30.7.15

La deconstrucción

ver también: Proteo

¿Bronca y admiración? Derrida: el tipo al que no se le entiende un carajo, vuelve a causarme curiosidad, como siempre. Derrida es como esos magos que van por la calle (la calle del falogocentrismo, de la filosofía occidental, de donde mierda sea) y te sorprenden con un truco a cambio de unas monedas y vos no sabés si es posta o te están metiendo el perro. Igual que Jodorowsky, pero un poco menos espectacular, un poco más caracúlico (creo que es conocido el hecho de que Derrida no puede pararse frente a una cámara sin anunciar a la cámara que está parado frente a una cámara, lo que le quita, obviamente, toda la mística al film - Jodorowsky recién se anima a hacerlo en los últimos treinta segundos de la película).

Cuestión que por esas ganas de saber si Derrida me está enseñando, ensañando o estafando es que vuelvo a él cada tanto. Y vuelvo a él justamente cuando no debería, es decir, cuando me tengo que sentar a estudiar semiótica, la disciplina dura y vieja a la que él dirige muchas de sus bombas.

Pero qué te puedo decir. El estilo barroco del tipo me apasiona. Y eso no es todo. Esta vez lo entendí. Siempre arranco a leerlo con la carta a su amigo japonés (más o menos como el católico arranca a rezar el rosario mediante un padre nuestro). Y por fin le cazo una idea: la idea de a qué se dirige el proceso de deconstrucción, palabra que él se ve en la encrucijada de traducir y, por lo tanto, definir. La deconstrucción (a ver si entendí, profes que me leen) se trata justamente de eso: del problema de definir; en tanto la noción misma de "definir" está cargado de todas las complejidades del sistema conceptual occidental, a las que la deconstrucción justamente apunta.

Después se pregunta si estamos en una época del ser-en-deconstrucción, donde todo se está deconstruyendo, bla, bla. Me animo a decir que acá su texto se vuelve un hermoso ejemplo de deconstrucción.
Este pensamiento de «época» y, sobre todo, el de una concentración del destino del ser, de la unidad de su destinación o de su dispensación (Schicken, Geschick) no puede dar nunca lugar a seguridad ninguna.
Imaginate lo que puede ser para vos que te digan que viniste al mundo para hacer tal o cual cosa y vos te preguntes, alternativamente, qué es el mundo y qué significa yo vine a hacer. La vocación es una falacia grande como una casa, y probablemente este es uno de los conceptos por los cuales Derrida se relamería como yo me relamo ante un pimiento con roquefort. Propone que nada ni nadie es lo mismo todo el tiempo, y ¿de qué carajo hablamos cuando hablamos de época? Y un montón de interrogantes más que se desprenden de la misma idea de pensar que estamos "viviendo una época signada por [tal cosa]".

¿Bocho quemado? Imagínense el amigo japonés.

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