17.4.15

Alerta: penes en la ruta

Viendo las primeras escenas de la película Easy Rider, que en los primeros veinte minutos se trata de las peripecias de dos motoqueros que cruzan la frontera para comprar merca en México y están yendo, aparentemente, al mardi gras en Nueva Orleáns, no puedo evitar recordar el viaje que hice yo mismo (nostalgia de la mugre de ruta o nomurú, como lo llaman los científicos guaranipones) a las marcianas tierras del interior de Neuquén cuando una falsa pista nos arrojó como resultado que seguir la ruta 40 era el camino más interesante.

Fue así que el trayecto de por sí complicado que va desde Zapala a Malargüe se hizo eterno y estuvo lleno de aventuras inesperadas. Obviamente no contaba con motos choperas (manejar nunca será mi fuerte) ni con merca mexicana, ni en realidad con mucho dinero, sino nada más tenía una carpa y una guitarra roja que me acompañó a todos lados en una aventura que por momentos fue lo más absurdo que hubo, y por momentos fue una revelación del cosmos, más que nada cuando todos nos sentamos a la mesa con el famoso gurú de San Rafael y lo único que comimos fueron vegetales con agua tónica.

Los recuerdos se pierden si uno no los ase y los asa a fuego lento. De eso se trata este blog, y no de otra cosa.
Uno de los mejores fue con Charles esa vez que estuvimos parados al borde de una ruta desierta (4 autos en las tres horas que estuvimos ahí, hasta que nos levantó con una chata que prometió llevarnos a California y nos llevó a un lugar donde casi nos meten en cana). No teníamos más que una lata de atún y una botella de agua, y parecía que íbamos a pasar la noche ahí. El panorama era paradisíaco: al fondo las montañas antes de llegar a Buta Ranquil, una finca verde casi pegada a la línea del horizonte, y frente a nosotros la mítica Ruta 40, que en ese momento parecía una quimera inmensa y vacía desde Ushuaia a La Quiaca. En aquél momento nos habían dejado en un cruce de caminos que no existirá jamás en ningún mapa, a las seis de la tarde cuando el sol se pone a titubear en su cósmico deporte.

Así fue, como dice Vonnegut. Nosotros estábamos parados al borde del asfalto justo antes de una curva y, como es rigor para Vialidad, había un cartel que advertía que el camino (visible a diez kilómetros) iba a contonearse.
Charles era como un hermano mayor y yo era (sigo siendo) un pibe tímido sin más ideas que dejar la mochila en el piso y esperar sentado que algo pase. (Él me instó a hacerme el moribundo para que nos lleve una combi full-luxe, pero lo único que nos convidaron fue un vaso con agua). Fue ahí cuando él, en vista del panorama desolador que incluía sed y sobre todo aburrimiento, sacó una pequeña navaja que había traído con él para defenderse, porque viajaba solo. Y cagándose de risa se volteó hacia la señal de la curva y empezó laboriosamente a arrancar el cóntac negro de la señal que era nuestra única compañía.

Una vez que los tenía a todos agrupados en su mano, me pidió ayuda. ¿Qué ibamos a hacer? "A huge ass cock", me dijo. (Hablábamos en inglés y en español indiferentemente, yo para practicar y él porque había pasado toda su adolescencia en Honolulu fumando marihuana con Jack Johnson).
Entonces pusimos manos a la obra. Agrupamos cóntac por acá y por allá para formar el tronco y las pelotas, y le dimos una dimensión bastante razonable a ese pene gigante, aprovechando todo lo que nos brindaba en su generosidad aquél cartel de mierda. El resultado fue una majestuosa obra de arte falogocéntrica que él retrató con lo poco que le quedaba de batería utilizable, y publicó después en Facebook entre chistes como "warning: cocks on the way". Ningún auto pasó mientras nos abocábamos a tal tarea, y espero algún día saber si alguien se rió al ver ese pene gigante en una banquina de la ruta 40, en el lugar donde no para ni el diablo a levantar a Robert Johnson y menos que menos para Vialidad a reparar los daños causados por dos viajeros ociosos.


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