30.4.15

El WhatsApp

Mi vieja me obsequió con un smartphone que todavía le está costando unos mangos menos de su salario, con la convicción de que iba a ser para mejorar mi vida. Si no, no lo hubiera comprado. Así creo yo, pero no sé si ella lo piensa de la misma forma.

Para comprarse un smartphone se necesita primero una excusa, naturalmente. Seremos clase media, pero no somos derrochadores. Mi celular se me perdió en un episodio típicamente mío: en un bar.
Los pormenores no le importaron a mi vieja, que vio una estelar oportunidad para mantenerme al tanto de la onda tecnológica, y gestionó con los amigos que ella nomás sabe quiénes son un smartphone con descuento; y números de tarjeta mediante tuve el celular en una semana, porque venía en una encomienda con el remitente en una remota provincia argentina.

Cuestión que ahí estaba el aparatejo: táctil, negro, cuadrado, hermoso, pulcro, amigable, eficiente, funcionando. Esperándome a mí que lo manosee para configurarlo. Y lo primero que tenía que hacer (casi como deber moral, porque para eso mi vieja -que no vive acá- me lo había regalado en primer lugar) era bajarle el mensajero de iconito verde. El mesiánico Whatsapp.

De repente tenía acceso a un mundo nuevo en el que ya estaba presente la mayoría de mis amigos, esperándome como quien se incorpora a una secta genial un poco tarde, y recibiéndome con los brazos abiertos en un festín de fotos de perfil en Brasil y mensajes personales muy motivadores.
Me da mucha gracia leer eso que ponen de estado: para algunos (para los que no ponen cosas sosas como "Ocupado"), el WhatsApp es un espacio de reflexión espiritual, donde ese aforismo que revela una verdad del mundo o sobre Dios tiene que estar de estado de WhatsApp, por razones un tanto vagas pero muy poderosas.

Con el WhatsApp, la conversación pasó a cobrar una importancia antes inusitada.
Es cierto: antes del WhatsApp estaba mucho más solo. Ahora tengo a todos mis amigos en mi bolsillo, y no sólo eso: tengo a mis jefes en mi bolsillo, a esa gente que conocí una vez estando ebrio y anoté el número, a exnovias, al veterinario y al plomero... están todos ahí, cada uno con su verdad universal de estado y su foto de perfil en la playa de Brasil. Es una kermesse. Y están todos ahí en la medida en que están igual que yo: con el celular en la mano, dispuestos a responder un mensaje al instante. Nunca estoy solo.

Cuando era chico pensaba qué copado sería poder mandar mensajes de texto gratis. Fue una revolución para mí cuando Personal llegó con sus packs de 5000 SMS por una semana: era un verdadero desafío para la velocidad de tus dedos, especialmente cuando te estabas chamuyando a una piba. Pasaba madrugadas enteras entre bipbips y tikitiki cuando coincidía con alguien que también había comprado el pack.
Hoy es totalmente anticuado. Ahora, escribir es gratis, y no sólo eso: mandar videos es gratis, mandar fotos es gratis, mandar audios es gratis, y creo que hasta se volvió gratis llamar por teléfono, pero no sé porque no puedo estar en la vanguardia de todo.

Y junto a la gratuidad de la conversación, apareció otro interesante fenómeno: hablar porque es gratis.
No me sorprende para nada que haya tenido un prejuicio al telefonito verde por tanto tiempo. El otro día me puse a pensar por qué. Era cierto: cuando tenía mi viejo y querido Nokia C2, al que solamente podía entrar a Facebook renegando un poco, la gente tenía que gastar dinero en mensajes de texto con una expresión torcida en la cara ("cuándo vas a tener WhatsApp") al recurrir a un servicio que se iba encareciendo mes a mes. Puedo asegurar que recibía diez mil veces menos pelotudeces.

Esto llegó al colmo el día de ayer cuando, dos horas después de haber salido del laburo (es decir, cuando debería haber estado durmiendo) mi jefa despotricaba por WhatsApp sobre un pequeño error que hubo en mi gestión del hotel y que había pasado totalmente desapercibido por los pasajeros.
No me enojé, pero me pareció increíble: realmente se estaba quejando porque era gratis. Si hubiera elegido no silenciar mi celular, me hubieran despertado sus quejas. ¿Por qué? Porque eran gratis. Y no era momento ni lugar, porque no me paga por escuchar sus quejas off-time (si lo hiciera, vaya y pase): se estaba quejando porque ambos tenemos WhatsApp, y ella sabe perfectamente que así puede ubicar a cualquiera de sus empleados, 24 horas al día, y de forma totalmente gratuita.

Esto no lo digo como una especie de manifiesto contra la sociedad de control. Pero realmente perdemos cada vez más la capacidad de desaparecernos. Y no ante el gobierno, que si hace un buen trabajo nos tiene controlados. Desaparecernos ante esa gente que no tiene ni un puto superpoder, ni fabrica nóminas con nombre y apellido, ni tiene agentes secretos que nos sigan a todos lados: simplemente, tiene un celular igual que nosotros, y le es totalmente gratuito forzarnos a la conversación.
Quedará a criterio de cada uno si hacer un uso responsable de dicha facultad o importunar a alguien que, probablemente, no tenga ganas de escuchar nuestra catarsis. Ni tenga obligación. Pero WhatsApp está ahí: es una herramienta para canalizar las ganas de comunicarse, muchas de las que, si no fueran gratis, no existirían en absoluto.

Ese episodio en particular y otros me hacen pensar que, en general, WhatsApp no sumó maravillas a mi vida como mi vieja me lo prometió en primer lugar. A mis amigos los sigo viendo casi tan poco como antes, y con más de uno la (inexplicable) obligación de mantenernos en contacto convirtió a la conversación en un reciclaje cíclico de recuerdos comunes y chistes fáciles. Todo esto bastante alejado de las conversaciones que forjaron nuestra amistad sólida, y no sólo eso: bastante alejado de una conversación que podría forjar una amistad sólida en cualquier parte del mundo.

Pero desinstalar WhatsApp es como esas cosas de la vida social, en las que nunca sabés con certeza si vas a salir o no perdiendo. No hay forma de saber. Porque así como hoy me llegan chistes obscenos en cadena, mañana puede contactarme por WhatsApp el amor de mi vida, o una nueva oportunidad laboral donde me paguen millones por no laburar, o un editor descomunal que me publique una nota que pueda realizar sin ningún esfuerzo.
Nunca sabés. Por las dudas lo dejás instalado. Y si te dejás llevar un poco, hasta te dan gracia los chistes obscenos. Después de todo, es gratis.

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