30.10.15

El chico de las granadas

Jold tiene dos fotos pegadas en la puerta de su pieza.
Yo estoy acostado en el piso por el calor. Ella toma un vaso de agua con dos cubitos de hielo, silenciosamente, sentada en la cama. Me doy vuelta y le pregunto:
— ¿Quiénes son los de la foto?
—Es Larry Clark —responde.
—Me suena.
—Es el director de Kids.
—Ah... Kids.
Las miro de vuelta. No veía mucho. La pieza estaba semi a oscuras porque ella había tenido la precaución de colgar una tela de la ventana para que no entre el sol chaqueño. Eran las cuatro de la tarde de un jueves demuchísimo calor.
—¿Él está en las fotos o las saca?
—Él está en las fotos, y él las sacó.
—Están muy bien.
Jold no responde. Hace mucho calor para hablar más de lo justo. Giro en el piso otra vez para agarrar algo más de piso fresco. Larry Clark, sí... ese tipo que un día, sacando fotos de un grupo de skaters en Nueva York, se encontró con Harmony Korine y éste le alcanzó un guión que había escrito a la corta edad de 19 años. Kids fue la primera película realmente turbia que vi en mi vida. Una cosa era ver porno a escondidas, en el que vos ya sabías lo que iba a pasar. Kids era una cosa para perturbarse como un menonita en un strip club.
Miro un ratito más las fotos pegadas en la puerta. Trato de retener un par de detalles. Fotos en blanco y negro de Larry Clark posando arriba de un sillón. No sé bien qué será pero la foto tiene algo de desprolijo. Al menos así lo veo desde el piso, con mi miopía incipiente y en la media sombra.
Pensando que hay algo de encantador en fotos de celebridades en blanco y negro, le digo a Joldi:
—Te tengo que recomendar una cuenta de Twitter.
—Cuál.
—El rayo virtual.

El critico de arte Daniel Molina administra el rayo virtual. Cada tanto, Daniel elige un artista y hace una seguidilla de varios tweets dedicados a su obra.
Hace unos días publicó algo de Richard Avedon, un sujeto que fotografió a Peter Orlovsky abrazado en pelotas a Allen Ginsberg. Antes de eso, Nan Goldin, que hace unas fotos buenísimas de drag queens, escabio, parranda y gente joven, y un retrato demoledor de ella misma después de ser golpeada por su marido.
Pero la que más me gustó últimamente es Diane Arbus. Había leído una nota sobre ella en una revista a propósito de su famosa foto de Borges. Con el atrevimiento que me perdona el blogueo aficionado, voy a subir la foto acá. Daniel la denomina sencillamente El chico de las granadas.


Es la clase de foto que yo mismo imprimiría y pegaría en mi puerta. Me hace acordar un poco a Gummo. Capaz por eso y muy de rebote me acordaba de ella mirando los retratos de Larry Clark en la puerta de Joldi. Recorriendo el Twitter de Daniel uno se encuentra con cosas asombrosas. Tengo entendido que se dedica a la crítica de arte, cosa que en Buenos Aires es más reedituable que por acá, porque Dios atiende allá y es más fácil que llegue a interesarle lo que uno le dice in praesentia.

Estos momentos también (y en ocasiones, también y sobre todo) conforman lo lindo de la cultura. Una expresión artística desinteresada, íntima: dos fotos pegadas en una puerta. Los gestores, los periodistas especializados y los eventos multitudinarios parecen tan engorrosos al lado de una foto pegada en una pared, que uno puede observar con la inocencia de estar tirado en el piso sumido en la semioscuridad y el calor chaqueño.

A veces, esa máquina aparatosa que llaman cultura (que, de tanto en tanto, demasiado ansiosa por mover conciencias, se vuelve pretenciosa o verdaderamente ridícula) me dejan a mí mismo con ganas de tener una granada en la mano.

28.10.15

El realismo es mufa

Decía don Eduardo Galeano (y replican sus adeptos con su dudoso juicio) algo muy acertado: "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". En efecto, diría yo, el presente es esa pequeña corteza en la que uno flota en ese mar de contingencia del que tanto hablan los posmo: en este sentido, casi que somos 50% proyección y 49,99% identidad; ese 0,01% que queda ahí, nítido pero fugaz, son los dedos tipeando esta misma palabra, la del ahora mismo.
Al menos a mí me parece que todas mis decisiones se debaten en el medio de la identidad y la proyección. A veces pienso que ahora mismo no estoy siendo otra cosa que un residuo de mi yo adolescente, planeando qué hacer la semana que viene. No está nada mal. Uno tiene que recordarse la chiquitez que es uno, y lo poco determinantes que pueden ser las decisiones que uno cree, en principio, que son para toda la vida; decisiones que, como ha dicho Oscar Wilde con oscuro sarcasmo (él sí, con adeptos que logran caerme mejor), a veces, duran menos que un capricho.

Me da la impresión de que en este mar de confusos recuerdos y todavía más desdibujados proyectos, en el que el verdadero presente es nada más que una inestable combinación de fecha, minutero y segundero, apenas queda lugar para eso que se denomina comúnmente "realismo". El otro día hablaba con una amiga. Tuvimos una conversación al mejor estilo ping-pong que bien podría ser uno de esos ejemplos que uno lee en un manual de lengua castellana para extranjeros.
—Qué pesimista sos, Andrea.
—No soy pesimista, soy realista.
—Eso es lo que dicen todos los pesimistas.

Eso que llamamos realismo implicaría (bah, así lo entiendo yo, que vengo del palo de la literatura), antes que nada, pararse y definir todas las opiniones y todos los juicios en función de algo palpable, real. Así, el realista posee siempre la verdad última (que sea una mierda, no importa: el pesimista se miente más): la verdad que está basada en eso que todos vemos, lo real.
Digo que vengo del palo de la literatura porque los teóricos que leí ya se han encargado de cuestionar minuciosamente todo. Hasta lo que llamamos "real". Al fin y al cabo, y sin intenciones de caer en el solipsismo más cabeza, eso que llamamos "real" es sólo lo que usted y yo (siempre por separado, indefectiblemente) percibimos con nuestros sentidos; una correntada cálida del mismo mar pero percibida desde dos islas distintas.

De ahí que, si uno quiere tomarse el trabajo de descartar el realismo justamente por utópico, le quedaría solamente la opción de inclinarse por el optimismo o el pesimismo. Los que vienen del palo de la literatura, y también de la filosofía, se encargan de repetirlo constantemente: "no hay hechos, sólo interpretaciones". Por más meados que estemos por un elefante en un plano objetivo, siempre habrá una parte no despreciable de nosotros mismos emitiendo un juicio sobre eso: hay hechos más o menos objetivos, pero ninguno totalmente objetivo.

Plantearse qué fuerza tienen los juicios que uno emite sobre las cagadas que a uno le acontecen es un tema aparte. Para mí son especialmente relevantes. Más todavía si al modelar nuestra vida con decisiones, como un escultor modela con un cincel un pedazo de mármol, nos estamos basando en lo que pensamos que son hechos y no son más que interpretaciones nuestras sobre lo que el mundo nos sirve en forma de yeta, contingencia o buena suerte.

Ajustar esas interpretaciones a, por ejemplo, las interpretaciones de los otros, es un laburazo. Un laburazo en el que uno generalmente termina chocando o con la falta de empatía de ese ser detestable que llamamos prójimo, o la propia terquedad de ese ser tan necio que es uno mismo, que en principio siempre posee la interpretación real sobre un hecho real: te digo que es así y punto.
Es una cuestión jodida. Es lo que yo más intento ensayar. Y en tiempos de inseguridad, lo que más me cuesta es entender cuánto valgo. Pienso que no es mucho, pero al mismo tiempo, pienso que (por suerte) los humanos no venimos monetarizados ni cotizamos en divisas. Todo sería mucho más "real" si cotizáramos en divisas; podríamos darnos vuelta y mirar una etiqueta de precio en nuestra espalda, y ahí ver más o menos para dónde encaramos en este ancho mundo. Pero no. Lo que uno "es" (dejando aparte la infinitamente válida objeción que le cabe al verbo "ser" [algo]) nunca está sujeto a nada fijo. Finalmente, lo que uno hace o deja de hacer, en forma de decisiones (motivadas, presionadas, apresuradas, o bien pensadas) no correspondería a eso que llamamos "realismo". Eliminamos el realismo y nos queda inclinarnos por el pesimismo o el optimismo. Si uno no vale sino lo que uno percibe que vale, más vale pensar que uno vale algo. Algo bueno. Algo digno.

El laburo es, poco a poco, ir adecuando eso que uno piensa que "es" a lo que la vida va tirando de feedback. Feedback que, obviamente, no se puede aprehender de una vez, y tampoco se puede tener en cuenta íntegramente al momento de tomar una decisión: en efecto, todo el tiempo nos están pasando cosas, pero considerar todas esas cosas cuando hay que decidirse por algo es materialmente imposible. Quemabocho al pedo, además. Demasiado amplio para servir de marco teórico.
Si lo que hay que hacer es un recorte, más convendría dejar lo bueno y apartar lo malo. Desde la inseguridad y el tembleque no se construye nada, al menos nada tan bueno como lo que se construye desde la energía y la convicción.

Al menos, así me pasó varias veces a mí. El optimismo es un dudoso camino por una senda que alangaú va a terminar en un prado verde donde se esconde la gallina de los huevos de oro.
Al que le sirva el pesimismo para los mismos fines, sepa que es un tipo afortunado: en el mundo abundan los que te tiran abajo.

Helvetica de Derek Beaulieu, un cuadro que
no tiene absolutamente nada que ver con esta entrada

20.10.15

Isabel

Véase esta coplilla de pie quebrado citada por Gracián en su Agudeza de arte e ingenio:






La rebuscada correspondencia se aclara en el comentario que sigue:
"Fúndase en el nombre de Isabel que, dividido, la primera sílaba, que es I, y la última, el, dicen hiel, y en el medio queda el sabe." Los amores de la tal Isabel son, pues, amarguras en los principios y el final, y deleites en la zona intermedia.

Pedraza Jiménez, Las épocas de la literatura española
Cap. IV, El Barroco

19.10.15

Tout le monde président!

Los dadaístas, para evitar las riñas entre fulanos y menganos, tomaron una de las decisiones más singulares de nuestros días: Tout le monde président!
Pedro Salinas, en Ensayos de literatura hispánica

18.10.15

Una pequeña victoria en San Vicente

El otro día le echaba en cara a una amiga, cordobesa de identidad, que los cordobeses no son tan serviciales como los correntinos. Es más, a veces son medio garcas. Ella lo relativizaba: "bueno, así es en cualquier ciudad grande - en los pueblos, la gente es otra cosa". Corrientes no es un pueblo, pero se entiende la idea: allá están mucho más dispuestos a ayudarte. No digo a sensibilizarse con tus miserias, pero al menos, a darte una mano sin una mueca si lo pedís amablemente.
En realidad estaba exagerando un poco. Es cierto que si vas por la calle aparecen faunas de toda calaña: vendedores, diputados, pungas, Barones de Dios y unos horribles payasos que con un par de chistes verdes pretenden ablandarte para sacarte unas monedas. Pero son cosas típicamente humanas, del humano que busca emerger como una cara distinta en la multitud para aprovecharse de la inocencia de uno y volver a hundirse en ese mar equívoco de caras que esperan el colectivo en la 27, y si te he visto no me acuerdo. Esas cosas no se ven tanto en Corrientes, y casi que cuando me vine a vivir para acá me parecían el encantador lado B de la ciudad que te enseña a valerte solo. Obviamente, en este zoológico, no falta quien se quiera pasar de vivo ante un desconocido que se muestre excesivamente servicial.

El otro día me subí a un colectivo. Me habían citado a una radio que quedaba por (ojo con el nombre de la calle) Diego de Torres, en el corazón de la república de San Vicente. Yo sabía más por intuición que por rigor epistemológico que había que tomar el 70 o afines. Básicamente me trepé al primero que llegó y esperé a que el colectivo enfilara para la terminal y desde allí virara por el Dino para entrar en la República, por la lomada pasando Ciudad La Maternidad, adobada con fachadas viejas, callejones adoquinados y kioscos de barrio.
Eso siempre me distrae un poco. Voy mirando y me olvido el itinerario. ¡El itinerario! Fue entonces donde me di cuenta que no sabía dónde carajo quedaba la calle Diego de Torres. Sospeché que, ya que habíamos entrado en San Vicente, no faltaba mucho.

Es así que si uno no se deja vencer por la desesperación y abre los ojos a su alrededor, sin miedo ni desdén, se da con que siempre hay alguna mano por ahí lista para darte un tirón y sacarte fuera de la corriente.
Tambaleándome y chocando con la gente (era jueves en hora pico, y sonaba Ulises Bueno a full, y a nadie parecía molestarle en absoluto), me arrimé a uno, cualquiera: un chabón con auriculares. Con una vaga esperanza de que escuchara mi pregunta, se la tiré.
—Amigo... ¿sabrás dónde queda la calle Diego de Torres?
El tipo se sacó el auricular derecho y me miró. Pensé un segundo si tenía que repetir la pregunta. Pero miró para afuera por la ventanilla y dijo:
—Me parece que son seis cuadras más para arriba.
Una señora se dio vuelta a su vez:
—Son ocho, mi hijo.
—Muchas gracias —les dije.
—Al 3000 es —añadió la chica que estaba sentada al lado de la puerta del bondi.
—3000, o 3100 —debatió el chabón, que estaba poniéndose de vuelta el auricular en el oído derecho.
—Gracias —repetí, con sinceridad.
Y así pasaron las ocho cuadras prometidas. Yo iba avizor. Continuaba la procesión por San Vicente. Seguía sonando Ulises: un tema que yo conocía, porque se sabe que el hermano del finado príncipe peliazul del cuarteto gusta mucho de hacer sus versiones de temas de rock argento. Cuando me di cuenta, de la desesperación pasaba yo mismo a tararear Ulises. El comité seguía inexpresivo como una horma de queso gouda, meciéndose al ritmo del 70.
—En la próxima —dijo el del auricular.
—Sí, acá estamos al 2900 —dijo la chica que iba sentada.
—¡Gracias! —dije yo efusivamente.
La señora se acercó a la puerta y tocó el timbre. El bondi frenó en la esquina de Garzón y Diego de Torres. Miré a la señora.
— ¿Usted se baja?
—No, no es mi parada —respondió simplemente.

Miré la altura de la calle y miré el papelito donde había anotado la dirección: estaba a dos cuadras de la radio. El bondi se alejó, y yo estaba feliz. Puede parecer una boludez, pero fue todo un suceso.
Después de todo, pensé, si efectivamente los cordobeses no fueran serviciales, hubiera abandonado toda esperanza. Mal que le pese al tocayo de Diego de Torres.

16.10.15

Un anarquista en el espacio

Adolfo estudia ingeniería para ser astronauta y es ligeramente anarquista. Va a ser un anarquista en el espacio. Yo lo sé, le tengo fe, es muy buen pibe. Es tranquilo. Es sereno. Es centrado. Lo conocí en una plaza escabiando, pero él creo que no escabiaba. Yo sí. Esa tarde se acercó un mudo y me vio tomando una cerveza y tocando la guitarra. Tenía un rosario de madera colgando del cuello. Me señaló la guitarra y me hizo un gesto de "muy bien" con los pulgares arriba, y señaló la botella e hizo un gesto de "muy mal" con el índice. A continuación lo repitió, para que quede claro: guitarra, bien, botella, mal. No, no, botella. Guitarra, música. Botella no. Yo lo miré y sin ganas de pelear en un lenguaje que no entendía le dije con señas simplemente: "bueno, puedo tener las dos", y me reí. Se ofendió con justicia, y yo también reconocí que lo dije con mala intención; pero hasta hoy sigo haciendo las dos. Yo no podría ser como Adolfo, quien esa tarde ya seguramente estaba soñando con las estrellas. Imaginate un anarquista en el espacio. ¿Qué pensarán los astronautas de Donald Trump... de las grandes fusiones empresariales... de los travesticidios...? Estando allá arriba mirando la Tierra sentado en una roca lunar, uno pone en perspectiva la perlita azul donde se desarrollan todos los malos augurios y todas las promesas incumplidas y todas las catastróficas injusticias cotidianas. Y el espacio, el espacio vacío, la bóveda negra que no es stricto sensu cosa ni lugar (ni siquiera te serviría para respirar, si lo que necesitaras es un respiro), en su eterna mezcla de arriba y abajo mientras los planetas siguen meciéndose en su danza astral... donde la política no tiene injerencia, todavía, al menos hasta que sea decisión de la NASA mandar en un viaje de ida a Marte a un pequeño grupo de humanos y que este grupo de humanos críe, en cincuenta años, la primera generación de niños extraterrestres (acá sí, stricto sensu). Y que en tres generaciones, ya se olviden de dónde vinieron. Y que en diez generaciones después de Adolfo, anno domini 2663 de la era de Acuario, la población humana (primos lejanos ya de los primeros marcianos en un planeta más rojo que Misiones) se olvide que alguna vez fue realmente difícil tómarselas al espacio. Había que ser ingeniero o ridículamente rico para tomárselas al espacio. Había que estudiar años y años y ser dedicado y centrado, como Adolfo. Había que no, no, no, la botella, y sí, sí, los libros. Había que mucho horas culo. Había que bañarse en la humildad del rosario en cuello. Y en medio milenio más tendremos la Tierra hecha mierda cuando terminemos de usar todos nuestros glaciares para nuestro efímero tereré global. Los genios van a decidir para dónde enfilamos, van a ponerse en la puerta del buque eligiendo sí o no, y quizás lo decidan a su conveniencia, porque nosotros le hemos dado mucho a la botella acá abajo para preocuparnos realmente por servir a la raza. O confiaremos en el designio de los rosarios al cuello, si en quinientos años no los hemos quemado en un acto de monumental soberbia. Serán los genios los que decidan por nosotros. Quién sabe si para su conveniencia, pero seguramente, con sensatez científica: son genios. Lo que me hace pensar en Adolfo. Qué bueno sería un anarquista en el espacio.

Scott Listfield, "Boom"

15.10.15

El deber

El Triunvirato (Sarratea, Chiclana y Paso) invitan a Domingo French a donar su sueldo durante un año a favor de la Patria. Buenos Aires. 8 de enero de 1812.
Sala VII. Legajo 200.

Viendo tan escasa y urgente la situación del Erario público y tan vastas las atenciones que fijan hoy los cuidados del Gobierno, ha determinado en acuerdo de esta fecha que los jefes militares hasta Teniente Coronel inclusive instruidos de la presente situación expongan si voluntariamente gustan ceder alguna parte de su sueldo por vía de Empréstito, y por solo un año con las calidades y seguridades que previene el Decreto, de 31 de diciembre último con respecto a la baja de sueldos, de los empleados civiles. Lo que se avisa a V.S. para que reuniendo a los Oficiales jefes que militan bajo sus órdenes explore su voluntad y avise el resultado, que será sin duda muy favorable a los intereses de la Patria y que deberá hacerse público por medio de la prensa para satisfacción de los contribuyentes, y para inspirar a los Pueblos de sentimientos de liberalidad que deben animarlos en beneficio de la libertad, y (…) del País a que es necesario consagrar todas sus atenciones y sacrificios.
Dios guíe a V.S. muchos años.
Al Coronel D Domingo French.
Buenos Aires 8 de enero de 1812.

(vía AGD)

14.10.15

Dylan y Van Ronk

Vuocolo Van Ronk [la viuda de Dave] recuerda la vez que ella y Van Ronk habían vuelto a su departamento en Greenwich Village después de un viaje.
Alguien golpeó la puerta, y esperando que fuera Van Ronk quien había salido a hacer un recado, ella abrió y encontró a Dylan parado ahí.
"Dave around?", preguntó él. Ella lo invitó a quedarse y le ofreció café, y los dos esperaron a que Dave volviera, después de lo cual los dos hombres hablaron por horas. "Yo pensé, 'Bob Dylan está sentado en mi living'", dice Vuocolo Van Ronk. "Él parecía un poco nervioso, pero quería estar a solas con Dave, y Dave estaba muy feliz de verlo."












David Browne para Rolling Stone,

13.10.15

Emily

La educación de Emily Dickinson fue, por tanto, mucho más profunda y sólida que las de las demás mujeres de su tiempo y lugar. Sin embargo, en ocasiones la muchacha (cuya salud no era muy buena) se sentía saturada y sobreexigida. A los 14 años escribe a una compañera una carta donde dice: «Terminaremos nuestra educación alguna vez, ¿no es verdad? Entonces tú podrás ser Platón y yo Sócrates, siempre y cuando no seas más sabia que yo».
(Wikipedia) 

11.10.15

El consejo de Birkner

Birkner le respondió:
¡Ojalá pudiera estar contigo, hijo mío, para libertarte de tu desazón! Pero créeme, son precisamente tus dudas las que abogan por ti, por tu vocación artística. El que cree avanzar siempre con continua y ciega confianza en sus propias fuerzas es un loco que sólo se engaña a sí mismo, pues le falta el auténtico impulso de búsqueda que sólo descansa en la idea de la insuficiencia. ¡Persevera! Pronto recuperarás tus fuerzas y entonces, y no por la opinión ni el consejo de los amigos, que quizás no sean capaces de entenderte, seguirás tranquilamente el camino que te ha marcado tu propia naturaleza.

E. T. A. Hoffmann, en La iglesia jesuita de G*** 

8.10.15

Dos de Macedonio

1- Lo que hace los cuentos son las y. Los cuentos simples de apretado narrar eran buenos. Pero arruinó el género la invención de que había un «saber contar». Se decidió que quien sabía contar era un tal Maupassant. Y desapareció el perfecto cuento de antes; y el invocado Maupassant contaba como antes, ¡bien!
2 - ¿Es artístico aprovechar este momento, como todo el que se preste, para insertar cuanta comparación o analogía acuda a la mente, por ejemplo que el doctor hacía en este caso lo que el sastre con el cliente que se va con la ropa nueva puesta y tira la vieja? Porque para la literatura de todos los tiempos la comparación tiene un uso tan frecuente que se podría decir, en lugar de «está escribiendo», «está comparando».
Macedonio Fernández, en Cirugía psíquica de extirpación 

6.10.15

Que esperen los cráneos, que entramos los genios

Dice el pibe que quería ser escritor. Lo dijo a los 6 años, cuando había llenado un cuadernito Rivadavia de cosas de la época: la primera novia (Priscila, que lo dejó por un pelotudo con un nombre con F, Félix o algo así, que conocía desde preescolar), recuerdos de la colonia de vacaciones (que siempre empezaba tarde, y era un calvario aguantarse esos días de calor sin la fresca promesa de la pileta por venir), o de cómo veía él con sus ojos de niño el mundo de los adultos, que (él no entendía por qué, si no eran las producciones de mayor calidad) era lo que justamente más interesaba a los adultos que leían el cuadernito Rivadavia. La tarea del escritor era ya por esos días una cosa destinada al fracaso, si no artístico, espiritual: jamás le iban a dar la bola que esperaba a los textos que él pensaba que eran los mejores.

Esto sigue pasando, por supuesto. Pero eso es otro tema, y hoy por hoy se mide con la incomprensible estadística del blog.

Punto aparte. Recién a los 16 años el pibe se entera que existe una carrera que se llama Letras. Todo esto es post-Rowling, Huck Finn, Tomsis el Extraterrestre e incluso Benedetti. Tenía 14 años el pibe cuando leyó La vecina orilla, cuento que, sospechó por primera vez, no había entendido del todo y había amado igual. Con el tiempo fue entendiendo qué era eso a lo que llamaban izquierda, dictadura, libertad, cultura, exilio, prisión. Letras vino mucho después de la digestión de toda esa literatura. Yo, si tuviera que ser biógrafo de este pibe (que es, naturalmente, yo), diría con resentimiento que la idea de estudiar Letras vino como una especie de resaca después de la fogosa pasión por leer. Una conducta maníaca propia del pibe: querer transformar lo espontáneo en algo serio, en algo de toda la vida, que le diera de comer. Algo así como querer amar los libros en un nivel con validez epistemológica. El pibe se ofendió cuando su viejo lo llamó "hobby", pero un día la frase cobró sensatez: es todo un tema dedicarle esfuerzo mental a esto que había asimilado con su corazón.

Pero bueno, acá estamos. Y si bien el tipo, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de sus padres y de sus ídolos), pone en duda su vocación de académico, todavía no se anima a poner en duda su vocación de escritor. Quizás no es más que un hobby que no llegará a ser oficio, como quien clava clavos sin ser carpintero, o pone a freír vegetales sin afán de ser gourmet. Pero deja esa posibilidad abierta: un camino por ser explorado, llenar el corazón así la gilada diga que no se podrá llenar jamás la panza.

Práctica, hombre, práctica, que la práctica hace a la perfección. Y si bien la perfección no existe, también es cierto que somos seres perfectibles, y refugiarse en la tonta excusa de que la perfección no existe para no practicar es, lisa y llanamente, de cagón. (Palabra sin valor científico, pero tan precisa, ¿no?)

Así es como el pibe, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de las excusas), se pone frente a la compu y piensa antes de escribir: ¿cómo es esto de escribir?

Y ahí putea. Putea, putea un montón... putea contra su carrera porque elevan el acto de escribir a algo tan estúpidamente solemne como si cada vez que abrís un Word estuvieras, ipso facto, rindiéndole un homenaje a Borges o a Saer o a Joyce o a cualquiera de esos tipos que "escriben bien". Es fulero porque esa hoja tiene que ser un perfecto Homenaje al Ídolo, o en su defecto, al menos tiene que ser un Discurso, un Texto, algo que Genere Placer para el Voyeur Que Analiza, Que Reescribe Sobre La Reescritura Y Podrá Hacer Suturar Semas Que El Texto Deja Como Huellas. Antes que nada, el Texto. Y su estatus sagrado. No se te ocurra decir boludeces o lugares comunes porque estás siendo estudiado por las lauchas de biblioteca. Vas a ingresar al corpus magno de la Cultura Escrita, que conllevó 5000 años de evolución desde que a un sumerio ocioso se le cruzó por la cabeza rayar una tablita de barro.

Que lo parió. Pero hoy no quiero hacer nada sagrado. Que esperen, carajo.
Que esperen los sumerios, que ya les voy a hacer justicia. Que espere el que llama por teléfono, y que espere el gato que espera para comer, y que espere la merienda y que espere la música y que esperen las expensas. Que esperen, que no hay nada más que hacer que escribir, al margen de cualquier tipo de academia (que vendrá después, porque los académicos son como buitres del talento), al margen de cualquier tipo de maquinación, al margen de cualquier tipo de homenaje. 

Voy a seguir insistiendo porque tengo diez dedos y un cerebro y porque desde los 6 años estoy rompiendo las pelotas con esto antes de saber que existían los sumerios y Saussure y tanta gente que pensó lo mismo. Eso. Que esperen, sobre todo, los académicos que se tomaron el trabajo de pensar qué es escribir... porque, según puedo entender en mis cortos 22 años de vida, los creadores ponen las reglas y los cráneos, después, más tarde, cuando terminó el partido y todos se fueron a sus casas, se calzan los anteojos y se ponen a ver desde la tribuna vacía a qué mierda estuvieron jugando.