27.4.15

Entrada cursi sobre Córdoba vista desde un séptimo piso

Mis encargados no lo saben (y espero que, si se enteran por este medio, se lean un par de entradas más de paso), pero cuando estoy al pedo en laburo y se acerca la última hora de la tarde subo a la terraza a fumar un pucho.
La salida para la terraza queda en el pasillo del séptimo piso, en el cual hay una puerta blanca que da a una escalera colgante (tan aterradora como suena) y de ahí al techo de piso de piedra, muros bajos y una pequeña habitación, que es la sala de máquinas del ascensor. Es lo que se conoce como una "terraza de servicio", no apta para el turista fisgón, por lo que se encuentra permanente cerrada y, como su nombre lo indica, sólo puedo acceder yo, que soy tan servicial.

Dada la grata ubicación del hotel tengo una vista panorámica del Río Suquía justo antes del recodo frente al barrio General Paz. Desde el séptimo piso se divisan los varios puentes del río, todos desiguales como medias sueltas en un tendero, los edificios del paquetón barrio vecino, y allá al fondo, como un inmenso muro de ladrillos, el califato sojero neocordobés.

Digamos que la terraza es el escenario zen de mis tardes, cuando no estoy viendo alguna película de Europa Oriental en recepción o comiéndome uno de los lomitos que hacen en donde labura mi amigo Pepe. Pienso que tanta suerte, tanta sencillez, no puede durar; pero si tengo que sacrificar al menos las películas porque de repente entra algún pasajero (adivinaréis que es un hotel que está vacío), cuento con que nunca desaparezca esta sana costumbre de ir a fumar un pucho a la terraza, descuidando la recepción cinco minutos, y mirar a esta Córdoba desde arriba, tan inocente, tan desligada de esas cosas que nos producen felicidad y amargura, bah, simplemente siendo.

Y bueno. Ahí es cuando, en la panorámica, me doy cuenta que estoy ligando cada vez más mi experiencia en el mundo con mi experiencia "geográfica"; es como cuando descubrís que te estás enamorando de alguien en el momento donde la ves en un acto ritual otrora tan insignificante como sacarle el papel a un caramelo de menta.

No tiene nada de niñez esto, pienso. A veces parece que sí, porque me gustaría conocerme todo lo que hay, sin importarme qué o con quiénes y en dónde. Es un arrebato de ansiedad espeluznante que jamás se va a poder cumplir por definición. Pero otras veces, como hoy, miro alrededor y digo: "y bueh". Como los viejos de pueblo que suspiran sentados en un banquito cebándose un mate. La resignación de saber lo que nos toca, la moira ni más ni menos. Pero al mismo tiempo, saber que estoy parado en ese pedacito de tierra al que tengo acceso (toco la llave en el bolsillo para cerciorarme de que no se cayó), que se reserva para mí, que me espera, así clandestinamente, porque se me dio la suerte de que hoy es domingo y no están los encargados.

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