19.5.15

La experiencia de los indeseables

Hoy recibí un mensaje de uno de los empleados del hotel donde trabajaba, que dice que el cocinero (a saber, el viejo más groncho del condado, un verdadero huno sin un pomo de educación ni finura, objeto de quejas de todos los colores y por algún misterioso motivo, protegée del Empresario que dirige el barco que con él se va a pique) va a brindar su excelso servicio en el hotel donde estoy laburando ahora.

No tengo ganas de lidiar con el tipo. Simplemente eso. Si ese rumor es verdad, probablemente me ahorre más quilombos renunciando al trabajo y buscando uno nuevo. O, al menos, poniendo de expreso manifiesto que yo no pienso fingir respeto, como él no lo hace: con la pequeña diferencia de que él está amparado por el Empresario, y yo en vez de retrucarle tengo que bajar la cabeza porque yo soy joven y le debo "respeto a los mayores".

Y hoy, sin embargo, al enterarme que él volvía, recordé un consejo que él mismo me dio:

"Hay dos formas de ser feliz: o hacer lo que te gusta, o tener plata. Así que, o hacés plata, o seguís estudiando. Me parece muy bien que estudies".

Increíblemente, lo dijo él, que no sabe ni escribir la palabra "cerveza".
Pero en el momento no me apresuré a juzgarlo. Me pareció, más bien, que el tipo realmente me estaba transmitiendo la necesidad de hacer algo que, por h o por b (no me interesan los motivos, porque no me interesa su biografía) él no pudo hacer. Escuetamente, me estaba diciendo con absoluta sinceridad que la solución era seguir lo que yo quería hacer.

Ahora, curiosamente, luego de que yo haya renunciado y haya vuelto a trabajar en otro hotel de la misma cadena, y a él lo hayan echado por sus recurrentes problemas con el personal y lo hayan decidido tomar de nuevo (o al menos, tal parece), me doy cuenta que no quiero lidiar con el tipo, no tengo ganas; y, ¿por qué? Porque no es un gaje del oficio. Éste no es mi oficio. Eso me deja a mí con una única alternativa: seguir estudiando, prepararme para mi propio oficio, que ciertamente no es ése.

"Hay que estudiar", y por varios motivos. El primero, para no ser un viejo amargado como Luis Miranda. Yo no me voy a pasar mi vida en un hotel. Piénsenlo como idealismo, o como lo que sea; pero que la puta parca me lleve si yo caigo en la dejadez de vivir toda mi vida trabajando en un hotel. Y que la misma puta parca me cuelgue de las pelotas de un acantilado, si realmente me acostumbro a la presencia de Luis Miranda, con todo lo indeseable que es, por la urgente necesidad de conservar un trabajo que en el fondo no deseo. Llámenme idealista, pero en estos casos, lo contrario de idealista es ser un pusilánime, y yo no quiero ser un pusilánime.

Pero, sobre todo, por el motivo que el propio Luis Miranda me dio: la única forma de ser feliz es hacer lo que te gusta. Lo que se desprende de la observación del mismo tipo que me dio el consejo: es un indeseable porque es un infeliz, como si no le gustara lo que hace. Y esto es algo mucho más notable.

Esta mañana, cuando me enteré que el viejo volvía, pensé en la resistencia que iba a oponer a la decisión empresarial. No quiero sacrificar mi paz en el laburo. Y la voy a defender con uñas y dientes: amenazaría con renunciar si es necesario.

Pero después pensé en otra fatal necesidad. No pasa tanto por la paz en el laburo. Lo que yo tengo que hacer es otra cosa: trabajar en mí mismo para no ser así, ni para tener que lidiar con gente así, ni para que otros tengan que lidiar en estos términos conmigo.

Por contraste o por vocación, se trata de no perder el foco en lo que uno debe hacer.

¿No es cierto?

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