29.9.15

Cándido se despertó a mediodía

Me acuerdo cuando con la tana nos pasábamos días enteros encerrados en casa, cocinando y escuchando folklore. A veces yo estaba tirado y ella se ponía a practicar arias. Era soprano. Después nos vestíamos y bajábamos al súper a buscar cosas dulces y nos volvíamos a tirar en el colchón que tenía yo en la pieza, a mirar como bajaba (una vez más) el sol por la ventana, detrás de las cortinas marrones. Y se hacía noche de vuelta y era muy tarde para que la tana se volviera a su casa, porque vivía bastante lejos, y entonces se quedaba... y al día siguiente, que ya no era domingo sino lunes y nos teníamos que ir a cursar, nos mirábamos y capaz que incluso nos quedábamos tirados también el lunes, después de levantarnos bien tarde a cocinar algo así como milanesas de soja o verduras hervidas, y a practicar otra partecita del coro mientras yo estaba tirado leyendo un libro de Carl Jung que me gustaba leer por entonces.
Después nos entrábamos a bañar después de tanto practicar lo nuestro y yo miraba por la ventana, detrás del vaho que despedía la ducha caliente, y abría un poco la ventana y sentía el aire fresco de afuera y los alerces que se veían desde la ventana del baño, y entraba un viento fresco y yo pensaba "cuánto encierro... cuánto me gustaría estar afuera... ¿no?".

Ahora que la tana se fue, después de un pacífico arreglo donde decidimos no vernos nunca más, yo sigo con el mismo problema. Abro la ventana y miro para afuera, y no hay nada que me llame a salir en este momento, pero sin embargo querría salir a hacer algo. Cualquier cosa. Ya es 30 de septiembre, el último día del mes, y si bien puedo recordar un día o dos en los que la pasé bien, casi que si me apurás lo primero que pienso es que estuve sentado en esta cama haciendo nada todo el tiempo, y así para atrás todo el tiempo desde que llegué de viaje desde Corrientes en julio pasado y antes de eso estaba haciendo exactamente lo mismo pero sentado detrás del mostrador de un hotel vacío, totalmente vacío, donde (no voy a mentir a esta altura, ahora que me echaron y contrataron a alguien más) me pagaban por dormir o estudiar de noche. Pagarle a alguien más para que se aburra es un placer burgués.

Y así, viéndolo en retrospectiva, casi que no hice un carajo desde esas tardes con la tana, donde también me invadía la sensación de no estar haciendo un carajo. Sólo que estaba bastante bien acompañado, entonces. ¿Ahora? Ahora puse un disco de Ty Segall, me desperté a mediodía, me hice un café, estoy bien. No estoy mal. Como me dijeron el otro día: por lo menos tenés un techo y ambos brazos y no sos un refugiado sirio. No, no estoy mal. ¿Podría estar mejor? La fórmula de la felicidad es pensar que este es el mejor de los mundos posibles. Al menos, intentar no sentir angustia por todas esas cosas que me faltan, que son como fantasmas que no puedo percibir bien porque, claro, no sé qué son ni cómo se logran.

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