2.7.15

Tania y la ansiedad vital

Cuando Tania vivía en Corrientes, y yo también, nos llevábamos muy bien. Empezamos a hablar porque yo era "la única persona en la ciudad que hablaba inglés". Ella pertenecía al grupo de adolescentes de intercambio que tenían la suerte de conocer la Latinoamérica profunda, ese lugar vacío de todo encanto andino donde directamente no pasa un carajo. Id est, el Taragüí. A mí me llevaron a conocerla como si ella fuera un extraterrestre y yo fuera un científico.

Ella me agarró al momento como un juguete nuevo. Me preguntaba en inglés como se llamaba cada cosa y lo repetía con acento ruso. Se quejaba de que "teníamos letras que no existen", como la r simple de la palabra "oro", que ella pronunciaba "orro" al pasar por una joyería.
Efectivamente, yo era la única persona que había conocido que podía hablar inglés, pero ella estaba en Corrientes hacía dos días, o sea que no es que había conocido mucho. Este dato parece irrelevante, pero cuando la conocí más me di cuenta que, como todo, decía mucho de su forma de ser.

Con Tania nos llevábamos muy bien, pero yo siempre fui mucho más tranqui que ella, que era bastante emocional. Nunca nos peleamos, pero conozco gente que sí. Y conozco otra gente que empatizó con ella un montón. Y otra gente que no aguantaba que ella fuera un libro tan abierto. Corrientes tiene la humildad como valor y, en general, nadie habla demasiado de sí mismo, sobre todo si ha hecho o sabe cosas interesantes. En ningún lugar del planeta (y esto como que me consta), Tania pasa desapercibida ni se va sin hacer quilombo. Una vez escribí un poema sobre ella, que anda por acá en el blog, donde la representaba como una catarata que caía desde un décimo piso cuando estaba triste y un tornado que venía y revolvía todo cuando estaba feliz.

Pero creo que lo que más curiosidad me causó de la forma de ser de Tania era lo rápido que le daba su color a una situación nueva. Yo me imaginaba que en su colegio, donde todos los pupitres eran iguales y todos los uniformes eran guardapolvos, todo alrededor de Tania estaba poblado con macetas y serpentinas. Ella era todo lo estrafalaria que podía ser en una ciudad chata; era por naturaleza. No como esos boludos que se esfuerzan por parecer interesantes. Ella no esperaba a entender qué onda. Actuaba rápido, y rápidamente te dabas cuenta que estaba ahí. El mundo se adaptaba a ella, y no al revés.

Yo siempre fui al revés. Nunca empecé a manejar una máquina sin saber para qué eran todos los botones. Soy inseguro y no me muevo bien en el barro. Cuando ella salta y se mete a chapotear, yo me saco lentamente las medias y calculo la profundidad con un palito.
No sé cuál sirve más en la vida. A veces yo quería ser como ella. Pero casi nunca me fue bien, porque soy bruto y siempre termino metiendo la pata. Me mando una chiquita, pero me acomplejo, me inhibo, me pongo nervioso y ahí me la mando grosso. Ella no. O no le importaba. Su modus operando era para mí implacable como un huracán. La consigna era tirarse de cabeza a la ola que se armaba sin esperar a ver si era una gilada o un tsunami.

¿Yo? Bueno, acá. Analizo todo, capaz que excesivamente: saco una ordenada conclusión de cinco párrafos que termino de tipear e imprimo para no entregársela a nadie. Y todo sigue tranquilamente como estaba: las cosas en su lugar, lejos de una revolución, una provocación, un incendio. Una vergüenza del live fast and die young, que la juventud lleva como remera.
Pero bastante ya que somos lo que hacermos para no perder la cabeza. La lucha más grande que libro en este momento conmigo mismo es no desesperarme por todas las cosas que todavía están por hacerse. Aplacar la ansiedad, digamos.
El otro día hablaba con Cherry: probablemente, lo que necesite el mundo es una generación de chicos más tranquilos que sus padres. Es cada día más difícil aspirar a no desesperarse, por todas las fotos de paisajes hermosos en Indonesia o Eslovenia que podés ver en tu tablet, o por todas las películas donde un yanki cansado del sistema se va a vivir con los ciervos y se muere de hambre y eso se llama libertad, o por cómo se acumulan los impuestos bajo la puerta, uno encima de otro de mes a mes, gota a gota como una canilla mal cerrada y no como un arrollador cacho de avalancha.

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