abrí una caja que tenía cuadernos viejos ordenados cronológicamente. Es una de las pocas cajas que llegaron acá intactas y siguen tal cual. Por lo tanto, no me resultó para nada raro que estuviera llena de polvo.
Lo que sí me sorprendió fue ver textos como este, que directamente no entiendo y que podría haber pensado, tranquilamente, que los escribió otra persona.
Estoy redescubriendo el placer de leer la poesía de los demás, y por eso esto me parece tan, tan extraño.
Tenemos en línea a la dama.
Que la dama tire su línea.
La vida es un banquete de
porcinas proporciones.
Porque podemos. Porque podríamos
podar el potente poniente
para pulir primero el palimpsesto.
La paz. La puta. - ¡Productor!
"Robin me ama, Robin me tiene".
La dama está en línea.
Háganla hablar.
Llueve. "Cómo quisiera estar abrazado
a vos ahora, mirando una película
desde el sofá de dos cuerpos
silencio sólo comparable a la
tierra alta cuando el héroe va
a llenarse de plomo la cabeza".
Robin me tiene, Robin me aburre.
Señores: soy un cóndor
que de jaulas no sabe.
9/11/2013

9.2.16

"Yo me voy a la mierda": unas vacaciones en Porto Alegre

1. SI TUVIERA QUE DECIR QUE NO ES DECADENTE

Me senté en un bar con el apremio de sacarme de encima toda la mierda que junté a cuentagotas. Por fin, la angustia terminó y, aunque todavía estoy un poco machucado, ya tengo el pasaje para salir de Porto Alegre y sólo resta esperar a que sean las doce menos cinco de la noche.

Debí haber supuesto que me tendría que haber quedado en aquella paradisíaca playa en Santa Catarina. Debí haberlo supuesto incluso cuando llegué a la terminal y no sabía dónde mierda estaba parado. Apenas me permití sospechar cuando un indigente me sacó todas las monedas. No me molesta, en general, dar plata a los indigentes, pero mi optimismo no me permitió atizar aquella sospecha: iba a descubrir que hay muchos, muchísimos indigentes en Porto Alegre. Hay tantos que es difícil ver qué es lo que tiene de alegre. En general, no hay indigentes alegres. Conozco algunos, pero son raros. Es como encontrar un cajero de vocación, un verdadero amante de la vida a prueba de balas. No, he visto de los comunes, y los he visto de muchas formas: junto a su carro de cartones, tapados con bolsas de arpilleras, amontonados entre cajas, y hasta vi dos haciendo cucharita en el estacionamiento de un supermercado. Porto Alegre es una ciudad cambiante como cualquier otra, pero los indigentes fueron la única cosa que vi realmente en todos lados. Tienen hambre y moretones. Duermen mucho. Hay al menos uno por plaza. Envidio un poco al desalmado que pasa junto a un indigente y no le afecta en lo más mínimo; pienso que ellos sí podrían encontrar alegría plena en Porto Alegre.

2. HERE COMES THE SUN?

Aunque se me estaba acabando la guita, no me preocupé mucho. Mi objetivo (y se lo decía francamente a todo aquél que se me cruzaba) era quedarme en Porto Alegre todo el tiempo que pudiera; el viernes a la noche iba a salir a buscar laburo en algún bar de la Cidade Baixa. Aquello no me costaría, y los números cerrarían regio. Me imaginaba a mí mismo atragandándome de libros en portugués con la plata de las propinas. El viernes era el día; tenía que ser un idiota para no darme cuenta de que estaba en la cresta de la ola.
Mi cara no se torció cuando el tiempo se empezó a descomponer. La ciudad todavía estaba llena de vida. En el lobby, todos los huéspedes del hostel confiábamos en que iba a ser una lluviecita pasajera. Tranquilamente, me entré a bañar cuando caían las primeras gotas.

Fue entre champú y acondicionador cuando sentí el gran ventarrón. De golpe, se apagó la luz y estalló un vidrio de la azotea. Escuché pasos que bajaban la escalera, portazos en todos los pisos. En quince minutos, el viento alcanzó los 120 kilómetros por hora. Era una bestialidad de lluvia horizontal que hacía flamear un edificio de tres pisos como una sunga de seda colgada de un broche de plástico. Esa noche, todos los árboles del parque Farroupilha fueron arrancados de cuajo.

Salimos a ver la calle. Hordas de gente mojada de pies a cabeza iban y venían buscando taxis en la oscuridad. Los veíamos apenas con las luces de emergencia en el apagón general. Claro que cuando empezamos a escuchar disparos, entramos.

Mi optimismo estaba empezando a desinflarse de a poco. Pero, al fin y al cabo, estaba donde quería estar. Repetía a cada rato que la luz iría a volver en como mucho 20 minutos.
Así por 36 horas.

3. TÉRMINOS Y CONDICIONES DE LA CAPITULACIÓN

Pagué el pasaje con gusto. Con ansiedad. Con miedo a perderlo. Sin importarme si en el momento tuviera que desembolsar diez mil reales y mi virginidad anal. El asiento 46 del próximo ómnibus que saldría hasta la frontera con Argentina; es decir, el último asiento disponible en la última fila de un colectivo cargado de argentinos que vuelven de Camboriú. La forma más indigna de volver al país. Una última victoria de Porto Alegre sobre mí, que no me deja más opción que reconocer la derrota y permitirme la capitulación bajo sus propios términos y condiciones. Toda la estadía fue una absurda lucha a volantazos para zafar de la completa desesperación; y qué copado que hubiera sido si al final del túnel aguardara un premio. Pero cuando vi a un chabón comerse a la única mina con la que había empezado a remarla, dije simplemente: "mi optimismo es de acero, pero se oxida. Yo me voy a la mierda cuanto antes."

4. LA DULCE ESPERA

Vos hubieras visto la cara del negro que me vendió el pasaje cuando, al momento de imprimirlo, se volvió a cortar la luz. Fue cómico. El negro con una camisa blanca llevándose las manos a la cabeza pelada, y sonriendo marfil mientras decía "puta que pariú!". Yo estaba más allá de cualquier mala noticia y si me hubieran dicho que tenía que empujar el colectivo hasta Uruguaiana hubiera dicho "joya, siempre que me muestren la salida". Un auténtico Sísifo de vacaciones.

"Pero trancuilo", dijo el negro riéndose todavía, "vas a tener el pasaje. Fica trancuilo".

Así que volví caminando tranquilamente a la Cidade Baixa y me senté en un bar de la Rua da Republica: un hermoso local de madera, con luces bajas y gaúchos viejos que beben solos. My kinda place. Me dieron la cerveza más berreta porque es la única que tenían fría. Me senté a escribir esto que estoy escribiendo y mañana a la mañana, cuando me despierte, voy a estar en Paso de los Libres y toda esta opereta estúpida, esta seguidilla de ocasiones en las que no pegué ni una, va a parecer un mal sueño. Atrás, apenas un poco más atrás, voy a verme a mí mismo sentado en una tabla de surf en el mar infinito, o conmovido hasta las lágrimas por una mesa gigante de gente que se despedía de mí cantando "no se va, Patricio no se va..."

Este momento de sinceramiento es también el único que tuve en los últimos tres días donde no fui presa de una angustia sin solución. Contra todo pronóstico, Porto Alegre fue una de las experiencias turísticas más fuleras de mi vida y no veo la hora de retornar al país. Con Macri y todo, mirá lo que te digo.
Pero vuelve una vez más ese optimismo bobo, ese optimismo que ya se reveló oxidable. Y pienso todavía que otro Porto Alegre es posible, y con otro Porto Alegre no digo, obviamente, cambiar la ciudad, sino volver revisando eso en mí mismo que me hizo encontrarla tan hostil y tan agreste. Entonces pienso, de golpe... ¿estaré listo para volver por el round 2?

31/01/16

10.1.16

Necesito Que Me Recuerdes Qué Utilidad Tiene

aguanté, aguanté todo lo que pude, puse huevo y descubrí muy a mi pesar que puedo estar sin fumar, puedo estar sin tomar y hasta me manejo mal que mal sin Netflix pero no puedo estar sin escribir. 
eso sí, puedo estar sin editar, y por Dios bendito y el karaí octubre que quisiera que este mi cuaderno, con sus tachones (no tan grave) y su irreproductibilidad técnica (gravísimo) fuera negocio en sí mismo igual que todos los otros sobre los que escribo furiosamente. esto es, que me bastaran para que el mundo me considere Escritor, gremio que hasta donde puedo ver es una especie de YPF ServiClub Premium con minitas, algún que otro billete y malbec de vernissage. en lo que a mí respecta, viéndolo por el lado social del asunto, cada uno de ustedes (siempre hay un “ustedes” en el lado social del asunto) puede ir pasándose mi cuaderno de mano en mano y, si consideraran que me lo merezco, dejar algunas monedas en la gorra. 

pero, ¿eso de escribir con la obsesión de ver todo fotocopiado, atado y enlomado? requiere más lomo del que yo puedo poner, por una decisión personal de no esforzarme en absoluto. 

¿cómo se llamaba ese amigo de Kafka? seguro también se sentía autorizado a tocarle el culo a su mujer…