28.10.15

El realismo es mufa

Decía don Eduardo Galeano (y replican sus adeptos con su dudoso juicio) algo muy acertado: "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". En efecto, diría yo, el presente es esa pequeña corteza en la que uno flota en ese mar de contingencia del que tanto hablan los posmo: en este sentido, casi que somos 50% proyección y 49,99% identidad; ese 0,01% que queda ahí, nítido pero fugaz, son los dedos tipeando esta misma palabra, la del ahora mismo.
Al menos a mí me parece que todas mis decisiones se debaten en el medio de la identidad y la proyección. A veces pienso que ahora mismo no estoy siendo otra cosa que un residuo de mi yo adolescente, planeando qué hacer la semana que viene. No está nada mal. Uno tiene que recordarse la chiquitez que es uno, y lo poco determinantes que pueden ser las decisiones que uno cree, en principio, que son para toda la vida; decisiones que, como ha dicho Oscar Wilde con oscuro sarcasmo (él sí, con adeptos que logran caerme mejor), a veces, duran menos que un capricho.

Me da la impresión de que en este mar de confusos recuerdos y todavía más desdibujados proyectos, en el que el verdadero presente es nada más que una inestable combinación de fecha, minutero y segundero, apenas queda lugar para eso que se denomina comúnmente "realismo". El otro día hablaba con una amiga. Tuvimos una conversación al mejor estilo ping-pong que bien podría ser uno de esos ejemplos que uno lee en un manual de lengua castellana para extranjeros.
—Qué pesimista sos, Andrea.
—No soy pesimista, soy realista.
—Eso es lo que dicen todos los pesimistas.

Eso que llamamos realismo implicaría (bah, así lo entiendo yo, que vengo del palo de la literatura), antes que nada, pararse y definir todas las opiniones y todos los juicios en función de algo palpable, real. Así, el realista posee siempre la verdad última (que sea una mierda, no importa: el pesimista se miente más): la verdad que está basada en eso que todos vemos, lo real.
Digo que vengo del palo de la literatura porque los teóricos que leí ya se han encargado de cuestionar minuciosamente todo. Hasta lo que llamamos "real". Al fin y al cabo, y sin intenciones de caer en el solipsismo más cabeza, eso que llamamos "real" es sólo lo que usted y yo (siempre por separado, indefectiblemente) percibimos con nuestros sentidos; una correntada cálida del mismo mar pero percibida desde dos islas distintas.

De ahí que, si uno quiere tomarse el trabajo de descartar el realismo justamente por utópico, le quedaría solamente la opción de inclinarse por el optimismo o el pesimismo. Los que vienen del palo de la literatura, y también de la filosofía, se encargan de repetirlo constantemente: "no hay hechos, sólo interpretaciones". Por más meados que estemos por un elefante en un plano objetivo, siempre habrá una parte no despreciable de nosotros mismos emitiendo un juicio sobre eso: hay hechos más o menos objetivos, pero ninguno totalmente objetivo.

Plantearse qué fuerza tienen los juicios que uno emite sobre las cagadas que a uno le acontecen es un tema aparte. Para mí son especialmente relevantes. Más todavía si al modelar nuestra vida con decisiones, como un escultor modela con un cincel un pedazo de mármol, nos estamos basando en lo que pensamos que son hechos y no son más que interpretaciones nuestras sobre lo que el mundo nos sirve en forma de yeta, contingencia o buena suerte.

Ajustar esas interpretaciones a, por ejemplo, las interpretaciones de los otros, es un laburazo. Un laburazo en el que uno generalmente termina chocando o con la falta de empatía de ese ser detestable que llamamos prójimo, o la propia terquedad de ese ser tan necio que es uno mismo, que en principio siempre posee la interpretación real sobre un hecho real: te digo que es así y punto.
Es una cuestión jodida. Es lo que yo más intento ensayar. Y en tiempos de inseguridad, lo que más me cuesta es entender cuánto valgo. Pienso que no es mucho, pero al mismo tiempo, pienso que (por suerte) los humanos no venimos monetarizados ni cotizamos en divisas. Todo sería mucho más "real" si cotizáramos en divisas; podríamos darnos vuelta y mirar una etiqueta de precio en nuestra espalda, y ahí ver más o menos para dónde encaramos en este ancho mundo. Pero no. Lo que uno "es" (dejando aparte la infinitamente válida objeción que le cabe al verbo "ser" [algo]) nunca está sujeto a nada fijo. Finalmente, lo que uno hace o deja de hacer, en forma de decisiones (motivadas, presionadas, apresuradas, o bien pensadas) no correspondería a eso que llamamos "realismo". Eliminamos el realismo y nos queda inclinarnos por el pesimismo o el optimismo. Si uno no vale sino lo que uno percibe que vale, más vale pensar que uno vale algo. Algo bueno. Algo digno.

El laburo es, poco a poco, ir adecuando eso que uno piensa que "es" a lo que la vida va tirando de feedback. Feedback que, obviamente, no se puede aprehender de una vez, y tampoco se puede tener en cuenta íntegramente al momento de tomar una decisión: en efecto, todo el tiempo nos están pasando cosas, pero considerar todas esas cosas cuando hay que decidirse por algo es materialmente imposible. Quemabocho al pedo, además. Demasiado amplio para servir de marco teórico.
Si lo que hay que hacer es un recorte, más convendría dejar lo bueno y apartar lo malo. Desde la inseguridad y el tembleque no se construye nada, al menos nada tan bueno como lo que se construye desde la energía y la convicción.

Al menos, así me pasó varias veces a mí. El optimismo es un dudoso camino por una senda que alangaú va a terminar en un prado verde donde se esconde la gallina de los huevos de oro.
Al que le sirva el pesimismo para los mismos fines, sepa que es un tipo afortunado: en el mundo abundan los que te tiran abajo.

Helvetica de Derek Beaulieu, un cuadro que
no tiene absolutamente nada que ver con esta entrada

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