5.4.15

Jorge, Fito, Carlos: sus mentes

Cada vez que entro al lobby de mi edificio Jorge está en una posición similar: los brazos cruzados a la altura del pecho, sentado en su silla ni muy cómoda ni muy tortuosa detrás de un escritorio casi vacío, de no ser por el termo bicolor y el mate de plástico. A veces está escuchando la radio; otras veces habla con una mina por altavoz y a los gritos. Pero nunca se olvida de saludarme, así sea con un gesto con la mano. Porque ya hemos intercambiado conversaciones, sacadas de cuero de rigor (de las que se mantienen con cualquier portero de confianza) y consejos. Al parecer él ama su laburo. Cuánto será que lo ama que salgo a las 5 de la tarde y vuelvo a las 6 de la mañana y sigue ahí, con la misma cara, apenas un poco más despeinado pero jamás impresentable. Y jamás una queja. Disciplina militar. Porque, dice él, "los que manejan este laburo son todos ex-milicos".

En la época donde andaba buscando laburo (sí, ¿qué pelotudez, no?) él me decía que pruebe con ser guardia de seguridad. Pero al toque se retractaba: "no, este laburo no es para vos". Y añadía: "es para un guaso grande... es muy aburrido, tenés que estar acá 16 horas sin moverte, siempre en el escritorio, apenas salís a la vereda para ver y no tenés que tardar mucho para ir al baño porque piensan que te borraste y te fajan", dice. Él tiene toda la pinta de haber nacido para eso, aunque me dijo que es locutor y que ahora mismo estudia doblaje de películas.

Mi abuelo, cuando iba a pescar, decía más o menos lo mismo de ese su oficio, que era de esparcimiento más bien (aunque venía de diez una boga a la parrilla un domingo a la noche). "Tenés que tener mucha paciencia. Te sirve para sentarte, pensar, ordenar tus ideas...".
Las sesiones de meditación en el Taragüí. Hasta mi tío, uno de los tipos más frenéticos con los que tuve el gusto, también se prendía a las meditaciones colectivas en medio del río cuando sacaban la lancha. Era algo que les hacía bien. La quietud, la paz, el silencio.

Digamos que es valiosísimo tener una mente capaz de vagar por ahí por sí sola, si da la casualidad de tener que estar atado a un mismo lugar por un rato largo. Es un favor que se hace uno a uno mismo. Al menos, eso siento yo cuando estoy acá en recepción, al pedo, en un hotel casi vacío un sábado de gloria helado después de una lluvia; no es un laburo pesado, para nada, ni mucho menos desgastante: simplemente hay que permanecer. Me pagan por permanecer. ¡Quién pudiera!, pienso. Y entonces pienso en hacerme guardia de seguridad: debe ser como ser conserje en un hotel vacío, salvo por las eventualidades. Pero en la flor ansiosa de la juventud, realmente hay que tener ganas de enfrentar sesiones maratónicas tras el mate y el escritorio. Ahí es cuando pienso que en realidad, más que un trabajo pastoso y monótono, más vale tener una mente aventurera y fructífera que no te abandone cuando estés solo y al pedo, y sin posibilidad de irte al parque porque te pagan por quedarte ahí, por nada más que eso. Si uno puede lograr esa tranquilidad de espíritu, la paga es doble: le pagan por ordenar sus ideas.

Mi viejo vivía en un pueblo llamado Santa Rosa, departamento de Concepción, donde es fácil de adivinar que no pasaba un carajo, pues tenía 5 mil habitantes. No le costó conseguir una pequeña cabaña en una calle retirada del pueblo, si es que alguna vez el pueblo tuvo centro. Y (no es joda) se movilizaba en tractor.
Me acuerdo que la municipalidad de Santa Rosa había regalado alguna vez unas silletitas pequeñas que usaban las viejas para la laguna, que tenían detrás la inscripción adornada con un solcito y una palmera: "Santa Rosa, el placer de permanecer".
"Sí, placer", bufaba mi viejo, acelerado y neurótico y ansioso como es, con un temblor de manos crónico, totalmente harto del pueblo de la eterna siesta, "mirá que hay que tener ganas de permanecer en este pueblo lleno de vejestorios..."

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