6.6.15

La democracia y yo

En esto de la democracia tuve dos bautismos de fuego, un toque raros. El primero fue en una elección estudiantil, por mayo cuando hacía la calor. Yo me había inscripto ese año en la carrera de Filosofía, que pensaba hacer a la par de Letras: hete aquí que las tres primeras clases me disuadieron al encontrar en sus aulas no la verdad universal sino un cartesiano embole.

Tenía que ir al Pabellón Francia, un hermoso edificio que para mí es como un monasterio medieval, donde las paredes son de madera y hay silencio y olor a biblioteca. Allí se desarrollaba el corso de la democracia universitaria. Yo iba con mi libretita que decía Letras, y no sé qué buen tino me había hecho llevar también, en la mochila, una libretita que decía Filosofía, idéntica pero totalmente vacía. Me acerco a la mesa y estaba la profesora de Introducción a la Problemática Filosófica: a saber, la jefa de cátedra de la materia que acababa de dejar porque me pareció una cagada. Saludé lo más diplomáticamente posible; no sé qué pinta extraña de ratón de biblioteca tendré, pero los profesores no suelen olvidarse de mi cara. Ya lo tenía asumido por entonces. Lo que no esperaba fue el golpe bajo de la mina, pelicorta y sonriente, que me decía "no te vi más por clase, ¿eh?".

"Y no, vieja, tu programa es una mierda", quise zamparle yo, que por entonces adoraba a Epicuro porque no se hacía demasiado problema por nada.

La mina ojeó el padrón todavía con una sonrisita, levantó la mirada y me dijo: "che, pero vos no estás en el padrón".
¡Otra vez!, pensé yo. ¿Qué, sigo teniendo 15 años?

No tenía ni puta idea de cuál iba a ser mi voto. Me acuerdo que era viernes, y que los viernes no tenía clase; básicamente, me atravesé la ciudad universitaria (que bajo el rayo del sol de mayo no suele ser un promenade muy exquisito) para que la pedagoga de mi desagrado me diga que no podía votar por un capricho burocrático o lo que fuera. Mi frustración fue cósmica. Salí de ahí con ganas de patearle el curo a Epiculo. Afortunadamente, al salir, un gran militante (voy a ensayar un rápido perfil: ese que te quiere cooptar a toda costa y que se hace tu amigazo y te dice que la tenés re clara, pero la tendrías todavía más clara si votaras al Movimiento Popular Pan Relleno) me dijo:

"¿Fuiste a votar?"
"Sí, pero no pude", le dije, descorazonado realmente (tenía que volver a cagarme de calor en el campito).
"¿A la mesa de Letras? No, vos debés estar en la Filosofía. Vení".

Fui: ni un puto profesor que conozca en la mesa. Voté según manda la ley consuetudinaria y salí de ahí con un levantamiento de bombín cual Charlie Chaplin. Resumen de lo que fue, más que el ejercicio de la voz y el voto, el destino operando sobre un encuentro inevitable.




El segundo encuentro con la democracia fue todavía más fugaz. Hacía muchísimo calor, también. Era, me acuerdo, para las elecciones de gobernador de Corrientes: dos o tres niveles más arriba en la representatividad política, si se quiere.

Mi vieja es fanática de Colombi, a quien mis amigos llaman el dinosaurio. Colombi es un mercedeño que supo perpetuarse en el poder, siempre por acá o por allá como un sapito pero nunca sin falta de su austeridad de bulldog y su termo bajo el brazo. Es una de las caras que recuerdo desde siempre, como la de mi viejo o la del notero de Canal 13. La última vez que fui a Corrientes pude conocer el vestíbulo de su despacho: tenía aire acondicionado, columnas de mármol y un cuadro estilo Molina Campos. No me dejaron pasar.

El trato con mi vieja era que ella me pagaba el pasaje para unas mini vacaciones a Corrientes si yo lo votaba al viejo el domingo. Entonces no tuve que decidir mucho. Estas prácticas son antidemocráticas, sí, pero ¿quién no quiere ganarse unas vacaciones simplemente poniendo un papelito en un sobre?

Así fue que con mi vieja al frente del batallón de jóvenes que en su puta vida habían votado en elecciones "en serio", o sea mi hermana y yo, no había forma de que las cosas salieran mal. Entramos como reyes a la escuela de barrio que nos tocaba para ejercer nuestro derecho. Y mi vieja fue derechito a hablar con la fiscal, una vieja de nombre Teresita o Raquelita o Estelita o una cosa así. Se dieron dos besos en los cachetes por encima del mate viejo. Y pasamos automáticamente.

Yo entré primero. El cuarto oscuro consistía en un salón de séptimo grado plenamente iluminado (para mi sorpresa), con una mesa enorme en el medio y un trillón de papelitos con nombres que, en su gran mayoría, se repetían. Yo sabía que tenía que buscar la lista 3, que al parecer representa en todo el país a la Unión Cívica Radical en su pureza heisenbergiana; tenía que descartar todas las demás que tenían los mismos nombres salvo uno o dos, que lógicamente eran unos impostores. Esto se me hizo especialmente jodido. Para colmo tenía que elegir dos boletas porque se votaban también legisladores. Ahí cagué, ¿cuáles son los legisladores del viejo?

Entonces me puse a mirar. Entre los nombres había de todo: papás de compañeros de colegio (de esos compañeros que caen a la costanera con una Hilux y alpargatas de La Candona), los ñoquis corrientes del 29, un par de flipados que conocí de rebote por tal o cual, y esos garcas de siempre que le meten todas las fichas al califato de Goitia. Parecía un zoológico, pero para mí eran siempre lo mismo.

En eso pispeo y ¿a quién veo? Allá en el fondo, por la escueta boleta del partido socialista, estaba el nombre de una conocida mía: Mel Ross, ideóloga del movimiento usinero, que ahora está viviendo creo que en Alemania y por estos momentos está disfrutando de un poco de primavera europea.

Aporté con mi voto, profundamente convencido de que era para mejor. Al final salieron bastante rezagados en el conteo, detrás de los cocodrilos de siempre. Eso explicaría que Mel estuviera ahora en Alemania, al menos, porque no creo que hayan abierto una embajada correntina en el continente guasú. La jefa, Sonia López, es una diputada que admiro por la cabeza que tiene: actualmente está dirigiendo una comisión de estudios de género, organismo sui generis (valga la redundancia) en una ciudad como Corrientes. Se ve que hay cada vez más gente cuestionándose cosas, y esto me parece sumamente saludable.

Todo concluyó ese día, compartiendo mis impresiones sobre la aventura de ejercer mi derecho al voto, cuando mis familiares me miraron como un marciano: "¿a esos los votaste? Mirá que estaba Flinta..."

No hay comentarios:

Publicar un comentario