25.4.15

Cómo ser un bodhisattva en tres sencillos pasos

No es por desmerecer esa gran lección de vida que te dan los budistas y los camioneros, "viajar te abre la cabeza". Como dije yo en cierta entrada (nobleza obliga: me retracto de las cosas que dije del 2013 para atrás, nunca para adelante), desconfío en todo lo que leí o escuché más de dos veces. Eso de que viajar te abre la cabeza, lo habré escuchado como diez mil. Puede ser totalmente cierto, pero no es así de fácil, no hay garantía de que viajar te abra la cabeza, nunca nada es tan automático ni tan fatal.

Lo pienso ahora que me agarró la crisis de los veintidós y me dediqué a recauchutar recuerdos, a ver si podía construir con ellos un tobogán de pistolas como el que donaba la policía de Springfield a la escuela primaria. Balanceo lo que aprendí de viaje cuando estuve allá en el sur, o cuando viajé con mi familia, o cuando viajé solo bajo la aguanieve fatídica de Salta a conocer por primera vez el verdadero amor, o cuando estuve en Brasil perdido bajo la tormenta en la rua Sepé, y no me quedó más opción que amigarme con un grupo de personas a las que no les entendía una palabra y, quizás por conmiseración, me invitaron una cerveza Polar, que resultó ser la más rica del estado. También sumo a este pequeño rosario de cuentas de chapa el reciente viaje a Buenos Aires, que terminó anteayer a las ocho de la noche en una atmósfera de fría melancolía.

Viajar te abre la cabeza. Habría que evaluar qué entiende el camionero budista o el militante del Rotary Exchange Program con "abrirte la cabeza", siendo que más de una vez para preservar el culo sano en el camino hostil uno tiene que hacerse el duro con el que le viene a hablar con una sonrisa de oreja a oreja.

Pero esto es algo que se aprende en cualquier lado. No sólo de viaje. Porque lo pienso ahora, y pienso en todos los viajes que había hecho en mi vida y en este último que hice: breves o largos, salvajes o meditabundos, y no se me ocurre nada que me haya enseñado más que trabajar. Ay, ay, ay, porque ¡trabajar! OH, ser la víctima del sistema que te mantiene de 9 a 5 (en el mejor de los casos) preso en un edificio gris y lúgubre realizando una tarea ardua y nunca lo suficientemente bien remunerada a beneficio de un perverso burgués que se puso el kiosquito y se fue a tomar piña colada en un country en la Calera. ¡OH! Esclavos del sistema que no se despiertan desde 1848, que Henry Ford reprime con una sonrisita sádica con un palo de hule, que adoran a Ludd como el mesías moderno y que ven sus sueños destrozados como vidrios rotos por un gordo gringo de traje que toma posesión de su salud, sus hijos y su tiempo en el planeta Tierra. ¡OH! Esa triste costumbre de los seres humanos de prestar su cuerpo para poder recibir el pan, e ir acovachando lentamente los sentidos y la percepción que sólo podrían despertarse y liberarse en un Edén terrestre como el Titicaca o el Himalaya o algunos de esos lugares donde puede uno siempre encontrar un monje de barba blanca con uñas color azabache pero con toda la claridad respecto a las cuestiones esenciales de la existencia.

¡Mi dios! Qué manera de perder el tiempo deliberadamente tenemos los humanos. Y mientras tanto, todo intento de espiritualidad está bien alejado de nosotros, y lo mejor que podemos hacer, bah, lo único que está a nuestro alcance, es trabajar dos o tres años de corrido sin mirar un mango para poder tomar ese avión sagrado de Indian Airlines a conocer al Sabio Remoto y que nos diga cuál es la bocha de la vida. Porque para eso pagamos, porque para eso trabajamos, y para eso sufrimos, la puta elefanta que lo parió.

Ay. La vida es un valle de lágrimas.

Bah, no sé, todo esto me parece chimichurri, qué se yo. No hay nada que me haya enseñado más en el mundo que trabajar. Porque me conozco. Si fuera por mí, nunca habría aprendido sociología; porque el diabólico Adrián Ghirardi, el mejor profesor que tuve, no te dejaba otra que estudiar Durkheim o Weber y no podías hacerte el pelotudo diciendo "profe, preparamos la lección de a 15, pero necesitamos salir al patio porque en el aula nos falta aire y podemos pensar bien".

Me conozco. Si no fuera por todas esas pequeñas obligaciones que te impone la vida, de prepo como puta que es, no hubiera hecho nada en mis veintidós años recién adquiridos. Y tendría bastante tiempo libre para pensar dónde es que puedo encontrar eso que llaman claridad espiritual, como si fuera cosa de buscar un dispénser.

Pero esto soy yo, y yo también puedo ser muy poco proactivo. Si fuera un vivo de veras organizaría un paquete turístico de iluminación juvenil con un amplio espectro de destinos desde Gobi al Lago Puelo, es decir, al alcance de todos los jóvenes con hambre voraz de iluminación pero con bolsillos de distintos tamaños. Eso si fuera un poquito más vivo. Pero no sé por dónde empezar. No tengo un séquito, ni visión empresaria, y carajo, nunca fui a Bolivia, o a donde sea que está eso que llaman Abya Yala o la Patria Grande, que evidentemente nunca es por acá, cerca de los que votan a Del Sel. Supongo que me gusta mucho cumplir horario por dos mangos. Es como mi vocación. Probablemente esté aturdido, o el sistema me haya hecho sumiso. Como decía un amigo, sabio consejo, "no te sistematices": me lo dijo en la cola de un boliche en el que estaba a punto de pagar 50 pesos para entrar. Otra lección de vida.

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