26.4.15

Freak show errante (Re: L. Lamberti)

Para empezar, tengo ganas de contar más o menos dónde lo conocí a Luciano Lamberti.
El último día del curso de nivelación de Letras, una profesora trajo cuatro o cinco escritores para que cuenten un poco de la Labor. "No sólo por el fetiche de tener al escritor acá", dice Cecilia recorriéndolos famélicamente con la mirada, sino para que "nos cuenten un poco sobre la experiencia editorial", con la que más de uno va a tener que renegar o negociar alguna vez. Lamberti, parado ahí a contrapelo, era una marca de plumeros: se proponía barrer de una vez esa ilusión boba de que el escritor salía formado después de cinco años en Letras, como si ser escritor fuera un camino pavimentado y exento de toda presencia monstruosa.

Ese día habló, pues, el tipo: barbudo, con cara de pocos amigos, agarró el micrófono como si le pasaran un escobillón y le señalaran el piso. Empezó advirtiendo que iba a hablar de algo que probablemente a muchos no les guste tanto. De lo jodido que es dedicarse profesionalmente a la escritura. Del pequeño porcentaje que te dejan los buitres que se llevan el trabajo por el que vos sufrís y sangrás sobre la hoja en blanco noches enteras. De lo necesaria que es la soledad, y de lo poco que le sirve el aparato chimentero al escritor comprometido realmente con la misión de escribir una novela. Y al final, lo más duro, hizo cifras: basándose en los porcentajes promedio que se reparten entre el escritor y la editora, calculó que las regalías de un libro medianamente bien vendido te alcanzarían para pagar las expensas de un monoambiente por un par de meses.

Luciano Lamberti llegó antes que yo (a donde sea que estemos ahora), y probablemente se vaya después.
El tipo tiene talento, y conoce la forma de fundir el estilo de sus escritores preferidos con el suyo propio. Su prosa incisiva se granjeó la admiración de los críticos que utilizan la expresión "granjear la admiración", y pudo concluir (concluir algo es ya, para mí, un gran mérito) tres o cuatro libros. El hecho de que forme parte de la selección de la Editorial Nudista puede ser tanto una medalla de legitimación como una decisión estética de los editores... eso no me interesa mucho.

Hete aquí que esta mañana me entero que Luciano Lamberti se fue a vivir a Lanús Oeste. 
Lo cuenta en una nota que publicó en la revista Ni a Palos. De repente, se topó con la posibilidad de escribir una crónica sobre sus días en Buenos Aires, ciudad un poco distinta al paisaje campestre que ambienta sus relatos más conocidos. Esa ciudad que encuentra es un rejunte de impresiones previas suyas: una constante colisión entre la imagen romantizada que tiene de Capital y lo que en realidad va siendo. La pregunta más interesante que se hace, y posiblemente la más offside, es: ¿quién es hoy el compadrito de Borges? ¿El narco de la villa?

Escribo esto porque me identifico un poco con el relato. Me parece un poco increíble que, hoy por hoy, nos sigamos afanando en identificar a ese corso salvaje que es Buenos Aires con lo que Borges o Marechal decían que era; y la culpa es ¿de quién? ¿Del escritor que nos alimenta a los provincianos de ilusiones no perdurables? ¿De nosotros mismos por nuestra ingenuidad? ¿O de los porteños que tienen como única obstinación cambiar, cambiar todo el tiempo al compás de la vida misma y de sus catástrofes?

Yo mismo quiero encontrar en sus esquinas a Prodan, o a Symns, o de última a Casero o a Polvorón. Cruzamos la General Paz como quien entra a un museo de cera. Ese fósil que conservamos como la esencia porteña, cuyo epicentro, dice muy bien Lamberti, es donde se acumularían sus clichés, es el mismo mecanismo por el cual los porteños creen que el centro cordobés es puro baile y vino. La no siempre espectacular disolución de los colores locales deja una estela de humo maloliente a Riachuelo y tomates podridos en la vereda del Abasto. Freak show errante.

Y bueh, don Lamberti. Creo que no la pasaríamos peor si nos atuviéramos a esto que nos queda. La milanesa con los laburantes, las canchas de fútbol cinco; sumaría, quizás, esos pequeños grandes rituales como el cortado con medialunas, las salas de proyecciones con súper-8 o las publicidades de putas en los teléfonos públicos. Que la angustia no ciegue a los románticos que andan por ahí sin esperanza y sin desesperación; incapaces (qué mal habla esto de una ciudad tan vibrante como Buenos Aires) de adaptar su visión estetizada del mundo a un lugar que no la corresponde.

Capaz en eso consiste justamente la Labor. Andá a saber. Qué feo es laburar de inconformista crónico y que encima apenas te alcance para pagar las expensas.

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