30.6.15

Un atún en el cielo

Una vez me sorprendieron preguntándome sobre tu sistema de creencias. Es algo de lo cual uno puede estar muy orgulloso, pero cuando te preguntan eso quedás como orsai. Es como que te pregunten de qué color son tus calzoncillos. En el momento no te acordás, porque no los ves. A menos, claro, que estés usando uno de esos bóxers con trompita de elefante. Que, metafóricamente, simbolizaría a quienes andan por ahí agitando su gran verga de creencias para que el mundo las admire. Los fundamentalistas de la arrechera.

El que es un poco más disimulado, más tibio y más pudoroso, no piensa todo el tiempo en sus creencias como no piensa todo el tiempo en sus calzoncillos. Eso que llamo sistema de creencias, creo yo, son esas verdades que uno va adoptando de a poco, porque le sirven en la vida. Yo hago las cosas de esta manera porque soy así o asá y probé hacerlas de otra forma pero la verdad es que me fue bien para el orto; entonces adopté la que me sirvió. Eso, suponiendo que todos los que me rodean son seres racionales.

Un sistema de creencias personalizado es como ponerle parlantes a tu fitito aguamarina. Vas por ahí y tu actitud va hablando sobre vos, te precede, te presenta. Las verdades que uno adopta como útiles y personales son basadas en la experiencia, sí, pero en última instancia tienden a que uno vaya mejorando como persona poco a poco. Modelás tu conducta vos solito, si querés. Porque desde que no existe Dios, o no existen papá y mamá, uno solo tiene que ir modelando su conducta. Nadie quiere ser una mierda. A priori, al menos. A algunos les sale. Tiendo a no pensar lo peor.

Como sea, esta semana adopté una nueva y quería presumirla como la trompita de mi elefante. 
La primera: servir cada vez que pueda. Esto tiene que ver un montón con la humildad. En el momento donde no quiero decir "sí" a alguien que me pide un favor, por más nimio que sea (¡más todavía si es nimio, digamos: qué me cuesta!), es porque pienso que, de alguna forma u otra, esa persona no se lo merece. En ocasiones, no por lo que la persona es (hay que reconocer que pedir un favor también es resignar un poco el orgullo de creerse autosuficiente), sino algo más perverso todavía: "esa persona no merece que yo le haga un favor". "Tengo cosas más importantes". Ah, lo necesita, pero no se lo merece. El servicio siempre genera algo bueno. La oportunidad de hacerle un favor a alguien es la oportunidad de hacer algo bueno.

Hay que cuidarse de la soberbia. La soberbia te autoriza ante vos mismo poder cagarte en los otros. Poder hacerles sentir a los otros que no valen tanto, que no merecen tu esfuerzo, que tu persona es sagrada, que tu dolor es único y que tus necesidades son universales. Nadie vale tanto. A veces me sorprendo a mí mismo queriendo cagar más alto de lo que me da el culo, y es ahí donde siento la urgencia interior de ayudar a alguien - lo que yo entiendo como uno de los actos más claramente nobles de los que me siento capaz, porque no soy la Madre Teresa ni mucho menos un mártir.

29.6.15

Cerrado por desinfección

1.

"Such a lovely place la pija", decía memorablemente mi primo, Martín, se ve que desencantado con algún lugar donde vivía. Él vivió en Esperanza, en Buenos Aires, en el sur. En cierto momento estudió cine, en cierto momento se dedicó a dibujar, en algún lugar (me dio a entender) encontró heroína. Ahora es un genio del software libre y no creo que se arrepienta de nada. Siempre me quedó esa frase en la cabeza, que parafraseaba la terrible pesadilla de la canción Hotel California, en sí mismo un lugar infernal. Such a lovely place la pija. No hay nada en este lovely place. Darse cuenta de eso, me parece, es un paso sano.

2.

Y hablando de mi primo, un día conocí en un bar en Santa Fe, cerca de la cancha de Unión, a un tipo llamado Mariano. Santa Fe abunda en eso: en bares, y en gente que se te acerca a hablar. Todavía me acuerdo cuando con Alonso recién desembarcábamos después de una exitosa sesión de road trippin' que nos llevó medio día de nuestras vidas, y lo primero que hicimos fue internarnos a un bar - la humedad era penetrante y la cerveza era barata. Como andaba con la guitarra encima, y relativamente corto de plata, un grupo de borrachos jugadores de rugby nos cambiaron unos tragos de Heineken por un repertorio escueto de Soda Stereo. Algo así fue con Mariano. Digamos que pegamos onda, yo pienso a veces, sólo porque él era santafesino de capital y a mí esa gente me cae bien, como que tengo un feeling, digamos. Los santafesinos son gente muy seria que no maneja el humor irónico cordobés (que por momentos es recontramolesto), o el humor inocente y chamiguero del correntino. Simplemente, son, y te miran con una cara cruzada si no les tirás el comentario más ingenioso que escucharon en su puta vida. Si no tenés un mango suelto para el liso, es complicado retener al santafesino: no le basta con que le palmees la espalda.

3.

Mariano se llamaba un individualista. Decía que él nunca había tenido un grupo de amigos, que nunca había pertenecido a un club, a una banda, a una congregación religiosa o a cualquier cosa donde más de tres personas se juntaran a debatir, más o menos seriamente, sobre lo mismo. Él siempre había estado solo, y me dijo (la profundidad con la que lo dijo me pareció peculiar) que se debía a su inconstancia. Él no podía ser como el Che, un líder de masas abocado a una lucha popular, simplemente porque era muy vago, o muy volátil. Menos que menos comprometerse con, por ejemplo, clases de tai-chi - porque si hay algo que este Mariano detestaba más que permanecer haciendo siempre lo mismo, era no ser un primus inter pares sino un gil más que el resto del club no tiene en cuenta. Mucha soberbia cargaba este Mariano en el barcito cerca de la cancha del tatengue. Pero era así - yo lo acepté, pero yo hablaba con él y nada más que con él, y el sólo hecho de hablar con él te hace aceptar un poco a tu interlocutor, seguirle un toque el juego para que se abra y se exprese (al menos, a mí me gusta más escuchar que hablar sobre mí mismo). Capaz Mariano me caía bien por el solo hecho de ser santafesino. Santa Fe tiene eso: teñida en birra como está, sabés que probablemente no te vayas a cruzar nunca más con los personajes con los que alguna vez tuviste el gusto. Nadie sabe, pero todos lo suponen.

4.

Viniendo a laburar esta tarde me encontré con un galpón cerrado y un cartel colgado que decía "Cerrado por desinfección". Más vale, porque si hay algo más molesto que convivir con las plagas es convivir con el veneno. Es hasta nocivo. Ojalá (probablemente esté forzándolo mucho a esto, más o menos como hacen los poetas cursis) en esos recauchutajes que tiene que hacer el ser humano, digamos que a nivel espiritual, donde uno se pone a ver su propia vida a ver si está conforme y descubre que no, no está conforme, sería mucho más cómodo abandonar la mente de uno hasta que todo se acomode de vuelta, termine el proceso de transición. Así como la víbora que deja sus pieles viejas por ahí, tiradas, de las que ella ya se escurrió arrastrando el lomo sobre la arena empedrada, mejor sería que nosotros, los humanos, en vez de pensar tanto lo que vamos a hacer y por qué, abandonemos nuestra mente a la deriva (la mandemos al carajo, en el sentido más náutico posible) y dejemos que las cosas fluyan tranquilamente hasta que se acomoden. Algo así como cerrar un galpón ese día en el que vos sabés que está todo a punto de reventar, las termitas royeron todas las paredes de tu cabañita manté y vos estás ahí sin saber qué mierda hacer, parado entre dos vigas que se te parten al medio en el marulo.

5.

Such a lovely place la pija. Pienso en las termitas, pienso en mi primo, pienso en Mariano: sobre todo en Mariano y en su dificultad (congénita, me dice él, porque dicen por ahí que es mucho más fácil echarles la culpa a los padres) de comprometerse con nada. Pienso en mi primo, que se la pasó viajando aunque nunca me dijo a ciencia cierta si era porque estaba disconforme con el lugar donde vivía. Pienso en las termitas, que son como un signo de que todo se está desmembrando y hace falta apartarse, cerrar el galpón y dejar que el veneno actúe. Hace falta cada tanto, como decía hace dos entradas, renovarse un poco, cambiar de aire, ¿no?, para que las cosas no se vuelvan grises y lo mismo siempre.
Así como una ciudad que en cierto momento me pareció bulliciosa y a más no poder cargada de cultura y belleza, y hoy me parece un chanchero sucio donde dos personas no se pueden poner de acuerdo porque sus cabezas son de plomo y sus cerebros son de lana, así es como yo tengo que tomar un toque de distancia y, alejándome del galpón (esto me lo enseñó mi primo más que nadie), conocer cómo se maneja la pelota en otras latitudes... enamorarme de otros aromas... escalar el Uritorco porque está ahí nomás o internarme en un bar para que alguien me suelte un crudo relato de sus dolores de mierda volátiles, que seguirán mañana en su privada vocación -

28.6.15

Ken Kesey y el primer gran viaje

I'm taking my time for a number of things
that weren't important yesterday...
The Beatles, Fixing a hole

Este libro que estoy leyendo es indescriptible. Para empezar, creo que no está editado en español, por lo tanto la traducción que voy a intentar a continuación es totalmente casera y fue muy, muy jodida de hacer. El texto se llama The Electric Kool-Aid Acid Test y el autor es Tom Wolfe, egresado magna cum laude de la escuela del Nuevo Periodismo norteamericano junto con otros lindonenes como Norman Mailer, Truman Capote o ese tal doctor Thompson.

El libro narra las aventuras de quien fuera visto como el Cristo de los hippies, un escritor oriundo de Colorado llamado Ken Kesey. Mientras viviera en una legendaria comuna de jóvenes en San Francisco llamada Perry Lane (no confundir con Penny Lane, ¿o sí?), a principios de los '60, Kesey conoce a un tipo llamado Lovell que le sugiere la idea de hacerse conejillo de indias en un hospital en Menlo Park.

Lo que sigue es historia, que me encantaría haberla podido contar yo en los deliciosos términos que Tom Wolfe utiliza y que son, en su mayoría, juegos de palabras intraducibles. Bah, quizás no tanto porque son juegos de palabras (traducir el Ulises es un dolor de huevos, pero, bueh, se pudo), sino por el hecho mismo que relata: la experiencia de Ken Kesey es, sencillamente, incomunicable. Todo aquél que haya vivido una experiencia similar, sabrá en qué consiste la complicación de querer transmitirla, y podrá intentar (bah, si mi traducción, mal que mal, se entiende) imaginar de qué se trata.

Como nota de color. Una parte de este fragmento fue publicado por ahí como una crítica de Tom Wolfe a la película de Godard, Adiós al lenguaje, que se estrenó en el 2014. Bastante curioso, porque el libro se publicó casi cuarenta años antes. Pero con los genios nunca se sabe.


La persona más interesante que [Ken Kesey] conoció en Perry Lane, que no pertenecía a ninguno de los novelistas ni intelectuales, era un joven egresado de psicología llamado Vic Lovell. Lovell era como un analista vienés, o al menos una versión californiana de uno. Era esbelto, con salvaje cabello oscuro, brillante intelectualmente y al mismo tiempo muy desenvuelto. Él introdujo a Kesey en la psicología freudiana. Kesey nunca se había encontrado con un sistema de pensamiento así. Lovell podía señalar, de la forma más persuasiva, cómo los mundanos rasgos y manías que ocurrían en Perry Lane encajaban en la más rica y compleja metáfora del mundo alguna vez diseñada, léase, la de Freud... y con un poco de nafta experimental...
Sí. Lovell le contó acerca de algunos experimentos que se estaban llevando a cabo en el Hospital de Veteranos en Menlo Park, que involucraban drogas "psicomiméticas", drogas que inducían estados temporarios semejantes a la psicosis. Estaban pagando a los voluntarios 75 dólares al día. Kesey se presentó. Era todo muy correcto y clínico. Lo acomodaron en una cama en una habitación blanca y le dieron una serie de cápsulas, sin decirle qué eran. Una era nada, un placebo. Otra era Ditran, que siempre causaba una terrible experiencia. Kesey siempre se daba cuenta de ella, porque los hilos de la frazada con la que se tapaba empezaban a parecerse a un campo de horribles y enfermizas espinas, y él se metía el dedo en la garganta e intentaba vomitar.
Pero una de ellas - la primera cosa que supo sobre ella era que una ardilla había arrojado una bellota desde un árbol afuera; sólo que la bellota sonó tremendamente fuerte, como si no estuviera afuera sino ahí mismo en el cuarto con él y no fuera realmente un sonido, sino una gran presencia envolvente, visual, casi táctil, un verdadero impacto de... azul... todo alrededor de él, y de repente estaba en una esfera de conciencia sobre la que él jamás había soñado antes y no era un sueño ni un delirio sino una parte misma de su percepción. Mira al techo. Se empieza a mover. Pánico - y sin embargo no hay pánico. El techo se está moviendo - no en un torbellino alocado sino al ritmo de su propia cadencia su propia cadencia de luz y sombra y superficie no precisamente tan suave y agradable como el yeso Super Plaster con un nivel infalible de carpintería revoque burbuja deslizándose en turbia miel tubo de jarabe Karo no tan a prueba de tontos como pensabas, viejo, pequeñas crestas y grumos ahí, y líneas, líneas como espinas en crestas de olas de una película de un desierto blanco cada uno con una sombra de un plano largo de MGM del ominoso árabe viniendo sobre la próxima cresta mientras sólo el siniestro sarraceno puede ver el camino y no sabías vos cuántas historias dejaste atrás, Hombre de Yeso, tratando de suavizarlo todo, todo eso, con tu burbuja y tu revoque de carpintero de tubo de miel, para hacer que todos los que estamos acá abajo veamos nada más que techo, porque todo lo que conocemos es el techo, porque tiene un nombre, techo, por lo tanto es nada más que techo - no hay espacio para árabes en la Tierra del Revoque, eh, Hombre de Yeso. De pronto él es como una bola de ping-pong en una inundación de estímulos sensoriales, corazón que late, sangre que fluye, aliento que suspira, dientes que rechinan, manos que se mueven en la sábana de percal sobre miles de pinceladas de fuego, luz del sol y el reflejo sobre una caña de acero, qué pedacito de película tenés ahí en ese reflejo, Hondo, Technicolor, elegir uno es como ir pescando bolas de neón con una pala de vapor en la casa de los juegos, una bola de ping-pong en una inundación de estímulos sensoriales, todos bastante ordinarios pero... revelándose por primera vez y sucediendo... Ahora... como si por primera vez él hubiera entrado a un momento en su vida y sabido exactamente qué es lo que está pasando con sus sentidos ahora, en este momento, y con cada nuevo descubrimiento era como si hubiera entrado él en todo, es uno con eso, la película desierto blanco del cielo se convierte en algo rico, personal, suyo, hermoso más allá de la descripción, y sus árabes - árabes más allá de los párpados, películas parpadianas, hay espacio para ellos y un montón más en los cinco mil millones de pensamientos por segundo, sinapsis estroboscópicas - sus héroes árabes, bellos bigotes de crin envueltos sobre sus músculos orbiculares -
¡La cara! El doctor vuelve y, maravilloso, pobre doctor culo de cono, doc, Kesey puede ver dentro de él. Por primera vez se da cuenta que el labio inferior del doctor está temblando, pero él, más que ver el temblor, lo entiende - puede ¡casi ver! - cada fibra muscular cruzada, tirando la pobre gelatina de su labio a la izquierda y las fibras una por una llevadas de vuelta a las infrarrojas cavernas del cuerpo, a través de transistores internos de nervios enredados, cada uno en Alerta Roja, los pequeños anzuelos interiores del pobre bobo desesperadamente tratando de mantener a los pequeños bastardos inquietos ahí, soy el Doctor, este es un espécimen humano ante mí - el pobre bobo tiene su propio desierto blanco en su interior, sólo que las crines de cada árabe son una amenaza - si tan sólo su labio, su cara, se quedaran niveladas, niveladas como la burbuja de miel del Hombre de Yeso Oficial le aseguraran que él -
¡Milagroso! Él podía realmente ver dentro de la gente por primera vez - 
Y sí, esa pequeña cápsula deslizándose milagrosamente por su garganta era LSD.

Tom Wolfe
The Electric Kool-Aid Acid Test

27.6.15

Los peces rojos de Reconquista

El reglamento del buen bloguero (bah, lo que pude leer de él, porque después se me cayó el mate encima) tiene dos reglas bastante importantes. La primera es la constancia. Por fidelidad al lector, que también es fiel, tenés que publicar con una cierta regularidad; no importa si es una o dos veces por semana, o todos los días. En las palabras de Sir Chandler, bloguero exitoso (uno de los pocos que hacen guita en el oficio): a nadie le gusta un blog que deja de publicar un tiempo y vuelve un tiempo después. Es cierto, te saca canas verdes. Yo soy de esos, y lo asumo, y es parte importante de mi contra-manifiesto bloguero que soy muy haragán para escribir.
La segunda regla es que un blog sirve para escribir sobre un tema que vos elijas. Puede ser lo que te gusta, lo que te interesa más o menos, lo que te da de comer. Un blog, en un sentido muy amplio, sirve tanto para emitir esa opinión que a nadie le calienta tres carajos como para publicar noticias de primera mano sobre perritos pekineses, canastos de mimbre o activismo ambiental. En última instancia, el premio será que el blog encontrará lectores con intereses afines, porque geeks hay para todos los gustos. Hay de todo en la viña de Bill Gates.

No le daba mucha pelota a la segunda regla, pero sí que le daba bola a la primera. Desde el primero de junio me hice una promesa a mí mismo de publicar una entrada por día, así sea una pavadita.
Decía un periodista que conocí, en mis tiempos de periodista (!), que hacer una buena nota en un diario (lo que en un blog equivale a poder hilvanar dos oraciones medianamente picantes) es como cocinar unas milanesas: sale. Algunas veces más quemadas, algunas veces mejor, pero sale. Yo me justifico de oficio: salía. No todos los días requería agudeza mental, ni producción propia - pero vuelva mañana. Yo mismo, cada vez que escribo, siento que estoy a punto de escribir esa gran cosa que me va a autorizar a quedarme de patas cruzadas todo el mes, felicitándome por haber llegado a la cumbre del estilo. Nunca pasa. Menos mal mbaé.

Tercera regla es abandonar el metablogueo tarde o temprano. Del domingo al jueves estuve en la encantadora ciudad de Reconquista, Santa Fe, para visitar a mi viejo y olvidarme de todo el resto. Suena delicioso, pero no paró el agua ni un minuto y el pueblo está lleno de barro por donde lo veas.
Pero recién, al llegar acá (como quien se despierta de un sueño, y se da cuenta que fue un lindo sueño) me di cuenta que me sirvió para bajar cinco cambios. Andaba innecesariamente ansioso. Creo que la forma más sencilla de explicar esto es la siguiente: en una ciudad sin Subway, no te das cuenta siquiera que necesitás un Subway. Y así con un montón de cosas.

Qué se yo. Vivimos rodeados de cosas prescindibles. Gastás guita. Y la guita, si no te cayó del cielo, implicó tiempo invertido. Y así. En la urbe, todo queda el triple de lejos. Y para colmo te clavan un paro de bondis un jueves, lo que implica que para llegar a eso que querés (que ni vos sabés qué es: un desayuno barato, una pilcha, ir a cursar) tengas que patear cuarenta cuadras bajo la fina llovizna.
Este círculo vicioso de consumo-trabajo, o como quieras llamarle, es el requisito básico de supervivencia en una ciudad como Córdoba. Ni quiero pensar en Buenos Aires y en sus millares de trabajadores varados por el paro sorpresivo del subte C en hora pico. Es requisito, más que nada, para no perder la cabeza, porque estar al pedo en una ciudad donde todos están tan acelerados te genera angustia y ansiedad, te hace sentir un inútil. Al menos me pasa a mí. El cable a tierra que pensé que tenía, léase la cultura (esa palabra que, por sí sola, no sirve mucho más que para endiosar boludos), terminó volviéndose una responsabilidad más. Ir a ver una obra de teatro no me relajaría un carajo; antes prefería aflojar uno por uno los bulones de la rueda de un camión.

Nada. Por ahí se trata de ir buscando constantemente cosas distintas. Puede decirse que las grandes ciudades son, también, escenario de grandes cambios: pero la mayoría del tiempo uno está laburando mucho para darse cuenta de los detalles. En el pueblo no pasa: es casi como si los detalles fueran todo lo que hay.
Cuando entré a la pensión donde vive mi viejo, un encantador edificio de tres bloques con espacios compartidos, un vivero en construcción y barro adentro y afuera, pasé al jardín: los helechos colgaban del techo, el aloe vera estaba en macetas flotantes y en el medio, un cantero donde había estado un árbol, estaba lleno de agua, enrejado y lleno de camalotes. Cuando me acerqué, lo vi: adentro había diez pececitos rojos.

Ahí me di cuenta de lo que consistía realmente eso del cable a tierra. Para que me yo me relaje, tengo que dejar de vivir, necesariamente, más de lo mismo todos los días. Hasta la cosa más linda se puede volver costumbre, así que tengo que andar por ahí con cuidado.
No sé.
¿Para ustedes también?


21.6.15

El otro. Cucurto

No sé ustedes, pero una de las cosas que más me cuesta a mí es enfrentarme con las personas distintas a mí.
Sobreponerse a los prejuicios es una tarea grossa. Todo lo nuevo puede resultar inabarcable, llamativo, escandaloso, múltiple, etc. Rara vez, un camino de descubrimiento está signado por la seguridad y la comodidad: es como pretender descubrir América navegando en círculos. Al enfrentarse con un otro totalmente distinto a uno, o a enfrentarse a muchos otros muy distintos entre sí y a uno, la propia identidad se pone en jaque, y ahí uno decide si asirse a ella desesperadamente (babeando adjetivos: "grasa", "loco", "freaky", "negro", "queer", "fumón", haciendo un intento liviano de entender al otro, simplificándolo o ridiculizándolo), o soltarse de a poco, tratar de entender qué es lo que motiva al otro, qué es lo que lo apasiona. Nada fácil, pero mucho más interesante.

Se me hace que la historia argentina está minada de estos episodios: nunca supimos bien quiénes somos.
Cuando llegamos ya había gente. El mestizaje fue una prohibición que en la frontera se desdibujaba un poco. El criollo siempre fue un híbrido. La pretendida pureza siempre fue cosa muy de las capitales y la Argentina siempre fue más grande que su capital.
En cierto momento, según escuché, cayeron los jesuitas a "educar a los indios". Al final, los indios terminaron educándolos a ellos: los curas aprendieron guaraní, en ese idioma publicaron libros de gramática, astronomía, e incluso compusieron canciones.¹
Después nos independizamos. Ponele. Había que encarar un proyecto de país, y a alguien se le ocurrió que debía ser medianamente homogéneo. Convencido de que la Argentina estaba llena de salvajes, el aparato estatal acordó realizar un exterminio masivo. La pampa debía ser la campagne, blanca y culta. Algunos años después, la ola inmigratoria europea haría que más de la mitad de los que vivían en Buenos Aires fuesen extranjeros. Hoy se da en menor medida. Y el argentino "bien", un siglo después de haber asimilado en su sangre la influencia italiana, se dedica de lleno a denigrar al peruano de Constitución.

No soy experto. Ni historiador. Ni antropólogo. Pero no puedo evitar darme cuenta de lo siguiente: que si bien ningún pueblo está totalmente solo, nosotros mucho menos.
Lo expuestos que estamos a la alteridad (hermosa palabra que me enseñó Maru Melzner una vez) hace que constantemente tengamos que estar tomando decisiones respecto a nuestra propia identidad: qué es lo que tomamos de nuestros vecinos, qué es lo que descartamos, qué nos molesta de ellos y qué nos atrae. O, al contrario, decidirnos a hacer como que no están: dejar que se invisibilicen, que se vayan borrando, y si alguna vez son sometidos a alguna injusticia, decir simplemente: "no es mi problema: nadie los mandó a que se vengan a vivir acá".

Esta última siempre me pareció una decisión un poco cobarde. El mundo es demasiado amplio, demasiado múltiple, como para que no quede chica la decisión de no darle bola.

Un poema de Washington Cucurto, argentino nacido en Quilmes, y lo pongo porque lo expresa él mucho mejor que yo y en menos palabras.

Lluvia de estrellas

Idalinas, Justinas, Miguelinas,
Carolinas, Karinas, Cilicias y Ferisbundas;
Clarisas, Clementinas, ¡Arielinas!
Marielqui, Marielbi, Marilyn Sunildas;
Maripili, Mandalia, Mariola, Mariolga,
Yulis, Yulisas, Sunilditas;
Chechés, Casianas, Ignacias,
Janiras, Zenaidas, Yunisleidis.
Macorinas, Miraflorinas, arequipeñas,
maguaneras, itacurubienses, coqueñas;
risas, llantos, ruegos, alegres alegrías;
risas, rosas, flamboyanes, flanes,
pitaháyas, sancochos y sandias;
chipaguazús, añaretás, yasiterés,
curepís, mombayés, porá limbós.

20.6.15

Pound/Muchacha punk

Great literature is simply language charged with meaning to the utmost possible degree.
Ezra Pound

Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló: —Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido —afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada.
"Muchacha punk", R. Fogwill 

19.6.15

Latinoamérica, 1

Como en todas las culturas antiguas, la música es mediadora entre el hombre y las fuerzas naturales; por ella el hombre se reintegra al universo, recupera la unidad perdida; pero en el caso del indio, y del latinoamericano en general, este reencuentro posee un sentido también histórico e ineludiblemente social y político. Los que pretenden ver ese mundo desde fuera -viajeros de ayer y etnólogos de hoy- no se cansan de hablar de la tristeza del indio y de su música, como si se tratara de un ser nacido para la melancolía y la resignación. 

José María Arguedas no calla esa tristeza, pero también nos hace conocer la alegría, al penetrar el sentido profundo de ese lenguaje por el cual "el mundo se acercaba de nuevo, otra vez feliz". La música forma parte de la misión del hombre de restablecer los equilibrios cósmicos. Tristeza, furia, alegría, esperanza, nos llegan en la voz de este intérprete de su pueblo en tono triunfal, coral:
¿Quién puede ser capaz de señalar los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de estas puede el hombre llorar hasta consumirse, pero podría igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones y contra los monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las faldas llenas de sombra de las montañas. Yo me sentía mejor dispuesto a luchar contra el demonio mientras escuchaba este canto. Que apareciera con una máscara de cuero de puma, o de cóndor, agitando plumas inmensas o mostrando cuchillos, yo iría contra él, seguro de vencerlo. (Arguedas, 1965) 

Leonardo Acosta, Música y descolonización

18.6.15

Latinoamérica, 2

La crónica es un género altamente latinoamericano para el cual los latinoamericanos no estamos del todo equipados. Me resultaba curioso, sobre todo cuando viajaba por ahí, pensar que tenía una gran ventaja al mismo tiempo gran desventaja- y es que yo como argentino no tengo una mirada programada. Si fuera francés vería todo a través del racionalismo cartesiano; si fuera inglés miraría con los ojos de un lord del imperio; si fuera norteamericano miraría con los ojos del patrón. No perteneciendo a ninguna de estas culturas fuertes, tenemos unos ojos que deben inventarse todo el tiempo a sí mismos. No sabemos desde dónde estamos mirando y eso por un lado es una debilidad y por otro es interesante porque nos obliga a crear el lugar desde el que estamos mirando.
Caparrós 

17.6.15

Diamonda & Beth

El fin de semana Roman y yo fuimos a la Fiesta del Orgullo Gay en el VFW Hall de nuestra pequeña ciudad. El pequeño encuentro era un evento sin mucho color, donde asistió mayormente gente blanca de cincuenta o sesenta años. La juventud no entiende la celebración, no imagina que los Estados Unidos, tierra de la libertad, solía poner gente en la cárcel sólo por ser gay. Me alegra que ellos no tengan que lidiar con ese absurdo.

Roman y yo estábamos parados por ahí disfrutando una cerveza y hablando sobre cómo todo el mundo estaba un poco pasado de peso, incluyéndome a mí, cuando se aproximó con entusiasmo una mujer de mediana edad.

—Charles— dijo, sonriendo. No pude esconder el hecho de que no la reconocía.
Se volvió a Roman y se presentó como Diamonda. No reconocí el nombre, aunque algo se me hacía familiar.
Después se volvió a mí y me dijo: —Soy Richard... solía ser Richard.

Pensé "Dios mío". Era Richard. Tiempo antes de que Roman llegara a mi vida yo había sido muy cercano a Richard y a su esposa Beth. Dictábamos un seminario en la Universidad. Era a finales de los sesenta, así que por supuesto, habíamos experimentado con la moda el momento: el menage a trois.

—Por Dios Richard, ¿qué pasó con Beth? —tartamudeé.
Ella se rió. —Ya te traigo a Beth.
Un momento después Richard volvió con Beth. Era Beth, la reconocí inmediatamente. Había envejecido con gracia.
Les sonreí y dije: —OK, explíquenme. 

Ambos estallaron en cálidas risas.

La versión corta es que Richard era transgénero. Richard no era gay así que el amoroso matrimonio había continuado con Beth, quien apoyaba totalmente la evolución. Les pregunté si este cambio significaba que ahora eran lesbianas. Diamonda me guiñó el ojo con una sabia sonrisa. No estaba seguro de qué significaba eso. Beth dijo que eran algo así como lesbianas, sólo que con un dildo orgánico. Me tomé una pausa para imaginarme eso. Técnicamente, su relación todavía era de marido y esposa, todavía un hombre y una mujer, una delicia para los conservadores de todo el mundo. En vez de divorciarse, ellos reprogramaron sus cerebros para crear una nueva relación basada en la realidad. Eso era tan Richard y Beth. Gente asombrosa.

Encontrar la felicidad en la vida es el objetivo primario, aún si constantemente cambiante, así que, desde luego, estaba sinceramente feliz por ellos, aunqe Diamonda iría a requerir algo de reprogramación en mi cerebro también. Continuaba viendo a alguien que no conocía.

Roman estaba un poco confundido por el hecho de que yo había intimado con ellos, aunque el amor libre era la norma en ese entonces y compartir el amor era un honor.
Lo que Roman vio fueron dos damas viejas. Pero cuarenta años atrás, ellos eran una genial pareja de hippies. Ella tendía a la figura de cantante folk y él, a la del poeta oscuro. Beth era una de las que originalmente me trajo a su cama, pero Richard era el que me mantuvo allí. Con Richard creció mi primer enamoramiento hacia un hombre, aunque su corazón pertenecía ya a Beth.

Ahora me doy cuenta que mi primer enamoramiento a un hombre era en realidad hacia una mujer llamada Diamonda que tenía un dildo orgánico. No voy a pensar más en eso.


Charles Bobuck

16.6.15

El gran juego de Marechal

El lunes salió una noticia sobre la inauguración de una muestra sobre Leopoldo Marechal en un excelso centro cultural que, naturalmente, no queda en otro lugar que en Buenos Aires, primer y último lugar del país donde la muestra va a realizarse. La misma se llama "El gran juego" y, según la directora a cargo, alude a un pasaje del Banquete de Severo Arcángelo, que dice: "el hacedor construye y destruye los mundos como jugando".

Al principio lo sospechaba, pero después mi sospecha adquirió vigencia: Marechal es un autor de un profundo interés espiritual.
María Rosa Lojo, la directora académica, percibe en él sobre todo alquimia y filosofía oriental, que le ayudan a fundir lo nacional en lo universal y conformar un Buenos Aires en cuyas calles se disputan el cielo y el infierno. Qué otra cosa es un poeta que despierta a un filósofo en una pensión en un barrio porteño, ante las burlas de los albañiles italianos. Su obra tiene una trascendencia y un simbolismo particular. Otro pasaje del Banquete citado en la noticia, un poco audazmente puesto bien al principio de la noticia, es el siguiente: "Hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta."

No obstante todo eso, Marechal fue leído muchas veces en clave política, como baluarte de un movimiento concreto: el peronismo. Por más bienintencionada que pueda ser esta lectura (aunque todos sabemos que la lectura política siempre está abierta a manipulaciones), es incompleta, y no hay que olvidar esto. A veces se lo lee como peronista más que como creyente, porque ser creyente está un poco devaluado, un creyente no te resuelve las cosas que te resuelve un militante. "El que no es escéptico tiene mala prensa". Pero, para mí, descalificar de entrada la dimensión espiritual no es más que un fruto del desdén de una sociedad hiperrealista que no quiere confiar en símbolos o en creencias más de lo que quiere confiar en sus propios discursos - ambiguos, falseados, dignos de duda.

Marechal aparece como una oportunidad de recuperar esta dimensión espiritual.
Sus obras pueden ser leídas con placer por un antiperonista, sino véanlo a Cortázar. Lo más prudente, para mí, es eximirlo de convertirse en bandera. Entretanto, yo lo admiro al tipo por declararse un creyente para urticaria de todos los intelectuales, para que los que la negación de la existencia de un ser "divino" está requerida como una operación automática de la mente (o snobismo, como dicen por ahí).

Tema aparte. Me parece perversamente justo insistir. Para vos, sanjuanino del interior o habitante del Impenetrable chaqueño lector de Marechal, o incluso habitante de la segunda gran urbe argentina como es Córdoba: si te interesa el tema, viajá a Capital o jodete. Esto que llaman Cultura se consume solamente allí y en el interior funciona más bien como una máquina perpetua de endiosar boludos. Y larga vida a los trenes... ya que estamos panfleteando.

15.6.15

Retrato de Camille Claudel

Hoy no voy a contar nada sobre mí. Bah, no tengo una vida muy interesante: recepcionista turno noche en un hotel vacío. Si pudiera ser recepcionista freelance, seguramente tendría menos problemas. Así, apago las luces y pongo un despertador: me pagan por eso. Tanta suerte no dura.

Tengo ganas de hablar de ella: Camille Claudel. Es una escultora francesa de finales del siglo XIX, cuando Francia era el centro fulgurante de Occidente. Vivió en el Boulevard de Pont-Royal, en una hermosa casa con un portón de madera negra, y fue compañera y musa inspiradora del gran revolucionario de la escultura moderna, Auguste Rodin. Llegaría a ser una amante clandestina de Rodin, quien la mantendría con lo que él llamó "escultura alimentaria": obras de calidad artística menor que él vendía para sobrevivir. Poco tiempo después, Debussy se enamorará también de ella.

Camille, desolada, se encierra en su taller, y a los cuarenta años de edad realiza su última gran exposición de arte. Desde entonces se dedicará a destruir sus obras en crisis nerviosas sucesivas. Muere en Vaucluse a los 78 años.


14.6.15

La cadena

Por espacio de tres largas semanas, el año pasado, trabajé en Lapana.
Siempre digo dos cosas: una, que trabajé dos meses (garpa en el currículum vitae), y que era el infierno. A esto no lo escondo ni en una entrevista laboral. Realmente era un laburo de mierda. Lo sabía porque un amigo trabajaba conmigo, y sintió lo mismo que yo: en una ocasión, tuvo que aguantar y respirar hondo para no quebrarse frente a las mesas. Me enteré que no nos pagaban lo mismo, a mí me pagaban mucho menos. Me debían francos porque yo no los reclamaba. Me tenían de acá para allá porque pensaban que era un inútil. Probablemente lo era. Y por eso estaba ahí. Recuperé mi dignidad sólo cuando renuncié sin previo aviso. Entré un sábado, dejé el uniforme sobre la mesa, y le dije: "conseguí otra cosa, muchas gracias". No tenía trabajo, pero me sentía capaz de aguantar cualquier cosa. No me importó. Nadie me había enseñado que las cosas pueden ser de otro modo, y eso es algo que en el trabajo no te van a decir nunca. Cuando te contratan hay dos opciones: o trabajás con nosotros, o sos un vago de mierda que no quiere trabajar. No es así, y a eso lo aprendí bastante tiempo después.

Renunciar ahí fue como un acto fundacional que inauguró un ciclo de andanzas que eran un paso necesario para ir conociendo eso que llaman el mercado laboral, que a mi ver se parece más a una jungla que a un shopping.
En cierto momento aprendí la gran lección del laburante: siempre que pueden, te explotan. Gran verdad enunciada por la Chiqui Legrand. Me acordaba de ella cada vez que tenía que me tocaba cobrar un jornal igual en pesos así trabajara seis horas o doce. Aprendí un montón sobre el mundo práctico, ese mundo con el que todos chocamos tarde o temprano.

Me tomó un año aprender que en realidad, lo único valioso para mí era mi propio tiempo. Me enfrasqué en cambiar un poco mi forma de pensar: hay ciertas cosas con las que no voy a negociar. Mis ganas de recibirme, por ejemplo, van a ser una de ellas. Hay que mirar un poco más lejos que del día a día, conforme se van acumulando los calendarios viejos. Suena tonto, pero funciona. ¿Por qué? Porque mi vocación no es ser panadero. Eso es algo que siento que tengo que dejar en claro muy de entrada. Entonces, no voy a laburar siete días a la semana, ocho horas por día, con una sonrisa en la cara como si realmente fuera mi vocación ser panadero. ¿No queda otra? Sí, sí queda otra. Siempre queda otra.

Porque así como quien nunca trabajó tiene el hábito de perderse en su propio ocio, y terminar deprimiéndose por pensar demasiado; quien trabajó toda su vida en un trabajo que odia tiene un hábito igual de malsano, que es acostumbrarse y dejar que el trabajo le absorba; le termina resultando menos gratificante renunciar que quedarse. Sumar años de antigüedad no está mal.
Yo, quizás demasiado idealista (pero de nuevo, ¿qué es lo contrario de ser idealista?), prefiero no sumar años, por ejemplo, en Lapana. Antes prefeririría poder sumar años haciendo trabajo comunitario en la cárcel, porque significaría que al menos una vez obedecí a un impulso personal de desobedecer la ley.

13.6.15

A. Fuguet, "No soy un realista mágico"

Cuando estaba empezando a ser escritor en casa en Santiago, Chile, a finales de los '80, el escritor número uno del país, José Donoso, quien murió más tarde ese año, me invitó a participar en un taller que tendría lugar en su casa, y con el tiempo se volvió una especie de mentor para mí. Normalmente, yo tomaba cualquier consejo que él me ofreciera. Donoso había dado clases de escritura creativa en la Universidad de Iowa durante los años '60, y siempre hablaba de eso con gran nostalgia y respeto. Me alentó a participar en el Programa de Escritores Internacionales allí, y tras un par de cartas y de tirar algunas líneas, viajé a Iowa desde Chile en el verano de 1994 con grandes esperanzas.

Tenía una agenda secreta que no era para nada secreta: quería aprovechar estar en el corazón del corazón de la tierra literaria. Y también quería ser publicado en los Estados Unidos, el hogar de tantos escritores y artistas que me inspiraron. Ser publicado en inglés, en cierto sentido, era como unirse a ese grupo. La ciudad de Iowa, para mí, era la tierra prometida. Me sentía como un verdadero peregrino literario, y sentía totalmente apropiado que mi habitación se llamara "Mayflower". Sentí que había llegado al fin, pero de pronto descubrí también que me faltaba mucho camino por recorrer. A diferencia de la mayoría de los demás participantes, yo no estaba trabajando en mi primera novela. Ya traía tres novelas publicadas bajo el brazo. El problema: que estaban en español.

Mi primera tarde en Iowa probó ser una señal de las cosas por venir. Fui invitado, junto con otros escritores extranjeros, a una fiesta de bienvenida. Había gente de Nigeria, India, Siria, Malasia, Burma, Polonia e Israel. Uno de los coordinadores del programa sugirió que sería genial ver a todos en sus "trajes típicos". Así que, siguiendo su sugerencia, llegué con una remera de MTV Latino (enviada por un VJ amigo mío), shorts sueltos y un par de Birkenstocks. Los coordinadores estaban, por lo menos, decepcionados.

Después de algunas semanas, empecé a sospechar que quizás tendría una chance de ser publicado en inglés, incluso si no tenía el atuendo apropiado. Después de todo, era latino, y todo lo Latino era "caliente". Las estanterías de las librerías estaban regadas con nombres latinos y coloridas sobrecubiertas: Santiago, Álvarez, Cisneros, Anaya, Esquivel, Castillo, Allende, Rodríguez, Viramontes. Parecía haber una ola de hispanohablantes, que yo quería surfear con mi tabla sudamericana. No podía creer mi suerte. Me imaginé que todo lo que tenía que hacer era conseguirme alguien que tradujera lo que escribí, y entonces mi trabajo iba a hablar por sí mismo.

Una estudiante de traductorado me invitó de buena gana a su casa un día. Me sirvió nachos con salsa y puso una cinta de Silvio Rodríguez (un trovador cubano pro-Castro) en un esfuerzo por hacerme sentir "en casa". Empezó nuestra jornada laboral con su opinión: realmente le gustaba lo que yo hacía, pero sentía que, de alguna manera, le faltaba "realismo mágico". Nos enfocamos en eso, pero las abuelitas voladoras y las genealogías obsesivamente construidas no parecían encajar en mi trabajo. Semanas después, la Iowa Review rechazó la primera historia que les envié. En una cortés misiva, me indicaron amablemente que no era lo que estaban buscando. De hecho, la historia que había escrito podría haber tenido lugar ahí, en América, dijeron.

Entendí el mensaje. Sabía que había hecho algo mal, y tuve la desalentadora impresión de que mis días de gloria en Norteamérica habían terminado antes de empezar. "Añadí algo de folklore y una pizca de calor tropical, y volvé más tarde". Ése fue el mensaje que oí. Así que volví a las librerías y miré más de cerca a todas esas novelas con autores hispánicos. Sí, seguro, ellos encajan en la fórmula. Ellos habían hecho la tarea. Cada libro ofrecía, o realismo mágico para colorear, o el culto del subdesarrollo. Sagas de sudorosos trabajadores inmigrantes del campo, el drama de los relegados refugiados políticos o la picante violencia del barrio. Todos temas decentes, por supuesto, pero un poco lejanos de mi existencia de clase media chilena. De repente, me golpeó la certeza: era latinoamericano, está bien - solamente, no era suficientemente Latino. Mis sueños americanos llegaron a un abrupto final.

Adelantemos. Pasaron algunas cosas, y una combinación de suerte, timing y la gente apropiada llegó a mi vida. Mi primer libro, "Mala onda", fue finalmente aceptado para su publicación en los Estados Unidos por una gran casa editorial de Nueva York. Afortunadamente, encontré un editor que se sentía como yo: él se había tragado un montón de aspirantes a García Márquez, pero era un verdadero creyente en el realismo cultural, una especie de escritura a lo NAFTA que sentía que yo ejemplificaba. Genial. De cualquier forma, me doy cuenta ahora que todavía, de alguna manera, no me siento parte del canon Latino. Y me pregunto si algún día lo seré. Pero, ¿qué puedo hacer? Mi idioma es el español y mi hogar está en Sudamérica. ¿Cuánto más Latino puedo ser?

La cosa es que yo me sofoco con el espeso, dulce y húmedo aire con olor a mangos, y me revuelve la panza cuando empiezo a volar entre miles de mariposas coloridas. No lo puedo evitar; soy un morador urbano de pies a cabeza. Lo más cerca que voy a estar de "Como agua para chocolate" es revolviendo los títulos del Blockbuster local.

Reinaldo Arenas, el conocido escritor y exiliado cubano, dio en el clavo cuando atacó a los estereotipos literarios sudamericanos que los (así llamados) países "desarrollados" apadrinaron. "Escribir en América Latina es un drama (consciente o no), puesto entre la eterna maldición del subdesarrollo y el exotismo". Arenas siente que el realismo mágico latinoamericano degeneró al punto de que su tema dominante es nada más que un deseo de satisfacer la sensibilidad hambrienta de magia de los países del Norte. Tiendo a estar de acuerdo con él.

"La otra cara de la maldición es la conformidad. Nosotros [Latinos] somos [considerados] nobles salvajes, seres simples y pasionales cuyo único objetivo en la vida es cultivar una hectárea de campo y bailar cumbia... tomando el camino del exotismo, y con el apoyo paternal y el entendimiento proferido por los europeos y los norteamericanos, uno puede fácilmente alcanzar la fama y la fortuna, y en ocasiones incluso el Premio Nobel".

Exactamente. A diferencia del mundo etéreo del Macondo de García Márquez, mi propio mundo es algo más cercano a lo que llamo "McOndo" - un mundo de McDonald's, Macintoshes y condominios. En un continente alguna vez ultra-politizado, jóvenes escritores apolíticos como yo están escribiendo ahora sobre sus propias experiencias, sin prestar demasiada atención a lo público. Al vivir en ciudades en toda Sudamérica, enganchados a la televisión por cable (CNN en español), adictos a películas y conectados a la Web, estamos lejos de la atmósfera de dulce siesta con olor a jalapeño que alimenta gran parte del paisaje literario sudamericano. Julian Barnes hace eco de este sentimiento en la novela "Flaubert's Parrot", donde su académico narrador declara que la totalidad del realismo mágico debería ser erradicado: "Un sistema de cupos debería ser introducido en la ficción de Sudamérica", dice. El ejemplo que da habla por sí mismo. "Ah, el humus del árbol cuyas raíces crecen hasta la punta de sus ramas, y cuyas fibras sostienen la joroba que impregna por telepatía a la arrogante esposa del dueño de la hacienda..."

Los escritores de hoy que se moldean tras el "boom" latinoamericano de los sesenta (García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, por nombrar algunos), transformaron la escritura de ficción en un negocio de cuentos de hadas, produciendo desvergonzadamente novelas que sirven a las imaginaciones de lectores políticamente correctos - lectores que, al día de hoy, no se imaginan siquiera el realismo cultural latino. David Gallagher, escribiendo desde Chile para el London Times Literary Supplement, considera la oscuridad del realismo como una ventaja: "Estos escritores no tienen una reputación internacional que proteger. Ni sienten la necesidad de sumergirse en las aguas de lo políticamente correcto. Ya que no tienen la ventaja de vivir en el extranjero, no sabrían siquiera como escribir una novela en la PC... no están escribiendo para una audiencia internacional, y por lo tanto, no tineen necesidad de mantener el status quo de la estereotipada Latinoamérica que está empaquetada para exportación".

Creo que el gran tema literario de la identidad latinoamericana (¿quiénes somos?) tiene que pasar a segundo plano respecto al tema de la identidad personal (¿quién soy?). Los escritores del McOndo - como Rodrigo Fresán y Martín Rejtman en Argentina, Jaime Bayly en Perú, Sergio Gómez en Chile, Edmundo Paz Soldán en Bolivia y Naief Yeyha en México, por nombrar algunos - basan sus historias en vidas individuales, en vez de épicas colectivas. Este nuevo género podría ser uno de los epifenómenos de la economía de libre mercado y del frenesí privatizador que barrió con Sudamérica.

No niego que existe un aspecto colorido y exótico de Latinoamérica, pero en mi opinión, la vida en el continente es demasiado compleja para ser categorizada de forma sencilla. Es una injusticia reducir la esencia de Latinoamérica a hombres con ponchos y sombreros, lords pistoleros de la droga y sensuales señoritas bailando salsa. Como un personaje de mi segundo libro dijo: "quiero escribir una saga, pero sin caer en la trampa del realismo mágico. Puro realismo virtual, pura literatura McOndo. Como 'La casa de los espíritus', pero sin los espíritus".

En el pasado, los escritores latinoamericanos se sintieron compelidos a abandonar sus países para poder escribir sobre ellos. No sólo estaban buscando libertad política, sino nutrición cultural. Como expatriados, idealizaban sus países al punto de que crearon un mundo que jamás existió. Yo me siento muy cómodo en mi escritorio en Santiago, escribiendo sobre el mundo a mi alrededor. Un mundo que me llega desde la televisión, la radio, Internet y las películas, que devuelvo a través de mi ficción. Mi ficción latinoamericana.

12.6.15

Bonzo


John Bonham solía grabar sus primeros demos en los estudios Zella, un lugar en Birmingham que muchos otros jóvenes músicos elegían para grabar. El dueño del estudio era el ingeniero Johnny Haynes, quien un día grabó un demo de Bonham.
Haynes no se impresionó con la potencia y la agresión del baterista. La tecnología para reducir las señales de audio no estaba disponible entonces, así que el estilo de Bonham saturaba siempre las cintas. Haynes le dijo: "disculpame, sos ingrabable". Bonham diría que "lo pusieron en la lista negra por tocar demasiado fuerte". Haynes consideraba que él no tenía futuro en la música, y Bonzo no volvería a grabar en los estudios Zella.
Diez años más tarde, Haynes recibe por correo un disco de oro de Led Zeppelin. Se adjuntaba una pequeña nota adjunta que decía: "Gracias por el consejo profesional".
Matt Dolloff
Trad. libre


11.6.15

El activismo de Paul

Históricamente, las mujeres, los homosexuales, los discapacitados, los adictos y todos los etcéteras de una lista que es casi la totalidad de la población, porque ahí también entran niños y ancianos, han quedado fuera de lo importante. Si miramos bien, ¡el espacio democrático está vacío! Las minorías han inventado una cultura de resistencias y ésa es otra utopía de espacio democrático, otras formas de relación, otros modos de vida, como relaciones múltiples o una filiación que no es necesariamente biológica. La belleza de nuestros movimientos minoritarios es que, no habiendo sido considerados sujetos de derecho, sin embargo, tenemos la capacidad de inventar nuestras propias técnicas de gobierno. Es una paradoja enorme.
 Paul B. Preciado
en Página/12, 5 - jun -2015
LBEN

Ilustración en "Manifiesto contra-sexual" (2002)

10.6.15

El correntino, 2

El cabo Gómez era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la primera invasión de Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de Rosas.
Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y columpiábase con cierta gracia al caminar; su tez era entre blanca y amarilla, mezclando, como es costumbre entre los correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.
Marchó Gómez a la guerra del Paraguay, en el Primer Batallón del Primer Regimiento de Gendarmería Nacional que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del comandante Cobo, si mal no recuerdo, y perteneció a la compañía de granaderos.

[...]

Un día, paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa carreta.
Esto era en el célebre campamento de Tuyutí, allá por el mes de agosto.
¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
Di media vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, a derecha e izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.
Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
En el acto conocí que estaba ebrio.
Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.
Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así:
— ¿Qué quiere, amigo?
—Aquí te vengo a ver, che comandante, pa que me des licencia usted.
— ¿Y para qué quieres licencia?
—Para ir a Itapirú a visitar una hermanita que me vino de la Esquina.
—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.
—No, che comandante, no tengo nada.
—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?
—Sí, sí.
Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.

Una excursión a los indios ranqueles,
Lucio V. Mansilla

9.6.15

"Matrimonio", G. Corso

Me viene intrigando la gente que descree de las instituciones. No en base a pura inercia, que también los hay (como dije cierta vez, no veo por qué no habría comunistas con cabeza de termo; los hay, y los hay a raudales).
Me gusta más la gente que descree en las instituciones como parte fundamental de su propia inocencia. Son una especie de poetas: pero en el sentido más amplio del término (poiesis, quizás, que en griego es ni más ni menos que "hacer"): la creatividad fluye en ellos sin esfuerzo como los otros respiramos.
Digo. Qué más quisiera un niño que educarse leyendo en su casa una tarde, en vez de tener que asistir seis horas a la escuela por la mañana; un lugar infecto de una violencia impredecible, o de una pedagogía dudosa, o de lo que sea. A los adultos les pasa lo mismo, sólo que el cinismo y la resignación son algo que se ejercita. El niño carece de cinismo. En el momento donde se da cuenta que lo necesita para sobrevivir, es cuando el niño "madura".

Éste es un poema de Gregory Corso que se llama Matrimonio.
No sólo nombra con sorna los clichés del cortejo y del noviazgo (al menos en la sociedad americana), el poema se ocupa de nombrar, con rebeldía infantil, todas las cosas que el matrimonio no es: Tannu Tuva, el alfabeto griego, cerebros radiantes, manzana sorda. Es un golpe que el artista suele tener: protestar con incoherencias (¡quiero polvo de pingüino!), porque esa aparente incoherencia es lo que reniega de la estructuración lógica de las instituciones que parcelan la existencia del hombre.

MATRIMONIO

¿Tendría que casarme? ¿Tendría que ser Bueno?
¿Sorprender a la chica de al lado con mi traje de terciopelo y mi capucha de Fausto?
No llevarla al cine sino al cementerio
hablarle de los baños de inmersión del hombre lobo y de clarinetes bifurcados
después desearla y besarla y todos los preliminares
y ella sin querer ir tan lejos y yo entendiendo por qué
diciéndole sin enojarme¡Tenés que sentir! ¡Sentir es hermoso!
y en vez de eso tomarla en mis brazos y recostarla en una lápida vieja y torcida
y enamorarla toda la noche con las constelaciones del cielo--

Cuando me presentara a los padres 
enderezando la espalda
y por fin con el pelo bien peinado, estrangulado por una corbata,
me sentaría con las rodillas juntas en su sofá de 3er grado
y no preguntaría ¿Dónde está el baño?
De qué otro modo sentirme distinto del que soy,
casi siempre pensando en el jabón de Flash Gordon--
Oh qué terrible debe ser para un hombre joven
sentarse delante de una familia que piensa
¡Nunca lo vimos! ¡Quiere a nuestra Mary Lou!
Después del té y las masitas caseras preguntarían ¿Qué hacés para vivir?
¿Tendría que decirles? ¿Les caería bien?
Dirían Está bien cásense, perdemos una hija
pero ganamos un hijo--
¿Y entonces podría preguntar dónde está el baño?

¡Oh Dios, y el casamiento! Todos los familiares y amigos de ella
y nada más un puñado de los míos desgreñados y barbudos
esperando para lanzarse sobre los tragos y la comida--
¡Y el cura!Mirándome como si me masturbara
preguntando ¿Quiere a esta mujer como legítima esposa?
Y qué diría yo, temblando, diría ¡“Sin Hielo”!
Besaría a la novia con todos los cornudos palmeándome la espalda
¡Es toda tuya, pibe! ¡je-je-je!
Y en sus ojos se vería pasar una luna de miel obscena--

Después todo ese absurdo del arroz y latas ruidosas y zapatos
¡Las Cataratas del Niágara! ¡Hordas de nosotros! ¡Maridos! ¡Esposas! ¡Flores! ¡Bombones!
Todos entrando en tropel en hoteles acogedores
Todos yendo a hacer lo mismo esta noche
El conserje indiferente sabiendo lo que va a pasar
Los zombies del lobby sabiéndolo
El que silba en el ascensor sabiéndolo
El botones que me guiña un ojo sabiéndolo
¡Todos sabiéndolo! ¡Casi estaría tentado de no hacer nada!
¡Me quedaría levantado toda la noche!¡Miraría a los ojos a ese conserje!
Gritándole: ¡Me niego a la luna de miel! ¡Me niego a la luna de miel!
corriendo desaforado entre las suites climatizadas
gritando ¡Panza de radio! ¡Pala de gato!
¡O me quedaría a vivir en Niágara para siempre! en una cueva oscura frente a las cataratas
Me sentaría ahí como el Mielero Loco urdiendo fomas de romper matrimonios, un flagelo de bigamia un santo del divorcio--

Pero tendría que casarme tendría que ser bueno
Qué lindo sería llegar a casa a ella
y sentarme junto al hogar y ella en la cocina
joven y preciosa con su delantal queriendo tener a mi bebé
y tan feliz conmigo que se le quemaría el churrasco
y vendría a mí llorando y yo me levantaría de mi sillón grande de papá
diciendo ¡Diente navideño! ¡Cerebros radiantes! ¡Manzana sorda!
¡Por Dios qué esposo sería! Sí, ¡tendría que casarme!
¡Hay tanto para hacer! como meterme en la casa del Sr. Jones tarde a la noche
y tapar sus palos de golf con libros noruegos de 1920
como colgar de la podadora un cuadro de Rimbaud
como pegar estampillas de Tannu Tuva en la cerca
cuando viniera la sra. Kindhead a recolectar para el Community Chest
agarrarla y decirle ¡Hay presagios desfavorables en el cielo!
y cuando el Intendente veniera a ganarse mi voto decirle
¡Cuándo va a parar la matanza de ballenas!
Y cuando viniera el lechero dejarle una nota en la botella
Polvo de pingüino, déjeme polvo de pingüino, quiero polvo de pingüino--

Aunque me casara y viviera en Connecticut y nevara
y ella tuviese un bebé y yo estuviera insomne, agotado,
sin dormir por noches, con la cabeza contra una ventana inmóvil, con el pasado detrás,
en la más común de las situaciones un hombre que tiembla
absorbido por las responsabilidades nada de ramita ni sopa de moneda romana--
¡Oh lo que sería!
Seguro le daría un Tácito de goma como chupete
como sonajero una bolsa de discos rotos de Bach
le clavaría De la Francescas con tachuelas por toda la cuna
le cosería el alfabeto griego en el babero
y le construiría un Partenón sin techo como corralito.

No, dudo que yo fuera esa clase de padre
nada de campo, nada de nieve ni de ventana inmóvil
sino la ciudad de Nueva York caliente y olorosa
siete pisos por escalera, con cucarachas y ratas en las paredes
una esposa gorda y Reichiana gritándome sobre las papas ¡Conseguite un trabajo!
Y cinco mocosos con la nariz chorreando enamorados de Batman
Y los vecinos sin dientes y con el pelo electrizado
como esas multitudes de brujas del siglo 18
todos queriendo entrar a ver la tele
Y el dueño que quiere el alquiler
Supermercado Cruz Roja Gas & los Caballeros Eléctricos de Columbus
Imposible acostarse y soñar que nieva el Teléfono, estacionamiento fantasma--
¡No! ¡No tendría que casarme y no me casaría jamás!
Pero -- me imagino si me casara con una mujer hermosa y sofisticada
alta y pálida que usara un vestido negro muy elegante y guantes largos negros
con una boquilla en una mano y un vaso de whisky en la otra
y viviéramos en un penthouse con una ventana enorme
desde la que pudiéramos ver toda Nueva York y todavía más lejos en días despejados
No no me puedo imaginar casado con ese sueño de preso--

Ah pero ¿qué hay del amor? Me olvido del amor
no es que yo sea incapaz de amar
es solamente que veo al amor tan raro como andar con zapatos--
Nunca quise casarme con una chica que fuese como mi madre
Ingrid Bergman siempre fue imposible
Y ahora debe haber alguna chica pero ya estará casada
Y los hombres no me gustan y--
¡pero tiene que haber alguien!
Porque qué pasa si llego a los 60 y no estoy casado,
solo en una pensión con manchas de meo en los calzoncillos
¡y todos los demas están casados! ¡Todos en el universo casados menos yo!

Ah, sé muy bien que si hubiese una mujer posible como yo soy posible
el matrimonio sería posible--
Como Ella en su lujo exótico y solitario esperando a su amante egipcio
así espero--privado de 2000 años y del baño de la vida.

7.6.15

No pudieron separar bien

En el paraíso la semana de trabajo es de treinta horas
los salarios aumentan y los precios bajan
y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad
al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción
pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo
y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo
y hubo que enfrentar las consecuencias
de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia
la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma
el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones
cada sábado al mediodía suenan las sirenas
y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes 
con sus alas bajo el brazo como violines

Reporte desde el paraíso
Zbigniew Herbert


6.6.15

La democracia y yo

En esto de la democracia tuve dos bautismos de fuego, un toque raros. El primero fue en una elección estudiantil, por mayo cuando hacía la calor. Yo me había inscripto ese año en la carrera de Filosofía, que pensaba hacer a la par de Letras: hete aquí que las tres primeras clases me disuadieron al encontrar en sus aulas no la verdad universal sino un cartesiano embole.

Tenía que ir al Pabellón Francia, un hermoso edificio que para mí es como un monasterio medieval, donde las paredes son de madera y hay silencio y olor a biblioteca. Allí se desarrollaba el corso de la democracia universitaria. Yo iba con mi libretita que decía Letras, y no sé qué buen tino me había hecho llevar también, en la mochila, una libretita que decía Filosofía, idéntica pero totalmente vacía. Me acerco a la mesa y estaba la profesora de Introducción a la Problemática Filosófica: a saber, la jefa de cátedra de la materia que acababa de dejar porque me pareció una cagada. Saludé lo más diplomáticamente posible; no sé qué pinta extraña de ratón de biblioteca tendré, pero los profesores no suelen olvidarse de mi cara. Ya lo tenía asumido por entonces. Lo que no esperaba fue el golpe bajo de la mina, pelicorta y sonriente, que me decía "no te vi más por clase, ¿eh?".

"Y no, vieja, tu programa es una mierda", quise zamparle yo, que por entonces adoraba a Epicuro porque no se hacía demasiado problema por nada.

La mina ojeó el padrón todavía con una sonrisita, levantó la mirada y me dijo: "che, pero vos no estás en el padrón".
¡Otra vez!, pensé yo. ¿Qué, sigo teniendo 15 años?

No tenía ni puta idea de cuál iba a ser mi voto. Me acuerdo que era viernes, y que los viernes no tenía clase; básicamente, me atravesé la ciudad universitaria (que bajo el rayo del sol de mayo no suele ser un promenade muy exquisito) para que la pedagoga de mi desagrado me diga que no podía votar por un capricho burocrático o lo que fuera. Mi frustración fue cósmica. Salí de ahí con ganas de patearle el curo a Epiculo. Afortunadamente, al salir, un gran militante (voy a ensayar un rápido perfil: ese que te quiere cooptar a toda costa y que se hace tu amigazo y te dice que la tenés re clara, pero la tendrías todavía más clara si votaras al Movimiento Popular Pan Relleno) me dijo:

"¿Fuiste a votar?"
"Sí, pero no pude", le dije, descorazonado realmente (tenía que volver a cagarme de calor en el campito).
"¿A la mesa de Letras? No, vos debés estar en la Filosofía. Vení".

Fui: ni un puto profesor que conozca en la mesa. Voté según manda la ley consuetudinaria y salí de ahí con un levantamiento de bombín cual Charlie Chaplin. Resumen de lo que fue, más que el ejercicio de la voz y el voto, el destino operando sobre un encuentro inevitable.


5.6.15

Unamuno

Eso de nívola, como bauticé a mi novela -¡tan novela! Niebla, y en ella misma, página 158, lo explico, fue una salida que encontré para mis -¿críticos? Bueno; pase- críticos. Y lo han sabido aprovechar porque ello favorecía su pereza mental. La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos.
Miguel de Unamuno,
en "Tres novelas ejemplares y un prólogo"


4.6.15

"¿De dónde vengo?"

Hay algo que no me cierra del aborto. No quiero que deje de ser visto como un mal necesario, y no como una bandera de orgullo y liberación: me basta recordar, cada vez que la pasión revolucionaria empieza a correr por mis venas (que no es muy seguido), que en el aborto se está jugando en el terreno de la muerte.
Estoy a favor de la legalización, pero solamente porque se va a seguir haciendo de todas formas. Me basta imaginar una escena que me pone los pelos de punta: un pabellón de abortos en todos los hospitales, donde la práctica de matar un feto sea moneda corriente, todo lo inocua que vos quieras, pero en serie, con turnos, con burocracia de por medio. "En esta clínica se realizan veinte abortos por día". Imaginar un espacio así, institucionalmente abocado a generar muerte, me asusta un poco y me gustaría evitarlo cada vez que me fuera posible. Entiendo: no soy mujer. Pero si fuera mujer, creo que tampoco estaría orgullosa de poder abortar cada vez que quisiera.

La vida no es nada desdeñable. El aborto no deja de ser una decisión jodida, así como la concepción no deja de ser un tema poético magistral. Nunca estamos hablando de valores pequeños.



3.6.15

#NiUnaMenos

Bueno, por suerte todos sabemos qué sucede hoy: a partir de las cinco de la tarde, el estrógeno combativo va a tomar las calles y las plazas de todas las principales ciudades del país, desde Iguazú a Río Grande, para pronunciarse en contra del femicidio.

Esto me hace sospechar un poco de lo amplio que es, pero estamos de acuerdo en que sí, el femicidio es algo contra lo cual hay que pronunciarse.
Me llena de orgullo no recordar ninguna otra causa en la que haya habido tan unánime adhesión, al menos quizás desde el 2001. Tan unánime, que los pesimistas están a la caza de los bemoles. ¿Una adhesión teñida de hipocresía? ¿Objeto de distintas manipulaciones? ¿Cada cual quiere llevar agüita a su molino? Sí, puede ser. En estos días, hasta me daba miedo ver una foto del odontólogo Barreda levantando su cartelito caté.
No deja de llamarme la atención que hoy marche Cecilia Pando conjuntamente con frentes de izquierda revolucionaria, que no han desperdiciado la oportunidad para renovar su reclamo, por ejemplo, por un aborto legal, seguro y gratuito. Me encanta esto. De repente, siento como si hubiera verdadera democracia: realmente ninguno queda afuera. El 3-J (que, por suerte, no se popularizó así) es un verdadero muestrario de la diversidad de la sociedad argentina del trosko al gorilón. Que se descalifiquen entre ellos, que se miren torcido, que anden diciendo que Susana esto y Marcelo lo otro, también me fascina. El puterío viene a ser parte de la democracia. El hashtag es lo más cercano a un ágora griega que tuvimos en toda nuestra historia.

Sea como sea, de lo que se trata parece ser de desnaturalizar algunas de nuestras conductas, incluso las más mínimas, porque aparentemente hasta el más mínimo machismo actuará como bola de nieve reproduciendo una enfermedad social que tiene por víctima a toda una clase: las mujeres. Lo entiendo algo así, y me parece que es una lucha excepcionalmente bien orientada: no se marcha sólo por los asesinatos pasados, que Canaletti se encarga de rememorar cada sábado fiel a su morbosa parafilia mediática.
Que este ataque sostenido y concienzudo al micromachismo se vuelva pichoteanamente quisquilloso, también es un riesgo a correr. Pero hasta eso es fascinante. Yo me siento en mi salsa, porque al fin y al cabo todo se termina resolviendo en los discursos, y el ciudadano común y silvestre está hoy muy atento a ellos: no deja de ser central lo que digan los diarios, o lo que diga Lanata, o lo que diga Ingrid Beck, o lo que diga la militancia villera de la Garganta. Es todo un acontecimiento social. No hay que perder esto de vista.

¿Qué voy a hacer yo? La verdad, no sé. Me acuerdo del Gordo, por ejemplo: él, que no podía estar una mañana sin decir "teta", "volcar" o "pinchila". Hoy (y espero que no sólo hoy) va a ser un día en el que el Gordo esté muy orsai gritando guarangadas desde la ventanilla de su camión. La vida nos ofrece segundas oportunidades para cambiar nuestras actitudes pusilánimes; aunque, como dijera Jagger, "old habits die hard". Hoy puede ser una fecha clave para pararnos a pensar en qué le estamos pifiando nosotros, los hombres.

Endemientras pensamos, hoy hay que ser cuidadoso en no meter la pata. No es recomendable decir nada que deje traslucir el más mínimo machismo, y si es posible, hasta pedir perdón por alguna vez haberle dedicado una a Pamela David o habernos reído de un chiste de Midachi. Hay que tener mucho ojo con lo que sale de la boca para afuera, porque hoy la sociedad argentina está mancomunada en una causa no menor, y la solemnidad de la causa nos pone un poco susceptibles. En el fuero interno, claro está, nadie puede obligarte a cambiar nada. Si así fuera, sería feminismo orwelliano. No sé.

Hoy es un día especial para las compañeras libres, lindas y locas. Hasta Tinelli les hace la gamba, chicas. Hoy todo es #NiUnaMenos, un antes y después en la militancia pop.
¿Y después? No sé, no soy pitonisa. El éxito de la iniciativa me llena de orgullo como pocas cosas. Pero como en estos casos, no quedará otra que decir "mañana vemos".

(El eclecticismo de las paredes)