30.6.15

Un atún en el cielo

Una vez me sorprendieron preguntándome sobre tu sistema de creencias. Es algo de lo cual uno puede estar muy orgulloso, pero cuando te preguntan eso quedás como orsai. Es como que te pregunten de qué color son tus calzoncillos. En el momento no te acordás, porque no los ves. A menos, claro, que estés usando uno de esos bóxers con trompita de elefante. Que, metafóricamente, simbolizaría a quienes andan por ahí agitando su gran verga de creencias para que el mundo las admire. Los fundamentalistas de la arrechera.

El que es un poco más disimulado, más tibio y más pudoroso, no piensa todo el tiempo en sus creencias como no piensa todo el tiempo en sus calzoncillos. Eso que llamo sistema de creencias, creo yo, son esas verdades que uno va adoptando de a poco, porque le sirven en la vida. Yo hago las cosas de esta manera porque soy así o asá y probé hacerlas de otra forma pero la verdad es que me fue bien para el orto; entonces adopté la que me sirvió. Eso, suponiendo que todos los que me rodean son seres racionales.

Un sistema de creencias personalizado es como ponerle parlantes a tu fitito aguamarina. Vas por ahí y tu actitud va hablando sobre vos, te precede, te presenta. Las verdades que uno adopta como útiles y personales son basadas en la experiencia, sí, pero en última instancia tienden a que uno vaya mejorando como persona poco a poco. Modelás tu conducta vos solito, si querés. Porque desde que no existe Dios, o no existen papá y mamá, uno solo tiene que ir modelando su conducta. Nadie quiere ser una mierda. A priori, al menos. A algunos les sale. Tiendo a no pensar lo peor.

Como sea, esta semana adopté una nueva y quería presumirla como la trompita de mi elefante. 
La primera: servir cada vez que pueda. Esto tiene que ver un montón con la humildad. En el momento donde no quiero decir "sí" a alguien que me pide un favor, por más nimio que sea (¡más todavía si es nimio, digamos: qué me cuesta!), es porque pienso que, de alguna forma u otra, esa persona no se lo merece. En ocasiones, no por lo que la persona es (hay que reconocer que pedir un favor también es resignar un poco el orgullo de creerse autosuficiente), sino algo más perverso todavía: "esa persona no merece que yo le haga un favor". "Tengo cosas más importantes". Ah, lo necesita, pero no se lo merece. El servicio siempre genera algo bueno. La oportunidad de hacerle un favor a alguien es la oportunidad de hacer algo bueno.

Hay que cuidarse de la soberbia. La soberbia te autoriza ante vos mismo poder cagarte en los otros. Poder hacerles sentir a los otros que no valen tanto, que no merecen tu esfuerzo, que tu persona es sagrada, que tu dolor es único y que tus necesidades son universales. Nadie vale tanto. A veces me sorprendo a mí mismo queriendo cagar más alto de lo que me da el culo, y es ahí donde siento la urgencia interior de ayudar a alguien - lo que yo entiendo como uno de los actos más claramente nobles de los que me siento capaz, porque no soy la Madre Teresa ni mucho menos un mártir.

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