30.5.15

La ciudad santa

El viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en el horizonte la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo y borlas de doctor. Al fin, el arriero le dice: “Vea ahí..., abajo, entre los pastos...”
D. F. Sarmiento 

29.5.15

Mi abuelo y los aliens

"I wish I could write you a melody so plain
that could hold you, dear lady, from going insane"
(Bob Dylan)


Emma me hizo el otro día una pregunta más que difícil. ¿A dónde me veo en el futuro?
Me la hacía en un bar en la Cañada, mientras tomábamos un whisky 100 Pipers, mientras llovía afuera, y yo me sentía totalmente a gusto. En tales circunstancias, la respuesta más lógica no era otra que "acá mismo". Pero lo pensé: digamos, cometí el error de pensarlo.

Desde que llegué acá hace tres años y medio, me dije que Córdoba iba a ser mi hogar por un tiempo. Salvando las distancias, ahora casi que lo es. Por lo menos sé qué hacer un miércoles a la noche. Sé dónde se consigue tal o cual cosa (los comercios en Córdoba están separados por rubros: bicicletas en Sarmiento y Alvear, muebles cerca del Mercado, y faso barato... todos sabemos dónde).
Hasta ahora nunca sentí que Córdoba sea una ciudad demasiado pequeña, aunque me ha pasado de cruzarme por casualidad con amigos de amigos algunas veces.
Pero lo grave de pensar una pregunta así, es ponerte en cuestión ese lugar donde de repente te sentís más o menos bien pero sabés que fue una decisión arbitraria y de golpe. Pude venir acá como pude ir a cualquier otro lado. Y, siendo sincero, casi que no conozco otro lugar que Córdoba; capaz Buenos Aires, o Salta, pero en todo caso no sé cómo sería vivir en Pernambuco, o Ceuta, o Hong Kong. Y hay una ansiedad que me atraviesa de pies a cabeza, que es esa ansiedad ante lo desconocido, que Emma disparó, creo que sin querer.

Me acuerdo de mi abuelo. Él está convencido de que los aliens existen. Y sostiene esa creencia con una lógica implacable, basada en su propia humildad. Si mi abuelo tuviera unos cincuenta años menos, andaría por ahí usando una remera estampada con la frase "I want to believe".
Su razonamiento era el siguiente: "el universo es demasiado grande, más grande de lo que nosotros podemos llegar a conocer. ¿Vos te pensás que nosotros somos los únicos?"

Y tiene razón. Si no conocemos más que esto, ¿cómo podemos estar seguros de que esto sea lo único? ¿O lo mejor?

Yo, en un plano un poco menos galáctico, siempre fui de dudar si estoy viviendo en el mejor país del mundo. Probablemente sí, probablemente el país donde uno nace, debuta sexualmente, come locro los 25 de mayo y es feliz de vez en cuando sea el mejor.
Pero no puedo evitar pensar con la lógica implacable de mi abuelo. ¿Cómo sería vivir en otro lado?

¿Yo soy el único que piensa todas estas cosas? No tengo idea. Hay gente que conocí, tanto en Corrientes como en Córdoba, a los que mudarse a Pernambuco o Hong Kong les tiene totalmente sin cuidado. A lo sumo, me dicen que les gustaría vivir en el campo; en Córdoba, "el campo" es un lugar a donde vas y volvés en dos o tres horas en auto.

Creo que le dedico especial atención al lugar donde vivo porque fue una elección mía, y tengo que dirimir (tres años y no lo dirimo) si fue un capricho de los dieciocho, o si de verdad buscaba algo acá. Es lo que tengo que defender con audacia cada vez que alguien me pregunta: "pero también podés estudiar Letras en Corrientes, ¿por qué te viniste para acá?".
La respuesta siempre viene asociada a lo mismo: "buscar nuevos horizontes", o algo así. (Este algo así me mata). ¿Por qué Córdoba?
Y bueno: ¿por qué no?
Pero, ¿por qué no otra?

Lo pienso con una fatalidad desoladora como si mi elección vocacional estuviera ligada permanentemente a mi elección geográfica; como si fuera a casarme con la ciudad donde elija vivir, irrevocablemente, y allí tuviera que desarrollar todas mis capacidades.
Pero me conozco. Soy un inestable de mierda. Y para los inestables, una ciudad perfecta puede ser dos cosas: una ciudad inagotable, donde te encuentres con algo nuevo en cada esquina que te haga lustrar tu sonrisa de sorpresa; o la ciudad que conocés a fondo, con todos los rincones y todas las caras, y te abraza como la cucha de un perro, todo va a estar bien mi chiquito, no te preocupes que este es tu lugar, ndé o ñande roga y etcétera, etcétera, etcétera.

28.5.15

Docencia: de locro y joysticks

Ayer, a las cuatro de la mañana, estaba tomando una cerveza con el Manu y el Flaco, mientras nos pasábamos de mano en mano una guitarra eléctrica desenchufada, medio hojeando revistas de cine y medio murmurando entre frufrús de seda y tabaco armado.
Como dice Cortázar, ese autor del que todos renegamos haciéndonos los cool pero tarde o temprano reconocemos que es uno de los que nos marcó, dice en una frase que me parece de lo mejor: "los encuentros a deshora - los verdaderos". La madrugada es la hora de las conversaciones largas por excelencia: no hay interrupciones, ni teléfonos que suenan, ni visitas que rompen las bolas. Y en el silencio, uno se explaya mejor sobre temas que, por azar o no, son también los más significativos.

Cuestión que la conversación viró al tema de las instituciones educativas.
El Flaco tiene un punto de vista muy radical, que en un momento expresó casi con ironía (pero para decidir esto tendría que conocerlo un poco más): "me gustaría quemar todas las universidades".

A mí me encantó. Me encantó, porque no estaba de acuerdo con él, pero sentía a la vez que este desacuerdo tan profundo era un desacuerdo aparente. En el fondo, podíamos estar diciendo lo mismo, sólo que él decidió expresarlo sin medias tintas. Cuando al fin pude abandonar la charla boba de "bueno, cada uno lo ve a su manera", me dediqué a preguntarle exactamente por qué pensaba que todas las universidades debían quemarse. Y su razón me pareció excelente, como esperaba, porque el Flaco no parecía uno de esos pirómanos porque sí.
Me da un poco de miedo tratar de reproducir lo que dijo a riesgo de deformarlo, pero voy a hacer la prueba. No me gustaría tener que comunicarlos con el Flaco para que les explique bien lo que piensa, y tener que condenarlo a él a un bombardeo de curiosos, pero me parece que no me queda otra.

Él consideró que un verdadero progreso para nuestra especie pasaría no sólo por el cerebro, sino también por el cerebro y por las manos.
Se imaginó el siguiente escenario: qué pasaría si en todos los colegios, aparte de impartir esos conocimientos que cuestionamos continuamente en los planes de estudio ("fracciones, núcleos celulares, Julio Roca", expresó él espontáneamente), enseñaran también un oficio como la albañilería. Y a continuación lo ilustró mostrándome sus manos. El conocimiento debía pasar por las manos, porque las manos estaban ahí por algo. El contacto con el mundo concreto, físico, debía complementar a ese mundo abstracto que quieren presentar como despegado.

Cada ser humano debía ser capaz de conciliar las dos cosas.
Coincidimos rápidamente en lo siguiente: lo bien que le haría a un estudiante de filosofía aprender a ser, además, un albañil o un peón de campo. Ya sabemos cómo somos los de la Facultad: neuróticos, obsesivos, queremos cuestionarnos todo sin base firme en el mundo en el que estamos viviendo, queremos hablarles de Althusser a los laburantes de la Fiat, porque una de nuestras grandes peleas personales es tratar de adaptar el claustro universitario al mundo fuera de él; canalizar esto que elegimos estudiar en un verdadero cambio.

Ahí me di cuenta que gente como el Flaco, de declarada enemistad con la academia, son el ingrediente más valioso para un verdadero cuestionamiento de lo que la academia tiene de perverso. A mí me encanta ir a la facultad, veo en ella un alma mater (hermosa expresión que usan los intelectuales), pero no pude evitar estar de acuerdo con él.
Yo delego la capacidad de cuestionar todo al arte, a veces muy ligeramente; porque el arte, martillo cargado de realidad como es, a veces también es insuficiente o se repliega en su propia bobera. El Flaco hablaba de los malos hábitos de las carreras más alejadas del arte: es así que en Derecho, en Economía, en Medicina, se ve este mismo desfasaje entre el conocimiento abstracto y la vida real, que vomita profesionales que odian lo que hacen porque no ven satisfecho eso que entraron a buscar en la universidad.

En suma, se trata de acumular experiencias, le dije yo. Experiencias que te hagan usar realmente todo el cerebro, todas tus capacidades, me respondió. Y le dije que la docencia me parecía un buen camino para sacar ese conocimiento puramente teórico para afuera.
Uno puede ser docente universitario, especializarse toda su vida en la materia que eligió y no moverse de ahí. Pero me parecería destacable que, conjuntamente con el especialista, exista un docente capaz de explicar lo más intrincado de la filosofía a un pibe de campo, no acostumbrado a tratar con conocimiento abstracto. Es un desafío para el docente, y es un desafío para la pedagogía en su totalidad, y me animo a decir que es uno de los mayores.
Por qué. Porque creo que la docencia se funda en la suposición de que un pibe "no acostumbrado a" no es jamás un pibe incapaz. Todos somos, en la medida de cada uno, maleables, para bien o para mal. Y uno supone que la tarea del docente es volcar esa maleabilidad hacia el bien, guiándola conscientemente.

Me quedaron muchas otras cosas de esa conversación. Probablemente la usé diabólicamente para mostrar mi propio punto de vista. Pero bueno. A alguna gente le pagan para ser tendenciosa, yo todavía puedo declarar con orgullo y sinceridad que soy cabeza de termo gratis, advirtiéndoles a todos ustedes que a la verdad no la tengo yo y probablemente el Flaco tampoco la tenga.
Pero una cosa es segura: de las conversaciones enriquecedoras no se vuelve mentalmente virgen. El tema da para largo y yo soy un opinólogo más. El único objetivo chiquitín que guardo es estar del lado de los que se sienten llamados a hacer el bien.

Angie, docente, publica en Facebook cada tanto unas lindas historias de sus alumnos, aparentemente los más ocurrentes de la galaxia. Y esta que publicó hoy me hizo acordar a la conversación de anoche, por una razón que todavía no reconozco bien cuál es, pero supongo que tiene que ver con los valores y (como ella bien dice) con cómo los pensamos, o cómo nos pensamos.
En la clase con los alumnos de Primer año, les propuse que piensen nuevos símbolos que representen al amor, la amistad y la solidaridad, y así reemplazar a los tradicionales corazones, flores/símbolo del infinito y manos unidas. 
Entre los trabajos que me entregaron: 
I. Para el amor, uno de mis alumnos, dibujó una pelota de fútbol; para la amistad un perro y para la solidaridad, una olla con un cartel que reza: locro 
II. Otro alumno, para el amor, dibujó un hombre arrodillado que le entrega una peluca a una mujer pelada; para la amistad un joystick y para la solidaridad un billete de cien pesos. 
(Para pensarnos Tomo I)

26.5.15

El Perú



Julia Cosedido, "Indios huancas" (1931)

24.5.15

Mauro Gil, "Corrientes 10/15"

A Mauro todavía no lo conocí en persona, pero creo que lo tengo en Facebook desde los tiempos de la Usina. Supongo que fue algo así: Mauro fue uno de los tantos nombres que rescaté de por ahí, de gente que me dijo "fijate, este tipo es un poeta y te puede servir para algo" (sic).

En tiempos de la Usina la tarea era estar al acecho de cualquier persona con vuelo artístico o firmeza en sus convicciones, y captarlo para la más hermosa causa perdida que se recuerde: luchar contra la expropiación inmobiliaria de la vieja usina de electricidad en la costanera de Corrientes, que había sido declarada Patrimonio Histórico de la Ciudad y que Goitia quería convertir en un shopping. Nuestra denuncia era la siguiente: evidentemente, al avance inmobiliario le importaba un carajo el estatuto de Patrimonio Histórico; así como le importaba dos carajos la posibilidad de que el edificio estuviera contaminado con un químico cancerígeno llamado PCB. El edificio tenía que limpiarse y ser un centro cultural.
Argumentos teníamos miles, pero jamás alcanzan: militar en Corrientes por una causa así es ser profetas en un páramo árido donde la facilidad de no comprometerse con nada es el único cactus amargo y reseco que crece. Éramos muchos, pero siempre los mismos. Nosotros seguíamos adelante como que no era así, pero llegó el momento de chocarnos contra una pared. El edificio sigue ahí, como una zanahoria, y aunque se pintaron cosas lindas en sus paredes (lo que en ese momento llamábamos intervenciones), a ningún correntino fuera del movimiento usinero parece importarle qué va a ser de él. Mi profesor de arte, de apellido Lacava, lo sintetizó con monstruosa maestría: "ya hay centros culturales, ¿para qué quieren uno más?".

Lo que más rescato de esos días fue la solidaridad que se dio entre personas abocadas a disciplinas artísticas distintas, tan distintas como puede verse en el Litoral. Fue mi primera observación participante en hechos realmente artísticos: desde la bohemia chamamecera de Yaguá Rincón hasta los recitales hardcore punk en el astillero. Todos tenían cabida ahí, si lo que querían era remar a contracorriente (valga la redundancia) de las políticas culturales que avalan que la provincia siga siendo nada más que carnaval y carpincho.

Lo que me lleva de vuelta a hablar de Mauro. Él siguió escribiendo poesía mientras nosotros, de a poco, íbamos poniéndole naftalina a los banderines de la Usina ante un Goliat que había ganado por decreto.
Quizás por este trabajo de creación, casi como si hacer poesía fuera inevitable (como decía Bukowski), es Mauro quien, hoy por hoy, me parece el más logrado radiógrafo de una Corrientes que sigue siempre igual, flotando con una veleta Colombi jamás llamada a cambiar de viento, ni a detenerse a pensar por qué, para qué o hacia dónde navega. No me sorprende que Tato Romero Feris haya anunciado presidir un frente político autonomista en el 2017.

Pero como correntinos, ndayé que soberbios o muy románticos, nos seguimos enamorando siempre de la ciudad en la que vinimos a nacer.

Corrientes 10/15


No sé por qué;

pero te quiero al verte Corrientes por oxidada.
Te llevo ciudad con tus
transformadores derretidos,
pancartas proselitistas
y promezas en los barrios,
te quiero Corrientes
desconcertada en tu futuro;
algún carpincho cuatreado
ilegalmente por alguno
y de ese olor de nuestro alba
que ya trae más basura,
con tus cole's plagados
de rostros tristes de mañana,
con tu tanta indiferencia
al hambre del olvidado;
tus mosquitos que decoran
todo el parque alumbrado.
Y hecha costumbre de creerse capital
de lo bueno y lo malo
(nos corresponde un poco),
pero te llevo Corrientes
con tu avenida de inmigrantes,
un chamamé que no entiendo
pero lo siento tan gigante
que te tiembla hasta los huesos
ver que estamos tan al margen
de este país que se pelea
entre Paraguay y Buenos Aires,
que no sabe si va y viene,
si crece o si va a estancarse.
Y te sobran costaneras, corsos, deudas fiscales,
rockeros, alta cumbia y tecno en todas tus partes,
las modelos de Junín, los vendedores ambulantes,
mis morochos, mis trigueños, su sonrisa inevitable,
yankees, porteños, chinos y ya de todas partes
se hace mundo este pedazo de estero inabarcable
sin disfrutar del agua dulce ni el espíritu salvaje.
Y no nos entendemos, nos miramos de costado,
casi no nos conocemos...
Sea Gauchito Gil o Expedito le creemos,
sea virgen, mercadotecnia,
umbanda o evangelista los tenemos.
Corrientes digna de no sé cuánta intervención,
de su dosis de invierno,
boleto a $3,75 sin ningún beneficio,
digna del calor envidiable y de otra inundación
que se acerca a las costas sin hacer ningún show.
Y se extrañará Corrientes con su puente casi en lamas,
educación en espera y la cana con su fama
que sea cual sea ya es parte de estas pampas.
Que sí, que no, que uno más uno acá es cero,
que Colombi por Colombi se parece a Romero.
Hoy tal vez ya nos custodian Ramoncito
y Cristian Schaerer,
esperando que un mural dignamente te recuerde
que hoy pujan en los bancos jubilados y docentes
por unas pocas monedas que nunca vio el excombatiente.
Se extrañará el tereré y el regateo de precios,
los mendigos que se mueren al lado de un cajero,
y la plata derrochada frente a tantos cartoneros.
Esta patria con sus oriundos próceres y ridículos,
esta provincia hecha añicos, festival de corruptos,
¡Mbaeparicó! ¿Vose fala.../...to the english?
Sayonara chamigo...
¿Si estamos todos acá por qué no hablamos de lo mismo?
Corrientes soñadora, the dream is over,
ya no somos los mismos que éramos entonces,
te esperamos entre ramos y discursos
con una lección de vida que nos baje los humos
entre guerras civiles por consumidor o dealer
y la ambición de algún zorro al acecho del "sin casco"
si es por seguridad, tenga un 20 a mano.
No te asombres de ver un radical, un peronista
y hasta tal vez un comunista todos en la misma lista,
porque no es diversidad, sino el cómo se administra
en la ciudad de Vera la ilusión multipartidista.
Mientras pago con mi sueldo cada foco en costaneras
y de yapa para ERSA, mi paciencia y mis monedas.
Chaque mboy que la ambición
acá no duerme siesta
y mientras bailan las comparsas
otra gente está de fiesta.
Hoy se revientan los splits y la vida no es barata,
cada años sos Corrientes, la ciudad de las migrañas.
Acá en las siete puntas, cuna de cuentos y pavadas,
de las "1000 cuadras pavimentadas"
Corrientes norte, casi ya estás casi afuera
con tus mil facultades y un millón de analfabetas
sin saber de ecología, inmigración o economía
sin saber que acá se vive día a día
en el medio del calor una implacable guerra fría.
Por eso te quiero Corrientes, con tu déficit de sueldos,
tus ateos, tus garantías que caducaron hace rato,
tu asfalto barato, tus villas y amuletos,
dinastías irrisorias, trayectoria sin progreso,
tus facturas de DPEC y tus tantos intentos
de surgir de entre las deudas que el pasado nos ha hecho.

19.5.15

La experiencia de los indeseables

Hoy recibí un mensaje de uno de los empleados del hotel donde trabajaba, que dice que el cocinero (a saber, el viejo más groncho del condado, un verdadero huno sin un pomo de educación ni finura, objeto de quejas de todos los colores y por algún misterioso motivo, protegée del Empresario que dirige el barco que con él se va a pique) va a brindar su excelso servicio en el hotel donde estoy laburando ahora.

No tengo ganas de lidiar con el tipo. Simplemente eso. Si ese rumor es verdad, probablemente me ahorre más quilombos renunciando al trabajo y buscando uno nuevo. O, al menos, poniendo de expreso manifiesto que yo no pienso fingir respeto, como él no lo hace: con la pequeña diferencia de que él está amparado por el Empresario, y yo en vez de retrucarle tengo que bajar la cabeza porque yo soy joven y le debo "respeto a los mayores".

Y hoy, sin embargo, al enterarme que él volvía, recordé un consejo que él mismo me dio:

"Hay dos formas de ser feliz: o hacer lo que te gusta, o tener plata. Así que, o hacés plata, o seguís estudiando. Me parece muy bien que estudies".

Increíblemente, lo dijo él, que no sabe ni escribir la palabra "cerveza".
Pero en el momento no me apresuré a juzgarlo. Me pareció, más bien, que el tipo realmente me estaba transmitiendo la necesidad de hacer algo que, por h o por b (no me interesan los motivos, porque no me interesa su biografía) él no pudo hacer. Escuetamente, me estaba diciendo con absoluta sinceridad que la solución era seguir lo que yo quería hacer.

Ahora, curiosamente, luego de que yo haya renunciado y haya vuelto a trabajar en otro hotel de la misma cadena, y a él lo hayan echado por sus recurrentes problemas con el personal y lo hayan decidido tomar de nuevo (o al menos, tal parece), me doy cuenta que no quiero lidiar con el tipo, no tengo ganas; y, ¿por qué? Porque no es un gaje del oficio. Éste no es mi oficio. Eso me deja a mí con una única alternativa: seguir estudiando, prepararme para mi propio oficio, que ciertamente no es ése.

"Hay que estudiar", y por varios motivos. El primero, para no ser un viejo amargado como Luis Miranda. Yo no me voy a pasar mi vida en un hotel. Piénsenlo como idealismo, o como lo que sea; pero que la puta parca me lleve si yo caigo en la dejadez de vivir toda mi vida trabajando en un hotel. Y que la misma puta parca me cuelgue de las pelotas de un acantilado, si realmente me acostumbro a la presencia de Luis Miranda, con todo lo indeseable que es, por la urgente necesidad de conservar un trabajo que en el fondo no deseo. Llámenme idealista, pero en estos casos, lo contrario de idealista es ser un pusilánime, y yo no quiero ser un pusilánime.

Pero, sobre todo, por el motivo que el propio Luis Miranda me dio: la única forma de ser feliz es hacer lo que te gusta. Lo que se desprende de la observación del mismo tipo que me dio el consejo: es un indeseable porque es un infeliz, como si no le gustara lo que hace. Y esto es algo mucho más notable.

Esta mañana, cuando me enteré que el viejo volvía, pensé en la resistencia que iba a oponer a la decisión empresarial. No quiero sacrificar mi paz en el laburo. Y la voy a defender con uñas y dientes: amenazaría con renunciar si es necesario.

Pero después pensé en otra fatal necesidad. No pasa tanto por la paz en el laburo. Lo que yo tengo que hacer es otra cosa: trabajar en mí mismo para no ser así, ni para tener que lidiar con gente así, ni para que otros tengan que lidiar en estos términos conmigo.

Por contraste o por vocación, se trata de no perder el foco en lo que uno debe hacer.

¿No es cierto?

16.5.15

Amélie Nothomb y el arte epistolar

No suelen entusiasmarme las cartas largas. En general suelen ser las menos interesantes. Llevo más de dieciséis años recibiendo tanto correo que, sin querer, he desarrollado una teoría instintiva y experimental sobre el arte epistolar. Ahí, he observado que las mejores cartas nunca superan los dos folios tamaño din A4 por ambas caras (insisto en lo de ambas caras: el amor por los bosques obliga a la opistografía. Los que se niegan a practicarla en nombre de una vieja norma de educación demuestran tener extrañas prioridades). No se trata de nada absurdo: imaginar que tienes más cosas que contar es una falta de respeto y la ausencia de consideración no te hará más interesante.
Amélie Nothomb

13.5.15

Dolly Penreath

A Dolly Pentreath la bautizaron en el año 1692. Vivió toda su vida en un pequeño pueblo portuario llamado Mousehole, al final de la península que conforma el condado de Cornwall, al sudoeste de Inglaterra. Dolly nunca se casó debido a su pobreza, y laburó de vender pescado en el pueblo. Vivía en "una choza en una avenida angosta", de acuerdo a un cronista llamado Daines Barrington, y a la edad de 82 años se mantenía mitad con aportes de la iglesia y mitad con dinero proveniente de adivinar la fortuna a sus vecinos.

Dolly Pentreath cobró relevancia por ser la última hablante nativa monolingüe del idioma córnico, una lengua celta que se originó alrededor del 600 d.C. y se declaró oficialmente como lengua muerta cuando Dolly falleció en el año 1777. Actualmente, se conoce que la lengua se siguió utilizando en el seno de algunas familias de Cornwell, aunque hay consenso en que Penreath fue su última hablante fluida. 
Dolly era consciente que el destino del córnico como lengua estaba signado por una próxima desaparición, debido al avance del inglés. Y aunque en su comunidad ya era común el bilingüismo, ella se tomaba el recaudo de hablar y putear en córnico cuatro horas por día todos los días con estudiosos que llegaban desde la capital, y repetir insistentemente que hasta los 20 años no sabía una sola palabra en lengua inglesa. 

Testimonial del avance (en retoño todavía) del idioma inglés como lingua franca en más de un rincón del mundo, Dolly Pentreath adquirió celebridad por su rebeldía y está enterrada en la parroquia de St. Paul Aurelian, con una lápida construida por Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón. Según la leyenda, sus últimas palabras fueron: "Me ne vidn cewsel Sawznek!" (¡No quiero hablar inglés!)

Más testimonios de fascinación

12.5.15

Rancière y la representación

Una pregunta inquiere si es posible realmente vivir en una democracia real o si siempre vamos a vivir con oligarquías que nos dominan y pequeños intervalos de manifestaciones populares.

Jacques Rancière: A lo que podemos llegar en el futuro, no tengo la menor idea. La cuestión para mí es pensar que el presente abre o cierra futuros, pensar el presente como aquello que abre y cierra futuros. Están los que piensan, como Tiqqun o el Comité Invisible, que sólo una especie de catástrofe puede permitir la liberación. Está Toni Negri, por su lado, que piensa que el mismo proceso de trabajo en condiciones capitalistas crea las condiciones del comunismo futuro. Hay grupos que dicen que tienen que madurar las condiciones objetivas, que hay que crear instancias de vanguardia y que en unos cinco mil años vendrá la revolución buena de verdad. Etc.
Yo a todo eso digo no. Insisto en esta presencia popular alternativa con respecto a la confiscación del poder de todos por parte del Estado o de poderes vinculados a poderes financieros. La primera condición de otro futuro es que ampliemos aquí y ahora esferas de iniciativa de un pensamiento compartido, de modos de decisión compartida, de focos de autonomía que den poder a cualquiera. ¿Dónde están las condiciones de otros futuros que no sean la reproducción del presente? En el presente. ¿Dónde va a llevar esto? Yo no lo sé. Lo que sí sé es que lo que puede llevar a otra cosa distinta al presente es la constitución de otros focos de poder y expresión autónomos, de otras formas de uso de las capacidades de los anónimos. Es decir, que mantengamos o renovamos las formas de existencia de un poder que no es un poder oligárquico.
Diario El País, 08/05/15

11.5.15

Villoro y el periodismo narrativo

El periodismo narrativo refuerza el papel subjetivo del cronista y la presencia de alguien individual, con personalidad propia, que registra la noticia. En un medio estandarizado, donde las noticias se reiteran casi con las mismas palabras de agencia en agencia, y donde los links homologan el acceso a datos, es saludable que haya personalidades distintivas y singulares capaces de asociar la noticia con su manera de ver el mundo. Esto no significa distorsionar la información sino verla desde una perspectiva personal.
Juan Villoro

2.5.15

Las procesiones

"La procesión va por dentro", decía mi abuela. Y es un refrán que a mí me gustaba mucho, especialmente cuando se lo oí cantar a Kevin Johansen. Me gustaba mucho más que "más vale malo conocido que bueno por conocer", estandarte de mi vieja que votará a Colombis ad eternum. Me gustaba ese refrán porque siempre me consideré un poco introvertido. Me acuerdo la primera vez que me lo dijo: estaba nervioso por una cirugía mínima que me iba a hacer, pero no gritaba ni pataleaba ni me quejaba ni nada. Simplemente, sentía todo el tiempo que estaba a punto de desmayarme.

Esa vez, mi abuela lanzó la sugerencia con estoicismo y sin desesperarse: "La procesión va por dentro". Me explicó que era como si hubiera fuerzas internas que no salen en palabras, sino que expresan su caravana en locuras somáticas que uno no sabe bien a qué atribuir. Y te digo, en esos momentos tan jodidos, hubiera preferido patalear que sentir mi panza como un lavarropas. El laconismo del cuerpo es un arma de doble filo.

Recién un pasajero del hotel hizo una cosa muy curiosa, a la que no estoy muy acostumbrado. Mientras estaba recibiendo las indicaciones de una vieja de mierda (todos conocemos el espécimen tipo vieja de mierda: quejosa sin motivo, pesada como tractor a pedal), lo vi al tipo instalarse en el desayunador musitando un "buen día" casi inaudible y caminar derecho al buffet para elegir un desayuno bien escueto, sin esperar a que nadie le sirva. Se tomó un té mirando a la ventana, tranquilamente, y en diez minutos me entregó la llave de su habitación.

— ¿Vas a querer que te limpien la habitación? —dije sin tutearlo.
—No —respondió con sencillez—. Ya me voy.

Recién ahí vi que el tipo tenía una mochila en la mano. Cruzó la puerta y se fue.

No sé por qué se me ocurrió la perversa conclusión de que el tipo jamás iba a volver al hotel en su vida. No dijo nada. No se quejó de nada. No me pidió indicaciones. Todo lo que hacía era demasiado rutinario. Evidentemente, era un viajante, de esos bichos raros que viven siempre en hoteles como Forrest Gump naufragó en un aeropuerto. Pero justamente por eso: nada le pareció excepcional, y nada en él indicaba que tenía motivo para elegir este hotel sobre cualquier otro de la ciudad a la que él miraba tomando un té.

Como Bart cuando se mandó el moco de robarse algo en un supermercado y Marge, como reprimenda, no le dijo absolutamente nada: él hubiera preferido que lo re cague a pedos. Pero no. El lacónico es así: un arquetipo terrible. En su silencio, junta sus cosas, te dice "me voy" y se va sin darte explicaciones. Vos te quedás pensando (el servicio es mi única religión) en qué se la habrás cagado al tipo. Y, a lo mejor en nada. O a lo mejor sí. Te queda la intriga como una mochila Montagne atada a tu espalda con hilo sisal. Una especie de mea culpa vaguísimo, que no te sirve en definitiva para nada.

Por este poder glacial y contundente prefiero a la raza lacónica sobre cualquier otra en este mundo. Ya me di cuenta con los refranes de mi abuela. Mucha procesión atrae también mucha gilada.

1.5.15

RIP Grooveshark / viejo, volvé a los vinilos

El buen criterio del mercado -el mismo que, en Katmandu, le impide el acceso a un hotel cinco estrellas a víctimas de terremoto en busca de un lugar para refugiarse-, sometió a nuestro querido Grooveshark a una presión financiera y legal tal que obligó a sus fundadores a descontinuar su servicio gratuito a sus 30 millones de usuarios el día de ayer.
Financiera: por la amenaza de una multa de más de 700 millones de dólares. Legal: la multa viene a causa de una acusación hecha por nueve grandes empresas discográficas amparadas en las leyes del copyright, cuyo fallo final a favor de estas últimas tuvo lugar en septiembre pasado por (la coincidencia es increíble) el juez Thomas Griesa. A los fundadores de Grooveshark, plataforma que llevaba diez años funcionando, no quedó más alternativa que acatar la resolución de Tom el chueco.

Yo le tenía mucho cariño al tiburón. Pero era bastante bueno para ser real: casi toda la música que escuchaba yo estaba disponible ahí, y era sólo cuestión de buscarla y añadirla a una lista de reproducción con corazoncitos. Era lo más fácil de usar. Era gratuito, aunque tenías la opción de pagar. Fue de gran ayuda para ir descubriendo discografías enteras, desde Bregovic a Belle & Sebastian, y simplemente ignorar las que me desagradaban sin tener que bajarme un torrent. 

A la lista que tenía acá como gadget le metí horas enteras de dedicación para dibujarla con un prolijo degradé que arrancaba con un poco de bizarrada (me sentía orgulloso de haber metido Halibour Fiberglass Sereneiders), y pasaba por el rock alternativo, la música balcánica, el blues, la chanson francaise, el chamamé, el post-rock, e incluso tenía dos o tres canciones propias mías metidas por ahí con nombres truchos y grabadas con mi propia computadora en el living de mi casa. Bueno, party's over.

Escribo esto porque hoy no tengo ganas de escribir otra cosa, no podía pasar esto por alto. Y de paso, aprovecho para dejar en claro que me re contra cago en Spotify en tanto es la opción más accesible, más boba, más lógica, y la que te inunda con publicidades invasivas a menos que pagues dinero. Tiene pésimo gusto para sugerirte música, allende el hecho de que te la sugiere muy de prepo. Y es verde. Y evidentemente tengo problemas con las aplicaciones para celular de color verde.

El vecino del 3°D, un viejo un poco sordo, ex-trompetista, me contaba que conserva hasta hoy una amplia colección de discos de vinilo pero que vendió todo lo que tenía para escucharlos. Lo único que tiene es una pequeña radio que de vez en cuando engancha Beethoven, dice. Por lo que entendí, no maneja Internet.

Viejo, volvé a los vinilos. En mi opinión, el mundo se está volviendo cada vez más choto.