6.10.15

Que esperen los cráneos, que entramos los genios

Dice el pibe que quería ser escritor. Lo dijo a los 6 años, cuando había llenado un cuadernito Rivadavia de cosas de la época: la primera novia (Priscila, que lo dejó por un pelotudo con un nombre con F, Félix o algo así, que conocía desde preescolar), recuerdos de la colonia de vacaciones (que siempre empezaba tarde, y era un calvario aguantarse esos días de calor sin la fresca promesa de la pileta por venir), o de cómo veía él con sus ojos de niño el mundo de los adultos, que (él no entendía por qué, si no eran las producciones de mayor calidad) era lo que justamente más interesaba a los adultos que leían el cuadernito Rivadavia. La tarea del escritor era ya por esos días una cosa destinada al fracaso, si no artístico, espiritual: jamás le iban a dar la bola que esperaba a los textos que él pensaba que eran los mejores.

Esto sigue pasando, por supuesto. Pero eso es otro tema, y hoy por hoy se mide con la incomprensible estadística del blog.

Punto aparte. Recién a los 16 años el pibe se entera que existe una carrera que se llama Letras. Todo esto es post-Rowling, Huck Finn, Tomsis el Extraterrestre e incluso Benedetti. Tenía 14 años el pibe cuando leyó La vecina orilla, cuento que, sospechó por primera vez, no había entendido del todo y había amado igual. Con el tiempo fue entendiendo qué era eso a lo que llamaban izquierda, dictadura, libertad, cultura, exilio, prisión. Letras vino mucho después de la digestión de toda esa literatura. Yo, si tuviera que ser biógrafo de este pibe (que es, naturalmente, yo), diría con resentimiento que la idea de estudiar Letras vino como una especie de resaca después de la fogosa pasión por leer. Una conducta maníaca propia del pibe: querer transformar lo espontáneo en algo serio, en algo de toda la vida, que le diera de comer. Algo así como querer amar los libros en un nivel con validez epistemológica. El pibe se ofendió cuando su viejo lo llamó "hobby", pero un día la frase cobró sensatez: es todo un tema dedicarle esfuerzo mental a esto que había asimilado con su corazón.

Pero bueno, acá estamos. Y si bien el tipo, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de sus padres y de sus ídolos), pone en duda su vocación de académico, todavía no se anima a poner en duda su vocación de escritor. Quizás no es más que un hobby que no llegará a ser oficio, como quien clava clavos sin ser carpintero, o pone a freír vegetales sin afán de ser gourmet. Pero deja esa posibilidad abierta: un camino por ser explorado, llenar el corazón así la gilada diga que no se podrá llenar jamás la panza.

Práctica, hombre, práctica, que la práctica hace a la perfección. Y si bien la perfección no existe, también es cierto que somos seres perfectibles, y refugiarse en la tonta excusa de que la perfección no existe para no practicar es, lisa y llanamente, de cagón. (Palabra sin valor científico, pero tan precisa, ¿no?)

Así es como el pibe, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de las excusas), se pone frente a la compu y piensa antes de escribir: ¿cómo es esto de escribir?

Y ahí putea. Putea, putea un montón... putea contra su carrera porque elevan el acto de escribir a algo tan estúpidamente solemne como si cada vez que abrís un Word estuvieras, ipso facto, rindiéndole un homenaje a Borges o a Saer o a Joyce o a cualquiera de esos tipos que "escriben bien". Es fulero porque esa hoja tiene que ser un perfecto Homenaje al Ídolo, o en su defecto, al menos tiene que ser un Discurso, un Texto, algo que Genere Placer para el Voyeur Que Analiza, Que Reescribe Sobre La Reescritura Y Podrá Hacer Suturar Semas Que El Texto Deja Como Huellas. Antes que nada, el Texto. Y su estatus sagrado. No se te ocurra decir boludeces o lugares comunes porque estás siendo estudiado por las lauchas de biblioteca. Vas a ingresar al corpus magno de la Cultura Escrita, que conllevó 5000 años de evolución desde que a un sumerio ocioso se le cruzó por la cabeza rayar una tablita de barro.

Que lo parió. Pero hoy no quiero hacer nada sagrado. Que esperen, carajo.
Que esperen los sumerios, que ya les voy a hacer justicia. Que espere el que llama por teléfono, y que espere el gato que espera para comer, y que espere la merienda y que espere la música y que esperen las expensas. Que esperen, que no hay nada más que hacer que escribir, al margen de cualquier tipo de academia (que vendrá después, porque los académicos son como buitres del talento), al margen de cualquier tipo de maquinación, al margen de cualquier tipo de homenaje. 

Voy a seguir insistiendo porque tengo diez dedos y un cerebro y porque desde los 6 años estoy rompiendo las pelotas con esto antes de saber que existían los sumerios y Saussure y tanta gente que pensó lo mismo. Eso. Que esperen, sobre todo, los académicos que se tomaron el trabajo de pensar qué es escribir... porque, según puedo entender en mis cortos 22 años de vida, los creadores ponen las reglas y los cráneos, después, más tarde, cuando terminó el partido y todos se fueron a sus casas, se calzan los anteojos y se ponen a ver desde la tribuna vacía a qué mierda estuvieron jugando.

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