28.5.15

Docencia: de locro y joysticks

Ayer, a las cuatro de la mañana, estaba tomando una cerveza con el Manu y el Flaco, mientras nos pasábamos de mano en mano una guitarra eléctrica desenchufada, medio hojeando revistas de cine y medio murmurando entre frufrús de seda y tabaco armado.
Como dice Cortázar, ese autor del que todos renegamos haciéndonos los cool pero tarde o temprano reconocemos que es uno de los que nos marcó, dice en una frase que me parece de lo mejor: "los encuentros a deshora - los verdaderos". La madrugada es la hora de las conversaciones largas por excelencia: no hay interrupciones, ni teléfonos que suenan, ni visitas que rompen las bolas. Y en el silencio, uno se explaya mejor sobre temas que, por azar o no, son también los más significativos.

Cuestión que la conversación viró al tema de las instituciones educativas.
El Flaco tiene un punto de vista muy radical, que en un momento expresó casi con ironía (pero para decidir esto tendría que conocerlo un poco más): "me gustaría quemar todas las universidades".

A mí me encantó. Me encantó, porque no estaba de acuerdo con él, pero sentía a la vez que este desacuerdo tan profundo era un desacuerdo aparente. En el fondo, podíamos estar diciendo lo mismo, sólo que él decidió expresarlo sin medias tintas. Cuando al fin pude abandonar la charla boba de "bueno, cada uno lo ve a su manera", me dediqué a preguntarle exactamente por qué pensaba que todas las universidades debían quemarse. Y su razón me pareció excelente, como esperaba, porque el Flaco no parecía uno de esos pirómanos porque sí.
Me da un poco de miedo tratar de reproducir lo que dijo a riesgo de deformarlo, pero voy a hacer la prueba. No me gustaría tener que comunicarlos con el Flaco para que les explique bien lo que piensa, y tener que condenarlo a él a un bombardeo de curiosos, pero me parece que no me queda otra.

Él consideró que un verdadero progreso para nuestra especie pasaría no sólo por el cerebro, sino también por el cerebro y por las manos.
Se imaginó el siguiente escenario: qué pasaría si en todos los colegios, aparte de impartir esos conocimientos que cuestionamos continuamente en los planes de estudio ("fracciones, núcleos celulares, Julio Roca", expresó él espontáneamente), enseñaran también un oficio como la albañilería. Y a continuación lo ilustró mostrándome sus manos. El conocimiento debía pasar por las manos, porque las manos estaban ahí por algo. El contacto con el mundo concreto, físico, debía complementar a ese mundo abstracto que quieren presentar como despegado.

Cada ser humano debía ser capaz de conciliar las dos cosas.
Coincidimos rápidamente en lo siguiente: lo bien que le haría a un estudiante de filosofía aprender a ser, además, un albañil o un peón de campo. Ya sabemos cómo somos los de la Facultad: neuróticos, obsesivos, queremos cuestionarnos todo sin base firme en el mundo en el que estamos viviendo, queremos hablarles de Althusser a los laburantes de la Fiat, porque una de nuestras grandes peleas personales es tratar de adaptar el claustro universitario al mundo fuera de él; canalizar esto que elegimos estudiar en un verdadero cambio.

Ahí me di cuenta que gente como el Flaco, de declarada enemistad con la academia, son el ingrediente más valioso para un verdadero cuestionamiento de lo que la academia tiene de perverso. A mí me encanta ir a la facultad, veo en ella un alma mater (hermosa expresión que usan los intelectuales), pero no pude evitar estar de acuerdo con él.
Yo delego la capacidad de cuestionar todo al arte, a veces muy ligeramente; porque el arte, martillo cargado de realidad como es, a veces también es insuficiente o se repliega en su propia bobera. El Flaco hablaba de los malos hábitos de las carreras más alejadas del arte: es así que en Derecho, en Economía, en Medicina, se ve este mismo desfasaje entre el conocimiento abstracto y la vida real, que vomita profesionales que odian lo que hacen porque no ven satisfecho eso que entraron a buscar en la universidad.

En suma, se trata de acumular experiencias, le dije yo. Experiencias que te hagan usar realmente todo el cerebro, todas tus capacidades, me respondió. Y le dije que la docencia me parecía un buen camino para sacar ese conocimiento puramente teórico para afuera.
Uno puede ser docente universitario, especializarse toda su vida en la materia que eligió y no moverse de ahí. Pero me parecería destacable que, conjuntamente con el especialista, exista un docente capaz de explicar lo más intrincado de la filosofía a un pibe de campo, no acostumbrado a tratar con conocimiento abstracto. Es un desafío para el docente, y es un desafío para la pedagogía en su totalidad, y me animo a decir que es uno de los mayores.
Por qué. Porque creo que la docencia se funda en la suposición de que un pibe "no acostumbrado a" no es jamás un pibe incapaz. Todos somos, en la medida de cada uno, maleables, para bien o para mal. Y uno supone que la tarea del docente es volcar esa maleabilidad hacia el bien, guiándola conscientemente.

Me quedaron muchas otras cosas de esa conversación. Probablemente la usé diabólicamente para mostrar mi propio punto de vista. Pero bueno. A alguna gente le pagan para ser tendenciosa, yo todavía puedo declarar con orgullo y sinceridad que soy cabeza de termo gratis, advirtiéndoles a todos ustedes que a la verdad no la tengo yo y probablemente el Flaco tampoco la tenga.
Pero una cosa es segura: de las conversaciones enriquecedoras no se vuelve mentalmente virgen. El tema da para largo y yo soy un opinólogo más. El único objetivo chiquitín que guardo es estar del lado de los que se sienten llamados a hacer el bien.

Angie, docente, publica en Facebook cada tanto unas lindas historias de sus alumnos, aparentemente los más ocurrentes de la galaxia. Y esta que publicó hoy me hizo acordar a la conversación de anoche, por una razón que todavía no reconozco bien cuál es, pero supongo que tiene que ver con los valores y (como ella bien dice) con cómo los pensamos, o cómo nos pensamos.
En la clase con los alumnos de Primer año, les propuse que piensen nuevos símbolos que representen al amor, la amistad y la solidaridad, y así reemplazar a los tradicionales corazones, flores/símbolo del infinito y manos unidas. 
Entre los trabajos que me entregaron: 
I. Para el amor, uno de mis alumnos, dibujó una pelota de fútbol; para la amistad un perro y para la solidaridad, una olla con un cartel que reza: locro 
II. Otro alumno, para el amor, dibujó un hombre arrodillado que le entrega una peluca a una mujer pelada; para la amistad un joystick y para la solidaridad un billete de cien pesos. 
(Para pensarnos Tomo I)

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