6.3.15

El síndrome de Jojo

Les escribo de nuevo fugazmente y con mucha alegría desde el Jardín del Edén, con una sonrisa de oreja a oreja, rodeado de sapos, marsupiales y palmas de toda clase con los pelos hinchados por la humedad pero la cabeza bulliciosa de ideas felices. Situación privilegiada: a treinta metros, un estadio de fútbol; a cincuenta metros, un parripollo; a cien metros, un descampado de tres hectáreas.

Fugazmente les dije, pero es porque el tiempo acá pasa tan, pero tan lentamente que a uno le agarra una ansiedad codiciosa de querer aprovecharlo todo; es un poco como California y la fiebre del oro; allá, el tiempo pasa tan rápido que es lo mismo apurarse a tomar un colectivo para llegar a un lugar al que ya estás llegando tarde o quedarte rascándote los huevos mirando una repe de Friends por Netflix, total el mundo cae a pedazos igual, por todos lados siguen muriendo los inocentes.
Las comparaciones son odiosas, pero en suma, creo que la gente acá es más feliz. Por lo menos no me tocó conocer, en los años que llevé acá, a ningún consumado mal tipo (de que los hay, los hay seguramente; yo también debo ser uno, un malandrín o un falluto en más de una forma, pero yo no conocí ninguno). Allá conocí tipazos y gente muy de mierda; pero más que nada conocí personas-moneda que dan vuelta su moral con un criterio ajustado, oh casualidad, al dinero; personas-moneda que me hicieron conocer tantos grises en la gama que terminaron destiñendo al mundo con el maleficio de la duda.
Acá es muy divertido observar a los otros, por su sencillez de tortuga. Y eso lo notaba antes de irme. Vos subís al colectivo vestido medio estrafalario y te miran, te miran sin malicia pero con mucha curiosidad, y prueba de ellos es que si les entrecruzás la mirada miran rápidamente para otro lado sin hacer ni una mueca ni un solo gesto. Eso es algo admirable, como si estuvieran siempre con ganas de aprender de los chiflados. Allá no te dan ni bola con tanto chiflado suelto; o son tan caraduras, esto es, conocen tanto el principio básico de la gran ciudad ("si no estoy en mi barrio, nunca más me van a ver") que no se ahorran el comentario burlón, parte del genoma básico de Su temperamento o Su fama.

De que aprendo, aprendo. Pero ¿qué aprendo? Aprendo a dudar de todo lo que sabía. Y esto está bueno, dice Sócrates (por eso se hizo tan famoso con su frase de mierda y publicó tantos libros que sólo Menem leyó). Dice que está bueno porque te das cuenta que sos una cucaracha en un chiquero inmenso. Pero nunca te das cuenta del cucaracheo porque estás más ocupado en dedicarte a una soberbia que es, también, una estrategia de supervivencia: el que duda mucho, nunca actúa; y el que nunca actúa, no es nunca capaz de asumir la responsabilidad de relacionarse saludablemente con los otros.
Entonces en la vorágine de entender cómo funcionan los engranajes del mundo uno tiene que aprender a vivir urgentemente con las armas que talló como mejor le salieron; responsabilidad, rutina, ser confiable, ser firme de espíritu, etc. etc. Cosas que a lo mejor no le salían a uno espontáneamente, y jamás saldrían sin simular entereza, pero así tiene que ser hasta nuevo aviso.

Volver es bajar la guardia y respirar un poco. Ser uno mismo, digamos, poder relajarse, dicho ya, entre tantas otras cosas positivas como dos pepinos en el ojo. Volver es como si abrieran de vuelta el Edén por un rato. Es una comparación boba, hedonista, adolescente demás, pero sin duda este mi hogar es el Edén, aunque esté enfrente de la cancha donde va a tocar Romeo Santos, el parripollo que no vende ensalada rusa y el descampado lleno de alimañas: anfibios cantores que salen de los adoquines bajo un baqueteado monoblock. Las sirenas que pasan para recordar que Caín existe, pero no es un extraño, sino un hermano que perdió los estribos por alguna baja pasión.
Get back to where you once belonged, le sugerían los Beatles a un confundido Jojo.

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