21.6.15

El otro. Cucurto

No sé ustedes, pero una de las cosas que más me cuesta a mí es enfrentarme con las personas distintas a mí.
Sobreponerse a los prejuicios es una tarea grossa. Todo lo nuevo puede resultar inabarcable, llamativo, escandaloso, múltiple, etc. Rara vez, un camino de descubrimiento está signado por la seguridad y la comodidad: es como pretender descubrir América navegando en círculos. Al enfrentarse con un otro totalmente distinto a uno, o a enfrentarse a muchos otros muy distintos entre sí y a uno, la propia identidad se pone en jaque, y ahí uno decide si asirse a ella desesperadamente (babeando adjetivos: "grasa", "loco", "freaky", "negro", "queer", "fumón", haciendo un intento liviano de entender al otro, simplificándolo o ridiculizándolo), o soltarse de a poco, tratar de entender qué es lo que motiva al otro, qué es lo que lo apasiona. Nada fácil, pero mucho más interesante.

Se me hace que la historia argentina está minada de estos episodios: nunca supimos bien quiénes somos.
Cuando llegamos ya había gente. El mestizaje fue una prohibición que en la frontera se desdibujaba un poco. El criollo siempre fue un híbrido. La pretendida pureza siempre fue cosa muy de las capitales y la Argentina siempre fue más grande que su capital.
En cierto momento, según escuché, cayeron los jesuitas a "educar a los indios". Al final, los indios terminaron educándolos a ellos: los curas aprendieron guaraní, en ese idioma publicaron libros de gramática, astronomía, e incluso compusieron canciones.¹
Después nos independizamos. Ponele. Había que encarar un proyecto de país, y a alguien se le ocurrió que debía ser medianamente homogéneo. Convencido de que la Argentina estaba llena de salvajes, el aparato estatal acordó realizar un exterminio masivo. La pampa debía ser la campagne, blanca y culta. Algunos años después, la ola inmigratoria europea haría que más de la mitad de los que vivían en Buenos Aires fuesen extranjeros. Hoy se da en menor medida. Y el argentino "bien", un siglo después de haber asimilado en su sangre la influencia italiana, se dedica de lleno a denigrar al peruano de Constitución.

No soy experto. Ni historiador. Ni antropólogo. Pero no puedo evitar darme cuenta de lo siguiente: que si bien ningún pueblo está totalmente solo, nosotros mucho menos.
Lo expuestos que estamos a la alteridad (hermosa palabra que me enseñó Maru Melzner una vez) hace que constantemente tengamos que estar tomando decisiones respecto a nuestra propia identidad: qué es lo que tomamos de nuestros vecinos, qué es lo que descartamos, qué nos molesta de ellos y qué nos atrae. O, al contrario, decidirnos a hacer como que no están: dejar que se invisibilicen, que se vayan borrando, y si alguna vez son sometidos a alguna injusticia, decir simplemente: "no es mi problema: nadie los mandó a que se vengan a vivir acá".

Esta última siempre me pareció una decisión un poco cobarde. El mundo es demasiado amplio, demasiado múltiple, como para que no quede chica la decisión de no darle bola.

Un poema de Washington Cucurto, argentino nacido en Quilmes, y lo pongo porque lo expresa él mucho mejor que yo y en menos palabras.

Lluvia de estrellas

Idalinas, Justinas, Miguelinas,
Carolinas, Karinas, Cilicias y Ferisbundas;
Clarisas, Clementinas, ¡Arielinas!
Marielqui, Marielbi, Marilyn Sunildas;
Maripili, Mandalia, Mariola, Mariolga,
Yulis, Yulisas, Sunilditas;
Chechés, Casianas, Ignacias,
Janiras, Zenaidas, Yunisleidis.
Macorinas, Miraflorinas, arequipeñas,
maguaneras, itacurubienses, coqueñas;
risas, llantos, ruegos, alegres alegrías;
risas, rosas, flamboyanes, flanes,
pitaháyas, sancochos y sandias;
chipaguazús, añaretás, yasiterés,
curepís, mombayés, porá limbós.

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