30.9.15

The Onion

The Onion es un diario paródico yanki que me divierte muchísimo. Sus títulos se burlan de cualquier cosa: del Papa-pop Francisco I, del miedo irracional que tienen los norteamericanos de que ISIS ponga en venta al Pentágono por eBay, o a Donald Trump que, si me preguntan, es una burla en sí mismo. No tiene la acidez de la Revista Barcelona, en su tono combativo que nos viene bien por estas latitudes llenas de tilingos mucho más permeables a la opinión de las enterprises; The Onion es una sátira profunda, pero acaso un poco más inocente o más absurda.
Hoy leí uno de sus titulares. Rezaba: "Teórico Conspirativo Tiene Una Elaborada Explicación De Por Qué Sigue Soltero". El epígrafe lo cita al teórico: "Hoy por hoy estoy solo debido a las maquinaciones encubiertas de cientos, quizás miles de mujeres en varios países. Estamos hablando aquí de un complot de proporciones épicas, que podría parecer contra toda intuición, pero eso es exactamente lo que te quieren hacer creer".

The Onion, cuando no le pega a figuras de conocimiento público (fundamentalistas, conservadores ridículos, celebridades en decadencia, o hasta el mismo Dios de la religión cristiana), inventa estos personajes divertidísimos y los sitúa en pueblitos de estados como Dakota del Sur. Una de las mejores profesoras de inglés que tuve, hace más o menos 4 años, lo definía espectacularmente (creo que ese día se ganó todo mi respeto): humor de estereotipos. Y sin un dejo de reprobación moral, añadió que le parecían divertidísimos. Claro, la mina había vivido en Salt Lake City. No me sorprendería que los yankis se hagan menos rollo por cosas que aquí están más o menos vedadas; quién no ha saltado a defender a los islámicos que fueron caricaturizados por Charlie Hebdo, porque "algo de culpa también tenían los franceses etnocentristas".

The Onion construye una historia en torno a este personaje, para el cual el estereotipo sirve como pincelada fundante, y que de a poco se va coloreando con datos como edad y profesión (en el caso de nuestro teórico conspirativo, además de ser teórico conspirativo de profesión, Robert Ericsson también es un conductor de autobuses escolares de 38 años que reside en Sioux Falls, SD).

Este chiste parece carente de crueldad porque el lector de The Onion presupone que es un diario irónico y el personaje real no existe. (Si existiera, quizás no sería menos cómico - un poco como Juan Sánchez, persona real, probablemente sería blanco de un tsunami de bullying por un lado y un no menor tsunami de moralismo por el otro).
Pero por más ficción que se construya en torno a una figura genérica, no es ciencia ficción o un libro de Boris Vian. Siempre posee un anclaje con lo real. En este caso, la burla a Robert Ericsson es una burla hacia una conducta que puede ser bastante común: el pensar demasiado una situación hasta el punto de atribuírsela a causas totalmente inverosímiles.

Ericsson es esa parte de todos nosotros que, simplemente, no puede dejar que todo fluya: todo tiene que ser parte de una causa mayor, una complicadísima artimaña que involucra tiempo y energía de un montón de gente que no conocemos para, simplemente, cagarnos la vida. Artimaña que tiene cero vinculación con la realidad y está todo en la mente del tipo que, como Casandra, se cree solo y se sabe solo, pero justamente eso es la prueba de su lucidez y no otra cosa. El tipo reivindica algo que la navaja de Ockham bastaría para tirar por tierra y, lo que es lo mejor del asunto, recibe una irónica cobertura de un diario satírico que envuelve con objetividad verbal un hermoso pedo en la cabeza de un paranoico.

Si me preguntan a mí, un artículo periodístico de semejante profundidad discursiva merece muchísimo más atención que, por ejemplo, la consuetudinaria cobertura que brinda La Nación, diario pretendidamente serio, al paradero de alguien como la China Suárez (personaje real, y aunque real, ni siquiera tan interesante como Robert Ericsson). Y quizás no sirva para el periodismo, en tanto sé que The Onion es pura ficción, que dicen que es lo contrario al periodismo, y sin embargo su producción me parece tan merecedora de respeto como esa bastardeada rueda de prensa que pusiera en su lugar Bartolomé Mitre, el barbudo de los dos pesos, hace un siglo y medio.

Tres citas, anno domini 2011

Casi que no sé si estar de acuerdo cuando García Márquez (enunciador) le adjudicaba esta célebre frase al coronel Aureliano Buendía, cuya historia de numerosas derrotas y más numerosos descendientes motivó el nombre que le puse al gato que me acompaña hace tres años y medio y que llora todo el día porque tiene hambre: [1]
El secreto de la vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
Pero probablemente sea cierto. Conforme van pasando los años nos vamos volviendo más frágiles y a la vez más pesados, más lerdos. Yo iba viendo con mis bisabuelos cómo sus amigos venían una vez cada tanto porque es todo un tema involucrarse con cuidar a alguien; voy viendo también cómo mis padres y madres (que son siempre más de dos) van anticipándose a esa curva descendiente de la vida. No hay nada de pacto honrado con los hijos que no quieren hacerse cargo de uno cuando uno empieza a llenar de mierda sus pañales de adulto que cubre la seguridad social. Es durísimo, es todo un ajetreo, y yo tampoco estoy listo para pensar en responsabilidades a futuro. Lo trágico no es el golpe y zas se acabó; lo trágico (¿por qué carajo habré leído a Kafka?) es estar encerrado en esa sostenida situación insostenible.

Hunter Thompson lo sospechaba y se pegó un tiro la mañana en la que se despertó sintiéndose un viejo de mierda, cosa que para él no tenía más remedio que el suicidio. De acuerdo a su última voluntad se arrojaron sus restos desde un cañón en Woody Creek, Colorado.

No digo que sea un deporte porque soy pésimo para los deportes, y sobre todo soy pésimo para cualquier cosa que requiera constancia, pero sin duda eso de estar solo es algo que se practica. Como decía otro viejo célebre: [2]
there are worse things than
being alone
but it often takes decades
to realize this
and most often
when you do
it's too late
and there's nothing worse
than
too late.
 
La única constancia que puedo prometer es esa constancia anudada a los dos movimientos contrarios que rigen mi vida (L. M.): concentración y dispersión. A veces, está bueno ser permeable a la influencia de los otros; otras veces, está bueno armarse un dique alrededor de la cabeza mientras la bacha va drenando todas las cosas nuevas que aprendemos de nuestro contacto con el prójimo. A veces me imagino a la vejez solamente como ese momento de la vida donde ya directamente no entra nada en la cabeza, por desdén o por aridez. Cuando uno es viejo, es impermeable. A veces dice que está verdaderamente curtido, pero otras veces simplemente tiró la toalla y dice tercamente que el mundo ya no le puede enseñar más nada. Y a veces, incluso, lo corroboro: no hay nada en este mundo más terco que un viejo.

Endemientras se nos pudren los huesos poco a pocos, seamos permeables mientras podamos ser permeables. La gran obra poética de la permeabilidad (si se quiere), Rayuela, en el capítulo dos, dice: [3]
Supongo que la Maga se hacía ilusiones sobre mí, debía creer que estaba curado de prejuicios o que me estaba pasando a los suyos, siempre más livianos y poéticos.

29.9.15

Cándido se despertó a mediodía

Me acuerdo cuando con la tana nos pasábamos días enteros encerrados en casa, cocinando y escuchando folklore. A veces yo estaba tirado y ella se ponía a practicar arias. Era soprano. Después nos vestíamos y bajábamos al súper a buscar cosas dulces y nos volvíamos a tirar en el colchón que tenía yo en la pieza, a mirar como bajaba (una vez más) el sol por la ventana, detrás de las cortinas marrones. Y se hacía noche de vuelta y era muy tarde para que la tana se volviera a su casa, porque vivía bastante lejos, y entonces se quedaba... y al día siguiente, que ya no era domingo sino lunes y nos teníamos que ir a cursar, nos mirábamos y capaz que incluso nos quedábamos tirados también el lunes, después de levantarnos bien tarde a cocinar algo así como milanesas de soja o verduras hervidas, y a practicar otra partecita del coro mientras yo estaba tirado leyendo un libro de Carl Jung que me gustaba leer por entonces.
Después nos entrábamos a bañar después de tanto practicar lo nuestro y yo miraba por la ventana, detrás del vaho que despedía la ducha caliente, y abría un poco la ventana y sentía el aire fresco de afuera y los alerces que se veían desde la ventana del baño, y entraba un viento fresco y yo pensaba "cuánto encierro... cuánto me gustaría estar afuera... ¿no?".

Ahora que la tana se fue, después de un pacífico arreglo donde decidimos no vernos nunca más, yo sigo con el mismo problema. Abro la ventana y miro para afuera, y no hay nada que me llame a salir en este momento, pero sin embargo querría salir a hacer algo. Cualquier cosa. Ya es 30 de septiembre, el último día del mes, y si bien puedo recordar un día o dos en los que la pasé bien, casi que si me apurás lo primero que pienso es que estuve sentado en esta cama haciendo nada todo el tiempo, y así para atrás todo el tiempo desde que llegué de viaje desde Corrientes en julio pasado y antes de eso estaba haciendo exactamente lo mismo pero sentado detrás del mostrador de un hotel vacío, totalmente vacío, donde (no voy a mentir a esta altura, ahora que me echaron y contrataron a alguien más) me pagaban por dormir o estudiar de noche. Pagarle a alguien más para que se aburra es un placer burgués.

Y así, viéndolo en retrospectiva, casi que no hice un carajo desde esas tardes con la tana, donde también me invadía la sensación de no estar haciendo un carajo. Sólo que estaba bastante bien acompañado, entonces. ¿Ahora? Ahora puse un disco de Ty Segall, me desperté a mediodía, me hice un café, estoy bien. No estoy mal. Como me dijeron el otro día: por lo menos tenés un techo y ambos brazos y no sos un refugiado sirio. No, no estoy mal. ¿Podría estar mejor? La fórmula de la felicidad es pensar que este es el mejor de los mundos posibles. Al menos, intentar no sentir angustia por todas esas cosas que me faltan, que son como fantasmas que no puedo percibir bien porque, claro, no sé qué son ni cómo se logran.

28.9.15

Sé tu mismo, pero no seas siempre el mismo, pt. 2

La lección de felicidad más importante que aprendí es la siguiente: no dejes que nadie te haga dudar de lo que sos.
No digo de lo que podés. Es importante dudar de lo que podés hacer, porque siempre podrías estar haciendo más. Al menos, yo lo veo así.
Pero el momento donde me siento más feliz es cuando no tengo que dar justificativos ni explicar por qué soy como soy. Eugene Hutz lo dice: de lo que se trata la vida es de estar en contacto con tu naturaleza salvaje.
Una persona hace las cosas de una forma y te dice que es la correcta. Y eso es un enorme error. Al menos a mí (no podría hablar por ustedes, porque están en todo su derecho de aceptar cualquier cosa que se les cruce en el camino), eso me pone muy en guardia. El momento donde alguien te dice que tendrías que cambiar tu cableado en la cabeza para "vivir la vida como se debe" (según qué reglas, escritas por quién, jamás está claro en la gente convencida) es el momento donde tenés que empezar a dudar de esa veracidad. Tantos años y tanta sangre le costó a la humanidad, ese pedacito de historia documentada que nos llega a nosotros hoy, deshacerse de la influencia profundamente presciptora del cristianismo que decía que la vida y la moral de hoy están dictadas por la vida y la moral del cielo... tanto tiempo nos llevó superar eso, que no podría aceptar hoy (al menos yo, eh) que alguien, un casi-igual a mí pero quizás con un poquito más de experiencia, venga a dictarme cuál es la forma correcta de vivir la vida.

Pero no sólo eso. Porque que te dicten la forma correcta de vivir la vida es, al mismo tiempo, un reproche y algo que quiere pasar por un consejo (o el primo deforme y triste del consejo: ese consejo que se da porque piensa que la experiencia de uno sirve para el otro).
Y este reproche y este consejo son, al mismo tiempo, una necesidad que ve el otro de decirte que replantees tu vida, cosa que es (y esto lo pienso yo, y podrían no estar de acuerdo) estrictamente jurisdicción de uno.
No puedo decir nada más que esto. El momento donde uno se pone a pensar en qué consiste su identidad o a dónde va su vida o qué tendría que estar haciendo este momento, es el momento donde se aleja uno de uno mismo. Puede ser para construir algo, sí. Pero también, y probablemente pase con más frecuencia, es para ajustarse a los estándares de otro.

Y el otro, en realidad son todos el mismo: alguien que no sos vos. Alguien que no vive en carne propia el bagaje de aprendizajes que se van acumulando uno a uno, si uno se toma el trabajo de procesarlos e incorporarlos a su vida. Y esa persona que emite juicio sobre la personalidad de uno (¡fíjense cuán arbitrario puede ser esto, y cuán pretencioso!), está condenada a emitir el juicio más falaz posible sobre la intimidad de algo que no conoce en absoluto.

24.9.15

Las piedras de Mendoza

Cuando tenía 16 años de pibe fui con mis abuelos a Mendoza.
Yo no conocía Mendoza. Ni me interesaba conocer, no porque pensara que no valía la pena, sino porque no me llamaba la atención pasarme un día entero encerrado en un auto para ver (lo que yo pensaba que era) un páramo compacto de tierra seca y jarillas. Como bien decía mi abuelo con su sutileza característica, "no te olvides de llevarte un fibrón para marcarte de vuelta la raya del culo".

Pero si te proponen unas vacaciones gratis, es una boludez negarte. Todo arrancó en la cuadra de mi casa esa mañana en la que mi abuela, como era su costumbre antes de cada viaje, se encomendaba diciendo: "en nombre del Señor", y se persignaba.

Un par de días después de salir llegamos a Mendoza. Ciudad que al principio me pareció muy complicada, porque vos ibas tranquilamente en auto, y de repente el GPS te indicaba que estabas en otra ciudad, y vos no veías un carajo de diferencia entre ambas. Es que, según recuerdo, lo que separa a Mendoza de la vecina Godoy Cruz es nada más que una avenida. Me parecía el colmo de lo complicado separar así a dos ciudades que están pegadas, pero lo dejé pasar; después comprobé que, contra todo pronóstico, los mendocinos eran gente muy sencilla.

La voz del GPS ("la gallega de mierda"), nos condujo hasta Luján de Cuyo, a algunos pocos kilómetros afuera de la capital mendocina.
Al mediodía del tercer día nos bajamos del auto frente a las cabañas que mi tío nos había reservado: cinco cubículos de madera con una enorme pileta en el medio y, enfrente, detrás de los viñedos, una magnífica vista de lo que es la mismísima Cordillera de los Andes (y no esos ensayos de Cordillera que vas saltando antes, que frente a la majestuosidad de lo que se veía ahí eran chichones de piso llamados "montaña" por algún geógrafo caprichoso).

Luján de Cuyo estaba en absoluto silencio. Un silencio que te apunaba, que te atravesaba, que te subía el volumen de los pensamientos y no te dejaba solo con vos mismo, en el momento donde te dabas cuenta que hasta los viñedos pensaban también en voz alta y el sonido que los recorría era de ese viento mendocino sutil de tardecita de verano. Lo primero que dije cuando me bajé del auto: "che... tanto silencio me molesta".

"Parecés el Mariachi", me dijo mi abuelo, refiriéndose a su compañero de laburo que llegaba con la chata a las siete de la mañana con cumbia a trescientos decibeles, de puro histérico que era.

En toda esa semana que pasamos en Luján de Cuyo no vi una sola jarilla, un solo páramo árido ni cualquier cosa que se asemejara a la muerte. Nada era como lo había esperado. Era seco, sí. Marcus, el belga dueño de las cabañas y los viñedos, nos decía que en Mendoza la gente llegaba a matarse por agua, que debían medirse mucho a la hora de bañarse ("no más de cinco minutos, pog favog", nos rogó encarecidamente) pero que, justamente por eso, eran muy inteligentes a la hora de repartir el noble líquido, sobre todo en la época donde bajaba de los deshielos a las acequias.
Yo me ponía en puntitas de pie y le preguntaba: "Marcus, ¿desde acá podemos ver el Aconcagua?"

Él se reía. "Litogaleño pelotudo", habrá pensado. Qué se yo. Tuvo a bien asegurarse de que nadie muriera de sed.

El segundo día fuimos a ver el Aconcagua.
Contratamos una excursión que se metió por un camino y dio vueltas por dos horas reloj hasta dejarnos en la puerta de un parque en el que tenías que caminar otra media hora para ver la cima del Aconcagua metida entre otras montañas casi igual de altas.
La cordillera no es como el mar, que lo ves todo de golpe: la montaña que querés está escondida detrás de otra montaña muy parecida pero un poquito más baja, y así hasta llegar a la llanura que habitábamos los correntinos.

En esa caminata de media hora, en la que vas por un prado verde, inaccesible en invierno, ves algo todavía más increíble: piedras gigantes. Piedras más grandes que una casa de tres pisos y con forma de octágono, estancadas en un riachuelo chiquitito de agua helada que se resbala por los poros de una montaña que tardarías un año en rodear a pie.

Esas piedras están ahí hace millones de años, antes de nosotros, antes de los turistas, y de los guías turísticos, y de Marcus (que no me caía tan mal, después de todo), y de Godoy Cruz y de Nicolás del Caño y del pueblo de Mendoza en su totalidad y de los rugbiers caníbales y más atrás incluso de José de San Martín que cruzó la cordillera en un caballo blanco que en realidad era una mula vieja y más atrás incluso de todos esos que soñaron osados con cruzarla pero no se les dio, y de Pedro de Mendoza y algún adelantado venido de algún reino de esa excelsa España del Siglo de Oro que estaba "descubriendo" estas maravillas que, hasta el día de hoy, permanecen exactamente iguales, inmutables como roca (y qué roca respetable) que fueron testigos de cómo se iba formando un mundo como quien prende la luz en una habitación donde todavía no hay nadie.

En eso pensaba mientras miraba esas rocas enormes, un poco de espaldas al Aconcagua que estaba allá lejos, como un mero nombre, como quien mira a un vendedor de choripanes en un recital de U2.
Y mi abuela se acercaba y me decía, en toda su católica piedad: "¿viste que no somos nada, no?"
Y el guía turístico se acercaba y me tiraba la cifra de cuántos montañistas japoneses habían sido encontrados congelados en los caminos de las altas cumbres tratando de poner su firma en ese libro que, dicen, está en la cima del Aconcagua como un premio para el que escala el cerro.
Y yo miraba esas piedras y esas piedras me parecían un dinosaurio, me parecían la historia, me parecían trastos viejos del patio de atrás de Demiurgo, que se quedaron ahí cuando el tipo confeccionó los glaciares y quedaron allí, tiradas en un parque nacional, una vez que el glaciar se retrajo y empezaron a aparecer, uno a uno, los hombres.
Y me sentí solo, una bosta chiquita que había venido a jugar en una cancha en la que no fue llamado.

Volvimos en silencio y comimos una picada de salamín junto a la pileta del belga. Estaba cansado existencialmente, y le pegué de canuto un trago a la cerveza Patagonia que habían comprado mis abuelos para, quién sabe, ahogar también ellos su angustia. El escabio sirve para estas cosas, supongo. Brindé por las piedras gigantes y recién ahí bajé yo también mis decibeles.


16.9.15

Leave Nueva Córdoba behind

Por una cuestión bastante azarosa terminé viendo posts viejos de Facebook de finales del 2013 y ¿saben qué? Concluí que fue una época muy divertida.

En su momento puteaba mucho, porque tenía un papelito sellado en el segundo cajón de una mesita de luz que decía simplemente: CONTRATO DE LOCACIÓN de título, y a pesar de que me hubiera gustado que sea un poco más romántico, dicho papelito decía que mi deber era abandonar mi departamento en la víspera de Año Nuevo del año 2013 de la era de nuestro señor Jesucristo.

Yo lo sabía desde que entré: el contrato duraba dos años, y al final, lo tenía que dejar impecable.
Dos años pasé en ese departamento, el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical, y la pasé bastante bien. Era un departamento neocordobés de una habitación con mesadas de mármol y paredes verde agua.
Vivía solo con Aureliano. Vivir solo era medio complicado, porque podía dormir hasta las 6 de la tarde de corrido sin que nadie me despierte. El gato se prendía a mis maratones, fiel a su naturaleza. Asimismo, si por esas casualidades dejaba abierta la llave del gas o entraba un psicópata mientras me estaba duchando, nadie se iba a enterar de mi muerte hasta que mis vecinos no notaran un olor inusual a fiambre, y no del Paladini.

Amén de todo eso, me terminé encariñando con ese departamento que yo no elegí, sino que lo eligió mi vieja, según su buen criterio.
Este buen criterio significaba una sola cosa: quedaba cerca de la facultad. Y yo era tan dejado que si hubiera quedado dos cuadras más lejos capaz no iba a cursar y terminaba abandonando en un semestre. Ganas no me faltaban (eso lo descubrí en el cursillo), pero era un gran partidario del "si estás en el baile, bailá". Aparte quedaba un poco lejos de la parte histérica de Nueva Córdoba, que complica siempre las cosas - es difícil estudiar si estás escuchando reggaetón. Era un lugar con cierta calma. El lugar donde vivo hoy, si bien es pintoresco, es un quilombo.

Fue en el 2013, cuando sabía que mi departamento "estaba condenado a una próxima desaparición", donde me encariñé más todavía con él.
Tuve que arreglarle las mañas, limpiarle los rincones, y hicimos en tres tardes pintarle las paredes with a little help from my friends con una pintura muy de mierda que se transparentaba si la diluías un poquito, pero ya era 23 de diciembre, y me apresuraba no sólo el hecho de tener que entregar el departamento en condiciones (cualquiera ellas fueran), sino, por supuesto, tener que llegar a pasar Navidad en Corrientes.

Yo creo que las mudanzas tienen esa cosa que a uno le altera la cabeza.
Puteás y renegás por dejar todo impecable, hacés meter hasta el último libro en una caja de frutas podridas que sabés que se va a desfondar cuando la levantes, y te rompés el coco viendo cómo carajo bajar un sofá de tres cuerpos por una escalera más angosta que una manguera... y cuando termina el calvario, mirás tu casa vacía, con olor a pintura fresca y nada más que un almohadoncito en el piso donde vas a apoyar tu culo para que tu última noche no sea tan triste, ahí es cuando te das cuenta que llegaste a un punto de no retorno, y tenés que seguir para adelante.

Esa noche, la noche del 22 de diciembre del 2013, dormí en el último puf que me quedaba, que daba tanta lástima que lo tuve que dejar en la vereda a la mañana siguiente. Tenía las luces apagadas y estaba escuchando Morphine. Cómo no.
Y me acordé de la primera noche que pasé en el departamento, que era sorprendemente similar: era el 4 o 5 de enero del 2012, cuando recién celebrado el contrato, no tenía luz todavía y me había venido con mi viejo a meter una heladera y un colchón.
Nos habíamos tirado en la pieza, con el calor que hacía, sin posibilidad, claro, de prender un puto ventilador. Me acuerdo que había un solo colchón y éramos dos y, conociéndolo a mi viejo, él no iba a buscarse un hotel. Ni resignar su derecho natural a dormir cómodo. Así que a mi primera noche en el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical me la pasé durmiendo en el piso frío de loza.

Cada vez que paso por ahí le tengo un poco de envidia al que está, con las luces prendidas, como si fuera su reino.
Después recuerdo que los de la inmobiliaria son todos unos garcas, y se me pasa.

15.9.15

Montesquieu y los sabios

CARTA CIX
RICA A...
En la Universidad de París la hija mayor de los reyes de Francia, y muy mayor, que tiene novecientos años largos¹ y chochea no pocas veces. Me han contado que algún tiempo ha que tuvo una terrible contienda con unos doctores acerca de la letra Q, que quería que se pronunciara como una K; y tanto se encendió la disputa que fueron privados muchos de sus bienes y tuvo que intervenir el parlamento, concediendo, por sentencia solemne, a todos los vasallos del rey de Francia licencia de pronunciar esta letra como se les diera la gana. Linda cosa era ver los dos cuerpos más respetables de la Europa ocupados en fallar de la suerte de una letra del alfabeto.
Me parece que se apocan las cabezas de los mayores ingenios cuando están reunidos y que donde hay más sabios juntos hay menos sabiduría. Las grandes corporaciones muestran tanto apego a las menundencias y a los estilos fútiles, que descuidan las cosas esenciales. He oído decir que habiendo convocado un rey de Aragón los estados de Aragón y Cataluña, se gastaron las primeras sesiones en decidir en qué lengua se había de poner lo que se proveyese. Fue muy violenta la contienda, y mil veces se habrían separado los estados si no hubiesen imaginado un corte, que fue que la pregunta se pusiese en lengua catalana y la respuesta en la de Aragón.

De París, a 25 de la luna de Zilhagé, 1718

 Montesquieu, Lettres persanes
L. B. E. N.

¿Estar orgulloso de...?

Bueno, mamá, lo hice. Saqué un fanzine. Recibí un par de palmaditas en la espalda sobre eso, y bastante gente que me decía "yo quiero un número". Como yo nunca dejé de ser dejado, no, todavía no imprimí la tirada grande, mamá. Uno sueña con ser el Gran Enunciador, o al menos mostrar a un par de personas más lo que uno aprendió a hacer (producir, diagramar, editar, cagarse de risa con amigos, y homenajear a los que deben ser homenajeados, y repudiar a los que deben ser repudiados); todo eso no se logra con una tirada de cinco ejemplares. Perdón, pero eso es puro arte performativo, y de lo que estamos hablando acá es de comernos el garrón de producir algo que sea perdurable.

Sea como sea, acá estamos; metidos en la galaxia fanzinera con una tarjetita con nombre propio: Fanzinatra, reluce. Y es un pibe que me llena de orgullo. Y al verlo, terminado, calentito recién sacado de una imprenta profesional (le tuve que dejar una copia gratis al pibe que me la imprimió, algo así como un premio por su interés, y por estar escuchando Sublime mientras me imprimía dos números), lo único que pensaba era: qué lindo que esto fuera como una bola de nieve. Que vaya creciendo. Que sea un gran imán de gente con ganas de trabajar y producir contenido original. Y que, con suerte, encontremos también un canal apropiado para su distribución. Dos cosas: hacer que el mundo se interese por esta galaxia que llamaremos Fanzinatra (una vez que descubramos bien su brillo propio); y que ninguno de los interesados se quede sin su copia. Y que así vayamos creciendo. De a poco, o como una explosión. Todavía no sé. Es muy temprano para saber.

El futuro brillante está ahí en standby; y detrás, en el horizonte, se mueve a veces la posibilidad de un segundo número, con varios nombres ya confirmados que forman el grueso de este proyecto del cual el Canario es sólo un catalizador.

¿Qué es lo que siempre esperé de este lugar que se llama Córdoba?
No sé. Al principio lo sabía, allá cuando empecé la carrera: excelencia académica, ser profesor, leer mucho y lo que me gusta. Hoy por hoy, en Letras, me parece que todos estamos discutiendo en una nube de pedos, o recitando una y otra vez autores que alguna vez alguien dijo que eran fundamentales. Si hoy tuviera 19 años, te digo la verdad, mamá, no sé si eligiría de vuelta estudiar Letras. Lo único que no estoy dispuesto a reconocer, en mi orgullo, es que todos estos años han sido tiempo perdido, sino que me han llevado a convencerme (¡a mí mismo!, puesto que ¿a quién más habría que convencer?) de que soy capaz de devolverle algo al mundo, de crear algo nuevo. Cosa que el mero estudio no hace por ahí posible, si no es capaz uno de verse también como con cierta experiencia, con cierto porte.

¿Crisis vocacional? Eso le pasa a cualquiera. ¿Estar orgulloso de una creación? Y... estoy lejos de tener hijos, pero...

6.9.15

De canuto un chupetín

a los 2, quería la teta
a los 4, quería a Priscila
a los 6, quería al Ratón.
primera gran decepción.
a los 7, a Gastón.
hasta hoy mi mejor amigo.
a los 8, el quilombo
el 2002 fue calor
polenta y huevo frito,
no había otra cosa.
a los 9, Culture Club.
a los 10, a mis abuelos.
a los 11, recibirme,
claro está, pasar de sexto.
de ese gran paso me acuerdo
que los que eran mis amigos
se cambiaban de colegio
los amontonaron en diciembre
como reses para el matadero.
a los 12, quería dejar de ser tan tímido.
acercarme a las pibas.
ser gracioso y espontáneo,
toquetón y caradura.
ser yo mismo.
a los 13, fui punk.
a los 14, descubrí el punk,
me gustó, pero no era lo mío.
a los 15, el primer beso
el primer pucho
en un balcón lleno de flores
era febrero
(ella no sabe
que fue el primero).
a los 16, el mar y la montaña.
después, más tarde,
la nieve y el amor.
escribía poemas,
escuchaba a los Doors.
a los 17, quería ser un genio
saber francés,
alemán, inglés,
latín, ruso,
Durkheim y Humboldt
Warhol y Saussure.
con culpa, porque
si alguna vez fui punk
predicando destrucción
nunca antes en mi vida
quise tanto ser realmente alguien.
a los 18, sexo
mucho. en la Iglesia, y en la playa
en el casino
en mi casa,
en un Mégane estacionado
en un castillo en una plaza.
supe lo que era el abandono
porque abandoné
supe lo que era la leucemia
y cómo poco a poco
iba a ir barriendo a los que amaba.
a los 19 junté todo en un caja
y me vine a la calle Balcarce
no sé si alguien sabe
que vivía en el 1°B
del número 612,
como el asteroide
donde el Principito regó la flor.
a los 20 era ansioso.
a los 21 me prometí
que los 20 no se iban a repetir
ni los 19, ni los 18,
que ser un hombre requiere
ante todo mirar al futuro.
busqué laburo.
dejé que me negreen.
todo es experiencia en esta vida,
el trabajo es lo que más te dignifica,
no cualquiera labura cual hormiga,
lo que quise no va a volver más.
de algo me sirvió.
menos feliz pero más vivo
vivo, o sea, despierto,
despierto, o sea, atento,
atento, o sea, menos gil,
porque por ahí ser vivo no es lo mismo que vivir.
así, choco con los 22
pensando cómo el 93 está cada vez más lejos
la otra vez busqué a Priscila en facebook
y no, no apareció.
la próxima vez que tenga dudas
sobre quién quiero ser
escribo otra autobiografía.
no creo que a mi vocación la descubra,
pero lo bueno que sería tener 6
volver a la luna de papel
aprender a jugar ajedrez
leer Fauntleroy y no pornografía.
comprarme de canuto un chupetín.

5.9.15

Un paisaje de Robert Crumb



Las opiniones sobre la obra de Robert Crumb están muy divididas. Para algunos críticos, es uno de los grandes artistas del siglo XX, comparable a escritores satíricos como François Rabelais, Jonathan Swift y Mark Twain, o a pintores como Brueghel y Goya. Otros, en cambio, desde posiciones feministas, han tachado su obra de pornografía misógina, degradante e inmadura. Es cierto que el autor, que no oculta en sus historietas autobiográficas sus obsesiones sexuales, no se ha preocupado nunca de mantenerse fiel a lo políticamente correcto, por lo que su lectura puede resultar incómoda y hasta ofensiva.
(Wikipedia)

4.9.15

Jesus of Suburbia (rvtd.)

Es SORPRENDENTE (no hay otra palabra, ni hay mayúsculas más grandes) lo hondo que caló este tema en mí, Jesus of Suburbia, que hasta el día de hoy las palabras de sabiduría venidas de los viejos me parecen un "bueno, está bien", pero lo escucho al tema, en sus nueve minutos de gloria en cinco partes bien diferenciadas, y entre sus líneas que me sé de memoria siempre, siempre viene adosado un chispazo de lucidez. Puede ser porque la letra casi que no cuenta una historia, porque el disco entero cuenta una historia. Capaz la letra cuenta más bien un estado de esa historia: el tipo perdido que quiere huir, y cómo desconfía de todos en perfecto orden: primero la familia ("sitting on my crucifix while the Mom's and Brad's are away"), luego la sociedad ("city of the dead, at the end of another lost highway..."), y luego en sí mismo ("Nobody's perfect and I stand accused, for lack of better word that's my best excuse").

Fue durante mi adolescencia que construí el hábito, que hasta hoy no sé si es bueno o no, de desconfiar si más de tres personas me dicen lo mismo en momentos diferentes. No es que sea un escéptico de bolsillo, que los hay; simplemente, pienso que la verdad no está ahí fuera, y menos en manos de gente que no hace un esfuerzo por encontrarla más de lo que se esfuerza por intentar enunciarla. Escuchando a todos diciendo cosas (que muchas veces se contradicen) uno entra en una confusión que hace que su cabeza empiece a funcionar como una tele sin cable: simplemente no nos lleva a ningún lado.

"Everyone's so full of shit, born & raised by hypocrites...", canta la tercera parte de la canción, la más poderosa - la que hasta hoy sigo pensando que puede ser bandera de la eterna rabia adolescente, pero Billie la escribió a los 37 años: quizás, quizás, quizás estaba motivado por alguna otra cosa. Pero no es momento de pensar en Billie. Si esta letra era tan significativa para mí a los 14 como lo es para los 21, es porque yo mismo cambié, y empecé a ver en ella cosas diferentes. O no. Simplemente, no maduré un carajo. Andá a saber.



Pero bueno. También, dentro de la canción, hay cosas que me hacen ruido. (Y eso es la prueba final de su eficacia).
Quizás tomaría un análisis del disco entero para ver el desenlace de esta historia, suponiendo que se trata de una historia y no de un montón de canciones compuestas bajo la mano vil de la "mercadotecnia" - como dice Sir John Lydon.
Un tiempo intenté, más por título que por convicción, ser un nihilista. Pero conforme fueron avanzando los años, rápida y lentamente a la vez (el paso del tiempo es una cosa que me intriga muchísimo), me di cuenta que cada vez hay menos razones para ser un nihilista en tanto uno salga de su caparazón con cierta frecuencia. Uf, hay millones de caparazones, y nunca vamos a saber realmente si estamos dentro de uno o no: "O Lord, I could be bound in a nutshell and count myself King of the infinit space", cita Borges.

Pero la salida por la anulación no me parece una salida. Ritalin y gaseosa, cocaína, Mary Jane, televisión; en última instancia, un suicidio -fingido o no-, y perder a los amores que te dejan cartas bomba en el living. Todo para un nuevo comienzo (como sugiere la última parte de Homecoming); que no es más que superar este mismo nihilismo.

Charlie tenía una frase que me gustaba muchísimo, y que la recuerdo cada vez que la desesperación empieza a picar como un pulóver de lana: "para todos aquellos que se están volviendo locos pensando qué van a hacer cuando se reciban - el trabajo es un término global en estos días. Mientras estés fuera de tu burbuja, vas a estar bien".

Trabajo y cualquier cosa. Mientras estés fuera de tu burbuja, vas a estar bien.
Drogarse hasta perder el contacto con el mundo es también una forma de estar dentro de una burbuja, así estés en una habitación llena de gente. Desoír a los otros compulsivamente también. 
Desconfiar de los que quieren arrastrarte a una opinión en términos morales, es esquivar a los ídolos que pueden obstaculizarte. Al fin, todo se trata de actuar según la propia convicción, pero actuar, y para eso se requiere experiencia. (American Idiot no habla de eso; probablemente por eso sea un disco deliciosamente adolescente).

3.9.15

El tobogán y la Macintosh

At the end of the world 
there will only be liquid advertisement 
and gaseous desire.
(Adam Harper)

A ESTA ALTURA DE MI VIDA

A esta altura de mi vida ya no me puedo imaginar mi vida sin todas esas cosas que me preocupan, me asustan o me estresan.
Un minuto recuerdo que debería ser feliz, y al minuto siguiente recuerdo que todavía tengo que lavar los platos, y no voy a ser totalmente feliz hasta que no lave los platos.
Y así, sucesivamente, con un montón de cosas que parecen estar inconclusas todo el tiempo. El que mucho abarca poco aprieta, dice mi vieja. Mamá: a medida de que pasan los años me doy cuenta de que para, pasar una vida sin preocupaciones, lo mejor es no abarcar un carajo.

NATI ESPERANDO EN LA TERMINAL

A ver si me explico con una pequeña anécdota.
Hoy, viernes a la tarde, miraba a una piba sentada en la terminal de ómnibus esperando el colectivo que la llevaría de vuelta a su pueblo. Ella: cara de póker, pelo lacio bien peinado, jogging y remera cómoda, y un pequeño bolso para dos o tres días.
Al toque me imaginé toda la secuencia.
Nati (ponele que se llame Nati) dejó todo ordenado en su casa, apagó las luces y cerró la puerta con llave, y pateó hasta la terminal para tomar un colectivo y hacer un viaje de fin de semana. No tuve envidia por el viaje (aunque, bueno, ¿a quién no le gusta viajar?). Tuve envidia porque Nati tenía todo resuelto: cerró todo, ordenó todo, apagó todo, se planchó jogging y remera y su única preocupación, si la hubiera, era que el colectivo llegue.

Yo, por el contrario, no tenía nada resuelto. Al mirarla, de pasada, sentí que estaba en el medio de un torbellino. Cuando por fin doy por terminado algo (así sea cocinarme el almuerzo, planear la semana que viene, dar de comer al gato, rendir una materia...), ya se está acercando lo siguiente: un nuevo caos al que le tengo que dedicar toda mi atención para que mi vida no se desmorone.
A veces quisiera que mi vida sea ordenada. Que deje de ser tan volátil, tan gaseosa. Saber que en algún momento algo puede terminar, y me puedo ir a dormir tranquilo.

Naturalmente, no es así. La responsabilidad es esa lucha que mantiene uno mismo para tratar de quedarse parado en el huracán.

ETERNIÑO

Es ahí, cuando ese sentimiento se hace inaguantable, que hago el ejercicio de imaginar cómo sería mi vida sin todo ese quilombo. Supongo que si pudiera volver a la infancia, volvería.
Claro está, que a esta edad uno se imagina a la infancia como una edad sin problemas. No creo que la infancia sea la edad sin problemas. Había problemas, sólo que eran distintos. Por ejemplo, desde los 5 años que tengo pánico a que se burlen de mis orejas. Medio que lo superé ahora, pero cuando era chico era terrible. Hoy diría "qué pavada", pero fue grave en su momento. Como si en diez años me mudara a una choza en una selva de Madagascar y dijera "qué gil, yo hace diez años andaba preocupándome por las expensas".

RISAFURANKU 420



Bueno, pero no siempre se puede volver a la infancia. Y acá la cosa se pone linda, porque cada uno tiene sus métodos para sentirse un niño inocente.
El mío es escuchar el Floral Shoppe.
Floral Shoppe es un disco que salió a finales del 2011, y que no mucho tiempo después se constituyó como uno de los discos fundamentales de la estética vaporwave.

¿Qué es el vaporwave?
Una música "a la vez cálida y extraña, nostálgica y futurista, bizarra y totalmente simple". Una mezcla de electrónica con jazz ambiental, un collage de arte futurista con sonidos del Windows 98.

Me encantaría poder explicar por qué esta música tan rara mueve tantos cables en mí, pero la verdad que no puedo.
Así como algunos tienen que tirarse de un tobogán para rememorar su infancia (cosa cada vez más complicada porque conforme crecemos nuestros culos van haciéndose cada vez más gordos), yo necesito algo que me recuerde lo feliz que era delirando con el Paint cuando todavía no había internet en casa.
Me declaro un enamorado del vaporwave, al que escapo como un niño que se esconde tras las piernas de su vieja cuando se manda una cagada ante terceros; escapo a las piernas del vaporwave cuando el 2015 (los nenes sirios ahogados, las urnas prendidas fuego, las expensas sobre la mesa del living) se me hace inaguantable.
Además de que el vaporwave es un movimiento muy preocupado por la estética, hasta el punto de volverse introvertido y hasta cierto punto exento de ego - con decirte que de Macintosh Plus, la artista que realiza Floral Shoppe, se sabe solamente que su nombre ¿real? es Ramona Andra Xavier, y vive en Estados Unidos. Utilizó al menos diez seudónimos, de los cuales el más oficial es Vektroid. De tan introvertido, algunos dicen que el vaporwave es música para autistas. Quizás sea verdad. A mí me habían diagnosticado autismo cuando era muy pendejo; por suerte era un diagnóstico casero y no pasó a mayores.

UN SERVICIO A LA COMUNIDAD

El vaporwave es un viaje de ida, y como tal, uno lo camina bajo su propio riesgo. Pero si de verdad os interesa esta frikiada gigantesca de la que os estoy haciendo partícipes (no sin cierta vergüenza), hay muchos lugares donde uno puede interiorizarse en este mundo que aparentemente no acaba.
El más sencillo es abrirse un tumblr y buscar simplemente "vaporwave", "chillwave", "bitart" o alguna de esas. Al toque va a saltar todo lo que necesitan saborear.
Artistas hay un montón, y gracias a la democratización de la red, se están actualizando constantemente. Mis favoritos, aparte de Macintosh Plus, son Neko Fureku y Blank Banshee. El vaporwave también está en Facebook (una de las pocas razones por las que no lo cierro todavía). Mi favorita: フレッドYOLO, una página absolutamente genial a muchísimos niveles, que te enamora aunque no te guste el vaporwave. Otra, más especialista, es Vaporwave Brazil.
En mi opinión, el vaporwave para pasarse un sábado a la noche solos en una habitación con un escabio rico, convenciéndose a uno mismo de que el mundo exterior no es tan bueno como lo pintan. No es algo que recomiende hacer todos los días, porque sino nadie iría a laburar...