30.7.15

La deconstrucción

ver también: Proteo

¿Bronca y admiración? Derrida: el tipo al que no se le entiende un carajo, vuelve a causarme curiosidad, como siempre. Derrida es como esos magos que van por la calle (la calle del falogocentrismo, de la filosofía occidental, de donde mierda sea) y te sorprenden con un truco a cambio de unas monedas y vos no sabés si es posta o te están metiendo el perro. Igual que Jodorowsky, pero un poco menos espectacular, un poco más caracúlico (creo que es conocido el hecho de que Derrida no puede pararse frente a una cámara sin anunciar a la cámara que está parado frente a una cámara, lo que le quita, obviamente, toda la mística al film - Jodorowsky recién se anima a hacerlo en los últimos treinta segundos de la película).

Cuestión que por esas ganas de saber si Derrida me está enseñando, ensañando o estafando es que vuelvo a él cada tanto. Y vuelvo a él justamente cuando no debería, es decir, cuando me tengo que sentar a estudiar semiótica, la disciplina dura y vieja a la que él dirige muchas de sus bombas.

Pero qué te puedo decir. El estilo barroco del tipo me apasiona. Y eso no es todo. Esta vez lo entendí. Siempre arranco a leerlo con la carta a su amigo japonés (más o menos como el católico arranca a rezar el rosario mediante un padre nuestro). Y por fin le cazo una idea: la idea de a qué se dirige el proceso de deconstrucción, palabra que él se ve en la encrucijada de traducir y, por lo tanto, definir. La deconstrucción (a ver si entendí, profes que me leen) se trata justamente de eso: del problema de definir; en tanto la noción misma de "definir" está cargado de todas las complejidades del sistema conceptual occidental, a las que la deconstrucción justamente apunta.

Después se pregunta si estamos en una época del ser-en-deconstrucción, donde todo se está deconstruyendo, bla, bla. Me animo a decir que acá su texto se vuelve un hermoso ejemplo de deconstrucción.
Este pensamiento de «época» y, sobre todo, el de una concentración del destino del ser, de la unidad de su destinación o de su dispensación (Schicken, Geschick) no puede dar nunca lugar a seguridad ninguna.
Imaginate lo que puede ser para vos que te digan que viniste al mundo para hacer tal o cual cosa y vos te preguntes, alternativamente, qué es el mundo y qué significa yo vine a hacer. La vocación es una falacia grande como una casa, y probablemente este es uno de los conceptos por los cuales Derrida se relamería como yo me relamo ante un pimiento con roquefort. Propone que nada ni nadie es lo mismo todo el tiempo, y ¿de qué carajo hablamos cuando hablamos de época? Y un montón de interrogantes más que se desprenden de la misma idea de pensar que estamos "viviendo una época signada por [tal cosa]".

¿Bocho quemado? Imagínense el amigo japonés.

29.7.15

La gorda fanzinera

Soy una gorda fanzinera frustrada. Me lo estoy tomando con muchísimo humor cada vez que alguien me pregunta por ese fanzine astral que sigue estando en la galera después de cuatro meses (#NOTFOUND!), con el 90 por ciento del chisme diagramado. Eso porque no saben que hace un año y medio lo vengo maquinando. Ahora es como que tengo miedo de sacarlo si no es el mejor del mundo: la calle es un pozo lleno de cocodrilos. Soy una gorda fanzinera porque me gusta más leerlos que hacerlos. Siempre hay mejores. Hay algunos que me encantan. Hay algunos que destacan por su inocencia, otros que cautivan por lo bardero, por lo bizarro, por lo artesano. (Tengo una especie de relación amor-odio con esta palabra: "arte-sano" suele usarse para los gilastrunes que hacen macramé y lo venden en las peatonales - ¿y el resto del arte, qué es? ¿Arte enfermo?).

Cada vez que voy a una de esas ferias fanzineras me imagino con un puestito pero después me imagino a mí mismo recorriendo todos los otros. Y es poco ético porque afano ideas a dos manos. ¡Quién pudiera escribir con el mismo impulso animal con el que se te revuelven las tripas! El fansín es la publicación sin complejos, un sox on cox editorial.
Después tenés a los académicos que miran siempre muy arriba, y más de una vez terminan siendo unos pretenciosos que cagan más alto de lo que les da el culo, como se dice en buen criollo, fijate sino ese detestable Pablo Ingberg con una prosa fatal que quiere combinar gracia y erudición y un pedo posmoderno en la cabeza. ¿Cómo no vas a entender el Finnegans Wake? Nadie lo entiende, campeón. Pero decir que es un mal libro es de impotente frustrado en un mundo de pijas flojas. Idem Nabokov.

En todo caso me quedo con esa frase del libro 2666 de Bolaño, attacking people who prefer “the perfect exercises of the great masters” to “the great, imperfect, torrential works, books that blaze paths into the unknown."

Así la vida se convierte en una hermosa sala de ensayo en donde pasás tus días entre birra y amigos y de paso vas descubriendo un mundo ese que es el mundo de la expresión al que uno (llegada cierta madurez, ¿quién sabe?) le imprimirá después ese gustito de lo universal, ese artesanato que de repente se ha vuelto ¿qué? artenfermato, o cosa seria, que ya puede gustar a los padres y a los padres de los padres y a los hijos y a los hijos de los hijos o no gustarle a nadie y comerte un juicio por obscenidad, lo que te dará la satisfacción de saber que algún hilo pulsaste en esta sociedad que ignora todo lo que no comprende.

¿La política? La política es de mercenarios. De pancho merquieros. La cultura es la perpetua máquina de endiosar boludos. El arte nace en un galpón y cuando le querés poner traje ya se prostituyó mil veces, porque el traje es lo menos espontáneo que existe.
A ver, ¿cuándo empezó el arte changarín? Mi tema de tesis. Porque soy una gorda fanzinera (ese va a ser el himno de mi nación).

Como viento en popa

como viento en popa gira el tiempo

La canción 6 del disco homónimo de La Buena Violencia de la Mente, banda que (suelo joder) es lo más parecido a Spinetta que tolera mi organismo, se llama "Como viento en popa". La banda es de Corrientes. Al disco lo sacaron en el año 2008. Una de las entradas de este blog de las que me siento más orgulloso de haber escrito es ésta, en el que cuento con pelos y señales cómo me llegó el disco y qué me causó escucharlo.

Nunca le cacé la onda a Spinetta por sus letras infranqueables, que parece ser la única constante en su larga carrera (hasta renuncia, en un tema o dos, a los acordes imposibles, pero jamás a las letras imposibles). En su momento el tipo era infumable, cuando había tanta gente llorando témperas de colores en febrero a causa de su muerte; hoy es simplemente prescindible. Recién oí hablar de Spinetta como un dios en el 2012, y ya tenía una mochila de soberbia encima que me susurraba al oído: "vos sabés, si el tipo es efectivamente un dios, ¿cómo es que no lo adorabas de antes?".

Si bien las letras infranqueables son lo que no me cerraba de Spinetta, cuando en la facultad estudiamos el simbolismo descubrí que, efectivamente, esto que no se entiende ¡se puede interpretar de cualquier forma!

¡O quizás no! Y ese "quizás no" le removería la poca gracia que le veo a ese "flaco hermoso". Con La Buena Violencia de la Mente pasa lo mismo, solo que cuando llegué a Mallarmé ya estaba curtido de amor por este disco.

son flores y sonrisas que jamás voy a olvidar

Cuando me estaba pegando la vuelta en el Crucero del Norte, un viernes a las 9 de la noche, ese fue el primer disco que puse. Generalmente es arriba del bondi donde hago las paces o los reclamos debidos a Corrientes y balanceo cuántas ganas de volver tengo a Córdoba, que en un principio eran muchísimas pero conforme me iba haciendo viejo eran cada vez menos. Podría decirse que el viernes, al subir al bondi, se habían reducido a ninguna. Puse ese disco como para paliar la amargura que tienen esos momentos de mierda que todos conocemos, y que suelen desarrollarse en lugares tan horribles como terminales o aeropuertos - una secuencia de despedida no parece lo suficientemente fatídica si se realiza en la comodidad del hogar. Y sigo sin entender a la gente que tiene ese oscuro fetiche de irte a despedir siempre en las plataformas de una rodoviária.

bailando con tu amor, 
bailando sin tu amor, todo puede pasar

Sí, deberían haberlo supuesto, en algún momento me iba a poner cursi.

Porque esa libre interpretación que le di al tema este, que jamás entendí cabalmente (porque no hay algo así como una "interpretación cabal"), se refería justamente a Corrientes, y a Corrientes en ese momento: el de la despedida. Pues todo iba bien, todo iba "viento en popa", cargado de "sonrisas que jamás voy a olvidar" (pero ¿quién no podría interpretar esto, también, como terminar un viaje de egresados? Ojalá Marasso/Velázquez nos lo permitan).

Pero estos son los versos que más me llegaron. "Bailando con tu amor / bailando sin tu amor, todo puede pasar".

Lo que es más o menos como decir lo siguiente: viviendo acá o allá, en cualquier lado... eso: todo puede pasar. No me miren así. No soy el primero ni voy a ser el último ser humano incapaz totalmente de comunicar un carajo de lo que siente. ¿Es amor lo que brinda Corrientes? Acá vuelvo al tema ese de volverse viejo: sólo últimamente empecé a sentir una verdadera pertenencia por ese lugar. Está muy bien el folklore, el chamamé, el río, el mural, el matecito, la administración pública. Muy bien todo eso. Son lugares comunes. Los boliches también son lugares comunes, y de tan comunes siempre están llenos, y por lo tanto siempre está el pelotudo que te tira el vaso al piso de un empujón.

Pero parado detrás del Adolfo Mors (las pirámides al lado de la pista de skate a la que ya no va nadie) miro alrededor y pienso nada más ni nada menos: acá es donde crecí, carajo. Puedo contar diez mil anécdotas de este lugar. Todas están en mi cabeza. Ordenadas por fecha, a veces no tanto, pero así en cuenta regresiva hasta llegar a ese momento en el que todo se vuelve demasiado borroso, que es cuando era un nene de cuatro años y venía a jugar acá, pero eso fue hace toda una vida, literalmente. Y no estoy demasiado lejos. Soy medio petiso en esto de haber vivido, no acumulé muchos años, no tengo lo que se dice un currículum.

Y capaz soy muy joven para ponerme a pensar "de dónde vengo". Será bueno tenerlo en cuenta, así como es bueno darse cuenta (cada tanto) que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

como viento en popa gira el tiempo

La historia contrafáctica me da arcadas y jamás volvería a pensar (porque lo pensé) que sería de mí si me hubiera quedado.

18.7.15

Mira todo el quebranto de un mundo sin amor

Uno de los primeros días del mes me acerqué a mi ex colegio secundario, el Pío XI, colegio que todos vosotros debéis reconocer porque brinda su hermoso parque y tejas rojas a una costanera llena de turistas y correntinos de ley, justito al lado de lo que fuera la mítica Usina.

El colegio tiene una parroquia donde todos los segundos recreos, tanto del turno mañana como del turno tarde, un profesor da misa para los alumnos. Además, los domingos, funciona como parroquia barrial, con un cura en serio.
No sé por qué, pero cuando me acerqué al colegio para hacer un trámite, se me dio por visitar la parroquia. Se ve que ese día andaba medio tranquilo de espíritu. Eran las diez de la mañana de un miércoles soleado y cálido. No puedo decir que había silencio porque era el día antes del 9 de julio, día en el que todos los palurdos de la secundaria iban a salir de receso invernal. La mayoría de los profesores se da el lujo de faltar en la víspera de las vacaciones, a sabiendas que aunque dicten clases, nadie les va a dar pelota. Entonces había tres o cuatro cursos con hora libre cuyo caos los preceptores intentaban aplacar poniendo una copia trucha de Mad Max en los televisores oficiales, que truenan como una comparsa.
Cuando entré a la parroquia, me senté enfrente de la imagen de María Auxiliadora, con toda la seriedad que no pude fingir en seis años de secundaria, y desde afuera entraba una batucada de tiros y gritos que, Dios perdone la expresión, eran más satánicos que el carajo.

Lo intenté, y miré bien las imágenes de yeso. El manto azul de nuestra auxiliadora, la minita (ah, pará, esto también es un poco blasfemo) que me hicieron adorar desde que tenía 8 años, como si ella fuera una madre o una amiga de vieja data con la que cada domingo te sentás a tomar un café. Para mí nunca fue ni mucho más ni mucho menos que una imagen de yeso, y le tenía un poco de envidia a la gente que se la encontraba en una gruta o en una tostada y después salía en las noticias: ¿cómo voy a adorar a una mujer que no me da feedback, que no me habla ni se me aparece?

Pero ahí estaba, solemne, y yo también estaba ahí, también solemne. A su derecha, santo Domingo Savio, otro tipo al que le tenía un poco de envidia. Porque Domingo era un tipo que había existido hace un par de siglos, alumno ejemplar de Don Bosco que a fuerza de hacer el sacrificio de rezar todos los días y dormir sobre una cama sin colchón fue canonizado. Me daba envidia porque bien sabía que todos los profesores, también desde mis 8 años, me decían que yo tenía que ser como él. Había un cancionero de iglesia sobre uno de los bancos, y hojeándolo me acordé de la canción esa que decía "haciendo bien las cosas que tenemos que hacer, como Jesús lo quiere..."

Un poco más adelante, fuera del altar celestial, puesto sobre un altar de roble un poco más mundano, estaba el Hombre en persona: el maestro, el cappo (en un sentido deliciosamente mafioso) Giovanni Bosco. Con su sonrisa dulzona y los brazos abiertos invitaba a todos los presentes a adorarlo, a sonreír, a separar el trigo de la cizaña. El tano, che.
Con Don Bosco si llegué a encariñarme allende el bombardeo propagandístico. Porque decía un profesor, también fervientemente católico y gran conocedor de la historia, que a veces a Don Bosco le saltaba la térmica y arrancaba a las puteadas con todo el mundo. En los diarios de no sé quién dice que era un tipo de buen corazón pero con un carácter de mierda. Por eso me gustaba. No era un chupacirio que se mataba por la canonización: el tipo sacaba a los jóvenes pobres de la calle y les ofrecía contención, Dios, deporte y chocolatada, algo así como el Tekové Potí de Colombi pero en la Italia del novecento. Ningún peor es nada: un santo hecho y derecho. No se lo veía como un par, lo cual me aliviaba un poco (te liberaba de la carga de tener que ser tan bueno como él), sino como un guía. No estaba nada mal.

La parroquia del colegio no es mi iglesia favorita, y no lo fue jamás. Era una parroquia medio barrial: con el perdón de Dios, siempre me pareció que exaltaba un poco a sus propios ídolos, tanos del siglo XIX (Savio, Bosco...) y más bien poco a los ídolos bíblicos, gloriosos y bastante exóticos del catolicismo tradicional. Apenas había un modesto crucifijo de Jesús, con su morbo característico, en una pared del costado. Siempre fueron esos ídolos hebreos los que más me interesaron: sobre los que hay un poco más de misterio, porque son de hace mucho y de muy lejos; sobre los que se cierne el velo de la duda sobre su vida real y sus actos, y sobre todo, porque son los que están revestidos de ese aura sobrenatural, seguramente bastante imaginada, con palomas blancas que embarazan mujeres y siete sellos que pueden convertir el agua de los mares en ajenjo. Esas eran historias interesantes, carajo. Daniel fue como un Burroughs de la Biblia: influido por quién sabe qué oscura inspiración escribió sus visiones que te hacían, con el perdón de Dios, cagarte en las patas. Demás está decir que alguien decidió darle estatus oficial a esas visiones y ponerlas en el Viejo Testamento, así que viente siglos más tarde tenés más de la mitad del mundo creyendo que eso es lo que va a pasar algún día.

¿A qué viene este comentario? (Tampoco me quiero poner tedioso: cada uno cree lo que se le viene en gana). Yo entré a la parroquia con un ánimo medio ingenuo, tanto el miércoles pasado como muchos domingos desde que cumpli 8 años. Buscando cosas medio celestiales, una iluminación, algo así como el nirvana, quebrándome los nudillos de tanto tenerlos cruzados y derritiendo mis rodillas de tanto tenerlas contra el tablón de madera para rezar...
Bueno, no tanto. Pero podría haber sido así. Porque la trascendencia era lo copado, era como el premio. ¿Quién no quiere estar a la derecha del padre? No nos hagamos los boludos. Todos querríamos, si estuviéramos seguros de que hay Dios (hay gente que está segura, al fin y al cabo). Si encima fuera tan sencillo como un premio a la genuflexión, las iglesias estarían llenas de gente y todo se iría al carajo porque nadie se molestaría en laburar. O incluso peor: pondrían a laburar a los pobres para que los ricos tuvieran el tiempo de arrodillarse y recibir la salvación.

¿Y mientras tanto? ¿Qué era lo que no me llamaba la atención de las otras figuras de yeso?
De Savio, de Bosco... también de Vicuña, e incluso (¡ojota con esto!) de Ceferino, primer beato salesiano indígena, todo el pack. Gente que existió, y no hace tanto. No revestida de un manto mítico. Gente que no ocupa la agenda del catolicismo pop, le chupa un huevo al mundo ecuménico en general, y ni que hablemos de las otras religiones. Gente no tan famosa como Jesucristo o John Lennon.
¿Gente sencilla? ¿Le cabe esa palabra? Evidentemente, no me atrevería jamás a ponerlo en duda, gente que le trajo un bien concreto al mundo. Están ahí junto a los otros, los mitos trascendentales, medio deslucidos, y no les damos mucha bola. A veces es como si la soberbia del hombre fuera tanta que se pavonea frente al Altísimo y a los santos menores, a los buenitos, a los piolas, a los que probablemente se laburaron la vida para que las cosas en Turín anduvieran bien, ni pelota. Don Bosco no tiene su Ave María. O al menos, yo no lo sé.

Ahí entendí que el culto salesiano es uno de los cultos más (afortunadamente) simples que existen.
Lejos de ponerse solemne ante un Dios intangible, no representable, Todopoderoso (que probablemente por eso tenga cosas más importantes de las que ocuparse que los jóvenes pobres), adora y recuerda a gente que a lo largo de una una mísera vida de 70 años, la pegó en dos o tres cosas. La canonización sería nada más que una forma más de difusión, de legitimación, de institucionalización, qué se yo. 
El hecho de que prediquen la palabra del Dios todopoderoso, aquél viejo piola que parece no arreglar nada él mismo sino que siempre anda mandando emisarios, es nada más que otro feliz desenlace de una gran máxima que escuché por primera vez en labios de un periodista borracho, bardero, pugilista y seguramente ateo: "pensá global, y actuá local".

6.7.15

Angkor Wat

El monumento nacional de Camboya (país con el que siento una extraña afinidad). Fue construido en el siglo XII, sede del gobierno del Imperio Khmer hasta finales del siglo. Dedicado al dios Vishnú, es considerada también la mayor estructura religiosa jamás construida. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1992.

Yo estoy viendo para dónde disparo con estas ganas locas de acariciar piedras viejas, entre tanto papeleo inútil y tanta opinión berreta.
Angkor Wat no parece un mal destino. Son tan hermosas las cosas perdurables y tan desechables las opiniones de plástico a las que estamos acostumbrados todos los días. (Sinceramente, ¿a quién carajo le cambió la vida el penal que erró Higuaín?). Confundir el haiku con el tuit: el último de los grandes peligros de la pacatez contemporánea.


3.7.15

No es desdeñable que haya gente en el mundo capaz de componer una canción

Cada vez que escucho esta canción me agarra una envidia implacable (y sana, creo, pero la verdad no estoy seguro). Cómo me gustaría haberla escrito yo. Una guitarra y una voz. Dos acordes. A veces creo que componer es una ciencia que requiere cinco años encerrado en una licenciatura con audioperceptiva y todos los chiches y después llega este tipo, que hace una canción hermosa con dos acordes. Algo que proviene del alma, si me preguntás a mí, que soy ingenuo y a todo le doy un aura medio mística. Después pienso que tipos como este no deben estar pensando que están componiendo una canción, que están "haciendo arte", así como vos y yo no pensamos que respiramos. La vida más sencilla posible que se me ocurre es no estar reflexionando todo el tiempo sobre qué hacés.
¿Qué me hubiera gustado? Haber sido yo quien agarró esa imagen que volando por el aire ("me gusta verte en las mañanas") y haberla volcado en esos dos sencillísimos acordes para formar esta canción que, cada vez que la cantara, la sintiera con el alma, reviviendo la imagen que le dio origen - algunos dicen que es eso, de eso se trata, el origen es la idea, nada más que la idea, y el resto es sólo tratamiento artesano. De algo puedo estar más o menos seguro: no hubo dos veces en las que Tanguito la cantó de la misma forma.

2.7.15

Tania y la ansiedad vital

Cuando Tania vivía en Corrientes, y yo también, nos llevábamos muy bien. Empezamos a hablar porque yo era "la única persona en la ciudad que hablaba inglés". Ella pertenecía al grupo de adolescentes de intercambio que tenían la suerte de conocer la Latinoamérica profunda, ese lugar vacío de todo encanto andino donde directamente no pasa un carajo. Id est, el Taragüí. A mí me llevaron a conocerla como si ella fuera un extraterrestre y yo fuera un científico.

Ella me agarró al momento como un juguete nuevo. Me preguntaba en inglés como se llamaba cada cosa y lo repetía con acento ruso. Se quejaba de que "teníamos letras que no existen", como la r simple de la palabra "oro", que ella pronunciaba "orro" al pasar por una joyería.
Efectivamente, yo era la única persona que había conocido que podía hablar inglés, pero ella estaba en Corrientes hacía dos días, o sea que no es que había conocido mucho. Este dato parece irrelevante, pero cuando la conocí más me di cuenta que, como todo, decía mucho de su forma de ser.

Con Tania nos llevábamos muy bien, pero yo siempre fui mucho más tranqui que ella, que era bastante emocional. Nunca nos peleamos, pero conozco gente que sí. Y conozco otra gente que empatizó con ella un montón. Y otra gente que no aguantaba que ella fuera un libro tan abierto. Corrientes tiene la humildad como valor y, en general, nadie habla demasiado de sí mismo, sobre todo si ha hecho o sabe cosas interesantes. En ningún lugar del planeta (y esto como que me consta), Tania pasa desapercibida ni se va sin hacer quilombo. Una vez escribí un poema sobre ella, que anda por acá en el blog, donde la representaba como una catarata que caía desde un décimo piso cuando estaba triste y un tornado que venía y revolvía todo cuando estaba feliz.

Pero creo que lo que más curiosidad me causó de la forma de ser de Tania era lo rápido que le daba su color a una situación nueva. Yo me imaginaba que en su colegio, donde todos los pupitres eran iguales y todos los uniformes eran guardapolvos, todo alrededor de Tania estaba poblado con macetas y serpentinas. Ella era todo lo estrafalaria que podía ser en una ciudad chata; era por naturaleza. No como esos boludos que se esfuerzan por parecer interesantes. Ella no esperaba a entender qué onda. Actuaba rápido, y rápidamente te dabas cuenta que estaba ahí. El mundo se adaptaba a ella, y no al revés.

Yo siempre fui al revés. Nunca empecé a manejar una máquina sin saber para qué eran todos los botones. Soy inseguro y no me muevo bien en el barro. Cuando ella salta y se mete a chapotear, yo me saco lentamente las medias y calculo la profundidad con un palito.
No sé cuál sirve más en la vida. A veces yo quería ser como ella. Pero casi nunca me fue bien, porque soy bruto y siempre termino metiendo la pata. Me mando una chiquita, pero me acomplejo, me inhibo, me pongo nervioso y ahí me la mando grosso. Ella no. O no le importaba. Su modus operando era para mí implacable como un huracán. La consigna era tirarse de cabeza a la ola que se armaba sin esperar a ver si era una gilada o un tsunami.

¿Yo? Bueno, acá. Analizo todo, capaz que excesivamente: saco una ordenada conclusión de cinco párrafos que termino de tipear e imprimo para no entregársela a nadie. Y todo sigue tranquilamente como estaba: las cosas en su lugar, lejos de una revolución, una provocación, un incendio. Una vergüenza del live fast and die young, que la juventud lleva como remera.
Pero bastante ya que somos lo que hacermos para no perder la cabeza. La lucha más grande que libro en este momento conmigo mismo es no desesperarme por todas las cosas que todavía están por hacerse. Aplacar la ansiedad, digamos.
El otro día hablaba con Cherry: probablemente, lo que necesite el mundo es una generación de chicos más tranquilos que sus padres. Es cada día más difícil aspirar a no desesperarse, por todas las fotos de paisajes hermosos en Indonesia o Eslovenia que podés ver en tu tablet, o por todas las películas donde un yanki cansado del sistema se va a vivir con los ciervos y se muere de hambre y eso se llama libertad, o por cómo se acumulan los impuestos bajo la puerta, uno encima de otro de mes a mes, gota a gota como una canilla mal cerrada y no como un arrollador cacho de avalancha.

1.7.15

Glauco Mattoso, "Soneto masoquista"

Glauco Mattoso es un seudónimo que adoptó Pedro J. Ferreira da Silva, un poeta paulista. Es un doble homenaje: a Gregório de Matos, gran poeta satírico brasileño (que se burlaba de todo el mundo, literalmente, en el Brasil del siglo XVII), y a la enfermedad del glaucoma, que lo dejó totalmente ciego en el año 1995. Su otro pseudónimo es Pedro el Podrido.

Emi me regaló (gran honor, no sé si se lo dije) una maqueta de libro-objeto que ella concibió con dos poemas: uno de Glauco Mattoso y uno de Antonin Artaud. Los dos se referían a caca y al acto sagrado de evacuar. El libro-objeto en cuestión es el poema enrollado en un rollo de papel higiénico que se sostiene en un alambre que va pegado a la pared. Según ella, el rollo es, además, intercambiable: cuando sabés que todos los que cagaron en tu casa leyeron el poema, lo sacás y ponés otro. Yo soy un queso para las artesanías, así que no me molesta leer siempre el mismo poema escatológico de Glauco Mattoso.

Estoy redescubriendo la poesía y la generosidad. Nota aparte merece Aquiles, otro poeta, que me regaló una libreta ilustrada con una foto de los Residents y cosida a mano, que él mismo cotiza en 50 pesos. Probablemente, por la cara de enamorado que puse cuando vi la foto de los cabeza de ojo. Pero eso es otra historia.

Voy a poner el poema en su portugués original porque es uno de mis idiomas preferidos para leer poesía. Más que el francés. Mallarmé me da urticaria. Antes prefiero a Debussy, como prefiero el himno nacional de Pablo Lescano en vez del de Blas Parera. Sacre bleu. Ya me fui de tema de nuevo.

SONETO MASOQUISTA

Político só quer nos ver morrendo
na merda, ao deus-dará, sem voz, sem teto.
Divertem-se inventando outro projeto
de imposto que lhes renda um dividendo.

São tão filhos da puta que só vendo,
capazes de criar até decreto
que obrigue o pobre, o cego, o analfabeto
a dar mais do que vinha recebendo.

Se a coisa continua nesse pé,
Acabo transformado no engraxate
Dum senador qualquer, dum zé mané.

Vou ser levado, a menos que me mate,
à torpe obrigação de amar chulé,
lamber feito cachorro que não late


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