18.7.15

Mira todo el quebranto de un mundo sin amor

Uno de los primeros días del mes me acerqué a mi ex colegio secundario, el Pío XI, colegio que todos vosotros debéis reconocer porque brinda su hermoso parque y tejas rojas a una costanera llena de turistas y correntinos de ley, justito al lado de lo que fuera la mítica Usina.

El colegio tiene una parroquia donde todos los segundos recreos, tanto del turno mañana como del turno tarde, un profesor da misa para los alumnos. Además, los domingos, funciona como parroquia barrial, con un cura en serio.
No sé por qué, pero cuando me acerqué al colegio para hacer un trámite, se me dio por visitar la parroquia. Se ve que ese día andaba medio tranquilo de espíritu. Eran las diez de la mañana de un miércoles soleado y cálido. No puedo decir que había silencio porque era el día antes del 9 de julio, día en el que todos los palurdos de la secundaria iban a salir de receso invernal. La mayoría de los profesores se da el lujo de faltar en la víspera de las vacaciones, a sabiendas que aunque dicten clases, nadie les va a dar pelota. Entonces había tres o cuatro cursos con hora libre cuyo caos los preceptores intentaban aplacar poniendo una copia trucha de Mad Max en los televisores oficiales, que truenan como una comparsa.
Cuando entré a la parroquia, me senté enfrente de la imagen de María Auxiliadora, con toda la seriedad que no pude fingir en seis años de secundaria, y desde afuera entraba una batucada de tiros y gritos que, Dios perdone la expresión, eran más satánicos que el carajo.

Lo intenté, y miré bien las imágenes de yeso. El manto azul de nuestra auxiliadora, la minita (ah, pará, esto también es un poco blasfemo) que me hicieron adorar desde que tenía 8 años, como si ella fuera una madre o una amiga de vieja data con la que cada domingo te sentás a tomar un café. Para mí nunca fue ni mucho más ni mucho menos que una imagen de yeso, y le tenía un poco de envidia a la gente que se la encontraba en una gruta o en una tostada y después salía en las noticias: ¿cómo voy a adorar a una mujer que no me da feedback, que no me habla ni se me aparece?

Pero ahí estaba, solemne, y yo también estaba ahí, también solemne. A su derecha, santo Domingo Savio, otro tipo al que le tenía un poco de envidia. Porque Domingo era un tipo que había existido hace un par de siglos, alumno ejemplar de Don Bosco que a fuerza de hacer el sacrificio de rezar todos los días y dormir sobre una cama sin colchón fue canonizado. Me daba envidia porque bien sabía que todos los profesores, también desde mis 8 años, me decían que yo tenía que ser como él. Había un cancionero de iglesia sobre uno de los bancos, y hojeándolo me acordé de la canción esa que decía "haciendo bien las cosas que tenemos que hacer, como Jesús lo quiere..."

Un poco más adelante, fuera del altar celestial, puesto sobre un altar de roble un poco más mundano, estaba el Hombre en persona: el maestro, el cappo (en un sentido deliciosamente mafioso) Giovanni Bosco. Con su sonrisa dulzona y los brazos abiertos invitaba a todos los presentes a adorarlo, a sonreír, a separar el trigo de la cizaña. El tano, che.
Con Don Bosco si llegué a encariñarme allende el bombardeo propagandístico. Porque decía un profesor, también fervientemente católico y gran conocedor de la historia, que a veces a Don Bosco le saltaba la térmica y arrancaba a las puteadas con todo el mundo. En los diarios de no sé quién dice que era un tipo de buen corazón pero con un carácter de mierda. Por eso me gustaba. No era un chupacirio que se mataba por la canonización: el tipo sacaba a los jóvenes pobres de la calle y les ofrecía contención, Dios, deporte y chocolatada, algo así como el Tekové Potí de Colombi pero en la Italia del novecento. Ningún peor es nada: un santo hecho y derecho. No se lo veía como un par, lo cual me aliviaba un poco (te liberaba de la carga de tener que ser tan bueno como él), sino como un guía. No estaba nada mal.

La parroquia del colegio no es mi iglesia favorita, y no lo fue jamás. Era una parroquia medio barrial: con el perdón de Dios, siempre me pareció que exaltaba un poco a sus propios ídolos, tanos del siglo XIX (Savio, Bosco...) y más bien poco a los ídolos bíblicos, gloriosos y bastante exóticos del catolicismo tradicional. Apenas había un modesto crucifijo de Jesús, con su morbo característico, en una pared del costado. Siempre fueron esos ídolos hebreos los que más me interesaron: sobre los que hay un poco más de misterio, porque son de hace mucho y de muy lejos; sobre los que se cierne el velo de la duda sobre su vida real y sus actos, y sobre todo, porque son los que están revestidos de ese aura sobrenatural, seguramente bastante imaginada, con palomas blancas que embarazan mujeres y siete sellos que pueden convertir el agua de los mares en ajenjo. Esas eran historias interesantes, carajo. Daniel fue como un Burroughs de la Biblia: influido por quién sabe qué oscura inspiración escribió sus visiones que te hacían, con el perdón de Dios, cagarte en las patas. Demás está decir que alguien decidió darle estatus oficial a esas visiones y ponerlas en el Viejo Testamento, así que viente siglos más tarde tenés más de la mitad del mundo creyendo que eso es lo que va a pasar algún día.

¿A qué viene este comentario? (Tampoco me quiero poner tedioso: cada uno cree lo que se le viene en gana). Yo entré a la parroquia con un ánimo medio ingenuo, tanto el miércoles pasado como muchos domingos desde que cumpli 8 años. Buscando cosas medio celestiales, una iluminación, algo así como el nirvana, quebrándome los nudillos de tanto tenerlos cruzados y derritiendo mis rodillas de tanto tenerlas contra el tablón de madera para rezar...
Bueno, no tanto. Pero podría haber sido así. Porque la trascendencia era lo copado, era como el premio. ¿Quién no quiere estar a la derecha del padre? No nos hagamos los boludos. Todos querríamos, si estuviéramos seguros de que hay Dios (hay gente que está segura, al fin y al cabo). Si encima fuera tan sencillo como un premio a la genuflexión, las iglesias estarían llenas de gente y todo se iría al carajo porque nadie se molestaría en laburar. O incluso peor: pondrían a laburar a los pobres para que los ricos tuvieran el tiempo de arrodillarse y recibir la salvación.

¿Y mientras tanto? ¿Qué era lo que no me llamaba la atención de las otras figuras de yeso?
De Savio, de Bosco... también de Vicuña, e incluso (¡ojota con esto!) de Ceferino, primer beato salesiano indígena, todo el pack. Gente que existió, y no hace tanto. No revestida de un manto mítico. Gente que no ocupa la agenda del catolicismo pop, le chupa un huevo al mundo ecuménico en general, y ni que hablemos de las otras religiones. Gente no tan famosa como Jesucristo o John Lennon.
¿Gente sencilla? ¿Le cabe esa palabra? Evidentemente, no me atrevería jamás a ponerlo en duda, gente que le trajo un bien concreto al mundo. Están ahí junto a los otros, los mitos trascendentales, medio deslucidos, y no les damos mucha bola. A veces es como si la soberbia del hombre fuera tanta que se pavonea frente al Altísimo y a los santos menores, a los buenitos, a los piolas, a los que probablemente se laburaron la vida para que las cosas en Turín anduvieran bien, ni pelota. Don Bosco no tiene su Ave María. O al menos, yo no lo sé.

Ahí entendí que el culto salesiano es uno de los cultos más (afortunadamente) simples que existen.
Lejos de ponerse solemne ante un Dios intangible, no representable, Todopoderoso (que probablemente por eso tenga cosas más importantes de las que ocuparse que los jóvenes pobres), adora y recuerda a gente que a lo largo de una una mísera vida de 70 años, la pegó en dos o tres cosas. La canonización sería nada más que una forma más de difusión, de legitimación, de institucionalización, qué se yo. 
El hecho de que prediquen la palabra del Dios todopoderoso, aquél viejo piola que parece no arreglar nada él mismo sino que siempre anda mandando emisarios, es nada más que otro feliz desenlace de una gran máxima que escuché por primera vez en labios de un periodista borracho, bardero, pugilista y seguramente ateo: "pensá global, y actuá local".

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