27.6.15

Los peces rojos de Reconquista

El reglamento del buen bloguero (bah, lo que pude leer de él, porque después se me cayó el mate encima) tiene dos reglas bastante importantes. La primera es la constancia. Por fidelidad al lector, que también es fiel, tenés que publicar con una cierta regularidad; no importa si es una o dos veces por semana, o todos los días. En las palabras de Sir Chandler, bloguero exitoso (uno de los pocos que hacen guita en el oficio): a nadie le gusta un blog que deja de publicar un tiempo y vuelve un tiempo después. Es cierto, te saca canas verdes. Yo soy de esos, y lo asumo, y es parte importante de mi contra-manifiesto bloguero que soy muy haragán para escribir.
La segunda regla es que un blog sirve para escribir sobre un tema que vos elijas. Puede ser lo que te gusta, lo que te interesa más o menos, lo que te da de comer. Un blog, en un sentido muy amplio, sirve tanto para emitir esa opinión que a nadie le calienta tres carajos como para publicar noticias de primera mano sobre perritos pekineses, canastos de mimbre o activismo ambiental. En última instancia, el premio será que el blog encontrará lectores con intereses afines, porque geeks hay para todos los gustos. Hay de todo en la viña de Bill Gates.

No le daba mucha pelota a la segunda regla, pero sí que le daba bola a la primera. Desde el primero de junio me hice una promesa a mí mismo de publicar una entrada por día, así sea una pavadita.
Decía un periodista que conocí, en mis tiempos de periodista (!), que hacer una buena nota en un diario (lo que en un blog equivale a poder hilvanar dos oraciones medianamente picantes) es como cocinar unas milanesas: sale. Algunas veces más quemadas, algunas veces mejor, pero sale. Yo me justifico de oficio: salía. No todos los días requería agudeza mental, ni producción propia - pero vuelva mañana. Yo mismo, cada vez que escribo, siento que estoy a punto de escribir esa gran cosa que me va a autorizar a quedarme de patas cruzadas todo el mes, felicitándome por haber llegado a la cumbre del estilo. Nunca pasa. Menos mal mbaé.

Tercera regla es abandonar el metablogueo tarde o temprano. Del domingo al jueves estuve en la encantadora ciudad de Reconquista, Santa Fe, para visitar a mi viejo y olvidarme de todo el resto. Suena delicioso, pero no paró el agua ni un minuto y el pueblo está lleno de barro por donde lo veas.
Pero recién, al llegar acá (como quien se despierta de un sueño, y se da cuenta que fue un lindo sueño) me di cuenta que me sirvió para bajar cinco cambios. Andaba innecesariamente ansioso. Creo que la forma más sencilla de explicar esto es la siguiente: en una ciudad sin Subway, no te das cuenta siquiera que necesitás un Subway. Y así con un montón de cosas.

Qué se yo. Vivimos rodeados de cosas prescindibles. Gastás guita. Y la guita, si no te cayó del cielo, implicó tiempo invertido. Y así. En la urbe, todo queda el triple de lejos. Y para colmo te clavan un paro de bondis un jueves, lo que implica que para llegar a eso que querés (que ni vos sabés qué es: un desayuno barato, una pilcha, ir a cursar) tengas que patear cuarenta cuadras bajo la fina llovizna.
Este círculo vicioso de consumo-trabajo, o como quieras llamarle, es el requisito básico de supervivencia en una ciudad como Córdoba. Ni quiero pensar en Buenos Aires y en sus millares de trabajadores varados por el paro sorpresivo del subte C en hora pico. Es requisito, más que nada, para no perder la cabeza, porque estar al pedo en una ciudad donde todos están tan acelerados te genera angustia y ansiedad, te hace sentir un inútil. Al menos me pasa a mí. El cable a tierra que pensé que tenía, léase la cultura (esa palabra que, por sí sola, no sirve mucho más que para endiosar boludos), terminó volviéndose una responsabilidad más. Ir a ver una obra de teatro no me relajaría un carajo; antes prefería aflojar uno por uno los bulones de la rueda de un camión.

Nada. Por ahí se trata de ir buscando constantemente cosas distintas. Puede decirse que las grandes ciudades son, también, escenario de grandes cambios: pero la mayoría del tiempo uno está laburando mucho para darse cuenta de los detalles. En el pueblo no pasa: es casi como si los detalles fueran todo lo que hay.
Cuando entré a la pensión donde vive mi viejo, un encantador edificio de tres bloques con espacios compartidos, un vivero en construcción y barro adentro y afuera, pasé al jardín: los helechos colgaban del techo, el aloe vera estaba en macetas flotantes y en el medio, un cantero donde había estado un árbol, estaba lleno de agua, enrejado y lleno de camalotes. Cuando me acerqué, lo vi: adentro había diez pececitos rojos.

Ahí me di cuenta de lo que consistía realmente eso del cable a tierra. Para que me yo me relaje, tengo que dejar de vivir, necesariamente, más de lo mismo todos los días. Hasta la cosa más linda se puede volver costumbre, así que tengo que andar por ahí con cuidado.
No sé.
¿Para ustedes también?


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