29.6.15

Cerrado por desinfección

1.

"Such a lovely place la pija", decía memorablemente mi primo, Martín, se ve que desencantado con algún lugar donde vivía. Él vivió en Esperanza, en Buenos Aires, en el sur. En cierto momento estudió cine, en cierto momento se dedicó a dibujar, en algún lugar (me dio a entender) encontró heroína. Ahora es un genio del software libre y no creo que se arrepienta de nada. Siempre me quedó esa frase en la cabeza, que parafraseaba la terrible pesadilla de la canción Hotel California, en sí mismo un lugar infernal. Such a lovely place la pija. No hay nada en este lovely place. Darse cuenta de eso, me parece, es un paso sano.

2.

Y hablando de mi primo, un día conocí en un bar en Santa Fe, cerca de la cancha de Unión, a un tipo llamado Mariano. Santa Fe abunda en eso: en bares, y en gente que se te acerca a hablar. Todavía me acuerdo cuando con Alonso recién desembarcábamos después de una exitosa sesión de road trippin' que nos llevó medio día de nuestras vidas, y lo primero que hicimos fue internarnos a un bar - la humedad era penetrante y la cerveza era barata. Como andaba con la guitarra encima, y relativamente corto de plata, un grupo de borrachos jugadores de rugby nos cambiaron unos tragos de Heineken por un repertorio escueto de Soda Stereo. Algo así fue con Mariano. Digamos que pegamos onda, yo pienso a veces, sólo porque él era santafesino de capital y a mí esa gente me cae bien, como que tengo un feeling, digamos. Los santafesinos son gente muy seria que no maneja el humor irónico cordobés (que por momentos es recontramolesto), o el humor inocente y chamiguero del correntino. Simplemente, son, y te miran con una cara cruzada si no les tirás el comentario más ingenioso que escucharon en su puta vida. Si no tenés un mango suelto para el liso, es complicado retener al santafesino: no le basta con que le palmees la espalda.

3.

Mariano se llamaba un individualista. Decía que él nunca había tenido un grupo de amigos, que nunca había pertenecido a un club, a una banda, a una congregación religiosa o a cualquier cosa donde más de tres personas se juntaran a debatir, más o menos seriamente, sobre lo mismo. Él siempre había estado solo, y me dijo (la profundidad con la que lo dijo me pareció peculiar) que se debía a su inconstancia. Él no podía ser como el Che, un líder de masas abocado a una lucha popular, simplemente porque era muy vago, o muy volátil. Menos que menos comprometerse con, por ejemplo, clases de tai-chi - porque si hay algo que este Mariano detestaba más que permanecer haciendo siempre lo mismo, era no ser un primus inter pares sino un gil más que el resto del club no tiene en cuenta. Mucha soberbia cargaba este Mariano en el barcito cerca de la cancha del tatengue. Pero era así - yo lo acepté, pero yo hablaba con él y nada más que con él, y el sólo hecho de hablar con él te hace aceptar un poco a tu interlocutor, seguirle un toque el juego para que se abra y se exprese (al menos, a mí me gusta más escuchar que hablar sobre mí mismo). Capaz Mariano me caía bien por el solo hecho de ser santafesino. Santa Fe tiene eso: teñida en birra como está, sabés que probablemente no te vayas a cruzar nunca más con los personajes con los que alguna vez tuviste el gusto. Nadie sabe, pero todos lo suponen.

4.

Viniendo a laburar esta tarde me encontré con un galpón cerrado y un cartel colgado que decía "Cerrado por desinfección". Más vale, porque si hay algo más molesto que convivir con las plagas es convivir con el veneno. Es hasta nocivo. Ojalá (probablemente esté forzándolo mucho a esto, más o menos como hacen los poetas cursis) en esos recauchutajes que tiene que hacer el ser humano, digamos que a nivel espiritual, donde uno se pone a ver su propia vida a ver si está conforme y descubre que no, no está conforme, sería mucho más cómodo abandonar la mente de uno hasta que todo se acomode de vuelta, termine el proceso de transición. Así como la víbora que deja sus pieles viejas por ahí, tiradas, de las que ella ya se escurrió arrastrando el lomo sobre la arena empedrada, mejor sería que nosotros, los humanos, en vez de pensar tanto lo que vamos a hacer y por qué, abandonemos nuestra mente a la deriva (la mandemos al carajo, en el sentido más náutico posible) y dejemos que las cosas fluyan tranquilamente hasta que se acomoden. Algo así como cerrar un galpón ese día en el que vos sabés que está todo a punto de reventar, las termitas royeron todas las paredes de tu cabañita manté y vos estás ahí sin saber qué mierda hacer, parado entre dos vigas que se te parten al medio en el marulo.

5.

Such a lovely place la pija. Pienso en las termitas, pienso en mi primo, pienso en Mariano: sobre todo en Mariano y en su dificultad (congénita, me dice él, porque dicen por ahí que es mucho más fácil echarles la culpa a los padres) de comprometerse con nada. Pienso en mi primo, que se la pasó viajando aunque nunca me dijo a ciencia cierta si era porque estaba disconforme con el lugar donde vivía. Pienso en las termitas, que son como un signo de que todo se está desmembrando y hace falta apartarse, cerrar el galpón y dejar que el veneno actúe. Hace falta cada tanto, como decía hace dos entradas, renovarse un poco, cambiar de aire, ¿no?, para que las cosas no se vuelvan grises y lo mismo siempre.
Así como una ciudad que en cierto momento me pareció bulliciosa y a más no poder cargada de cultura y belleza, y hoy me parece un chanchero sucio donde dos personas no se pueden poner de acuerdo porque sus cabezas son de plomo y sus cerebros son de lana, así es como yo tengo que tomar un toque de distancia y, alejándome del galpón (esto me lo enseñó mi primo más que nadie), conocer cómo se maneja la pelota en otras latitudes... enamorarme de otros aromas... escalar el Uritorco porque está ahí nomás o internarme en un bar para que alguien me suelte un crudo relato de sus dolores de mierda volátiles, que seguirán mañana en su privada vocación -

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