23.4.15

La república iconoclasta

Hasta hoy no creía que las buenas anécdotas se vaticinan, pero vamos a hacer de cuenta que ahora sí.
Bah, al menos no lo sabía cuando Laulina cebó sus primeros mates y yo, esperándolos en la mesa, escuchaba atentamente el proyecto que tiene en mente para organizar una exposición de fotografía en la que está trabajando: artistas out of context. Digamos. No quiero hablar demás. No vi trabajos suyos (están encarpetados en Tandil), pero ella tiene toda esa mística de fuerza bien centrada que rodea a las personas con talento.
Eso fue como a las siete y media de la tarde, cuando por fin pude entender cómo llegar a Colegiales. Durante una hora de mateada Laulina me contó un poco de su vida, su laburo, cómo es el infierno porteño de día y los muchos escapes que ofrece de noche. Me regaló un encendedor celeste por mi cumpleaños, e Iña me regaló un dibujo suyo autografiado en una de las hojas de mi libreta, que usé para anotar también el nombre de una banda de blues. Fue una linda tarde.

Cuatro horas después estaba ingresando al hall del Village para ver Theory of Obscurity, la película de los Residents que se estrenó este mismo año.
Era la segunda vez que se proyectaba en Buenos Aires. Yo estaba un poco mugroso para el Village, con el pelo pegajoso por el eterno smog de la calle. Pero no iba a renunciar a ver la película que espero hace un mes por conservar un poco de facha, a la que cuesta más conseguirla que usarla para algo útil. Así que, sucio y desprolijo como estaba, me acerqué a hacer la cola para acceder a la sala 8. El público, más bien paquete: nada que ver con el público del BAZOFI, que en la ocasión que nos reunió consistía de estudiantes de cine con ganas de ver cosas nuevas y viejos interesados en películas semi-pornográficas nacionalsocialistas. Sinopsis: ése sí que era un público interesante.

Pero en el Village las cosas se hacen de otra forma, y te das cuenta desde que entrás y hay un Starbucks y Mauricio te regala WiFi en una bandejita.
Y hete aquí que una vez llegado e instalado en una butaca ergonómica me doy con la grata sorpresa de tener compañía conocida, además de Lucas, que estaba sentado al lado mío. No poco sorprendido, pero recordando que estas cosas deben ser de lo más naturales en Buenos Aires, me acerco a Lucas y le digo en voz baja:
— ¿Sabés quién es ese que está ahí en la butaca de adelante?
—No.
—Nekro —le dije lo más disimuladamente que podía.
Me di cuenta que era Nekro por tres motivos: por sus rastas marmoladas, por sus dimensiones más bien miniatura y porque la mina que lo acompañaba, casi el arquetipo de la joven bohemia porteña, que le dijo al tipo de al lado "acá se sienta Carlos".

De repente estábamos en un cine mirando una película de los Residents (¡a sala llena!) con Nekro en la butaca de adelante. Y todos actuando como si no lo junaran. Capaz su cara de pocos amigos habrá sido más bien repelente. Digamos que en el momento no me imaginaba al tipo hablando del Principito con un sombrero de paja puesto. Estaba bien vestido, como todo el público del BAFICI. Pero recordé que era día miércoles, a las once de la noche. No sé qué carajo hace Nekro todo el día, pero parecía realmente cansado.

Y ahí recordé lo que me había dicho Laulina un par de horas antes. Artistas out of context. De repente me pareció una idea aún más genial. Después de todo, digamos que tanto Nekro como algunos de los que estaban allí eran artistas, y por tanto laburantes. Los Residents mismos, sobre los que versaba la película que fuimos a ver, también eran laburantes. También estaba ahí Gustavo Sala, pero no sé qué epíteto ponerle a ese degenerado.
Es como que si sos laburante, y caés un miércoles a la noche cansado a ver una película en el Village, vas porque tenés ganas de ver una puta película y todo el ego del rockstar y todas esas cosas se disipan y eso también tiene su encanto.

Esa clase de cosas son las que no acostumbramos ver en el interior: los artistas de renombre (o, bueno, Sala) viendo una película en el mismo cine que vos, o comprando bergamota en la esquina como se supone que hace cualquier persona. Cada vez que aparece uno de estos personajes conocidos en una ciudad del interior, lo miramos con adoración porque sabemos que sólo se queda dos o tres días y viene estrictamente a hacer lo que mejor sabe hacer, y su aura de bicho raro lo sigue por donde vaya como un patovica metafísico.
Pero después se va, y el interior sigue siendo el interior, y el tipo va al gimnasio de su barrio a hacer un rato de bicicleta fija, y nosotros seguimos plantando tomates bajo el sol de Traslasierra mientras escuchamos a Pergolini, al que le chupamos un huevo.

Después no me vengan con que este es un país federal. Las pelotas.

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