13.6.15

A. Fuguet, "No soy un realista mágico"

Cuando estaba empezando a ser escritor en casa en Santiago, Chile, a finales de los '80, el escritor número uno del país, José Donoso, quien murió más tarde ese año, me invitó a participar en un taller que tendría lugar en su casa, y con el tiempo se volvió una especie de mentor para mí. Normalmente, yo tomaba cualquier consejo que él me ofreciera. Donoso había dado clases de escritura creativa en la Universidad de Iowa durante los años '60, y siempre hablaba de eso con gran nostalgia y respeto. Me alentó a participar en el Programa de Escritores Internacionales allí, y tras un par de cartas y de tirar algunas líneas, viajé a Iowa desde Chile en el verano de 1994 con grandes esperanzas.

Tenía una agenda secreta que no era para nada secreta: quería aprovechar estar en el corazón del corazón de la tierra literaria. Y también quería ser publicado en los Estados Unidos, el hogar de tantos escritores y artistas que me inspiraron. Ser publicado en inglés, en cierto sentido, era como unirse a ese grupo. La ciudad de Iowa, para mí, era la tierra prometida. Me sentía como un verdadero peregrino literario, y sentía totalmente apropiado que mi habitación se llamara "Mayflower". Sentí que había llegado al fin, pero de pronto descubrí también que me faltaba mucho camino por recorrer. A diferencia de la mayoría de los demás participantes, yo no estaba trabajando en mi primera novela. Ya traía tres novelas publicadas bajo el brazo. El problema: que estaban en español.

Mi primera tarde en Iowa probó ser una señal de las cosas por venir. Fui invitado, junto con otros escritores extranjeros, a una fiesta de bienvenida. Había gente de Nigeria, India, Siria, Malasia, Burma, Polonia e Israel. Uno de los coordinadores del programa sugirió que sería genial ver a todos en sus "trajes típicos". Así que, siguiendo su sugerencia, llegué con una remera de MTV Latino (enviada por un VJ amigo mío), shorts sueltos y un par de Birkenstocks. Los coordinadores estaban, por lo menos, decepcionados.

Después de algunas semanas, empecé a sospechar que quizás tendría una chance de ser publicado en inglés, incluso si no tenía el atuendo apropiado. Después de todo, era latino, y todo lo Latino era "caliente". Las estanterías de las librerías estaban regadas con nombres latinos y coloridas sobrecubiertas: Santiago, Álvarez, Cisneros, Anaya, Esquivel, Castillo, Allende, Rodríguez, Viramontes. Parecía haber una ola de hispanohablantes, que yo quería surfear con mi tabla sudamericana. No podía creer mi suerte. Me imaginé que todo lo que tenía que hacer era conseguirme alguien que tradujera lo que escribí, y entonces mi trabajo iba a hablar por sí mismo.

Una estudiante de traductorado me invitó de buena gana a su casa un día. Me sirvió nachos con salsa y puso una cinta de Silvio Rodríguez (un trovador cubano pro-Castro) en un esfuerzo por hacerme sentir "en casa". Empezó nuestra jornada laboral con su opinión: realmente le gustaba lo que yo hacía, pero sentía que, de alguna manera, le faltaba "realismo mágico". Nos enfocamos en eso, pero las abuelitas voladoras y las genealogías obsesivamente construidas no parecían encajar en mi trabajo. Semanas después, la Iowa Review rechazó la primera historia que les envié. En una cortés misiva, me indicaron amablemente que no era lo que estaban buscando. De hecho, la historia que había escrito podría haber tenido lugar ahí, en América, dijeron.

Entendí el mensaje. Sabía que había hecho algo mal, y tuve la desalentadora impresión de que mis días de gloria en Norteamérica habían terminado antes de empezar. "Añadí algo de folklore y una pizca de calor tropical, y volvé más tarde". Ése fue el mensaje que oí. Así que volví a las librerías y miré más de cerca a todas esas novelas con autores hispánicos. Sí, seguro, ellos encajan en la fórmula. Ellos habían hecho la tarea. Cada libro ofrecía, o realismo mágico para colorear, o el culto del subdesarrollo. Sagas de sudorosos trabajadores inmigrantes del campo, el drama de los relegados refugiados políticos o la picante violencia del barrio. Todos temas decentes, por supuesto, pero un poco lejanos de mi existencia de clase media chilena. De repente, me golpeó la certeza: era latinoamericano, está bien - solamente, no era suficientemente Latino. Mis sueños americanos llegaron a un abrupto final.

Adelantemos. Pasaron algunas cosas, y una combinación de suerte, timing y la gente apropiada llegó a mi vida. Mi primer libro, "Mala onda", fue finalmente aceptado para su publicación en los Estados Unidos por una gran casa editorial de Nueva York. Afortunadamente, encontré un editor que se sentía como yo: él se había tragado un montón de aspirantes a García Márquez, pero era un verdadero creyente en el realismo cultural, una especie de escritura a lo NAFTA que sentía que yo ejemplificaba. Genial. De cualquier forma, me doy cuenta ahora que todavía, de alguna manera, no me siento parte del canon Latino. Y me pregunto si algún día lo seré. Pero, ¿qué puedo hacer? Mi idioma es el español y mi hogar está en Sudamérica. ¿Cuánto más Latino puedo ser?

La cosa es que yo me sofoco con el espeso, dulce y húmedo aire con olor a mangos, y me revuelve la panza cuando empiezo a volar entre miles de mariposas coloridas. No lo puedo evitar; soy un morador urbano de pies a cabeza. Lo más cerca que voy a estar de "Como agua para chocolate" es revolviendo los títulos del Blockbuster local.

Reinaldo Arenas, el conocido escritor y exiliado cubano, dio en el clavo cuando atacó a los estereotipos literarios sudamericanos que los (así llamados) países "desarrollados" apadrinaron. "Escribir en América Latina es un drama (consciente o no), puesto entre la eterna maldición del subdesarrollo y el exotismo". Arenas siente que el realismo mágico latinoamericano degeneró al punto de que su tema dominante es nada más que un deseo de satisfacer la sensibilidad hambrienta de magia de los países del Norte. Tiendo a estar de acuerdo con él.

"La otra cara de la maldición es la conformidad. Nosotros [Latinos] somos [considerados] nobles salvajes, seres simples y pasionales cuyo único objetivo en la vida es cultivar una hectárea de campo y bailar cumbia... tomando el camino del exotismo, y con el apoyo paternal y el entendimiento proferido por los europeos y los norteamericanos, uno puede fácilmente alcanzar la fama y la fortuna, y en ocasiones incluso el Premio Nobel".

Exactamente. A diferencia del mundo etéreo del Macondo de García Márquez, mi propio mundo es algo más cercano a lo que llamo "McOndo" - un mundo de McDonald's, Macintoshes y condominios. En un continente alguna vez ultra-politizado, jóvenes escritores apolíticos como yo están escribiendo ahora sobre sus propias experiencias, sin prestar demasiada atención a lo público. Al vivir en ciudades en toda Sudamérica, enganchados a la televisión por cable (CNN en español), adictos a películas y conectados a la Web, estamos lejos de la atmósfera de dulce siesta con olor a jalapeño que alimenta gran parte del paisaje literario sudamericano. Julian Barnes hace eco de este sentimiento en la novela "Flaubert's Parrot", donde su académico narrador declara que la totalidad del realismo mágico debería ser erradicado: "Un sistema de cupos debería ser introducido en la ficción de Sudamérica", dice. El ejemplo que da habla por sí mismo. "Ah, el humus del árbol cuyas raíces crecen hasta la punta de sus ramas, y cuyas fibras sostienen la joroba que impregna por telepatía a la arrogante esposa del dueño de la hacienda..."

Los escritores de hoy que se moldean tras el "boom" latinoamericano de los sesenta (García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, por nombrar algunos), transformaron la escritura de ficción en un negocio de cuentos de hadas, produciendo desvergonzadamente novelas que sirven a las imaginaciones de lectores políticamente correctos - lectores que, al día de hoy, no se imaginan siquiera el realismo cultural latino. David Gallagher, escribiendo desde Chile para el London Times Literary Supplement, considera la oscuridad del realismo como una ventaja: "Estos escritores no tienen una reputación internacional que proteger. Ni sienten la necesidad de sumergirse en las aguas de lo políticamente correcto. Ya que no tienen la ventaja de vivir en el extranjero, no sabrían siquiera como escribir una novela en la PC... no están escribiendo para una audiencia internacional, y por lo tanto, no tineen necesidad de mantener el status quo de la estereotipada Latinoamérica que está empaquetada para exportación".

Creo que el gran tema literario de la identidad latinoamericana (¿quiénes somos?) tiene que pasar a segundo plano respecto al tema de la identidad personal (¿quién soy?). Los escritores del McOndo - como Rodrigo Fresán y Martín Rejtman en Argentina, Jaime Bayly en Perú, Sergio Gómez en Chile, Edmundo Paz Soldán en Bolivia y Naief Yeyha en México, por nombrar algunos - basan sus historias en vidas individuales, en vez de épicas colectivas. Este nuevo género podría ser uno de los epifenómenos de la economía de libre mercado y del frenesí privatizador que barrió con Sudamérica.

No niego que existe un aspecto colorido y exótico de Latinoamérica, pero en mi opinión, la vida en el continente es demasiado compleja para ser categorizada de forma sencilla. Es una injusticia reducir la esencia de Latinoamérica a hombres con ponchos y sombreros, lords pistoleros de la droga y sensuales señoritas bailando salsa. Como un personaje de mi segundo libro dijo: "quiero escribir una saga, pero sin caer en la trampa del realismo mágico. Puro realismo virtual, pura literatura McOndo. Como 'La casa de los espíritus', pero sin los espíritus".

En el pasado, los escritores latinoamericanos se sintieron compelidos a abandonar sus países para poder escribir sobre ellos. No sólo estaban buscando libertad política, sino nutrición cultural. Como expatriados, idealizaban sus países al punto de que crearon un mundo que jamás existió. Yo me siento muy cómodo en mi escritorio en Santiago, escribiendo sobre el mundo a mi alrededor. Un mundo que me llega desde la televisión, la radio, Internet y las películas, que devuelvo a través de mi ficción. Mi ficción latinoamericana.

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