12.4.15

Short term struggles can force the big picture to take the backseat

Con treinta grados y una lluvia sorpresiva después de una mañana de sol, Córdoba (la concrete jungle cordobesa) parece la selva misionera, sólo que en vez de flora espesa hay smog y praliné y en vez de coatíes hay votantes del Gringo. Pero salvando ciertas pequeñas distancias casi que me siento como en casa.
Al menos así lo sentí cuando el tufo me abrazó con una familiaridad calurosa al salir de mi edificio, que ahora tiene llave magnética y reniego mucho menos con el tembloroso cricricri de querer encajar la llave en la oscuridad. Todo parece tan fácil y tan líquido. Pero de repente quiero salir y me quedo en el umbral: llueve a baldazos. Y me refugio en el local Gama que está en la esquina, viendo para dónde encaro. La opción fácil de quedarse no es una opción, porque por más que sea sábado (un sábado que no tendría ni que existir, si va a ser tan feo) tengo que ir a laburar, y ya estoy llegando diez minutos tarde. Para peor, la media horita que llovió ya alcanzó para crear un arroyo de pilcomáyicas proporciones entre la vereda y la calle, cosa que puedo superar solamente recurriendo al parkour. En suma, es un escenario bastante caótico.

Sea como sea me aventuro en la vereda húmeda y a falta de paraguas voy rápido, como si quisiera esquivar las gotas cual Neo con las balas; sin darme cuenta, como se suele decir, que "adelante también llueve". Entonces pispeo: tiene que haber algún techito que amenice la marcha. Tal o cual efímera esperanza de paz que surge bajo un toldo de Pepsi es precisamente eso, efímera, pues el reloj corre y yo estoy llegando cada vez más tarde tratando de esquivar cataratas y manglares y gente que se volvió loca de repente, pues dejó el auto en quién sabe dónde (decisión suicida) bajo el cielo infinito de Córdoba, que tiene siempre el granizo en la punta del nimbus.

Así fui a trabajar hoy. Después no me pregunten por qué pienso que hay ciertos días que no tendrían ni que registrarse en un calendario. 'Ta muy lindo quedarse en casa a escuchar Jack Johnson y preparar panqueques de banana, o por lo menos si me dijera que está bonito para el cuchareo: pero el calor tórrido que flota sobre Córdoba capital hace que el único que chiva más que uno es el prójimo y la opción se desdibuja con rapidez.

Una última mención especial, sólo para comprobar que se puede escribir una entrada a partir de absolutamente nada importante. Fue aproximándome a la esquina de Tucumán y Colón, ahora cerrada al tránsito, que empecé a sentir un traqueteo imponente como la melodía que exhala la Garganta del Diablo en su rocío milenario sobre la pasarela; y al llegar a la esquina vi una modesta Bobcat con un martillo hidráulico en obra haciendo trizas el pavimento. Ahí, cuatro o cinco obreros trabajaban como si no lloviera a cántaros, y sin quejarse; uno incluso levantaba arena húmeda en la pala para ponerla en una carretilla chueca. Pero recorrí con la mirada el maquinón y su aguja: el traqueteo correspondía a una insistente golpiza a la calzada, que la partía como si fuera un bizcochuelo de chocolate. ¿Qué animal de la selva misionera podría mencionar acá para ajustar a la city al modelo que me armé, cuando salí transpirando de mi casa sólo para encontrarme con el panorama desolador de una tormenta estival a la hora del laburo? Fu, creo que nada. Un yaguareté, quizás; pero ni bostezando, ni rugiendo, ni nada. Un yaguareté en el coito. Eso es. Un yaguareté.

No hay comentarios:

Publicar un comentario