2.5.15

Las procesiones

"La procesión va por dentro", decía mi abuela. Y es un refrán que a mí me gustaba mucho, especialmente cuando se lo oí cantar a Kevin Johansen. Me gustaba mucho más que "más vale malo conocido que bueno por conocer", estandarte de mi vieja que votará a Colombis ad eternum. Me gustaba ese refrán porque siempre me consideré un poco introvertido. Me acuerdo la primera vez que me lo dijo: estaba nervioso por una cirugía mínima que me iba a hacer, pero no gritaba ni pataleaba ni me quejaba ni nada. Simplemente, sentía todo el tiempo que estaba a punto de desmayarme.

Esa vez, mi abuela lanzó la sugerencia con estoicismo y sin desesperarse: "La procesión va por dentro". Me explicó que era como si hubiera fuerzas internas que no salen en palabras, sino que expresan su caravana en locuras somáticas que uno no sabe bien a qué atribuir. Y te digo, en esos momentos tan jodidos, hubiera preferido patalear que sentir mi panza como un lavarropas. El laconismo del cuerpo es un arma de doble filo.

Recién un pasajero del hotel hizo una cosa muy curiosa, a la que no estoy muy acostumbrado. Mientras estaba recibiendo las indicaciones de una vieja de mierda (todos conocemos el espécimen tipo vieja de mierda: quejosa sin motivo, pesada como tractor a pedal), lo vi al tipo instalarse en el desayunador musitando un "buen día" casi inaudible y caminar derecho al buffet para elegir un desayuno bien escueto, sin esperar a que nadie le sirva. Se tomó un té mirando a la ventana, tranquilamente, y en diez minutos me entregó la llave de su habitación.

— ¿Vas a querer que te limpien la habitación? —dije sin tutearlo.
—No —respondió con sencillez—. Ya me voy.

Recién ahí vi que el tipo tenía una mochila en la mano. Cruzó la puerta y se fue.

No sé por qué se me ocurrió la perversa conclusión de que el tipo jamás iba a volver al hotel en su vida. No dijo nada. No se quejó de nada. No me pidió indicaciones. Todo lo que hacía era demasiado rutinario. Evidentemente, era un viajante, de esos bichos raros que viven siempre en hoteles como Forrest Gump naufragó en un aeropuerto. Pero justamente por eso: nada le pareció excepcional, y nada en él indicaba que tenía motivo para elegir este hotel sobre cualquier otro de la ciudad a la que él miraba tomando un té.

Como Bart cuando se mandó el moco de robarse algo en un supermercado y Marge, como reprimenda, no le dijo absolutamente nada: él hubiera preferido que lo re cague a pedos. Pero no. El lacónico es así: un arquetipo terrible. En su silencio, junta sus cosas, te dice "me voy" y se va sin darte explicaciones. Vos te quedás pensando (el servicio es mi única religión) en qué se la habrás cagado al tipo. Y, a lo mejor en nada. O a lo mejor sí. Te queda la intriga como una mochila Montagne atada a tu espalda con hilo sisal. Una especie de mea culpa vaguísimo, que no te sirve en definitiva para nada.

Por este poder glacial y contundente prefiero a la raza lacónica sobre cualquier otra en este mundo. Ya me di cuenta con los refranes de mi abuela. Mucha procesión atrae también mucha gilada.

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