24.9.15

Las piedras de Mendoza

Cuando tenía 16 años de pibe fui con mis abuelos a Mendoza.
Yo no conocía Mendoza. Ni me interesaba conocer, no porque pensara que no valía la pena, sino porque no me llamaba la atención pasarme un día entero encerrado en un auto para ver (lo que yo pensaba que era) un páramo compacto de tierra seca y jarillas. Como bien decía mi abuelo con su sutileza característica, "no te olvides de llevarte un fibrón para marcarte de vuelta la raya del culo".

Pero si te proponen unas vacaciones gratis, es una boludez negarte. Todo arrancó en la cuadra de mi casa esa mañana en la que mi abuela, como era su costumbre antes de cada viaje, se encomendaba diciendo: "en nombre del Señor", y se persignaba.

Un par de días después de salir llegamos a Mendoza. Ciudad que al principio me pareció muy complicada, porque vos ibas tranquilamente en auto, y de repente el GPS te indicaba que estabas en otra ciudad, y vos no veías un carajo de diferencia entre ambas. Es que, según recuerdo, lo que separa a Mendoza de la vecina Godoy Cruz es nada más que una avenida. Me parecía el colmo de lo complicado separar así a dos ciudades que están pegadas, pero lo dejé pasar; después comprobé que, contra todo pronóstico, los mendocinos eran gente muy sencilla.

La voz del GPS ("la gallega de mierda"), nos condujo hasta Luján de Cuyo, a algunos pocos kilómetros afuera de la capital mendocina.
Al mediodía del tercer día nos bajamos del auto frente a las cabañas que mi tío nos había reservado: cinco cubículos de madera con una enorme pileta en el medio y, enfrente, detrás de los viñedos, una magnífica vista de lo que es la mismísima Cordillera de los Andes (y no esos ensayos de Cordillera que vas saltando antes, que frente a la majestuosidad de lo que se veía ahí eran chichones de piso llamados "montaña" por algún geógrafo caprichoso).

Luján de Cuyo estaba en absoluto silencio. Un silencio que te apunaba, que te atravesaba, que te subía el volumen de los pensamientos y no te dejaba solo con vos mismo, en el momento donde te dabas cuenta que hasta los viñedos pensaban también en voz alta y el sonido que los recorría era de ese viento mendocino sutil de tardecita de verano. Lo primero que dije cuando me bajé del auto: "che... tanto silencio me molesta".

"Parecés el Mariachi", me dijo mi abuelo, refiriéndose a su compañero de laburo que llegaba con la chata a las siete de la mañana con cumbia a trescientos decibeles, de puro histérico que era.

En toda esa semana que pasamos en Luján de Cuyo no vi una sola jarilla, un solo páramo árido ni cualquier cosa que se asemejara a la muerte. Nada era como lo había esperado. Era seco, sí. Marcus, el belga dueño de las cabañas y los viñedos, nos decía que en Mendoza la gente llegaba a matarse por agua, que debían medirse mucho a la hora de bañarse ("no más de cinco minutos, pog favog", nos rogó encarecidamente) pero que, justamente por eso, eran muy inteligentes a la hora de repartir el noble líquido, sobre todo en la época donde bajaba de los deshielos a las acequias.
Yo me ponía en puntitas de pie y le preguntaba: "Marcus, ¿desde acá podemos ver el Aconcagua?"

Él se reía. "Litogaleño pelotudo", habrá pensado. Qué se yo. Tuvo a bien asegurarse de que nadie muriera de sed.

El segundo día fuimos a ver el Aconcagua.
Contratamos una excursión que se metió por un camino y dio vueltas por dos horas reloj hasta dejarnos en la puerta de un parque en el que tenías que caminar otra media hora para ver la cima del Aconcagua metida entre otras montañas casi igual de altas.
La cordillera no es como el mar, que lo ves todo de golpe: la montaña que querés está escondida detrás de otra montaña muy parecida pero un poquito más baja, y así hasta llegar a la llanura que habitábamos los correntinos.

En esa caminata de media hora, en la que vas por un prado verde, inaccesible en invierno, ves algo todavía más increíble: piedras gigantes. Piedras más grandes que una casa de tres pisos y con forma de octágono, estancadas en un riachuelo chiquitito de agua helada que se resbala por los poros de una montaña que tardarías un año en rodear a pie.

Esas piedras están ahí hace millones de años, antes de nosotros, antes de los turistas, y de los guías turísticos, y de Marcus (que no me caía tan mal, después de todo), y de Godoy Cruz y de Nicolás del Caño y del pueblo de Mendoza en su totalidad y de los rugbiers caníbales y más atrás incluso de José de San Martín que cruzó la cordillera en un caballo blanco que en realidad era una mula vieja y más atrás incluso de todos esos que soñaron osados con cruzarla pero no se les dio, y de Pedro de Mendoza y algún adelantado venido de algún reino de esa excelsa España del Siglo de Oro que estaba "descubriendo" estas maravillas que, hasta el día de hoy, permanecen exactamente iguales, inmutables como roca (y qué roca respetable) que fueron testigos de cómo se iba formando un mundo como quien prende la luz en una habitación donde todavía no hay nadie.

En eso pensaba mientras miraba esas rocas enormes, un poco de espaldas al Aconcagua que estaba allá lejos, como un mero nombre, como quien mira a un vendedor de choripanes en un recital de U2.
Y mi abuela se acercaba y me decía, en toda su católica piedad: "¿viste que no somos nada, no?"
Y el guía turístico se acercaba y me tiraba la cifra de cuántos montañistas japoneses habían sido encontrados congelados en los caminos de las altas cumbres tratando de poner su firma en ese libro que, dicen, está en la cima del Aconcagua como un premio para el que escala el cerro.
Y yo miraba esas piedras y esas piedras me parecían un dinosaurio, me parecían la historia, me parecían trastos viejos del patio de atrás de Demiurgo, que se quedaron ahí cuando el tipo confeccionó los glaciares y quedaron allí, tiradas en un parque nacional, una vez que el glaciar se retrajo y empezaron a aparecer, uno a uno, los hombres.
Y me sentí solo, una bosta chiquita que había venido a jugar en una cancha en la que no fue llamado.

Volvimos en silencio y comimos una picada de salamín junto a la pileta del belga. Estaba cansado existencialmente, y le pegué de canuto un trago a la cerveza Patagonia que habían comprado mis abuelos para, quién sabe, ahogar también ellos su angustia. El escabio sirve para estas cosas, supongo. Brindé por las piedras gigantes y recién ahí bajé yo también mis decibeles.


1 comentario:

  1. También es hermoso poder sentirse pequeño y aturdido.

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