2.4.15

Boris Vian: ¿y si nada fuera como es?

Todo escritor, al entrar en contacto con la realidad, crea un mundo, pues está incapacitado para reproducir esa realidad cuya estructura compleja no puede ser totalmente abarcada por el lenguaje escrito. De la fidelidad casi total a lo real hasta la reconstrucción imaginaria, se pueden observar todos los matices. Pero aún tomando dos casos extremos, el naturalismo y el cuento de hadas, la literatura está situada siempre en el interior de un conjunto lógico, que se mueve, más o menos, de acuerdo con unas leyes absolutas: las aristotélicas, en las cuales la relación causa-efecto no es puesta en duda.
Aún en los casos en que se introduce lo mágico, éste llega a establecer un nuevo sistema de relaciones mutuas, muchas de las cuales son diferentes de las de nuestro mundo, pero el conjunto no sufre ningún cambio esencial, es análogo al que enfrentamos todos los días. Las princesas pueden dormir cien años, los tapetes vuelan, los hombres se convierten en feos animales, un beso los puede convertir en bellos príncipes. Todo ello introduce una dimensión fantástica que aparentemente está excluida de nuestra cotidianeidad. Sin embargo, esa dimensión se integra perfectamente en un mundo donde de todos los signos exteriores son reconocibles, los barcos tienen velas o calderas y no cuatro pares de patas como en L'Arranche-coeur, las anguilas se pescan en el mar o en el río y no en los grifos, los pasajeros del tren utilizan billetes normales y no billetes falsificados, fácilmente reconocibles y que son tres veces más caros que los verdaderos; el sol puede perderse tras las nubes, variar su intensidad y duración según la estación, pero no extraviarse víctima de una broma de los cuatro puntos cardinales que cambian su lugar para despistarlo. Una vez aceptada la irrupción de la vara mágica del hada, todo vuelve a suceder según las reglas conocidas. No así en el mundo de Boris Vian, como vemos en los ejemplos, en los cuales, si hay alguna ley, esta pertenece a alguna de las supremas leyes de la 'Patafísica.
Tomás Pérez Turrent,
prólogo a El otoño en Pekín de Boris Vian

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