16.9.15

Leave Nueva Córdoba behind

Por una cuestión bastante azarosa terminé viendo posts viejos de Facebook de finales del 2013 y ¿saben qué? Concluí que fue una época muy divertida.

En su momento puteaba mucho, porque tenía un papelito sellado en el segundo cajón de una mesita de luz que decía simplemente: CONTRATO DE LOCACIÓN de título, y a pesar de que me hubiera gustado que sea un poco más romántico, dicho papelito decía que mi deber era abandonar mi departamento en la víspera de Año Nuevo del año 2013 de la era de nuestro señor Jesucristo.

Yo lo sabía desde que entré: el contrato duraba dos años, y al final, lo tenía que dejar impecable.
Dos años pasé en ese departamento, el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical, y la pasé bastante bien. Era un departamento neocordobés de una habitación con mesadas de mármol y paredes verde agua.
Vivía solo con Aureliano. Vivir solo era medio complicado, porque podía dormir hasta las 6 de la tarde de corrido sin que nadie me despierte. El gato se prendía a mis maratones, fiel a su naturaleza. Asimismo, si por esas casualidades dejaba abierta la llave del gas o entraba un psicópata mientras me estaba duchando, nadie se iba a enterar de mi muerte hasta que mis vecinos no notaran un olor inusual a fiambre, y no del Paladini.

Amén de todo eso, me terminé encariñando con ese departamento que yo no elegí, sino que lo eligió mi vieja, según su buen criterio.
Este buen criterio significaba una sola cosa: quedaba cerca de la facultad. Y yo era tan dejado que si hubiera quedado dos cuadras más lejos capaz no iba a cursar y terminaba abandonando en un semestre. Ganas no me faltaban (eso lo descubrí en el cursillo), pero era un gran partidario del "si estás en el baile, bailá". Aparte quedaba un poco lejos de la parte histérica de Nueva Córdoba, que complica siempre las cosas - es difícil estudiar si estás escuchando reggaetón. Era un lugar con cierta calma. El lugar donde vivo hoy, si bien es pintoresco, es un quilombo.

Fue en el 2013, cuando sabía que mi departamento "estaba condenado a una próxima desaparición", donde me encariñé más todavía con él.
Tuve que arreglarle las mañas, limpiarle los rincones, y hicimos en tres tardes pintarle las paredes with a little help from my friends con una pintura muy de mierda que se transparentaba si la diluías un poquito, pero ya era 23 de diciembre, y me apresuraba no sólo el hecho de tener que entregar el departamento en condiciones (cualquiera ellas fueran), sino, por supuesto, tener que llegar a pasar Navidad en Corrientes.

Yo creo que las mudanzas tienen esa cosa que a uno le altera la cabeza.
Puteás y renegás por dejar todo impecable, hacés meter hasta el último libro en una caja de frutas podridas que sabés que se va a desfondar cuando la levantes, y te rompés el coco viendo cómo carajo bajar un sofá de tres cuerpos por una escalera más angosta que una manguera... y cuando termina el calvario, mirás tu casa vacía, con olor a pintura fresca y nada más que un almohadoncito en el piso donde vas a apoyar tu culo para que tu última noche no sea tan triste, ahí es cuando te das cuenta que llegaste a un punto de no retorno, y tenés que seguir para adelante.

Esa noche, la noche del 22 de diciembre del 2013, dormí en el último puf que me quedaba, que daba tanta lástima que lo tuve que dejar en la vereda a la mañana siguiente. Tenía las luces apagadas y estaba escuchando Morphine. Cómo no.
Y me acordé de la primera noche que pasé en el departamento, que era sorprendemente similar: era el 4 o 5 de enero del 2012, cuando recién celebrado el contrato, no tenía luz todavía y me había venido con mi viejo a meter una heladera y un colchón.
Nos habíamos tirado en la pieza, con el calor que hacía, sin posibilidad, claro, de prender un puto ventilador. Me acuerdo que había un solo colchón y éramos dos y, conociéndolo a mi viejo, él no iba a buscarse un hotel. Ni resignar su derecho natural a dormir cómodo. Así que a mi primera noche en el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical me la pasé durmiendo en el piso frío de loza.

Cada vez que paso por ahí le tengo un poco de envidia al que está, con las luces prendidas, como si fuera su reino.
Después recuerdo que los de la inmobiliaria son todos unos garcas, y se me pasa.

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