30.4.15

El WhatsApp

Mi vieja me obsequió con un smartphone que todavía le está costando unos mangos menos de su salario, con la convicción de que iba a ser para mejorar mi vida. Si no, no lo hubiera comprado. Así creo yo, pero no sé si ella lo piensa de la misma forma.

Para comprarse un smartphone se necesita primero una excusa, naturalmente. Seremos clase media, pero no somos derrochadores. Mi celular se me perdió en un episodio típicamente mío: en un bar.
Los pormenores no le importaron a mi vieja, que vio una estelar oportunidad para mantenerme al tanto de la onda tecnológica, y gestionó con los amigos que ella nomás sabe quiénes son un smartphone con descuento; y números de tarjeta mediante tuve el celular en una semana, porque venía en una encomienda con el remitente en una remota provincia argentina.

Cuestión que ahí estaba el aparatejo: táctil, negro, cuadrado, hermoso, pulcro, amigable, eficiente, funcionando. Esperándome a mí que lo manosee para configurarlo. Y lo primero que tenía que hacer (casi como deber moral, porque para eso mi vieja -que no vive acá- me lo había regalado en primer lugar) era bajarle el mensajero de iconito verde. El mesiánico Whatsapp.

De repente tenía acceso a un mundo nuevo en el que ya estaba presente la mayoría de mis amigos, esperándome como quien se incorpora a una secta genial un poco tarde, y recibiéndome con los brazos abiertos en un festín de fotos de perfil en Brasil y mensajes personales muy motivadores.
Me da mucha gracia leer eso que ponen de estado: para algunos (para los que no ponen cosas sosas como "Ocupado"), el WhatsApp es un espacio de reflexión espiritual, donde ese aforismo que revela una verdad del mundo o sobre Dios tiene que estar de estado de WhatsApp, por razones un tanto vagas pero muy poderosas.

Con el WhatsApp, la conversación pasó a cobrar una importancia antes inusitada.
Es cierto: antes del WhatsApp estaba mucho más solo. Ahora tengo a todos mis amigos en mi bolsillo, y no sólo eso: tengo a mis jefes en mi bolsillo, a esa gente que conocí una vez estando ebrio y anoté el número, a exnovias, al veterinario y al plomero... están todos ahí, cada uno con su verdad universal de estado y su foto de perfil en la playa de Brasil. Es una kermesse. Y están todos ahí en la medida en que están igual que yo: con el celular en la mano, dispuestos a responder un mensaje al instante. Nunca estoy solo.

Cuando era chico pensaba qué copado sería poder mandar mensajes de texto gratis. Fue una revolución para mí cuando Personal llegó con sus packs de 5000 SMS por una semana: era un verdadero desafío para la velocidad de tus dedos, especialmente cuando te estabas chamuyando a una piba. Pasaba madrugadas enteras entre bipbips y tikitiki cuando coincidía con alguien que también había comprado el pack.
Hoy es totalmente anticuado. Ahora, escribir es gratis, y no sólo eso: mandar videos es gratis, mandar fotos es gratis, mandar audios es gratis, y creo que hasta se volvió gratis llamar por teléfono, pero no sé porque no puedo estar en la vanguardia de todo.

Y junto a la gratuidad de la conversación, apareció otro interesante fenómeno: hablar porque es gratis.
No me sorprende para nada que haya tenido un prejuicio al telefonito verde por tanto tiempo. El otro día me puse a pensar por qué. Era cierto: cuando tenía mi viejo y querido Nokia C2, al que solamente podía entrar a Facebook renegando un poco, la gente tenía que gastar dinero en mensajes de texto con una expresión torcida en la cara ("cuándo vas a tener WhatsApp") al recurrir a un servicio que se iba encareciendo mes a mes. Puedo asegurar que recibía diez mil veces menos pelotudeces.

Esto llegó al colmo el día de ayer cuando, dos horas después de haber salido del laburo (es decir, cuando debería haber estado durmiendo) mi jefa despotricaba por WhatsApp sobre un pequeño error que hubo en mi gestión del hotel y que había pasado totalmente desapercibido por los pasajeros.
No me enojé, pero me pareció increíble: realmente se estaba quejando porque era gratis. Si hubiera elegido no silenciar mi celular, me hubieran despertado sus quejas. ¿Por qué? Porque eran gratis. Y no era momento ni lugar, porque no me paga por escuchar sus quejas off-time (si lo hiciera, vaya y pase): se estaba quejando porque ambos tenemos WhatsApp, y ella sabe perfectamente que así puede ubicar a cualquiera de sus empleados, 24 horas al día, y de forma totalmente gratuita.

Esto no lo digo como una especie de manifiesto contra la sociedad de control. Pero realmente perdemos cada vez más la capacidad de desaparecernos. Y no ante el gobierno, que si hace un buen trabajo nos tiene controlados. Desaparecernos ante esa gente que no tiene ni un puto superpoder, ni fabrica nóminas con nombre y apellido, ni tiene agentes secretos que nos sigan a todos lados: simplemente, tiene un celular igual que nosotros, y le es totalmente gratuito forzarnos a la conversación.
Quedará a criterio de cada uno si hacer un uso responsable de dicha facultad o importunar a alguien que, probablemente, no tenga ganas de escuchar nuestra catarsis. Ni tenga obligación. Pero WhatsApp está ahí: es una herramienta para canalizar las ganas de comunicarse, muchas de las que, si no fueran gratis, no existirían en absoluto.

Ese episodio en particular y otros me hacen pensar que, en general, WhatsApp no sumó maravillas a mi vida como mi vieja me lo prometió en primer lugar. A mis amigos los sigo viendo casi tan poco como antes, y con más de uno la (inexplicable) obligación de mantenernos en contacto convirtió a la conversación en un reciclaje cíclico de recuerdos comunes y chistes fáciles. Todo esto bastante alejado de las conversaciones que forjaron nuestra amistad sólida, y no sólo eso: bastante alejado de una conversación que podría forjar una amistad sólida en cualquier parte del mundo.

Pero desinstalar WhatsApp es como esas cosas de la vida social, en las que nunca sabés con certeza si vas a salir o no perdiendo. No hay forma de saber. Porque así como hoy me llegan chistes obscenos en cadena, mañana puede contactarme por WhatsApp el amor de mi vida, o una nueva oportunidad laboral donde me paguen millones por no laburar, o un editor descomunal que me publique una nota que pueda realizar sin ningún esfuerzo.
Nunca sabés. Por las dudas lo dejás instalado. Y si te dejás llevar un poco, hasta te dan gracia los chistes obscenos. Después de todo, es gratis.

29.4.15

El testamento de Joe Hill

Y a propósito de la entrada sobre Bob Dylan que salió publicada ayer, quería comentar que en el párrafo subsiguiente al citado del libro que estoy leyendo, Crónicas vol 1., Dylan empieza a hablar largamente de la figura de Joe Hill, un músico, trabajador y artista político que en el año 1914 fue dudosamente acusado de asesinato, fue procesado en Utah con un magro juicio de dos horas y fue condenado a un fusilamiento que tuvo lugar en noviembre del año siguiente.

La historia de Joe Hill es "asombrosa", y Dylan la cuenta mejor que yo. Fue un inmigrante sueco cuya familia llegó a los Estados Unidos pensando, como muchos otros, que era la tierra de las oportunidades. Vivió en carne propia la precariedad laboral que sufría la clase proletaria a fines del siglo XIX y fue miembro del Industry Workers of the World, un sindicato revolucionario que tenía a la autogestión obrera como su ideal de base; fue precursor de la canción de autor, la canción de protesta, y formó a Woody Guthrie. De ahí que Dylan se interesara especialmente por él.

Unos días antes de su ejecución, Joe Hill pidió encarecidamente a uno de sus compañeros que realice las gestiones necesarias para que sus cenizas jamás se dispersen sobre Utah. Su testamento tuvo forma de poema. Se lee en él la famosa frase "moss does not cling to a rolling stone" ("el moho no se adhiere a la piedra que rueda"), presente también en el tema de Muddy Waters "Rolling Stone Gathers No Moss" ("la piedra que rueda no junta moho"). Estas dos primeras palabras prefigurarían y condensarían eso que conocemos tan bien como rock'n'roll, que encuentra en tipos como Joe Hill sus precursores, en los contemporáneos de Dylan su apogeo y hoy por hoy su decadencia, su desdibujada raíz, su máscara ególatra, y su esterilidad espiritual.

My will is easy to decide
For there is nothing to divide
My kin don't need to fuss and moan
"Moss does not cling to a rolling stone."

My body? - Oh. - If I could choose
I would to ashes it reduce 
And let the merry breezes blow
My dust to where some flowers grow
Perhaps some fading flower then
Would come to life and bloom again
This is my Last and final Will
Good Luck to All of you
Joe Hill

28.4.15

Bob Dylan y la composición musical

No estoy muy seguro de cuándo se me ocurrió empezar a componer mis propias canciones. Jamás se me hubiera ocurrido algo comparable a las letras folk que ya cantaba para expresar mis impresiones sobre le mundo. Supongo que vas entrando poco a poco. No te levantas un buen día y decides que necesitas escribir canciones, sobre todo si ya eres un cantante con un repertorio considerable y cada día aprendes otras nuevas. Siempre se puede presentar una oportunidad de convertir algo que ya existe en algo que aún no había cobrado forma. Eso es quizás el principio. A veces, sólo quieres hacer las cosas a tu manera, averiguar por ti mismo qué hay tras el telón oscuro. No es como si vieras venir las canciones y las invitaras a pasar. No resulta tan fácil. Quieres componer canciones colosales. Quieres hablar sobre las cosas extrañas que te han pasado, que has visto. Tienes que conocer bien algo, comprenderlo, y trascender entonces el lugar común. La precisión escalofriante con que los compositores de antes trataban los temas de sus letras no era una menudencia. A veces, al escuchar una canción, tu mente pegaba un brinco. Percibías ciertas analogía con tu manera de ver las cosas. Yo nunca juzgaba una canción como buena o mala, para mí sólo había distintas clases de canciones buenas.

Bob Dylan
en Crónicas, vol. 1 

27.4.15

Entrada cursi sobre Córdoba vista desde un séptimo piso

Mis encargados no lo saben (y espero que, si se enteran por este medio, se lean un par de entradas más de paso), pero cuando estoy al pedo en laburo y se acerca la última hora de la tarde subo a la terraza a fumar un pucho.
La salida para la terraza queda en el pasillo del séptimo piso, en el cual hay una puerta blanca que da a una escalera colgante (tan aterradora como suena) y de ahí al techo de piso de piedra, muros bajos y una pequeña habitación, que es la sala de máquinas del ascensor. Es lo que se conoce como una "terraza de servicio", no apta para el turista fisgón, por lo que se encuentra permanente cerrada y, como su nombre lo indica, sólo puedo acceder yo, que soy tan servicial.

Dada la grata ubicación del hotel tengo una vista panorámica del Río Suquía justo antes del recodo frente al barrio General Paz. Desde el séptimo piso se divisan los varios puentes del río, todos desiguales como medias sueltas en un tendero, los edificios del paquetón barrio vecino, y allá al fondo, como un inmenso muro de ladrillos, el califato sojero neocordobés.

Digamos que la terraza es el escenario zen de mis tardes, cuando no estoy viendo alguna película de Europa Oriental en recepción o comiéndome uno de los lomitos que hacen en donde labura mi amigo Pepe. Pienso que tanta suerte, tanta sencillez, no puede durar; pero si tengo que sacrificar al menos las películas porque de repente entra algún pasajero (adivinaréis que es un hotel que está vacío), cuento con que nunca desaparezca esta sana costumbre de ir a fumar un pucho a la terraza, descuidando la recepción cinco minutos, y mirar a esta Córdoba desde arriba, tan inocente, tan desligada de esas cosas que nos producen felicidad y amargura, bah, simplemente siendo.

Y bueno. Ahí es cuando, en la panorámica, me doy cuenta que estoy ligando cada vez más mi experiencia en el mundo con mi experiencia "geográfica"; es como cuando descubrís que te estás enamorando de alguien en el momento donde la ves en un acto ritual otrora tan insignificante como sacarle el papel a un caramelo de menta.

No tiene nada de niñez esto, pienso. A veces parece que sí, porque me gustaría conocerme todo lo que hay, sin importarme qué o con quiénes y en dónde. Es un arrebato de ansiedad espeluznante que jamás se va a poder cumplir por definición. Pero otras veces, como hoy, miro alrededor y digo: "y bueh". Como los viejos de pueblo que suspiran sentados en un banquito cebándose un mate. La resignación de saber lo que nos toca, la moira ni más ni menos. Pero al mismo tiempo, saber que estoy parado en ese pedacito de tierra al que tengo acceso (toco la llave en el bolsillo para cerciorarme de que no se cayó), que se reserva para mí, que me espera, así clandestinamente, porque se me dio la suerte de que hoy es domingo y no están los encargados.

26.4.15

Freak show errante (Re: L. Lamberti)

Para empezar, tengo ganas de contar más o menos dónde lo conocí a Luciano Lamberti.
El último día del curso de nivelación de Letras, una profesora trajo cuatro o cinco escritores para que cuenten un poco de la Labor. "No sólo por el fetiche de tener al escritor acá", dice Cecilia recorriéndolos famélicamente con la mirada, sino para que "nos cuenten un poco sobre la experiencia editorial", con la que más de uno va a tener que renegar o negociar alguna vez. Lamberti, parado ahí a contrapelo, era una marca de plumeros: se proponía barrer de una vez esa ilusión boba de que el escritor salía formado después de cinco años en Letras, como si ser escritor fuera un camino pavimentado y exento de toda presencia monstruosa.

Ese día habló, pues, el tipo: barbudo, con cara de pocos amigos, agarró el micrófono como si le pasaran un escobillón y le señalaran el piso. Empezó advirtiendo que iba a hablar de algo que probablemente a muchos no les guste tanto. De lo jodido que es dedicarse profesionalmente a la escritura. Del pequeño porcentaje que te dejan los buitres que se llevan el trabajo por el que vos sufrís y sangrás sobre la hoja en blanco noches enteras. De lo necesaria que es la soledad, y de lo poco que le sirve el aparato chimentero al escritor comprometido realmente con la misión de escribir una novela. Y al final, lo más duro, hizo cifras: basándose en los porcentajes promedio que se reparten entre el escritor y la editora, calculó que las regalías de un libro medianamente bien vendido te alcanzarían para pagar las expensas de un monoambiente por un par de meses.

Luciano Lamberti llegó antes que yo (a donde sea que estemos ahora), y probablemente se vaya después.
El tipo tiene talento, y conoce la forma de fundir el estilo de sus escritores preferidos con el suyo propio. Su prosa incisiva se granjeó la admiración de los críticos que utilizan la expresión "granjear la admiración", y pudo concluir (concluir algo es ya, para mí, un gran mérito) tres o cuatro libros. El hecho de que forme parte de la selección de la Editorial Nudista puede ser tanto una medalla de legitimación como una decisión estética de los editores... eso no me interesa mucho.

Hete aquí que esta mañana me entero que Luciano Lamberti se fue a vivir a Lanús Oeste. 
Lo cuenta en una nota que publicó en la revista Ni a Palos. De repente, se topó con la posibilidad de escribir una crónica sobre sus días en Buenos Aires, ciudad un poco distinta al paisaje campestre que ambienta sus relatos más conocidos. Esa ciudad que encuentra es un rejunte de impresiones previas suyas: una constante colisión entre la imagen romantizada que tiene de Capital y lo que en realidad va siendo. La pregunta más interesante que se hace, y posiblemente la más offside, es: ¿quién es hoy el compadrito de Borges? ¿El narco de la villa?

Escribo esto porque me identifico un poco con el relato. Me parece un poco increíble que, hoy por hoy, nos sigamos afanando en identificar a ese corso salvaje que es Buenos Aires con lo que Borges o Marechal decían que era; y la culpa es ¿de quién? ¿Del escritor que nos alimenta a los provincianos de ilusiones no perdurables? ¿De nosotros mismos por nuestra ingenuidad? ¿O de los porteños que tienen como única obstinación cambiar, cambiar todo el tiempo al compás de la vida misma y de sus catástrofes?

Yo mismo quiero encontrar en sus esquinas a Prodan, o a Symns, o de última a Casero o a Polvorón. Cruzamos la General Paz como quien entra a un museo de cera. Ese fósil que conservamos como la esencia porteña, cuyo epicentro, dice muy bien Lamberti, es donde se acumularían sus clichés, es el mismo mecanismo por el cual los porteños creen que el centro cordobés es puro baile y vino. La no siempre espectacular disolución de los colores locales deja una estela de humo maloliente a Riachuelo y tomates podridos en la vereda del Abasto. Freak show errante.

Y bueh, don Lamberti. Creo que no la pasaríamos peor si nos atuviéramos a esto que nos queda. La milanesa con los laburantes, las canchas de fútbol cinco; sumaría, quizás, esos pequeños grandes rituales como el cortado con medialunas, las salas de proyecciones con súper-8 o las publicidades de putas en los teléfonos públicos. Que la angustia no ciegue a los románticos que andan por ahí sin esperanza y sin desesperación; incapaces (qué mal habla esto de una ciudad tan vibrante como Buenos Aires) de adaptar su visión estetizada del mundo a un lugar que no la corresponde.

Capaz en eso consiste justamente la Labor. Andá a saber. Qué feo es laburar de inconformista crónico y que encima apenas te alcance para pagar las expensas.

25.4.15

Cómo ser un bodhisattva en tres sencillos pasos

No es por desmerecer esa gran lección de vida que te dan los budistas y los camioneros, "viajar te abre la cabeza". Como dije yo en cierta entrada (nobleza obliga: me retracto de las cosas que dije del 2013 para atrás, nunca para adelante), desconfío en todo lo que leí o escuché más de dos veces. Eso de que viajar te abre la cabeza, lo habré escuchado como diez mil. Puede ser totalmente cierto, pero no es así de fácil, no hay garantía de que viajar te abra la cabeza, nunca nada es tan automático ni tan fatal.

Lo pienso ahora que me agarró la crisis de los veintidós y me dediqué a recauchutar recuerdos, a ver si podía construir con ellos un tobogán de pistolas como el que donaba la policía de Springfield a la escuela primaria. Balanceo lo que aprendí de viaje cuando estuve allá en el sur, o cuando viajé con mi familia, o cuando viajé solo bajo la aguanieve fatídica de Salta a conocer por primera vez el verdadero amor, o cuando estuve en Brasil perdido bajo la tormenta en la rua Sepé, y no me quedó más opción que amigarme con un grupo de personas a las que no les entendía una palabra y, quizás por conmiseración, me invitaron una cerveza Polar, que resultó ser la más rica del estado. También sumo a este pequeño rosario de cuentas de chapa el reciente viaje a Buenos Aires, que terminó anteayer a las ocho de la noche en una atmósfera de fría melancolía.

Viajar te abre la cabeza. Habría que evaluar qué entiende el camionero budista o el militante del Rotary Exchange Program con "abrirte la cabeza", siendo que más de una vez para preservar el culo sano en el camino hostil uno tiene que hacerse el duro con el que le viene a hablar con una sonrisa de oreja a oreja.

Pero esto es algo que se aprende en cualquier lado. No sólo de viaje. Porque lo pienso ahora, y pienso en todos los viajes que había hecho en mi vida y en este último que hice: breves o largos, salvajes o meditabundos, y no se me ocurre nada que me haya enseñado más que trabajar. Ay, ay, ay, porque ¡trabajar! OH, ser la víctima del sistema que te mantiene de 9 a 5 (en el mejor de los casos) preso en un edificio gris y lúgubre realizando una tarea ardua y nunca lo suficientemente bien remunerada a beneficio de un perverso burgués que se puso el kiosquito y se fue a tomar piña colada en un country en la Calera. ¡OH! Esclavos del sistema que no se despiertan desde 1848, que Henry Ford reprime con una sonrisita sádica con un palo de hule, que adoran a Ludd como el mesías moderno y que ven sus sueños destrozados como vidrios rotos por un gordo gringo de traje que toma posesión de su salud, sus hijos y su tiempo en el planeta Tierra. ¡OH! Esa triste costumbre de los seres humanos de prestar su cuerpo para poder recibir el pan, e ir acovachando lentamente los sentidos y la percepción que sólo podrían despertarse y liberarse en un Edén terrestre como el Titicaca o el Himalaya o algunos de esos lugares donde puede uno siempre encontrar un monje de barba blanca con uñas color azabache pero con toda la claridad respecto a las cuestiones esenciales de la existencia.

¡Mi dios! Qué manera de perder el tiempo deliberadamente tenemos los humanos. Y mientras tanto, todo intento de espiritualidad está bien alejado de nosotros, y lo mejor que podemos hacer, bah, lo único que está a nuestro alcance, es trabajar dos o tres años de corrido sin mirar un mango para poder tomar ese avión sagrado de Indian Airlines a conocer al Sabio Remoto y que nos diga cuál es la bocha de la vida. Porque para eso pagamos, porque para eso trabajamos, y para eso sufrimos, la puta elefanta que lo parió.

Ay. La vida es un valle de lágrimas.

Bah, no sé, todo esto me parece chimichurri, qué se yo. No hay nada que me haya enseñado más en el mundo que trabajar. Porque me conozco. Si fuera por mí, nunca habría aprendido sociología; porque el diabólico Adrián Ghirardi, el mejor profesor que tuve, no te dejaba otra que estudiar Durkheim o Weber y no podías hacerte el pelotudo diciendo "profe, preparamos la lección de a 15, pero necesitamos salir al patio porque en el aula nos falta aire y podemos pensar bien".

Me conozco. Si no fuera por todas esas pequeñas obligaciones que te impone la vida, de prepo como puta que es, no hubiera hecho nada en mis veintidós años recién adquiridos. Y tendría bastante tiempo libre para pensar dónde es que puedo encontrar eso que llaman claridad espiritual, como si fuera cosa de buscar un dispénser.

Pero esto soy yo, y yo también puedo ser muy poco proactivo. Si fuera un vivo de veras organizaría un paquete turístico de iluminación juvenil con un amplio espectro de destinos desde Gobi al Lago Puelo, es decir, al alcance de todos los jóvenes con hambre voraz de iluminación pero con bolsillos de distintos tamaños. Eso si fuera un poquito más vivo. Pero no sé por dónde empezar. No tengo un séquito, ni visión empresaria, y carajo, nunca fui a Bolivia, o a donde sea que está eso que llaman Abya Yala o la Patria Grande, que evidentemente nunca es por acá, cerca de los que votan a Del Sel. Supongo que me gusta mucho cumplir horario por dos mangos. Es como mi vocación. Probablemente esté aturdido, o el sistema me haya hecho sumiso. Como decía un amigo, sabio consejo, "no te sistematices": me lo dijo en la cola de un boliche en el que estaba a punto de pagar 50 pesos para entrar. Otra lección de vida.

23.4.15

La república iconoclasta

Hasta hoy no creía que las buenas anécdotas se vaticinan, pero vamos a hacer de cuenta que ahora sí.
Bah, al menos no lo sabía cuando Laulina cebó sus primeros mates y yo, esperándolos en la mesa, escuchaba atentamente el proyecto que tiene en mente para organizar una exposición de fotografía en la que está trabajando: artistas out of context. Digamos. No quiero hablar demás. No vi trabajos suyos (están encarpetados en Tandil), pero ella tiene toda esa mística de fuerza bien centrada que rodea a las personas con talento.
Eso fue como a las siete y media de la tarde, cuando por fin pude entender cómo llegar a Colegiales. Durante una hora de mateada Laulina me contó un poco de su vida, su laburo, cómo es el infierno porteño de día y los muchos escapes que ofrece de noche. Me regaló un encendedor celeste por mi cumpleaños, e Iña me regaló un dibujo suyo autografiado en una de las hojas de mi libreta, que usé para anotar también el nombre de una banda de blues. Fue una linda tarde.

Cuatro horas después estaba ingresando al hall del Village para ver Theory of Obscurity, la película de los Residents que se estrenó este mismo año.
Era la segunda vez que se proyectaba en Buenos Aires. Yo estaba un poco mugroso para el Village, con el pelo pegajoso por el eterno smog de la calle. Pero no iba a renunciar a ver la película que espero hace un mes por conservar un poco de facha, a la que cuesta más conseguirla que usarla para algo útil. Así que, sucio y desprolijo como estaba, me acerqué a hacer la cola para acceder a la sala 8. El público, más bien paquete: nada que ver con el público del BAZOFI, que en la ocasión que nos reunió consistía de estudiantes de cine con ganas de ver cosas nuevas y viejos interesados en películas semi-pornográficas nacionalsocialistas. Sinopsis: ése sí que era un público interesante.

Pero en el Village las cosas se hacen de otra forma, y te das cuenta desde que entrás y hay un Starbucks y Mauricio te regala WiFi en una bandejita.
Y hete aquí que una vez llegado e instalado en una butaca ergonómica me doy con la grata sorpresa de tener compañía conocida, además de Lucas, que estaba sentado al lado mío. No poco sorprendido, pero recordando que estas cosas deben ser de lo más naturales en Buenos Aires, me acerco a Lucas y le digo en voz baja:
— ¿Sabés quién es ese que está ahí en la butaca de adelante?
—No.
—Nekro —le dije lo más disimuladamente que podía.
Me di cuenta que era Nekro por tres motivos: por sus rastas marmoladas, por sus dimensiones más bien miniatura y porque la mina que lo acompañaba, casi el arquetipo de la joven bohemia porteña, que le dijo al tipo de al lado "acá se sienta Carlos".

De repente estábamos en un cine mirando una película de los Residents (¡a sala llena!) con Nekro en la butaca de adelante. Y todos actuando como si no lo junaran. Capaz su cara de pocos amigos habrá sido más bien repelente. Digamos que en el momento no me imaginaba al tipo hablando del Principito con un sombrero de paja puesto. Estaba bien vestido, como todo el público del BAFICI. Pero recordé que era día miércoles, a las once de la noche. No sé qué carajo hace Nekro todo el día, pero parecía realmente cansado.

Y ahí recordé lo que me había dicho Laulina un par de horas antes. Artistas out of context. De repente me pareció una idea aún más genial. Después de todo, digamos que tanto Nekro como algunos de los que estaban allí eran artistas, y por tanto laburantes. Los Residents mismos, sobre los que versaba la película que fuimos a ver, también eran laburantes. También estaba ahí Gustavo Sala, pero no sé qué epíteto ponerle a ese degenerado.
Es como que si sos laburante, y caés un miércoles a la noche cansado a ver una película en el Village, vas porque tenés ganas de ver una puta película y todo el ego del rockstar y todas esas cosas se disipan y eso también tiene su encanto.

Esa clase de cosas son las que no acostumbramos ver en el interior: los artistas de renombre (o, bueno, Sala) viendo una película en el mismo cine que vos, o comprando bergamota en la esquina como se supone que hace cualquier persona. Cada vez que aparece uno de estos personajes conocidos en una ciudad del interior, lo miramos con adoración porque sabemos que sólo se queda dos o tres días y viene estrictamente a hacer lo que mejor sabe hacer, y su aura de bicho raro lo sigue por donde vaya como un patovica metafísico.
Pero después se va, y el interior sigue siendo el interior, y el tipo va al gimnasio de su barrio a hacer un rato de bicicleta fija, y nosotros seguimos plantando tomates bajo el sol de Traslasierra mientras escuchamos a Pergolini, al que le chupamos un huevo.

Después no me vengan con que este es un país federal. Las pelotas.

22.4.15

Buenos Aires y las excepciones

¿Qué mejor que pasar un cumpleaños en Buenos Aires? Bueno, se me ocurre una: pasar un cumpleaños en Buenos Aires con plata. Pero son gajes del oficio del gasolero. Llega ese momento donde el presupuesto se acorta y uno empieza a asignárselo a las cosas importantes y deja de derivar tanto por los escabios de rigor: tanto para la comida, tanto para el bondi, y tanto para un libr(az)o que encontré en San Telmo: la correspondencia completa del Dr. Hunter Thompson en inglés, un libro de mil páginas por un valor exactamente igual a tres noches de alojamiento en este hostel de mala muerte.

Imposible escribir sobre Buenos Aires tout cort. Es como ese chiste de los Simpsons sobre las enfermedades del Sr. Burns: simplemente son demasiadas impresiones juntas. Fui organizando, a estos fines, una listita en mi cabeza para ir agrandando mientras la experiencia dure, y luego se depure y se decante dejando tras de sí una estela de sensaciones organizadas, relatables y dudosamente importantes. Una especie de crónica por partículas de un viaje que no deja de sorprenderme a cada minuto, desde un funesto episodio en el que "desaparecieron" cuatro gambas de mi bolsillo hasta encontrarme caminando solo, por primera vez, a las cinco y media de la mañana desde el Edificio Libertador de vuelta pa las casa, y que la ciudad esté totalmente desierta.

La noche es algo que no exploré de Buenos Aires más que por cierto cuento de Benedetti que, además, siempre me dio ganas de venir para acá. En él se citan varios paisajes típicos, adornados por los matices de una dictadura incipiente que organizaba balaceras programadas: una en la Nueve de Julio (¿la avenida más ancha del mundo?, duda el flyer de una empresa de viajes: ¡averígüelo aquí!), una en Santa Fe y Talcahuano, una en Zona Norte, que en el cuento era como una semi-garantía de que no te iban a poner una picana en los huevos mientras organizabas tu exilio de una ciudad corrompida por la violencia institucional.

Pero acaso el más típico de esos paisajes, y el más etéreo capaz, es el de la caminata solitaria a la noche "solo bajo la luna, y si no hay luna bajo los semáforos". Todos sabemos como arranca Balada para un loco, palabras que no voy a reproducir acá por excesivamente cursis pero en cierto punto precisas. Entonces la figura del chabón flaco como un yuyo y algo melancólico en su mirada es algo que no le falta a Buenos Aires, cliché hasta la exacerbación de lo que en París es, por ejemplo, un poeta maldito recorriendo las galerías para escribir sus poemitas.

Buenos Aires cumple diligentemente con la tarea de acompañar. Y, al menos en el centro, ese ritmo frenético que tenía en el día se transforma en una cadencia pausada rodeada de sucesos rituales, disimulados como sonreírle frente al suegro, y significativos sólo si uno entiende bien de qué se trata eso que llaman "coyuntura". Porque de día los porteños tienen una rutina, pero de noche salen a flote las fuerzas umbrales.

Me dio mucha gracia una secuencia bastante irónica.
Cuando volvíamos con Emilia desde el BAZOFI (tuvimos el lujo de que a la película la presentó el autor intelectual del ciclo en persona, el señor Fernando Martín Peña), justo en la esquina de la 9 de Julio, vimos varias figuras que se movían rápidamente contra la pared en torno a un taxi con balizas puestas. Sugestionados como estábamos, nos acercamos.
Los tipos habían bajado del taxi a toda velocidad con rollitos de afiches de campaña del candidato K (ningún santo de devoción por acá). Pegaban a la pared con rodillos el afiche, uno atrás del otro con una fuerza maquinal y desquiciada antes de que llegue la cana y tener que volar en taxi. (Sabemos que Mauricio tiene unos caprichos un poco agresivos con las demostraciones políticas de afecto que no sean amarillas, y sus votantes también).
Lo de los tipos era realmente una técnica artística, como se puede hablar de arte después del gonzo: como una coreografía que no tenía cabida en ningún teatro grande, los tipos desplegaban los rollitos con la cara de ése que promete un cambio y le pegaban una rodillada sobre el afiche opositor, más grande, más colorido, más visible desde el infierno de la avenida. Digamos que operaban desde la clandestinidad, un poco como operan todos los poderes sin oficina.

Y a la mañana siguiente vimos lo contrario. A plena luz del día, en una calle concurridísima llena de sedes de gremios y ferreterías y tiendas de compraventa y pensiones y oficinas de medicina prepaga, un puñado de personas con mameluco, bien vestidas y bien mimadas con las herramientas ad hoc, despegaban con cincel en grupitos de a tres o cuatro las propagandas de la noche anterior.
"El ciclo de la vida", pensé mirándolos, tan seriamente enfocados en su lavoro, que no es otro que el del orden diurno, ese orden que se vierte sobre lo subvertido.
El ciclo: dos caras de lo mismo, para mi deleite porque mi religión son los símbolos. De noche se destruye, de día se construye (nótese que en este caso, parece que es al revés). El orden del día es el del café con medialunas, el de la gestión pública, el de la hora pico, el de las causas penales, el de los problemas con solución. No es el de las reuniones en los sótanos, los saltos al tren, el volumen ingrato de la paz o las crisis, las obras de arte magistrales, las teorías conspirativas de los verborrágicos delirantes y los intelectuales apasionados con una causa vaga pero igualmente hermosa; las excepciones, lo llama Benedetti (a falta de mejor remate).

Feliz cumpleaños a mí.

17.4.15

Alerta: penes en la ruta

Viendo las primeras escenas de la película Easy Rider, que en los primeros veinte minutos se trata de las peripecias de dos motoqueros que cruzan la frontera para comprar merca en México y están yendo, aparentemente, al mardi gras en Nueva Orleáns, no puedo evitar recordar el viaje que hice yo mismo (nostalgia de la mugre de ruta o nomurú, como lo llaman los científicos guaranipones) a las marcianas tierras del interior de Neuquén cuando una falsa pista nos arrojó como resultado que seguir la ruta 40 era el camino más interesante.

Fue así que el trayecto de por sí complicado que va desde Zapala a Malargüe se hizo eterno y estuvo lleno de aventuras inesperadas. Obviamente no contaba con motos choperas (manejar nunca será mi fuerte) ni con merca mexicana, ni en realidad con mucho dinero, sino nada más tenía una carpa y una guitarra roja que me acompañó a todos lados en una aventura que por momentos fue lo más absurdo que hubo, y por momentos fue una revelación del cosmos, más que nada cuando todos nos sentamos a la mesa con el famoso gurú de San Rafael y lo único que comimos fueron vegetales con agua tónica.

Los recuerdos se pierden si uno no los ase y los asa a fuego lento. De eso se trata este blog, y no de otra cosa.
Uno de los mejores fue con Charles esa vez que estuvimos parados al borde de una ruta desierta (4 autos en las tres horas que estuvimos ahí, hasta que nos levantó con una chata que prometió llevarnos a California y nos llevó a un lugar donde casi nos meten en cana). No teníamos más que una lata de atún y una botella de agua, y parecía que íbamos a pasar la noche ahí. El panorama era paradisíaco: al fondo las montañas antes de llegar a Buta Ranquil, una finca verde casi pegada a la línea del horizonte, y frente a nosotros la mítica Ruta 40, que en ese momento parecía una quimera inmensa y vacía desde Ushuaia a La Quiaca. En aquél momento nos habían dejado en un cruce de caminos que no existirá jamás en ningún mapa, a las seis de la tarde cuando el sol se pone a titubear en su cósmico deporte.

Así fue, como dice Vonnegut. Nosotros estábamos parados al borde del asfalto justo antes de una curva y, como es rigor para Vialidad, había un cartel que advertía que el camino (visible a diez kilómetros) iba a contonearse.
Charles era como un hermano mayor y yo era (sigo siendo) un pibe tímido sin más ideas que dejar la mochila en el piso y esperar sentado que algo pase. (Él me instó a hacerme el moribundo para que nos lleve una combi full-luxe, pero lo único que nos convidaron fue un vaso con agua). Fue ahí cuando él, en vista del panorama desolador que incluía sed y sobre todo aburrimiento, sacó una pequeña navaja que había traído con él para defenderse, porque viajaba solo. Y cagándose de risa se volteó hacia la señal de la curva y empezó laboriosamente a arrancar el cóntac negro de la señal que era nuestra única compañía.

Una vez que los tenía a todos agrupados en su mano, me pidió ayuda. ¿Qué ibamos a hacer? "A huge ass cock", me dijo. (Hablábamos en inglés y en español indiferentemente, yo para practicar y él porque había pasado toda su adolescencia en Honolulu fumando marihuana con Jack Johnson).
Entonces pusimos manos a la obra. Agrupamos cóntac por acá y por allá para formar el tronco y las pelotas, y le dimos una dimensión bastante razonable a ese pene gigante, aprovechando todo lo que nos brindaba en su generosidad aquél cartel de mierda. El resultado fue una majestuosa obra de arte falogocéntrica que él retrató con lo poco que le quedaba de batería utilizable, y publicó después en Facebook entre chistes como "warning: cocks on the way". Ningún auto pasó mientras nos abocábamos a tal tarea, y espero algún día saber si alguien se rió al ver ese pene gigante en una banquina de la ruta 40, en el lugar donde no para ni el diablo a levantar a Robert Johnson y menos que menos para Vialidad a reparar los daños causados por dos viajeros ociosos.


16.4.15

Ça ne suffit pas

Hoy me levanté medio cruzado. Debe ser la lluvia que me pone de mal humor porque complica las cosas. Ir de acá para allá se vuelve una odisea de empujones por cuerpos mojados y resbalosos, los bondis están siempre llenos con el piso hecho una cancha barrosa y los taxis no te paran ni aunque seas Megan Fox en tetas en plena avenida Colón. Sí, las cosas se entorpecen bastante.

Pero bueno. Siempre que llovió, paró. Esto es algo que aprendí una vez y para siempre: las cosas se complican por ciclos. "Time is a flat circle", dice Rust Cohle (uno de los mejores personajes que nos dio la tevé en los últimos tiempos: complejo, filósofo, baqueteado, autodestructivo, cínico, pero superlúcido).
Si la lluvia te complicó hoy el sol saldrá mañana en un nuevo amanecer húmedo pero un poco más espectacular; si el panorama chicato de la everyday struggle se te hizo un poco más arduo, mañana tendrás un poco más de tiempo para replantearte eso que llaman big picture.

Por lo mismo, aunque hoy me levanté cruzado, digo que el enojo es una de esas cosas que se van tan de pronto como vinieron, y que sería una picardía pensar que permanecerán acá para siempre.
El lunes a la mañana murió Galeano, y Página/12 sacó un suplemento especial conmemorativo el día martes; hoy, miércoles, mientras volvía a mi casa del laburo, miré de reojo el ejemplar y, aunque hace un tiempo que el charrúa no es santo de mi devoción, lo compré. Nunca se sabe cuándo se puede reconciliar uno con un escritor con el que se está un poco distanciado.

Mi enojo tiene que ver con esas cosas de mí mismo que no sé cómo cambiar. Esas cosas que están ahí obstaculizándome para hacer lo que sea que quiero hacer. (En la secundaria teníamos orientación vocacional: vale decir, desde adolescente me persuadieron de que lo que quiero hacer es lo que tengo que hacer, cosa tanto más grave porque trae aparejado el deber, que para el católico de cuna como yo siempre se moraliza).

Imposibilidad: ¿mis malas costumbres? ¿Mi dejadez? ¿Mi desidia? ¿Seré yo el problema, en fin? ¿Será, en fin, un problema?
No me interesa su opinión, desgraciadamente. Me interesa sólo la mía. Estos son los momentos donde el prisma de los otros es una fuente muy poco confiable.
En este mismo momento, con el ejemplar de Página/12 que habla sobre el finado Eduardo (que tuvo una vida plena y respetable) pienso que el mal que aqueja a cualquier persona en algún momento de su vida es un mal bien común: el del inconformismo. Ça ne suffit pas, digo de pronto me parece. Lo que estoy haciendo no es suficiente, lo que soy no alcanza. (Lo que soy no es más que mis hábitos: ese 40% de lo que pienso y hago que se repite todos los días; la dimensión tiempo es la única que construye cosas perdurables y la única capaz de destruirlas). Nada de eso suffit pas.

Entonces miro el diario con la foto de Galeano en la contratapa. De alguna forma extraña, y a pesar de todo su bagaje de denuncia romantizada que no me termina de cerrar, el viejo se mostraba optimista en eso. Me acuerdo de pronto de una de sus frases más famosas, que anoté por ahí en un cuadernito porque a quién no le impresiona la forma de escribir de Galeano, fresca y contundente: "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".

15.4.15

Sir Osbert Lancaster y la inocencia victoriana

Bueno, ando corto de inspiración, pero no me abandonen. Ando intentando laburarme todo lo que pueda para juntar unos mangos e ir al BAFICI en Buenos Aires (cuatro días de gira que incluirán el miércoles, mi cumpleaños, en el que a las 23.15 proyectan en Caballito el documental de los Residents al que viajo expresamente para ver).
Además está el tema de la revista, que está poco a poco asomando la cabeza por -bueno, quizás es llevar la metáfora un poco lejos.

Con todo, uno siempre tiene que arrancar desde lo personal y de ahí proyectarse para afuera, porque si uno no está cómodo con los muebles de su casa no está cómodo para recibir visitas, ¿se entiende?; para interactuar con los otros, para decir algo socialmente sensato, para ser original o para hacer amigos, es necesario en principio organizarse.
Si la escritura es efectivamente la piedra con la cual construyo los puentes que me unen al mundo (bueno, esto es un poco exagerado), más vale ejercitarse en el arte de construir puentes. Ya llegará el día en el que las campanas doblen por alguien y tenga que dinamitar el proceso; dicen que son dos caras de lo mismo. Pero soy joven todavía.

En fin. Kaz Prapuolenis, caricaturista yankee que me presentó Raymond, publica en su Facebook unos dibujos de Sir Osbert Lancaster (1908 - 1986), añadiendo el dato nada desdeñable de que es el único caricaturista en haber sido condecorado con la Orden del Imperio Británico.
No sé qué esperar de un caricaturista así (vale decir: uno que no haya terminado acribillado por el brazo armado del fundamentalismo musulmán), pero sus dibujos me parecen de lo más deliciosos. Sencillos en la escena y trabajados en el detalle, hechos de trazos finos sin colorear en su mayoría, aparecen personajes bien vestidos tomando el té junto a una chimenea de una casa vieja de la gran ciudad, tipos fumando pipas junto a una biblioteca, tranvías atravesando la ville, gente tocando el piano, o sencillos bufones de barrio. Lo llaman algo así como un genio victoriano, lo cual es una alusión a la pacatez de la época en la que todo lo sexual estaba disfrazado bajo eufemismos que hoy son de lo más divertidos.

Pero qué querés que te diga. Más de una vez me asalta la sensación de que últimamente todo está como híper-sexualizado: ya sea para adorar a la imagen de la mujer sumisa o la vedette cosificada, como para luchar contra ese estereotipo desde propuestas de género feministas o marginales. Por su parte, el arte recurre al sexo, me parece a mí, como manifestación sensual que más de una vez parece ser lo que está más a mano para añadir efecto y color a un producto. La televisión, sin duda, hace lo mismo. En el mismo terreno que Sir Lancaster, Sala lleva todas sus tiras hasta la exacerbación escatológica. En suma, todo el mundo parece estar hablando de lo mismo: el sexo, la genitalidad, el pito y la concha o sus deconstrucciones, están siempre presentes obsesivamente como un ostinato, sobre todo en la mente de nosotros los jóvenes, dedicados siempre a ver qué podemos descubrir, revertir o transformar, y deleitados con la idea de que esta transformación sea algo que pueda incomodar sobremanera a la generación de nuestros padres.

Y qué querés que te diga, parte dos: los dibujos de Sir Osbert Lancaster me parecen un oasis contra eso. Quizás porque me remiten a imágenes de la infancia, donde soñaba tranquilamente con un lugarcito en la gran ciudad (contra lo que yo veía entonces como una provincia guiada por su folklore campesino, que hoy está más o menos igual sólo que con más votantes de Massa).
Imágenes un poco desdibujadas por momentos, donde el sexo casi no existía, entre tantas otras cosas, al ser un mundo casi totalmente formado de una inocencia soñadora que no estaba obsesionada por lo opresor, lo subliminal, lo simbólicamente violento, ni guiado por los instintos de la animalidad que, al menos en algunos, tiene como regla general culiar cada vez que se puede.

Dato de paso, pero no menor: esta entrada fue escrita y ambientada con el son del último disco de Frecuencia Fantasía, Pequeñas acciones en nombre del amor, que se puede escuchar acá.


13.4.15

Marechal

Todo ser es un gesto que se dibuja y se desdibuja.
Lo que valdría en cada uno es la fidelidad a cierta vocación inalienable.

Marechal

12.4.15

Short term struggles can force the big picture to take the backseat

Con treinta grados y una lluvia sorpresiva después de una mañana de sol, Córdoba (la concrete jungle cordobesa) parece la selva misionera, sólo que en vez de flora espesa hay smog y praliné y en vez de coatíes hay votantes del Gringo. Pero salvando ciertas pequeñas distancias casi que me siento como en casa.
Al menos así lo sentí cuando el tufo me abrazó con una familiaridad calurosa al salir de mi edificio, que ahora tiene llave magnética y reniego mucho menos con el tembloroso cricricri de querer encajar la llave en la oscuridad. Todo parece tan fácil y tan líquido. Pero de repente quiero salir y me quedo en el umbral: llueve a baldazos. Y me refugio en el local Gama que está en la esquina, viendo para dónde encaro. La opción fácil de quedarse no es una opción, porque por más que sea sábado (un sábado que no tendría ni que existir, si va a ser tan feo) tengo que ir a laburar, y ya estoy llegando diez minutos tarde. Para peor, la media horita que llovió ya alcanzó para crear un arroyo de pilcomáyicas proporciones entre la vereda y la calle, cosa que puedo superar solamente recurriendo al parkour. En suma, es un escenario bastante caótico.

Sea como sea me aventuro en la vereda húmeda y a falta de paraguas voy rápido, como si quisiera esquivar las gotas cual Neo con las balas; sin darme cuenta, como se suele decir, que "adelante también llueve". Entonces pispeo: tiene que haber algún techito que amenice la marcha. Tal o cual efímera esperanza de paz que surge bajo un toldo de Pepsi es precisamente eso, efímera, pues el reloj corre y yo estoy llegando cada vez más tarde tratando de esquivar cataratas y manglares y gente que se volvió loca de repente, pues dejó el auto en quién sabe dónde (decisión suicida) bajo el cielo infinito de Córdoba, que tiene siempre el granizo en la punta del nimbus.

Así fui a trabajar hoy. Después no me pregunten por qué pienso que hay ciertos días que no tendrían ni que registrarse en un calendario. 'Ta muy lindo quedarse en casa a escuchar Jack Johnson y preparar panqueques de banana, o por lo menos si me dijera que está bonito para el cuchareo: pero el calor tórrido que flota sobre Córdoba capital hace que el único que chiva más que uno es el prójimo y la opción se desdibuja con rapidez.

Una última mención especial, sólo para comprobar que se puede escribir una entrada a partir de absolutamente nada importante. Fue aproximándome a la esquina de Tucumán y Colón, ahora cerrada al tránsito, que empecé a sentir un traqueteo imponente como la melodía que exhala la Garganta del Diablo en su rocío milenario sobre la pasarela; y al llegar a la esquina vi una modesta Bobcat con un martillo hidráulico en obra haciendo trizas el pavimento. Ahí, cuatro o cinco obreros trabajaban como si no lloviera a cántaros, y sin quejarse; uno incluso levantaba arena húmeda en la pala para ponerla en una carretilla chueca. Pero recorrí con la mirada el maquinón y su aguja: el traqueteo correspondía a una insistente golpiza a la calzada, que la partía como si fuera un bizcochuelo de chocolate. ¿Qué animal de la selva misionera podría mencionar acá para ajustar a la city al modelo que me armé, cuando salí transpirando de mi casa sólo para encontrarme con el panorama desolador de una tormenta estival a la hora del laburo? Fu, creo que nada. Un yaguareté, quizás; pero ni bostezando, ni rugiendo, ni nada. Un yaguareté en el coito. Eso es. Un yaguareté.

11.4.15

Mike

—La lección es: si vas a ser criminal, haz la tarea.
—Espera, no soy un tipo malo.
—No dije que fueras malo. Dije que eres un criminal. 
—¿Cuál es la diferencia?
—Hay criminales buenos y policías malos. Curas malos. Ladrones honorables. Puedes estar de cualquier lado de la ley. Pero si haces un trato con alguien, cumples con tu palabra. Hoy puedes irte a casa con tu dinero y no volver a hacer esto nunca más. Pero tomaste algo que no era tuyo. Y lo vendiste para tener una ganancia. Ahora eres un criminal. ¿Bueno, malo? Eso depende de ti.

Mike Ehrmantraut 
en Better Call Saul, 1x9

10.4.15

De acuerdo, perra perezosa

Me llegó en estos días un MD (así les dicen a los mensajes privados de Twitter) de una de esas cuentas que te siguen porque sí, y vos seguís porque decís "bueno, al menos no es un rapero hinchándote los huevos con un link de Soundcloud". Tengo el buzón lleno de esos pelotudos, y casi nunca les respondo, pero un seguidor es un seguidor.
Una de estas cuentas era más bien una especie de agencia de autoayuda de Queens, o algo parecido a un sueño erótico de Coelho en el que por fin descubre que al final del camino de Santiago de Compostela hay nada menos que un best-seller en un cofre. Y la cuenta en cuestión te mandaba un MD, segurísimamente repetido a modo de encuesta, con la escueta pregunta: "¿quiénes son los tipos que te inspiran?", en inglés.
Uno siempre dice la respuesta más fácil en estas cuestiones, así que les largué los tres nombres de las tres personas que pueden ver arriba, en el banner, y en orden: Mark Sandman, James Joyce y Hunter S. Thompson.

De este último voy a hablar, porque de los tres muertos es el más reciente, y aunque es muy difícil decidir si es el mejor escritor de los tres (considero a Sandman un gran poeta), fue un tipo que tenía esa rabia en la punta de sus dedos que no se prestaba con sencillez a moderación; moderación que podría haber velado "la pura verdad", de la que Thompson además dudaba. Un tipo que, como los otros dos, tenía estilo cuando se enfrentaba a la máquina y era ecléctico en su vida diaria: amigo de artistas, escritores, intelectuales, empresarios, motociclistas, políticos, activistas y hippies; un demócrata con una conocida afición a las drogas y a las armas. Tipo sincero y magnético para algunos, absoluto idiota para otros, hoy es una figura de culto y, como pasa en estos casos, sus defectos se desdibujan rápidamente.

El 22 de enero del 2001 Hunter le escribió una carta a la productora de The Rhum Diary, la película que iba a basarse en su primera novela. (No se trataba en el momento de la misma atrocidad que diez años después Johnny Depp protagonizó: una suerte de circuncisión cinematográfica de la novela, como es costumbre en Hollywood, donde se omitían pasajes y personajes a mi parecer sumamente importantes).
Hunter se mostraba bastante disconforme con las demoras de producción de la película, y tuvo a bien enviar una amable misiva a la responsable haciéndole ver, consideradamente, los desaciertos cometidos.

La carta pasó a conocerse coloquialmente como "Okay lazy bitch", y estaba dirigida a Holly Sorensen. Transcribo acá el final, que es una joyita: una especie de cariñoso mensaje de Hunter Stockton a cualquier persona que esté posponiendo algo importante, por pura dejadez, advirtiéndole (quizás lo estoy suavizando un poco) que el tren de la vida pasa una vez y lo mejor que puede hacer uno es buy the ticket and take the ride. No puedo traducir la carta en su totalidad porque las puteadas de Hunter fluyen con la naturalidad de un arroyo cristalino, y son difíciles de pasar al castellano.
Me cago en tus compañeros. Me gustaría mucho más tratar con un pelotudo VIVO que con un gusano muerto con ninguna luz en sus ojos... si ustedes no quieren hacer nada con esta película, simplemente escúpanse la opción y hablo con otra persona. La única cosa que vas a obtener renunciando y enrollándote en posición fetal es vergüenza y una aflicción implacable. Y la única cosa que NO vas a obtener es diversión. 
OK, este es mi descargo por hoy. Esperemos que incentive a alguien a mover un poco el culo. Y si no hacen algo RÁPIDO van a destruir una muy buena idea. Estoy con ganas de cortarles las malditas manos.
RSVP,
Hunter 

9.4.15

"The Wind Cries Mary", 1967

Ojalá pudiera pasar mi vida entera inmerso en esa gran ingenuidad que sentí la primera vez que vi este video. Lo miré extrañado como se mira a un extraterrestre extraído de Exopotamia.
Me acuerdo que me lo pasó Bettiana en el 2010, y luego se refirió a él no como "el video de Hendrix", sino como "el video donde había gente sentada". Cosa que es algo particularmente hermoso, porque no se parece a Foxy Lady tocado en Woodstock del '69. La atmósfera de intimidad me paralizó cuando lo vi. En el centro, Jimi, que me apasionaba por su dualidad: un chamán pirómano arriba del escenario, y un tipo tímido y modesto cuando bajaba a hablar con alguien.

8.4.15

Mr. Cobra, 2

Hay un proverbio indio que leí ayer: "la cobra te va a morder así la llames Cobra o Mr. Cobra". Me pareció muy divertido, habida cuenta del trabajo nuevo que pegué en un hotel nuevo en el que están "acomodando los horarios de acuerdo a sus necesidades" (que, desde Marx en adelante, sabemos que rara vez coincidirán con las mías).

En tiempos de transición es donde aparece con suma urgencia la cuestión de no dejarse culiar, como reza ese graffitti marquesinesco en la iglesia por Deán Funes. Esto es: mantener mis propios intereses con la menor flexibilidad posible, equilibrándolos con un trabajo en el cual (tengo que recordar que) por el momento al menos, todavía me necesitan. Asumiendo saludablemente que mis prioridades son otras.

Hace nada más que un año estoy incorporado al mercado laboral cordobés, y ya me ha pasado de regalar mi tiempo y mis energías por no poder, simplemente, decir que no. Puede parecer tonto decir "te voy a laburar gratis", pero en el momento te arremangás convencido de que es por una buena causa.
El tipo que tiene una empresa reedituable la tiene por una razón: sabe cómo hacer más con menos, para ir acumulando. Por ende, no me sorprenden dos cosas. Una: que haya una suerte de cultura laboral donde es vago o garca el que, ante un problema grave en la empresa que te emplea, decida irse si se cumplió su hora aunque sus compañeros estén en el horno. Dos: que, gracias quizás a esa misma cultura, se dibuje a este tiempo invertido (que para el empleado es irrecuperable) como un compromiso (con el grupo, con la empresa, y, en el caso más perverso, con la vocación): el compromiso da cabida a un agradecimiento, pero no se monetariza.

En el fondo, la falta de valentía para imponerme (mi peor defecto hoy por hoy, si tengo que hacer un examen de conciencia pascual) proviene de un excesivo respeto al empleador, como si mi vida se desarmara por completo si lo hago enojar y me deja sin trabajo.
Ingenuidad, por lo menos en mi caso: porque si me echa por pedir una hora menos o unos mangos más, él tiene que laburar el doble para cubrir el bache. Pero si me callo, yo laburo el doble; al fin y al cabo, casi todo lo que hay en la caja al final del día va a él, y a mí me va una parte, siempre fija, que puede o no ser desproporcionada: depende de cada empleado pensar de cuánto dinero hablamos cuando hablamos de "digno".

Saknussem y Claudio. Es así, como decían los indios (herederos de una práctica ancestral que los jóvenes hedonistas asimilan como la suya: la de la ociosa contemplación): la cobra te puede morder aunque la llames Mr. Cobra.

6.4.15

Mr. Cobra, 1

3

—Buenos días, León —dijo su jefe al abrir la puerta.
Claudio se sobresaltó e hizo una gran mancha.
—Buenos días, señor Saknussem —balbuceó.
—¡Torpe! —gruñó el otro—. ¡Siempre hace manchas!
—Discúlpeme, señor Saknussem, pero...
—¡Bórrela!
Claudio se inclinó sobre la mancha y comenzó a lamerla aplicadamente. La tinta estaba rancia y olía a foca.
Saknussem parecía de buen humor.
—¿Ha leído usted los diarios? —preguntó—. Los conformistas nos preparan buenos jaleos, ¿no es así?
—¿Eh?... sí, señor —murmuró Claudio.
—¡Mequetrefes! Ya es hora de que se los vigile. Y están todos armados, como usted sabe.
—¡Oh! —exclamó Claudio.
—Lo vimos claramente en el Liberacionamiento —dijo Saknussem—. Llevaban camiones enteros de armas. Y, naturalmente, las personas honradas como usted y yo no tenemos armas.
—Por supuesto...
—¿Usted no las tiene?
—No, señor Saknussem.
—¿Podría conseguirme un revólver? —preguntó Saknussem de buenas a primeras.
—Es que... —contestó Claudio—. Tal vez por medio del cuñado de mi casera... no lo sé.
—Muy bien —dijo su jefe—. Cuento con usted, ¿no es así? Que no sea demasiado caro... y con cartuchos. ¡Esos cochinos de conformistas! Hay que desconfiar de ellos, ¿no es así?
—Ciertamente —confirmó Claudio.
—Gracias, León. Cuento con usted. ¿Cuándo podrá traérmelo?
—Antes tengo que pedirlo.
—Por supuesto. Tómese tiempo. Si quiere usted salir un poco antes...
—¡Oh, no, no vale la pena!
—Está bien. Pero procure no hacer manchas. ¡Cuide su trabajo, qué diablos, pues no se le paga para que no haga nada!
—Pondré atención, señor Saknussem —prometió Claudio.
—Y esté aquí a la hora —concluyó su jefe—. Ayer llegó con seis minutos de retraso.
—Pero de todos modos vine nueve minutos antes de la hora.
—Sí, pero habitualmente viene usted un cuarto de hora antes. ¡Haga un esfuerzo, caramba!
Saknussem salió de la habitación y cerró la puerta. Claudio, muy conmovido, tomó otra vez la pluma. Como le temblaban las manos, hizo una segunda mancha. Era enorme. Tenía la forma de una cara que reía irónicamente y sabor a petróleo.

4

Claudio terminó de comer. [...] Se levantó para responder al campanillazo que había sonado en la puerta. Era el cuñado de la patrona.
—Buenos días, señor —dijo el hombre, la sonrisa honrada y el cabello rojo del cual delataban su origen cartaginés.
—Buenos días, señor —contestó Claudio.
—Le traigo la cosa —dijo el hombre, que se llamaba Gean.
—Ah, sí... el...
—Aquí está —y lo sacó del bolsillo.
Era un lindo revólver de diez tiros, marca Walter y modelo ppk, con un cargador cuya culata guarnecida con ebonita se adaptaba exactamente a las dos placas estriadas donde se pone la mano.
—Buena fabricación —dijo Claudio.
—Cañón fijo —dijo el otro—. Gran precisión.
—Sí, puntería cómoda.
—Fácil de empuñar.
—Arma bien concebida —dijo Claudio, y apuntó a una maceta de flores que se apartó de la línea de mira.
—Es un arma excelente —confirmó Gean—. Tres mil quinientos.
—Es un poco cara —objetó Claudio—. No es para mí. Por supuesto, creo que vale ese precio, pero el interesado no quiere pasar de los tres mil.
—No puedo dejárselo por menos. Es lo que me cuesta.
—Lo sé muy bien, pero es muy caro.
—No es caro.
—Quiero decir que las armas son caras.
—Eso sí, pero una pistola como ésta no se encuentra fácilmente.
—Así es.
—Tres mil quinientos es el último precio.
Saknussem no pagaría más de tres mil. Economizando un cambio de suelas en sus zapatos, Claudio podría poner quinientos francos de su bolsillo.
—Tal vez no siga nevando —dijo Claudio.
—Tal vez.
—Se puede prescindir de unas suelas nuevas.
—Así es, estamos en invierno —confirmó Gean—. Le dejo el segundo cargador por el mismo precio.
—Es usted muy amable —dijo Claudio.
Comería un poco menos durante cinco o seis días y eso le haría recuperar los quinientos francos. Saknussem al vez se enteraría por casualidad.
—Se lo agradezco —dijo Gean.
—Soy yo quien le queda agradecido —replicó Claudio, y acompañó a Gean hasta la puerta.
—Tendrá usted una buena arma —concluyó Gean, y se fue.
—No es para mí —le recordó Claudio, mientras el otro bajaba por la escalera.

Boris Vian, El otoño en Pekín

5.4.15

Jorge, Fito, Carlos: sus mentes

Cada vez que entro al lobby de mi edificio Jorge está en una posición similar: los brazos cruzados a la altura del pecho, sentado en su silla ni muy cómoda ni muy tortuosa detrás de un escritorio casi vacío, de no ser por el termo bicolor y el mate de plástico. A veces está escuchando la radio; otras veces habla con una mina por altavoz y a los gritos. Pero nunca se olvida de saludarme, así sea con un gesto con la mano. Porque ya hemos intercambiado conversaciones, sacadas de cuero de rigor (de las que se mantienen con cualquier portero de confianza) y consejos. Al parecer él ama su laburo. Cuánto será que lo ama que salgo a las 5 de la tarde y vuelvo a las 6 de la mañana y sigue ahí, con la misma cara, apenas un poco más despeinado pero jamás impresentable. Y jamás una queja. Disciplina militar. Porque, dice él, "los que manejan este laburo son todos ex-milicos".

En la época donde andaba buscando laburo (sí, ¿qué pelotudez, no?) él me decía que pruebe con ser guardia de seguridad. Pero al toque se retractaba: "no, este laburo no es para vos". Y añadía: "es para un guaso grande... es muy aburrido, tenés que estar acá 16 horas sin moverte, siempre en el escritorio, apenas salís a la vereda para ver y no tenés que tardar mucho para ir al baño porque piensan que te borraste y te fajan", dice. Él tiene toda la pinta de haber nacido para eso, aunque me dijo que es locutor y que ahora mismo estudia doblaje de películas.

Mi abuelo, cuando iba a pescar, decía más o menos lo mismo de ese su oficio, que era de esparcimiento más bien (aunque venía de diez una boga a la parrilla un domingo a la noche). "Tenés que tener mucha paciencia. Te sirve para sentarte, pensar, ordenar tus ideas...".
Las sesiones de meditación en el Taragüí. Hasta mi tío, uno de los tipos más frenéticos con los que tuve el gusto, también se prendía a las meditaciones colectivas en medio del río cuando sacaban la lancha. Era algo que les hacía bien. La quietud, la paz, el silencio.

Digamos que es valiosísimo tener una mente capaz de vagar por ahí por sí sola, si da la casualidad de tener que estar atado a un mismo lugar por un rato largo. Es un favor que se hace uno a uno mismo. Al menos, eso siento yo cuando estoy acá en recepción, al pedo, en un hotel casi vacío un sábado de gloria helado después de una lluvia; no es un laburo pesado, para nada, ni mucho menos desgastante: simplemente hay que permanecer. Me pagan por permanecer. ¡Quién pudiera!, pienso. Y entonces pienso en hacerme guardia de seguridad: debe ser como ser conserje en un hotel vacío, salvo por las eventualidades. Pero en la flor ansiosa de la juventud, realmente hay que tener ganas de enfrentar sesiones maratónicas tras el mate y el escritorio. Ahí es cuando pienso que en realidad, más que un trabajo pastoso y monótono, más vale tener una mente aventurera y fructífera que no te abandone cuando estés solo y al pedo, y sin posibilidad de irte al parque porque te pagan por quedarte ahí, por nada más que eso. Si uno puede lograr esa tranquilidad de espíritu, la paga es doble: le pagan por ordenar sus ideas.

Mi viejo vivía en un pueblo llamado Santa Rosa, departamento de Concepción, donde es fácil de adivinar que no pasaba un carajo, pues tenía 5 mil habitantes. No le costó conseguir una pequeña cabaña en una calle retirada del pueblo, si es que alguna vez el pueblo tuvo centro. Y (no es joda) se movilizaba en tractor.
Me acuerdo que la municipalidad de Santa Rosa había regalado alguna vez unas silletitas pequeñas que usaban las viejas para la laguna, que tenían detrás la inscripción adornada con un solcito y una palmera: "Santa Rosa, el placer de permanecer".
"Sí, placer", bufaba mi viejo, acelerado y neurótico y ansioso como es, con un temblor de manos crónico, totalmente harto del pueblo de la eterna siesta, "mirá que hay que tener ganas de permanecer en este pueblo lleno de vejestorios..."

4.4.15

Erik Davis: the spontaneous Chaos within

Los babilonios, los egipcios y los griegos, todos reconocían al dragón primitivo del Caos, bestia que incluso los dioses de sus civilizaciones se sentían llamados a domesticar y organizar. La Cristiandad intentó eliminar a la diosa del Caos junto con todos los otros. Esta es la razón por la que la Iglesia decidió que Dios había creado el mundo ex nihilo, a partir de la nada. Pero todavía podés oler el salobre dejo de la diosa en el informe y acuoso vacío que inaugura el Génesis — un distante eco del más antiguo mito babilónico.
El dragón del Caos vestía una cara mucho más honorable en el Este, donde era conocido como el Tao. Para sabios antiguos como Chuang-Tzu, el orden subyacente del Caos natural era rico y abundante en comparación con la fragmentada legalidad y las estructuras moralistas de la civilización confucionista — que paradójicamente producía el mismo desorden que intentaba suprimir. Los taoístas sentían que solamente derribando el Estado de las cosas —incluyendo la conciencia ordinaria, podríamos retornar a la Edad Dorada, la heterogénea armonía simbolizada por el wonton (que deriva del Sr. Hun-tun, el lord del Caos de Chuang-Tzu). Si estos sueños anárquicos no pueden ser realizados en la sociedad como Lao Tzu esperaba hacer, podrían al menos ser realizados en el cuerpo, a través de prácticas espirituales y físicas que abrirían el espontáneo caos interior.

Erik Davis, "¿Caos espiritual?"

3.4.15

Resumen de abril al día 3 de abril

Cuestión que en un mismo día (vertiginoso del cual me estoy despertando recién como sacándome lagañas de encima) sacamos pasaje para ir a Buenos Aires el día 19 de abril. Parado en la puerta de la estación sonó el teléfono: me ofrecían trabajo. Esto fue el día primero de abril. Colgué el teléfono y miré para el horizonte (es decir, los cafetines de mala muerte que hay sobre el bulevar Perón): ¿abril será un mes lleno de sorpresas?

Venía cargando una resaca de haber estado con Manu tomando whisky con birra hasta las 5 de la mañana del día anterior, escuchando Alanis Morisette y Joni Mitchell y discutiendo de discos (físicos). Desenfundé los dos discos que me regaló Raymond: uno de los Buzzcocks cuando tenía 14 años, y uno de EOY cuando tenía 18 (tendría que haber sido al revés, pero bueno; digamos que Ray tiene eso de ser un adelantado). Cuando me desperté los discos seguían arriba de la mesa como dando testimonio del derrape de una buena conversación after-hours. Yo estaba totalmente vestido y con zapatillas, con una pata afuera del futón que está hecho mierda en el piso y con la cabeza que me giraba todavía cada vez que veía la petaca vacía y las tucas sobre el cenicero.

Pero bueno. Así fue con Manu, que tiene la frase: "abril flores mil", en referencia a la súbita aparición de las flores que bueno... le salvan la vida a cualquier ser con buenos contactos de visitar a los travestis de la Cañada. Eso ya te carga a abril con expectativas, como si fuera proverbialmente sabido que va a ser un mes con cosas buenas.

Quién diría que en un pedo inesperado de finales de marzo renacería, con el mismo mecanismo de una flor de loto, un abril lleno de proyectos. (Claro que ya mencioné uno; y estoy infinitamente agradecido por la buenísima respuesta que recibió aquél - gente tirando buena onda en Facebook, cosa que me alegra y me asusta al mismo tiempo, porque había sido que cada vez que cuelgo el link en Facebook la gente efectivamente lee. Eso, inesperadamente, me convierte en una especie de exhibicionista de sentimientos, a falta de expresión más cursi). Mención especial al gurú de la metatarta, que me incentivó con la fuerza de una buena señal: algo puedo escribir, sino no le interesaría incluirme en la formación de una revista tan genial.

De repente tantas cosas por hacer y tan poco tiempo. Pero si fuera al revés no lo agradecería. El libro de Vonnegut que tengo dando vueltas por ahí va a tener que esperar a que quiera volver a Trafalmadore: por el momento Córdoba y Buenos Aires me deparan sorpresas espeluznantes.

2.4.15

Boris Vian: ¿y si nada fuera como es?

Todo escritor, al entrar en contacto con la realidad, crea un mundo, pues está incapacitado para reproducir esa realidad cuya estructura compleja no puede ser totalmente abarcada por el lenguaje escrito. De la fidelidad casi total a lo real hasta la reconstrucción imaginaria, se pueden observar todos los matices. Pero aún tomando dos casos extremos, el naturalismo y el cuento de hadas, la literatura está situada siempre en el interior de un conjunto lógico, que se mueve, más o menos, de acuerdo con unas leyes absolutas: las aristotélicas, en las cuales la relación causa-efecto no es puesta en duda.
Aún en los casos en que se introduce lo mágico, éste llega a establecer un nuevo sistema de relaciones mutuas, muchas de las cuales son diferentes de las de nuestro mundo, pero el conjunto no sufre ningún cambio esencial, es análogo al que enfrentamos todos los días. Las princesas pueden dormir cien años, los tapetes vuelan, los hombres se convierten en feos animales, un beso los puede convertir en bellos príncipes. Todo ello introduce una dimensión fantástica que aparentemente está excluida de nuestra cotidianeidad. Sin embargo, esa dimensión se integra perfectamente en un mundo donde de todos los signos exteriores son reconocibles, los barcos tienen velas o calderas y no cuatro pares de patas como en L'Arranche-coeur, las anguilas se pescan en el mar o en el río y no en los grifos, los pasajeros del tren utilizan billetes normales y no billetes falsificados, fácilmente reconocibles y que son tres veces más caros que los verdaderos; el sol puede perderse tras las nubes, variar su intensidad y duración según la estación, pero no extraviarse víctima de una broma de los cuatro puntos cardinales que cambian su lugar para despistarlo. Una vez aceptada la irrupción de la vara mágica del hada, todo vuelve a suceder según las reglas conocidas. No así en el mundo de Boris Vian, como vemos en los ejemplos, en los cuales, si hay alguna ley, esta pertenece a alguna de las supremas leyes de la 'Patafísica.
Tomás Pérez Turrent,
prólogo a El otoño en Pekín de Boris Vian

1.4.15

La (anti)biblioteca de Umberto Eco

El escritor Umberto Eco pertenece a esa pequeña clase de académicos que son enciclopédicos, perspicaces y no aburridos. Él es el propietario de una gran biblioteca personal (que contiene treinta mil libros), y separa a sus visitantes en dos categorías: aquellos que reaccionan diciendo "¡Wow! Signore professore dottore Eco, ¡qué biblioteca tiene usted! ¿Cuántos de estos libros ha leído?", y los otros -una minoría realmente pequeña-, que entienden que el objetivo de una biblioteca privada no es de ser un accesorio ego-estimulante sino una herramienta de investigación. Los libros leídos son bastante menos valiosos que los que no se leyeron. La biblioteca debería contener tanto de lo que no sabés como tus posibilidades financieras, tus tasas hipotecarias y el actualmente ajustado mercado de bienes raíces te permitan poner allí. Vas a acumular más conocimiento y más libros a medida de que envejezcas, y el creciente número de libros sin leer en los estantes te va a mirar amenazadoramente. En efecto, mientras más sepas, más larga es la fila de los libros sin leer. Llamaremos a esta colección de libros no leídos una antibiblioteca.
Nassim Nicholas Taleb,
"The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable"