8.4.15

Mr. Cobra, 2

Hay un proverbio indio que leí ayer: "la cobra te va a morder así la llames Cobra o Mr. Cobra". Me pareció muy divertido, habida cuenta del trabajo nuevo que pegué en un hotel nuevo en el que están "acomodando los horarios de acuerdo a sus necesidades" (que, desde Marx en adelante, sabemos que rara vez coincidirán con las mías).

En tiempos de transición es donde aparece con suma urgencia la cuestión de no dejarse culiar, como reza ese graffitti marquesinesco en la iglesia por Deán Funes. Esto es: mantener mis propios intereses con la menor flexibilidad posible, equilibrándolos con un trabajo en el cual (tengo que recordar que) por el momento al menos, todavía me necesitan. Asumiendo saludablemente que mis prioridades son otras.

Hace nada más que un año estoy incorporado al mercado laboral cordobés, y ya me ha pasado de regalar mi tiempo y mis energías por no poder, simplemente, decir que no. Puede parecer tonto decir "te voy a laburar gratis", pero en el momento te arremangás convencido de que es por una buena causa.
El tipo que tiene una empresa reedituable la tiene por una razón: sabe cómo hacer más con menos, para ir acumulando. Por ende, no me sorprenden dos cosas. Una: que haya una suerte de cultura laboral donde es vago o garca el que, ante un problema grave en la empresa que te emplea, decida irse si se cumplió su hora aunque sus compañeros estén en el horno. Dos: que, gracias quizás a esa misma cultura, se dibuje a este tiempo invertido (que para el empleado es irrecuperable) como un compromiso (con el grupo, con la empresa, y, en el caso más perverso, con la vocación): el compromiso da cabida a un agradecimiento, pero no se monetariza.

En el fondo, la falta de valentía para imponerme (mi peor defecto hoy por hoy, si tengo que hacer un examen de conciencia pascual) proviene de un excesivo respeto al empleador, como si mi vida se desarmara por completo si lo hago enojar y me deja sin trabajo.
Ingenuidad, por lo menos en mi caso: porque si me echa por pedir una hora menos o unos mangos más, él tiene que laburar el doble para cubrir el bache. Pero si me callo, yo laburo el doble; al fin y al cabo, casi todo lo que hay en la caja al final del día va a él, y a mí me va una parte, siempre fija, que puede o no ser desproporcionada: depende de cada empleado pensar de cuánto dinero hablamos cuando hablamos de "digno".

Saknussem y Claudio. Es así, como decían los indios (herederos de una práctica ancestral que los jóvenes hedonistas asimilan como la suya: la de la ociosa contemplación): la cobra te puede morder aunque la llames Mr. Cobra.

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