6.4.15

Mr. Cobra, 1

3

—Buenos días, León —dijo su jefe al abrir la puerta.
Claudio se sobresaltó e hizo una gran mancha.
—Buenos días, señor Saknussem —balbuceó.
—¡Torpe! —gruñó el otro—. ¡Siempre hace manchas!
—Discúlpeme, señor Saknussem, pero...
—¡Bórrela!
Claudio se inclinó sobre la mancha y comenzó a lamerla aplicadamente. La tinta estaba rancia y olía a foca.
Saknussem parecía de buen humor.
—¿Ha leído usted los diarios? —preguntó—. Los conformistas nos preparan buenos jaleos, ¿no es así?
—¿Eh?... sí, señor —murmuró Claudio.
—¡Mequetrefes! Ya es hora de que se los vigile. Y están todos armados, como usted sabe.
—¡Oh! —exclamó Claudio.
—Lo vimos claramente en el Liberacionamiento —dijo Saknussem—. Llevaban camiones enteros de armas. Y, naturalmente, las personas honradas como usted y yo no tenemos armas.
—Por supuesto...
—¿Usted no las tiene?
—No, señor Saknussem.
—¿Podría conseguirme un revólver? —preguntó Saknussem de buenas a primeras.
—Es que... —contestó Claudio—. Tal vez por medio del cuñado de mi casera... no lo sé.
—Muy bien —dijo su jefe—. Cuento con usted, ¿no es así? Que no sea demasiado caro... y con cartuchos. ¡Esos cochinos de conformistas! Hay que desconfiar de ellos, ¿no es así?
—Ciertamente —confirmó Claudio.
—Gracias, León. Cuento con usted. ¿Cuándo podrá traérmelo?
—Antes tengo que pedirlo.
—Por supuesto. Tómese tiempo. Si quiere usted salir un poco antes...
—¡Oh, no, no vale la pena!
—Está bien. Pero procure no hacer manchas. ¡Cuide su trabajo, qué diablos, pues no se le paga para que no haga nada!
—Pondré atención, señor Saknussem —prometió Claudio.
—Y esté aquí a la hora —concluyó su jefe—. Ayer llegó con seis minutos de retraso.
—Pero de todos modos vine nueve minutos antes de la hora.
—Sí, pero habitualmente viene usted un cuarto de hora antes. ¡Haga un esfuerzo, caramba!
Saknussem salió de la habitación y cerró la puerta. Claudio, muy conmovido, tomó otra vez la pluma. Como le temblaban las manos, hizo una segunda mancha. Era enorme. Tenía la forma de una cara que reía irónicamente y sabor a petróleo.

4

Claudio terminó de comer. [...] Se levantó para responder al campanillazo que había sonado en la puerta. Era el cuñado de la patrona.
—Buenos días, señor —dijo el hombre, la sonrisa honrada y el cabello rojo del cual delataban su origen cartaginés.
—Buenos días, señor —contestó Claudio.
—Le traigo la cosa —dijo el hombre, que se llamaba Gean.
—Ah, sí... el...
—Aquí está —y lo sacó del bolsillo.
Era un lindo revólver de diez tiros, marca Walter y modelo ppk, con un cargador cuya culata guarnecida con ebonita se adaptaba exactamente a las dos placas estriadas donde se pone la mano.
—Buena fabricación —dijo Claudio.
—Cañón fijo —dijo el otro—. Gran precisión.
—Sí, puntería cómoda.
—Fácil de empuñar.
—Arma bien concebida —dijo Claudio, y apuntó a una maceta de flores que se apartó de la línea de mira.
—Es un arma excelente —confirmó Gean—. Tres mil quinientos.
—Es un poco cara —objetó Claudio—. No es para mí. Por supuesto, creo que vale ese precio, pero el interesado no quiere pasar de los tres mil.
—No puedo dejárselo por menos. Es lo que me cuesta.
—Lo sé muy bien, pero es muy caro.
—No es caro.
—Quiero decir que las armas son caras.
—Eso sí, pero una pistola como ésta no se encuentra fácilmente.
—Así es.
—Tres mil quinientos es el último precio.
Saknussem no pagaría más de tres mil. Economizando un cambio de suelas en sus zapatos, Claudio podría poner quinientos francos de su bolsillo.
—Tal vez no siga nevando —dijo Claudio.
—Tal vez.
—Se puede prescindir de unas suelas nuevas.
—Así es, estamos en invierno —confirmó Gean—. Le dejo el segundo cargador por el mismo precio.
—Es usted muy amable —dijo Claudio.
Comería un poco menos durante cinco o seis días y eso le haría recuperar los quinientos francos. Saknussem al vez se enteraría por casualidad.
—Se lo agradezco —dijo Gean.
—Soy yo quien le queda agradecido —replicó Claudio, y acompañó a Gean hasta la puerta.
—Tendrá usted una buena arma —concluyó Gean, y se fue.
—No es para mí —le recordó Claudio, mientras el otro bajaba por la escalera.

Boris Vian, El otoño en Pekín

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