14.6.15

La cadena

Por espacio de tres largas semanas, el año pasado, trabajé en Lapana.
Siempre digo dos cosas: una, que trabajé dos meses (garpa en el currículum vitae), y que era el infierno. A esto no lo escondo ni en una entrevista laboral. Realmente era un laburo de mierda. Lo sabía porque un amigo trabajaba conmigo, y sintió lo mismo que yo: en una ocasión, tuvo que aguantar y respirar hondo para no quebrarse frente a las mesas. Me enteré que no nos pagaban lo mismo, a mí me pagaban mucho menos. Me debían francos porque yo no los reclamaba. Me tenían de acá para allá porque pensaban que era un inútil. Probablemente lo era. Y por eso estaba ahí. Recuperé mi dignidad sólo cuando renuncié sin previo aviso. Entré un sábado, dejé el uniforme sobre la mesa, y le dije: "conseguí otra cosa, muchas gracias". No tenía trabajo, pero me sentía capaz de aguantar cualquier cosa. No me importó. Nadie me había enseñado que las cosas pueden ser de otro modo, y eso es algo que en el trabajo no te van a decir nunca. Cuando te contratan hay dos opciones: o trabajás con nosotros, o sos un vago de mierda que no quiere trabajar. No es así, y a eso lo aprendí bastante tiempo después.

Renunciar ahí fue como un acto fundacional que inauguró un ciclo de andanzas que eran un paso necesario para ir conociendo eso que llaman el mercado laboral, que a mi ver se parece más a una jungla que a un shopping.
En cierto momento aprendí la gran lección del laburante: siempre que pueden, te explotan. Gran verdad enunciada por la Chiqui Legrand. Me acordaba de ella cada vez que tenía que me tocaba cobrar un jornal igual en pesos así trabajara seis horas o doce. Aprendí un montón sobre el mundo práctico, ese mundo con el que todos chocamos tarde o temprano.

Me tomó un año aprender que en realidad, lo único valioso para mí era mi propio tiempo. Me enfrasqué en cambiar un poco mi forma de pensar: hay ciertas cosas con las que no voy a negociar. Mis ganas de recibirme, por ejemplo, van a ser una de ellas. Hay que mirar un poco más lejos que del día a día, conforme se van acumulando los calendarios viejos. Suena tonto, pero funciona. ¿Por qué? Porque mi vocación no es ser panadero. Eso es algo que siento que tengo que dejar en claro muy de entrada. Entonces, no voy a laburar siete días a la semana, ocho horas por día, con una sonrisa en la cara como si realmente fuera mi vocación ser panadero. ¿No queda otra? Sí, sí queda otra. Siempre queda otra.

Porque así como quien nunca trabajó tiene el hábito de perderse en su propio ocio, y terminar deprimiéndose por pensar demasiado; quien trabajó toda su vida en un trabajo que odia tiene un hábito igual de malsano, que es acostumbrarse y dejar que el trabajo le absorba; le termina resultando menos gratificante renunciar que quedarse. Sumar años de antigüedad no está mal.
Yo, quizás demasiado idealista (pero de nuevo, ¿qué es lo contrario de ser idealista?), prefiero no sumar años, por ejemplo, en Lapana. Antes prefeririría poder sumar años haciendo trabajo comunitario en la cárcel, porque significaría que al menos una vez obedecí a un impulso personal de desobedecer la ley.

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