23.12.15

Papá

· · ·

Nunca vi a nadie afeitarse. Es decir, sí: en las películas. A Jim Carrey haciendo caras frente al espejo, o esas asépticas imitaciones del ritual de afeitarse que ofrecen las publicidades de Gilette. En la vida real, nunca vi a nadie afeitarse hasta los trece años. Cuando el bigotito incipiente se iba haciendo cada vez más intolerable, yo tomé medidas por mi cuenta: con una maquinita de cincuenta centavos me peiné el labio superior dos o tres veces en dirección descendente y mi piel quedó suave que parecía una lija hecha con el cuero de un camello. Nunca supe bien cómo se hacía; y a las cosas de la hombría (esas cosas que uno no nace sabiendo porque tiene huevos) es mejor no andar consultándolas con tu abuela.

· · ·

Acabo de llegar a Reconquista, Santa Fe; son las 4 y media de la mañana del 23 de diciembre del año 2015. Afuera diluvia hace dos horas sin parar, y mi bondi venía atrasado.
Mi viejo esperó en la dársena, resfriado como estaba, y me ayudó a poner laguitarra en el baúl a resguardo del aguacero.
Él me enseñó todo lo que sé sobre el apego, que no es mucho. Pasó el 2001 tratando de salvar su propio pellejo mientras con mi vieja hacíamos una reagrupación táctica; él laburaba en un "frigorífico" (palabra que me costó aprenderme por su similitud a "dentífrico"). En mi familia hablaban del frigorífico como si fuera una vaga región del mundo donde algún día podría reencontrarme con mi viejo. Hasta hoy no sé si el frigorífico quedaba en la misma ciudad donde vivía yo. Lo que recuerdo es poco y nada de carne en la casa (al contrario de lo que contaban de aquella tierra mítica, donde lo que más había era carne), y mcuhas cajas y muchos bonos, papelitos de colores casi coleccionables que intercambiábamos por un bolsón de polenta misteriosa. Misteriosa porque no sabía qué le veía de especial mi vieja, que la hacía seis veces por semana.

· · ·

—Ahora trabajo en Ventas —dice mi viejo lagañoso, mi viejo cogito interruptu, bostezando
—Lo que te gusta hacer —digo yo, que me gusta pensar que ya lo tengo re calado
—Lo que me gusta, sí.
—¿Qué vendés?
—Todo eso.
Prende la luz del auto y señala el asiento de atrás. Veo cajas, bolsas y papeles que no sé qué carajo son. Apaga la luz de vuelta y dobla en la calle 17.
Mi viejo me enseñó sobre apego con sus autos. El primero que tuvo, cuando vivía en el campo, era una chata blanca hecha mierda que le compró a un gitano. Cada vez que lo veía tenía un auto nuevo. Esto me sorprende un poco: ya van tres veces que le veo el mismo Ford Focus. ¿Se estará poniendo viejo, querrá asentar cabeza?
Eso sí, siempre recuerdo su asiento trasero lleno de lo que para mí siempre fueron cacharros inútiles.
Pienso de pronto en el gran esfuerzo que implica levantarse a las tres de la mañana y manejar hasta la terminal bajo esa lluvia torrencial, para esperar un bondi que viene con atraso. Se lo agradecí un montón, a la vez que pensaba si, fiel a su esencia, no haría lo mismo para recibir con honores a un empresario japonés...

No hay comentarios:

Publicar un comentario