24.12.15

Empachado en aceite perdido

Vine porque hacía falta que venga, nomás. No había que descuidar las finanzas, que andan bien. Aparte, el año pasado no vine. Y es cierto que me pegué un embole para contar tres Navidades más: lo que tomé me pegó mal, tenía que laburar al día siguiente, dormí todo el verano en una pieza sin ventilador. Estaba bien acompañado - eso, este año, sería nada más que un buen recuerdo, también, de esos que reflotan bajo los regalos de un arbolito chino decorado con lo que se tiene a mano.
Pero así y todo, no tenía muchas ganas de venir. No sabía bien por qué. En este último tiempo me sentí extrañamente cómodo en Córdoba. Esas cosas de los cordobeses que me molestaban tanto, que me sensibilizaban, tanto, al fin aprendí a manejarlas. Era sencillo: no dar bola. Hay algunos que se quieren pasar de piolas siendo unos forros. Son difíciles de diferenciar, pero al fin, cuando uno puede dirimir (generalmente no sin ayuda), uno se siente más tranquilo; no los aparta, no hace falta, pero toma todo con pinzas.
Y me pasó exactamente lo inverso este año: ayer llegué acá y después de tres ciudades Corrientes me pareció gris y triste y tapada por la basura. Ayer se largó una tormenta, en la primer noche que pasé acá, y se inundó todo lo que alguna vez conocí como Costanera. Hoy recorrí el centro brevemente y me senté a hablar en el Mariscal con dos viejos (Alcides y Ricardo), tomando un café en jarro, como tomo allá siempre, y no hablé con mi tonada natal. Hablé con la tonada neutra, fría, del que quiere mantener una distancia para extraer del interlocutor no sólo su cortesía sino también su atención y su respeto. Este es un truco que aprendí en Córdoba, más o menos en el 2014, y me sigue sirviendo hasta ahora para tratar con cualquier desconocido. Y Córdoba es una ciudad llena de desconocidos. Acá en Corrientes escasean. Si uno se ocupa en mantenerse cómodo en esa posición, un lugar familiero logra desacomodarle un poco los caramelos.

No creo que me quede mucho más tiempo acá. Ya estoy pensando en irme a otro lado. Hoy hablaba con Theo y me dijo que él también se va el 15 de enero.
Le contesté: "epa, pegó el desapego". Me dice: "Sí. El tiempo que me quede depende de la negociación para que mis viejos no rompan las bolas".
Otros tenemos ganas de seguir haciendo lo mismo con otro paisaje. Descubrimos que lo que nos llena son esos 350 días que pasamos en otro lado, no los 15 que pasamos en Corrientes haciendo nada. Guillermina, por ejemplo, está ahora mismo (que es Nochebuena) en Bolívar 547 recolectando donaciones para los damnificados por las inundaciones.
Yo, ni bien vuelvan a abrir los comercios, voy a dejar mi currículum en un bar donde buscan mozos. La sola idea de malgastar mi guita en nada estas dos semanas, guita que me costó mucho trabajo conseguir y que me podría servir para alzarme a la bosta en enero, me da escalofríos. La sola idea de quedarme al pedo sin nada que desafíe mi intelecto o mi sentido práctico es terrible.
Pienso en Ray que está trabajando en dos hoteles del Calafate y, como si eso fuera poco, se puso su propio taller de compus y, en sus tiempos libres, escabia y predica por la linuxización del mundo.
A veces pienso que soy demasiado adolescente, cuando espero que las soluciones lleguen de arriba - algo así como el burócrata que tiene exactamente eso, vocación de burócrata y nada más. Hoy me parece estúpido depender de mi vieja para unas vacaciones. Ni moralmente bien ni moralmente mal: estúpido. Si los planes son míos, ¿qué tiene que ver mi vieja?
Capaz tenga que ver con mi postura política: por supuesto que no quiero pedirle plata al FMI a cambio de sus condiciones de ajuste. Si dejé que mis posturas políticas hagan mella en mi personalidad, puede también ser un signo de madurez; al menos lo sé porque mi yo adolescente jamás me lo perdonaría. Si hay alguien a quien conozco, es a ese pendejo.

Ni siquiera extraño lo paisajístico, porque está todo hundido bajo agua, camalotes y paquetes de Philip Morris. No es la mejor época para estar. Lo menos complicado sería quedarse en casa bajo el amparo de un ventilador de tres aspas esperando que no se inunde, y que no se corte Internet. Porque sería nada más que aislamiento por partida doble: a la luz de todo lo que está pasando en todo el país salvo en Corrientes (siempre más cerca de ser un bote inerte que un faro guía), el solo hecho de estar acá tirando y aguantando supone un aislamiento en sí mismo.

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