18.10.15

Una pequeña victoria en San Vicente

El otro día le echaba en cara a una amiga, cordobesa de identidad, que los cordobeses no son tan serviciales como los correntinos. Es más, a veces son medio garcas. Ella lo relativizaba: "bueno, así es en cualquier ciudad grande - en los pueblos, la gente es otra cosa". Corrientes no es un pueblo, pero se entiende la idea: allá están mucho más dispuestos a ayudarte. No digo a sensibilizarse con tus miserias, pero al menos, a darte una mano sin una mueca si lo pedís amablemente.
En realidad estaba exagerando un poco. Es cierto que si vas por la calle aparecen faunas de toda calaña: vendedores, diputados, pungas, Barones de Dios y unos horribles payasos que con un par de chistes verdes pretenden ablandarte para sacarte unas monedas. Pero son cosas típicamente humanas, del humano que busca emerger como una cara distinta en la multitud para aprovecharse de la inocencia de uno y volver a hundirse en ese mar equívoco de caras que esperan el colectivo en la 27, y si te he visto no me acuerdo. Esas cosas no se ven tanto en Corrientes, y casi que cuando me vine a vivir para acá me parecían el encantador lado B de la ciudad que te enseña a valerte solo. Obviamente, en este zoológico, no falta quien se quiera pasar de vivo ante un desconocido que se muestre excesivamente servicial.

El otro día me subí a un colectivo. Me habían citado a una radio que quedaba por (ojo con el nombre de la calle) Diego de Torres, en el corazón de la república de San Vicente. Yo sabía más por intuición que por rigor epistemológico que había que tomar el 70 o afines. Básicamente me trepé al primero que llegó y esperé a que el colectivo enfilara para la terminal y desde allí virara por el Dino para entrar en la República, por la lomada pasando Ciudad La Maternidad, adobada con fachadas viejas, callejones adoquinados y kioscos de barrio.
Eso siempre me distrae un poco. Voy mirando y me olvido el itinerario. ¡El itinerario! Fue entonces donde me di cuenta que no sabía dónde carajo quedaba la calle Diego de Torres. Sospeché que, ya que habíamos entrado en San Vicente, no faltaba mucho.

Es así que si uno no se deja vencer por la desesperación y abre los ojos a su alrededor, sin miedo ni desdén, se da con que siempre hay alguna mano por ahí lista para darte un tirón y sacarte fuera de la corriente.
Tambaleándome y chocando con la gente (era jueves en hora pico, y sonaba Ulises Bueno a full, y a nadie parecía molestarle en absoluto), me arrimé a uno, cualquiera: un chabón con auriculares. Con una vaga esperanza de que escuchara mi pregunta, se la tiré.
—Amigo... ¿sabrás dónde queda la calle Diego de Torres?
El tipo se sacó el auricular derecho y me miró. Pensé un segundo si tenía que repetir la pregunta. Pero miró para afuera por la ventanilla y dijo:
—Me parece que son seis cuadras más para arriba.
Una señora se dio vuelta a su vez:
—Son ocho, mi hijo.
—Muchas gracias —les dije.
—Al 3000 es —añadió la chica que estaba sentada al lado de la puerta del bondi.
—3000, o 3100 —debatió el chabón, que estaba poniéndose de vuelta el auricular en el oído derecho.
—Gracias —repetí, con sinceridad.
Y así pasaron las ocho cuadras prometidas. Yo iba avizor. Continuaba la procesión por San Vicente. Seguía sonando Ulises: un tema que yo conocía, porque se sabe que el hermano del finado príncipe peliazul del cuarteto gusta mucho de hacer sus versiones de temas de rock argento. Cuando me di cuenta, de la desesperación pasaba yo mismo a tararear Ulises. El comité seguía inexpresivo como una horma de queso gouda, meciéndose al ritmo del 70.
—En la próxima —dijo el del auricular.
—Sí, acá estamos al 2900 —dijo la chica que iba sentada.
—¡Gracias! —dije yo efusivamente.
La señora se acercó a la puerta y tocó el timbre. El bondi frenó en la esquina de Garzón y Diego de Torres. Miré a la señora.
— ¿Usted se baja?
—No, no es mi parada —respondió simplemente.

Miré la altura de la calle y miré el papelito donde había anotado la dirección: estaba a dos cuadras de la radio. El bondi se alejó, y yo estaba feliz. Puede parecer una boludez, pero fue todo un suceso.
Después de todo, pensé, si efectivamente los cordobeses no fueran serviciales, hubiera abandonado toda esperanza. Mal que le pese al tocayo de Diego de Torres.

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