22.4.15

Buenos Aires y las excepciones

¿Qué mejor que pasar un cumpleaños en Buenos Aires? Bueno, se me ocurre una: pasar un cumpleaños en Buenos Aires con plata. Pero son gajes del oficio del gasolero. Llega ese momento donde el presupuesto se acorta y uno empieza a asignárselo a las cosas importantes y deja de derivar tanto por los escabios de rigor: tanto para la comida, tanto para el bondi, y tanto para un libr(az)o que encontré en San Telmo: la correspondencia completa del Dr. Hunter Thompson en inglés, un libro de mil páginas por un valor exactamente igual a tres noches de alojamiento en este hostel de mala muerte.

Imposible escribir sobre Buenos Aires tout cort. Es como ese chiste de los Simpsons sobre las enfermedades del Sr. Burns: simplemente son demasiadas impresiones juntas. Fui organizando, a estos fines, una listita en mi cabeza para ir agrandando mientras la experiencia dure, y luego se depure y se decante dejando tras de sí una estela de sensaciones organizadas, relatables y dudosamente importantes. Una especie de crónica por partículas de un viaje que no deja de sorprenderme a cada minuto, desde un funesto episodio en el que "desaparecieron" cuatro gambas de mi bolsillo hasta encontrarme caminando solo, por primera vez, a las cinco y media de la mañana desde el Edificio Libertador de vuelta pa las casa, y que la ciudad esté totalmente desierta.

La noche es algo que no exploré de Buenos Aires más que por cierto cuento de Benedetti que, además, siempre me dio ganas de venir para acá. En él se citan varios paisajes típicos, adornados por los matices de una dictadura incipiente que organizaba balaceras programadas: una en la Nueve de Julio (¿la avenida más ancha del mundo?, duda el flyer de una empresa de viajes: ¡averígüelo aquí!), una en Santa Fe y Talcahuano, una en Zona Norte, que en el cuento era como una semi-garantía de que no te iban a poner una picana en los huevos mientras organizabas tu exilio de una ciudad corrompida por la violencia institucional.

Pero acaso el más típico de esos paisajes, y el más etéreo capaz, es el de la caminata solitaria a la noche "solo bajo la luna, y si no hay luna bajo los semáforos". Todos sabemos como arranca Balada para un loco, palabras que no voy a reproducir acá por excesivamente cursis pero en cierto punto precisas. Entonces la figura del chabón flaco como un yuyo y algo melancólico en su mirada es algo que no le falta a Buenos Aires, cliché hasta la exacerbación de lo que en París es, por ejemplo, un poeta maldito recorriendo las galerías para escribir sus poemitas.

Buenos Aires cumple diligentemente con la tarea de acompañar. Y, al menos en el centro, ese ritmo frenético que tenía en el día se transforma en una cadencia pausada rodeada de sucesos rituales, disimulados como sonreírle frente al suegro, y significativos sólo si uno entiende bien de qué se trata eso que llaman "coyuntura". Porque de día los porteños tienen una rutina, pero de noche salen a flote las fuerzas umbrales.

Me dio mucha gracia una secuencia bastante irónica.
Cuando volvíamos con Emilia desde el BAZOFI (tuvimos el lujo de que a la película la presentó el autor intelectual del ciclo en persona, el señor Fernando Martín Peña), justo en la esquina de la 9 de Julio, vimos varias figuras que se movían rápidamente contra la pared en torno a un taxi con balizas puestas. Sugestionados como estábamos, nos acercamos.
Los tipos habían bajado del taxi a toda velocidad con rollitos de afiches de campaña del candidato K (ningún santo de devoción por acá). Pegaban a la pared con rodillos el afiche, uno atrás del otro con una fuerza maquinal y desquiciada antes de que llegue la cana y tener que volar en taxi. (Sabemos que Mauricio tiene unos caprichos un poco agresivos con las demostraciones políticas de afecto que no sean amarillas, y sus votantes también).
Lo de los tipos era realmente una técnica artística, como se puede hablar de arte después del gonzo: como una coreografía que no tenía cabida en ningún teatro grande, los tipos desplegaban los rollitos con la cara de ése que promete un cambio y le pegaban una rodillada sobre el afiche opositor, más grande, más colorido, más visible desde el infierno de la avenida. Digamos que operaban desde la clandestinidad, un poco como operan todos los poderes sin oficina.

Y a la mañana siguiente vimos lo contrario. A plena luz del día, en una calle concurridísima llena de sedes de gremios y ferreterías y tiendas de compraventa y pensiones y oficinas de medicina prepaga, un puñado de personas con mameluco, bien vestidas y bien mimadas con las herramientas ad hoc, despegaban con cincel en grupitos de a tres o cuatro las propagandas de la noche anterior.
"El ciclo de la vida", pensé mirándolos, tan seriamente enfocados en su lavoro, que no es otro que el del orden diurno, ese orden que se vierte sobre lo subvertido.
El ciclo: dos caras de lo mismo, para mi deleite porque mi religión son los símbolos. De noche se destruye, de día se construye (nótese que en este caso, parece que es al revés). El orden del día es el del café con medialunas, el de la gestión pública, el de la hora pico, el de las causas penales, el de los problemas con solución. No es el de las reuniones en los sótanos, los saltos al tren, el volumen ingrato de la paz o las crisis, las obras de arte magistrales, las teorías conspirativas de los verborrágicos delirantes y los intelectuales apasionados con una causa vaga pero igualmente hermosa; las excepciones, lo llama Benedetti (a falta de mejor remate).

Feliz cumpleaños a mí.

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